viernes, 26 de junio de 2026

Dos formas de esperar: el ganso y el benteveo en el Rosedal

 
El gráfico de velocidad no miente: 7,8 km/h de crucero, y después esos pozos que caen casi a cero, uno tras otro, cada vez que el cuerpo se detiene y la cámara toma el mando. Una caminata post entrenamiento no es solo una curva de recuperación cardiovascular; también es, leída en retrospectiva, un mapa de las cosas que valieron la pena detenerse a mirar. Hoy el mapa marcó dos.

La primera fue un ganso, blanco, patas de un naranja casi artificial, apostado en el pastizal frente al puente de hierro y madera pintado de blanco que cruza el lago de Parque Tres de Febrero. No hacía nada, en el sentido utilitario del término: se acicalaba. Hundía el pico entre las plumas del pecho con una concentración que no admitía interrupciones, ajeno por completo al lago, al puente, a los botes, a mí. Es un gesto cerrado sobre sí mismo — un circuito que empieza y termina en el propio cuerpo. Si uno quisiera forzar una lectura, diría que el ganso practicaba una forma de atención sin objeto externo, un narcisismo sin espejo, porque ni siquiera necesitaba mirarse: le bastaba con sentirse.

La segunda escena, más adelante, en otro espejo de agua, invirtió el signo. Un benteveo — ese pecho amarillo y esa ceja negra que uno aprende a reconocer sin buscarlo, de tanto cruzárselo en esta ciudad — se había instalado en la reja de hierro que separa el sendero del agua, justo sobre el punto donde tres gansos domésticos nadaban en fila. No se movía, pero su inmovilidad era de otra clase: la cabeza giraba, el ojo barría el agua, el cuerpo entero en estado de alerta útil. El benteveo no se acicala frente a una audiencia; caza. Su quietud es la quietud de quien tiene una hipótesis sobre dónde va a aparecer el próximo insecto, y espera confirmarla.

Ahí está, creo, el contraste que valía la pena traer a la crónica: dos animales inmóviles, en el mismo parque, la misma tarde, y sin embargo dos regímenes de espera completamente distintos. El ganso espera para sí — su quietud no produce nada fuera de él, es puro mantenimiento del propio plumaje. El benteveo espera hacia afuera — su quietud es una apuesta, una opción abierta sobre un futuro incierto pero explotable. Uno podría decir, sin forzar demasiado la metáfora, que ahí hay dos temperamentos posibles frente a la incertidumbre: el que se repliega sobre el propio cuidado y el que se mantiene alerta, gastando energía en la sola tarea de no perderse la oportunidad cuando esta pase.
No sé si el Rosedal me regaló hoy una lección o simplemente dos fotos decentes. Pero cuando la velocidad del recorrido cae a cero en el gráfico, después de acumular kilómetros a paso de recuperación, casi siempre es porque algo — un ganso vanidoso, un benteveo calculador — decidió que valía la pena quedarse quieto.

Con ayuda de Claude IA. Parque Tres de Febrero, Palermo — 26/6/2026, 4,45 km, ritmo medio 11:13 min/km.

Track en Wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas-observacion-de-aves/caminata-por-palermo-caba-ganso-y-benteveo-275347944

No hay comentarios.:

Publicar un comentario