Crónicas personales y recorridos urbanos por Buenos Aires. Un espacio dedicado a la observación de la ciudad, la literatura y el pensamiento escéptico.
Leí este libro Historias de lo sobrenatural de la autora Vivianne Perrot (Editorial El Ateneo, 2014). La autora aborda el fenómeno de lo paranormal desde una perspectiva que mezcla la recopilación histórica con el relato testimonial. Funciona como una antología de casos. De lectura fácil y rápida, toca diversos puntos entre el espiritismo y la parapsicología en su relación con la ciencia, la autora no toma partido sino más redacta en modo de crónica, favoreciendo una investigación cultural divulgativa. A mí me quedó la sensación que se orienta más que nada por el lado escéptico, en citas y referencias parecieras tener un aire por lada de la racionalidad (ejemplo: cita a Voltaire en las primeras páginas, cita a un estudio científico en el tema Tutankamon), aunque el libro no está presentado como una lucha superstición vs. ciencia, sino que va más por el lado de las historias personales de los personajes y su contexto cultural en el vivieron y se desarrollaron. El caso que más me impactó fue el de Arthur Conan Doyle, que fue un creyente convencido en el espiritismo, incluso contra la evidencia en su contra, a pesar que su personaje literario, que lo llevó a la cumbre (Sherlock Holmes) se basó en su capacidad de observación y razonamiento deductivo, aunque como veremos en el libro también explica o señala las posibles causas de su cercanía al espiritismo por parte del autor.
Sobre este libro me enfoqué puntualmente en una frase en la que alude a Voltaire. La frase de la autora referida al filósofo dice: “Entre los escépticos que, como Voltaire, decían en forma burlona que el charlatanismo nació el día que el primer pícaro encontró al primer imbécil”. Tomando como base eso, realice un short (video corto) de 12 segundos para Youtube, y también realicé una caminata para Wikiloc.
En Capital Federal, existe un pasaje de dos cuadras que rinde homenaje en su nombre al pesador, el Pasaje Voltaire. También la ciudad posee una escultura denominada “La Duda” (o Le Doute), una obra del artista francés Henri Michel Antoine Chapu, que refiere a la “duda voltariana”.
Duda voltariana: ejercicio de la sospecha metódica llevada al terreno de la ironía y el sentido común. La duda contra la "verdad absoluta", el rechazo a los sistemas cerrados y la función social de la duda como un acto de tolerancia. La actitud crítica y escéptica que Voltaire promovía frente a las creencias establecidas, especialmente las religiosas y supersticiosas. Una actitud permanente de mantener una vigilancia crítica, un “no dar nada por sentado”.
Ficha Técnica de la Crónica.
Libro: Historias de lo sobrenatural, Vivianne Perrot (Editorial El Ateneo, 2014).
Contenido: Short de edición personal, basado en una selección de textos del autor.
Créditos de Imagen:
Retrato de Voltaire: Maurice Quentin de La Tour (Dominio Público).
Fotografía de cierre: De mi autoría (Registro urbano, Buenos Aires).
En el universo del coleccionismo, las piezas que logran condensar una cultura entera en apenas unos centímetros tienen un valor especial. Hoy sumo a la vitrina este llavero de mate en miniatura, una pieza que destaca por su realismo y su carga simbólica.
A diferencia de las versiones más rústicas de madera o resina, este ejemplar presenta un cuerpo metálico de acabado pulido que emula la practicidad y durabilidad de los mates modernos de acero o alpaca. El diseño es meticuloso: desde la curvatura de la base hasta la pequeña bombilla insertada, todo invita a observar de cerca. Un detalle que no pasa desapercibido es el material que asoma en su interior, simulando la textura de la yerba mate, lo que le otorga una profundidad sorprendente para su escala.
El conjunto se completa con un cordón de fibra natural trenzada. Este contraste entre la frialdad del metal y la calidez del material orgánico refuerza su carácter de objeto de diseño rioplatense. No es solo un accesorio para las llaves; es un emblema de pertenencia y un recordatorio portátil del ritual de la hospitalidad.
Ficha Técnica del Objeto:
Material: Metal con acabado envejecido y fibra natural.
Componentes: Mate bulboso, bombilla fija y cordón trenzado.
Estilo: Souvenir artesanal / Miniatura realista.
Significado: Icono de la tradición argentina y uruguaya.
Para quienes practicamos la copoclefilia, estas piezas son fascinantes porque logran que lo cotidiano se vuelva extraordinario a través de la escala. Este mate no solo guarda llaves, guarda una historia de encuentros y costumbres que nos acompañan a donde sea que vayamos.
El objeto brilla como un souvenir clásico, de esos que se venden en ferias artesanales y locales turísticos. Sin embargo, más allá de su función decorativa, porta un símbolo: el mate como emblema de identidad rioplatense. En este llavero se condensa la hospitalidad, la amistad y la pertenencia. Es un recordatorio portátil de que el mate acompaña siempre, incluso cuando no hay yerba ni agua caliente.
Características del mate metálico.
Durabilidad: no se quiebra ni se deforma como la calabaza.
Higiene: se limpia fácilmente, sin necesidad de curado.
Neutralidad de sabor: el acero inoxidable no transmite sabores.
Estética moderna: diseños estilizados, urbanos.
Variedad de materiales: acero, aluminio, bronce o plata.
Desventajas: transmite calor, carece de la tradición ritual de la calabaza, suele ser más caro.
Significado cultural del llavero.
Identidad: un emblema de pertenencia nacional.
Miniatura simbólica: mantiene la forma del mate como recordatorio del ritual.
Souvenir turístico: se ofrece junto al tango, la bandera y el gaucho.
Objeto cotidiano: acompaña al viajero en su día a día.
Materiales comunes.
Metal: bronce, alpaca, acero.
Madera o calabaza miniatura: artesanales, rústicos.
Plástico o resina: económicos, coloridos.
Plata y alpaca: versiones finas, con grabados.
Contexto cultural.
El mate en llavero funciona como símbolo portátil de hospitalidad. Es un regalo frecuente para quienes viajan al exterior: basta mostrarlo para transmitir la tradición sin necesidad de explicaciones. En la vida urbana, este objeto se convierte en un puente entre lo cotidiano y lo ritual, entre la modernidad metálica y la memoria de la calabaza.
Un llavero como este no es solo un adorno: es un fragmento de cultura que se lleva en el bolsillo. Una miniatura que recuerda que el mate, incluso reducido a souvenir, sigue siendo inseparable de la vida.
The “Echo Killer” on my keychain. This small black plastic device, with its eight colorful buttons, is much more than a simple accessory for keys; it’s a relic from the first half of the 1990s, when the opening of imports filled shops with these low-cost “technological toys.”
A cult (and careful) object.
The keychain shines under the light, still bearing its import label on the back. It takes me back to those days when it came in its transparent blister pack with two button batteries, ready for instant fun. Each key produces a different sound. Curiously, although its nominal function is to carry keys, I keep it intact in my collection. You play with it for a while, press the buttons enthusiastically, and with luck you don’t break it. Carrying keys on it would be almost an attack against the keychain itself, but I preserve it carefully. The red label proclaims “ECHO KILLER” as if it were a futuristic device. In reality, it’s a portable toy that condenses the aesthetics of the era: shiny plastic, multicolored buttons, the promise of sound effects at your fingertips. The risk of using it daily is too high; the fragility of these plastics usually condemns them to oblivion or breakage. Here, safe, it becomes an object of observation and memory.
The Raj Koothrappali syndrome.
Testing its buttons today, it’s impossible not to connect this object with modern pop culture. I recall that episode of The Big Bang Theory where Raj uses a similar soundboard to score a mystery dinner. I visualize the scene while imagining myself pressing a key on my keychain:
The effect: A dramatic tension sound or a drum roll.
The reality: Raj trying to create an epic atmosphere while his friends, Sheldon and Leonard, lose patience at each interruption. Every clue, every comment, receives a dramatic effect: thunder, drum rolls, sad trombones. Raj is fascinated by the atmosphere he creates, but his friends quickly grow irritated. The gag works because the sounds interrupt the rhythm of conversation and end up ruining the game. The “Echo Killer” shares that same logic: the illusion that a button can transform the environment, that a sound effect is enough to underline a moment. On the keychain, as in the series, repetition breaks the magic and reveals the artifice.
Like Raj, one feels the temptation to punctuate every phrase of daily life with a sound effect from the Echo Killer. Yet the magic of this keychain lies in its current silence: the silence of a collector’s piece that, though designed for constant noise, now rests as a physical testimony of an era of change.
A fragment of technological history, a witness to that decade when portability and sound merged with the promise of modernity.
From analog noise to digital echo: The “Echo Killer” as prophecy.
I can’t help but see in its name an almost philosophical irony. In the 1990s, this device was an imported curiosity: eight colorful buttons, eight synthetic sounds designed to interrupt silence with playful noise. But today, in the age of hyperconnectivity, the concept of “echo killer” takes on a different dimension.
The Echo of Validation.
We live in a present where the everyday and the banal manifest with suffocating force through social networks. What was once a murmur is now a constant echo of validation: algorithms that return our own voice multiplied, bubbles where we only hear what we already think. This little device was, unknowingly, a prototype of the future:
· Interruption as norm: Just like Raj in The Big Bang Theory, fragmenting conversation with his soundboard, today we fragment reality with notifications, “likes,” and prerecorded sounds meant to punctuate our existence.
· The killer of silence: The “Echo Killer” didn’t kill physical echo; it killed the possibility of linear, silent thought. It announced this world full of empty noises where immediate validation is the only sound that matters.
A piece of resistance.
Preserving this keychain as a collector’s item is, in a way, an act of skeptical observation. While social networks become an infinite echo chamber, this analog object remains mute in my collection. It no longer emits its tension sounds or drum rolls; now it is a silent witness to how that “technological future” we expected ended up becoming an ecosystem of constant digital noise. The true “killer” turned out to be the system that forces us to make a sound every time we want to be validated.
Keychain. Aiko Senoo dressed as a ballerina.
A ballerina as a keychain.
A keychain of Aiko Senoo (known to many as Sinfony). The figure depicts the protagonist of Ojamajo Doremi (Magical DoReMi) dressed in a blue ballet outfit, matching the character’s thematic color in the series. It’s curious how this object encapsulates the essence of Toei Animation’s show—that balance between school life and magical learning that accompanied children between 1999 and 2003. https://majopedia.fandom.com/wiki/Aiko_Senoo
Piece analysis.
Despite its small scale, the figure perfectly captures the character’s energy. Her large, expressive eyes seem to hold a suspended moment, as if she were about to begin a spin. In that universe, Aiko brings her energy and determined character, and here, in this keychain, she transforms into a ballerina.
Technical details of this specimen:
Representation: Aiko shows off her characteristic blue hair and a matching tutu, maintaining the visual coherence that defines her role in the group of witch apprentices.
Material: Made of the classic plastic/PVC used in promotional figures of the era, a resistant material.
Context: I know there are variants of this same collection featuring the rest of her friends—Doremi in pink or Hazuki in orange—which makes this piece part of a much broader set of collectible objects from the series.
Keychain. Coca-Cola.
A red and gold metal map of Argentina.
Today I add to the logbook this object that is, at the same time, symbolic geography and advertising memory. It is a vintage Coca-Cola keychain, a piece of enameled metal that cuts out the silhouette of Argentina.
This keychain belongs to the 1990s, when Coca-Cola launched promotional items in loyalty campaigns, such as “Customer Appreciation Week.”
Aesthetics and Preservation.
At first glance, the contrast is total: the brand’s iconic red serves as the background for the classic golden logo. The design is simple yet striking. The most interesting part, for those who observe objects closely, lies on the reverse and the edges.
Time does not pass in vain: a green patina begins to claim its place on the back. Far from diminishing its value, this trace of oxidation gives it character; it is the physical reminder that this object has survived decades since its release in the 90s.
Technical Record of the Find.
Material: Metal with enameled finish
Dimensions: Approximately 5.2 cm high by 2 cm wide
Origin: Argentine market, 1990s (possibly linked to loyalty campaigns)
Condition: Retains the shine of the front enamel with natural wear (patina) on the base metal
Market Value.
In the ecosystem of collecting and copoclephilia, these pieces maintain steady demand. These keychains circulate on resale platforms, sought after by collectors of Coca-Cola paraphernalia. Their price ranges between 14 and 20 dollars depending on the integrity of the enamel, but their real value is measured in memory and rarity.
Keychain. Boleadoras.
I probably bought this boleadoras keychain at some fair in the city of Salta. The object in the image seems to be a pair of miniature handcrafted boleadoras, often used as keychains or gaucho-style decorations.
Material: Usually made of rawhide or carved wood.
Design: Consists of three balls joined by thread or leather cords, imitating the traditional tool.
Use: Mainly decorative, as a keychain or amulet.
It is woven with red and yellow cords that hold three wooden spheres (representing the stones). One of them is smaller and also distinguished by its color: that detail intrigues me, I don’t know if it responds to an aesthetic choice or if it carries a technical meaning inherited from the original boleadoras. More than a simple accessory, it is an object that condenses the history of the inhabitants of these lands and the tactical engineering of the native peoples.
The boleadoras, a traditional instrument of the peoples of these lands, are used for the weight of their balls—two or three, depending on the case—to immobilize animals by entangling their legs.
The first thing that stands out in this piece is its three-ball configuration. Contrary to what one might think at first glance, the difference in size and color is not a mere aesthetic whim. The difference in size is not accidental. In real boleadoras, this asymmetrical design is a technical necessity.
One of the spheres is noticeably smaller. In the original use, this piece is known as the “handle” (or grip). It is the one held in the hand to give momentum to the other two, which are heavier and generate the centrifugal force required. A miniature precision weapon. This asymmetrical design allows the center of mass to shift when thrown, so that the larger weights spin with greater speed and impact.
It is fascinating to think how this physical principle was applied for:
Small game hunting: With the ñanduceras or avestruceras (two-ball boleadoras).
Larger animals and combat: With the potreras (three-ball boleadoras), like the one my keychain represents.
Each indigenous culture adapted shapes and sizes according to its needs. In this keychain, that difference in size becomes a nod to the original function, now transformed into a portable keepsake, a miniature that concentrates tradition and technique.
The Third Button: A Small Totem.
This white plastic keychain is a merchandising object that has survived the passing decades. I received it years ago when I enrolled in my first courses at CETIA (Centro de Enseñanza de Tecnología Informática Argentino). At first glance, it’s a simple piece, purely promotional, but for anyone who looks closely, the object reveals a fascinating technological genealogy.
What makes this piece of my collection special—what turns it into a curious artifact—is the detail of its third button. In an era when the domestic standard was limited to two buttons—before the scroll wheel became popular in the late ’90s and stayed with us—the third button was a statement of principle.
A detail for the initiated.
During the ’80s and ’90s, that configuration wasn’t meant for the average user; it was reserved for professional environments and specific workstations. Today, seeing this design takes me straight back to very particular uses that still persist:
Linux / Unix environments: Where the middle button remains an essential productivity tool.
CAD design: Fundamental for handling blueprints and 3D models.
Retrocomputing: A nod to the aesthetics and functionality of the machines that laid the foundations of modern computing.
That a technical institute would choose a three-button mouse for its promotional keychain is no coincidence; it makes perfect sense. It’s not just an accessory—it’s a brilliant nostalgic detail that encapsulates an era of learning and the transition toward the digital complexity we now take for granted.
A trace of chance and origin.
I don’t rule out, however, that the presence of that third button also responds to a happy accident of the time. It’s very likely that these merchandising objects came from Asian markets, where technological manufacturing often stayed a step ahead—or simply integrated more technical global standards—before design was simplified for mass consumption in the West. Perhaps it’s just an old mold that survived a few more years on the production line, reaching my hands as a reminder that, sometimes, technological evolution isn’t a straight line but a set of pieces left behind, waiting to be rediscovered in a collection.
The Enigma of the Everyday Object: CARP Keychain.
I am not certain how it came into my hands; its origin is likely as mundane as a locksmith’s counter or the overcrowded shelf of a bazaar. Yet its presence here demands an analysis beyond its obvious function.
It is a keychain or pendant shaped like a ball, but its visual structure betrays its intention: the matrix is, without doubt, that of a tennis ball. The “S”-shaped seam running across the sphere is the distinctive trait of an adapted design. We are not dealing with the classic felt of racket sports, but with a smooth synthetic material—a red and white rubber that emulates the colors of Club Atlético River Plate.
Analysis of the piece:
Morphology: A perfect sphere with the technical union of a tennis ball.
Design: Displays the club’s crest (CARP) on a white background, framed by the vibrant characteristic red.
Nature: A marketing product, a souvenir that uses the scale of a “recreational rubber ball” to become a personal accessory.
The hybridity of the object is intriguing. I like to think that it also dialogues with the club’s sporting diversity. River is not only football: its facilities include tennis courts, and it would not be surprising if there were an official “River tennis ball.” This keychain, then, becomes a curious hybrid, a bridge between disciplines, an accessory that plays with the club’s identity and the logic of collecting. It is common for merchandising to scale tennis ball formats due to their ease of manufacture, but I cannot ignore one detail: the club owns its own tennis courts within its sports complex. Is this a nod to that discipline, or simply an industrial solution for a fandom that knows no formats?
Whatever the answer, this small object joins the register of the fragmentary, one more piece in the puzzle of my collection.
El recorrido comienza entre fachadas que cuentan historias. Me detengo frente a una casa cuya fachada está tomada por vegetales; el verde reclama su espacio sobre la mampostería, dándole un aire orgánico y fresco a la cuadra. Más adelante, otra propiedad se destaca por dos imponentes palmeras que custodian el frente. Este inmueble, que perteneció al Estado y donde funcionaba AySA, fue subastado en 2017, marcando el inicio de nuevos desarrollos privados en la zona.
De la "zona roja" al "Palermo green".
Llego a la calle María Teresa Ferrari, que conecta con el Pasaje Atacalco. Aquí el cambio es drástico. Veo trabajos de remodelación y parquerización que intentan dar una nueva cara a este sector.
Es imposible caminar por aquí sin recordar que, hasta hace no tantos años, esta era la famosa "zona roja". Donde hoy se proyectan edificios de lujo y espacios verdes, antes había galpones abandonados, historias de violencia y marginación. En 2005 la zona comenzó a transformarse con la mudanza del sector de oferta sexual al Rosedal. Hoy, la terminología inmobiliaria lo bautiza como "Palermo Green", un corredor premium que busca enterrar un pasado de crímenes y peligro bajo nuevas capas de asfalto y diseño.
El Arte que se Resiste y el que se Impone.
En las paredes, el arte aparece de diferentes formas:
Descubro un relieve de figuras humanas esculpido directamente en la pared de una casa, una joya oculta de la arquitectura barrial.
En contraste, un mural floral vibrante (obra de #PintaArgentinaOk, 2021) llena de color la calle con sus pétalos gigantes.
La nota triste la da un camión de trabajo verde antiguo. Tiene un cartel pegado que reza: "Por favor grafitis no!!! Soy viejito pero sigo trabajando...". A pesar del ruego, el vandalismo no tuvo piedad y las marcas de aerosol ya lo cubren.
La ciudad en demolición.
Palermo nunca se queda quieto. Paso frente a lo que supo ser el Master Hostel, un edificio de 23 habitaciones que hoy está rodeado de andamios y redes de protección. Son los preparativos para su demolición. Sé que, en apenas un par de meses, este lugar será solo escombros para dar paso a un nuevo edificio moderno.
La modernidad también trae curiosidades, como el edificio Town House SoHo II, que ofrece una galería de arte a la vista desde la vereda, permitiendo que los peatones disfrutemos de la cultura sin entrar a un museo.
Esta caminata urbana (o urban trek) es un recordatorio de que Buenos Aires es una ciudad de capas: donde hoy hay un jardín, ayer hubo un galpón; donde hoy hay arte, mañana habrá un edificio.
¿Querés ver el recorrido completo? Mirá la ruta detallada en
El punto de partida y llegada es la intersección de Thames y Avenida Santa Fe, en el corazón de Plaza Italia. Por delante quedan 14,38 km de caminata urbana, un ejercicio de observación que demanda dos horas y media de atención constante. Hoy, el senderismo urbano me lleva a atravesar Palermo, Recoleta, Balvanera y San Nicolás.
La caminata comienza con el hallazgo de lo pequeño. En una vidriera, me detengo ante una caja de vino que es, a la vez, un objeto de diseño: un tablero de ajedrez cuya particularidad reside en las piezas de plástico a inyección, todavía unidas a sus guías, esperando ser separadas para entrar en juego. Un recordatorio de la fabricación y el potencial de las cosas.
Avanzo y los muros empiezan a hablar. Primero, una intervención sutil: un mural de hojas verdes con una frase que funciona como declaración de principios para cualquier caminante: "La vida es una aventura, no un viaje organizado". Poco después, la escala cambia radicalmente sobre la Avenida Scalabrini Ortiz. Aquí se impone el mural de grandes dimensiones realizado en 2014 por la dupla Martín Ron y Nase POP, una obra que ya es parte del patrimonio visual indispensable de Palermo.
Al entrar en el área de los hoteles históricos, me encuentro con la escultura del caballo en el Hotel Savoy. Existe una curiosa disputa de autoría en el imaginario urbano: algunos se la atribuyen a Carolina Espinel y otros a Marta Minujín. Sin una versión definitiva, la pieza permanece allí, ajena a la controversia, imponiendo su figura en el interior del edificio.
Al llegar a la esquina de Avenida Corrientes y Avenida Callao, la arquitectura porteña se duplica. Me detengo a observar el edificio reflejado en la piel de vidrio de la torre Atlas; una distorsión visual que superpone el presente vidriado con el pasado de piedra y molduras de la ciudad.
El tramo final me lleva ante el monumento a Bernardo de Irigoyen, obra de Mariano Benlliure de 1933. La figura de bronce del prócer contrasta con el dinamismo salvaje de los altorrelieves de mármol que lo custodian: el arreo de equinos a la izquierda y el de bovinos a la derecha. La potencia de los animales al galope parece vibrar contra la inmovilidad de la estatua central. Recuerdo entonces una frase que define bien la persistencia de estas figuras en el tiempo: “El hombre vale por lo que le hiere”.
Cierro el circuito regresando al punto de inicio. El cuerpo registra los kilómetros, pero la mirada se lleva la reconstrucción de una ciudad que nunca se termina de recorrer.
Datos de la ruta:
Distancia: 14,38 km
Tiempo: 2h 31min
Barrios: Palermo, Recoleta, Balvanera y San Nicolás.
Hoy se da un paseo urbano de 2,85 km que me toma apenas 31 minutos, pero que concentra toda la energía de Palermo, CABA. Lo que comienza como una caminata
Un despliegue inesperado.
En medio del recorrido, me topo con un incidente. No alcanzo a distinguir qué sucede exactamente, pero la escena es imponente y corta el ritmo del barrio: camiones y camionetas de Bomberos de la Ciudad, patrulleros, motos policiales, una camioneta de emergencia civil y varias ambulancias del SAME (incluyendo la unidad UMAT) bloquean las calles. El despliegue es total y el ambiente se vuelve tenso por unos minutos.
Detalles del camino.
Tras dejar atrás el bullicio de las sirenas, la mirada se posa en lo cotidiano. Me detengo frente a un cantero donde una enredadera parece querer reclamar su espacio sobre la clásica vereda porteña.
Más adelante, el arte sale al encuentro del peatón. En la vidriera de Sophie, espacio de arte, se exhiben varias obras; distingo piezas de Ana Yangüela, Cristina Auteri y Silvia Branca que invitan a una pausa visual.
Arquitectura con historia: El Neogótico de Guatemala.
Llego a una de las joyas del camino: la fachada de una casa que destaca por su estilo neogótico. Es un ejemplo de esas construcciones que proliferaron cerca de las vías del ferrocarril (estamos a solo un par de cuadras de ellas). https://www.instagram.com/p/C4Yx3nivJ8q/?img_index=7
Me quedo observando sus detalles: Sus ventanas con arcos apuntados y vitrales.
Antes de terminar, levanto la vista hacia el enramado de los árboles. Una pareja de loros descansa entre las ramas. Intento capturar la foto perfecta, pero la naturaleza tiene sus propios tiempos y el follaje los oculta lo suficiente como para dejarme solo con una imagen testimonial.
Una caminata corta, pero cargada de historias, desde el vértigo de las emergencias hasta la quietud de la arquitectura histórica.
Hoy la ciudad de Buenos Aires se presenta gris, húmeda y fascinante. Me calzo las zapatillas de trekking y me preparo para un urban trek que atraviesa parte de la Capital Federal. El desafío: 7,56 km conectando dos puntos emblemáticos: el Obelisco y Plaza Italia.
Comienzo la marcha en el Obelisco, el gigante blanco que hoy se pierde entre las nubes bajas. El cronómetro empieza a correr; me esperan aproximadamente 1 hora y 18 minutos de recorrido.
El ritmo de la lluvia es un auténtico día de lluvia. El asfalto brilla como un espejo y el sonido ambiente es una mezcla de chapoteos y el rítmico golpeteo del agua sobre los paraguas. Las calles, usualmente caóticas, se sienten extrañamente vacías, dándole a la caminata una atmósfera de introspección y calma que solo el mal tiempo puede regalar.
Avanzo por el barrio de San Nicolás, cruzo hacia Balvanera y sigo camino por Recoleta. En cada cuadra, los detalles urbanos saltan a la vista. Me detengo un segundo al observar un caño recogedor de colillas de cigarrillos, un pequeño pero vital centinela de la limpieza urbana en medio de la humedad. Un hallazgo entre las ruinas. Ya entrando en Palermo, sobre la vereda mojada, me topo con algo inesperado: un recuerdo encuadrado que alguien decidió descartar. Es un cuadro pequeño, con la imagen del "Árbol de la Vida". Al acercarme, leo la leyenda que contiene, una estrofa de la canción "Mensajes del alma" de León Gieco:
"Qué dignidad tan grande la de creer siempre en la vida, con solo ver una flor brotando entre las ruinas".
El cuadro también lleva un mensaje de gratitud: "Gracias Estadio Malvinas Argentinas por el apoyo incondicional". Es un hallazgo poético; un mensaje de resiliencia que parece cobrar sentido bajo el cielo plomizo de la ciudad. Alguien lo dejó atrás, pero hoy se convierte en parte de mi bitácora de viaje en formato foto. Continúo caminando.
Llegada a destino. Finalmente, los árboles de Plaza Italia aparecen en el horizonte. He completado este paseo urbano atravesando cuatro barrios, empapado de ciudad y de historias mínimas. El senderismo urbano se da incluso cuando llueve. La lluvia no interrumpe: más bien revela.
Datos de la ruta:
Recorrido: Obelisco -> Plaza Italia (CABA). Distancia: 7,56 km. Tiempo: 1h 18min. Barrios: San Nicolás, Balvanera, Recoleta y Palermo.
Si querés ver el mapa detallado de esta ruta, podés encontrarlo aquí:
No tengo la certeza de cómo ha llegado a mis manos; es probable que su origen sea tan mundano como un mostrador de cerrajería o el estante abarrotado de un bazar. Sin embargo, su presencia aquí exige un análisis más allá de su función evidente.
Se trata de un llavero o colgante con la forma de una pelota, pero cuya estructura visual traiciona su intención: la matriz es, sin duda, la de una pelota de tenis. Esa costura en forma de "S" que recorre la esfera es el rasgo distintivo de un diseño adaptado. No estamos ante el fieltro clásico del deporte de raqueta, sino ante un material sintético liso, una goma roja y blanca que emula los colores del Club Atlético River Plate.
Análisis de la pieza:
Morfología: Una esfera perfecta con unión técnica de pelota de tenis.
Diseño: Presenta el escudo del club (CARP) sobre el fondo blanco, enmarcado por el vibrante rojo característico.
Naturaleza: Es un producto de mercadotecni, un souvenir que utiliza la escala de una "pelota recreativa de goma" para convertirse en un accesorio de uso personal.
Resulta interesante la hibridación del objeto. Me gusta pensar que este objeto también dialoga con la diversidad deportiva del club. River no es solo fútbol: en sus instalaciones hay canchas de tenis, y no sería extraño que existiera una “pelota de tenis de River” oficial. Este llavero, entonces, se convierte en un híbrido curioso, un puente entre disciplinas, un accesorio que juega con la identidad del club y con la lógica del coleccionismo. Es común que el merchandising escale formatos de pelotas de tenis por su sencillez de fabricación, pero no puedo ignorar un detalle: el club posee sus propias canchas de tenis en su espacio deportivo. ¿Es este un guiño a esa disciplina o simplemente una solución industrial para un fanatismo que no entiende de formatos?
Sea cual sea la respuesta, este pequeño objeto se suma al registro de lo fragmentario, una pieza más en el rompecabezas de mi colección.
Este llavero de plástico blanco es un objeto de merchandising que sobrevive al paso de las décadas. Me lo entregan hace años, al inscribirme en mis primeros cursos en CETIA (Centro de Enseñanza de Tecnología Informática Argentino). A simple vista es una pieza sencilla, puramente publicitaria, pero para quien observa con detenimiento, el objeto revela una genealogía tecnológica fascinante.
Lo que hace especial a esta pieza de mi colección, que lo convierte en pieza curiosa, es el detalle de su tercer botón. En una era donde el estándar doméstico se limitaba a dos botones —antes de que la rueda de desplazamiento (scroll) se popularizara a finales de los 90 para quedarse entre nosotros—, el tercer botón era una declaración de principios.
Un detalle para iniciados.
Durante los 80 y 90, esa configuración no era para el usuario común; estaba reservada para el ámbito profesional y estaciones de trabajo específicas. Hoy, ver este diseño me remite directamente a usos muy puntuales que aún persisten:
Entornos Linux / Unix: Donde el botón central sigue siendo una herramienta de productividad esencial.
Diseño CAD: Fundamental para la manipulación de planos y modelos 3D.
Retrocomputación: Un guiño a la estética y funcionalidad de las máquinas que cimentaron la informática actual.
Que un instituto de enseñanza técnica elija un ratón de tres botones para su llavero promocional no es casualidad; tiene todo el sentido del mundo. No es solo un accesorio; es un detalle nostálgico genial que encapsula una época de aprendizaje y la transición hacia la complejidad digital que hoy damos por sentada.
Un rastro de azar y procedencia.
No descarto, sin embargo, que la presencia de ese tercer botón responda también a una feliz casualidad de la época. Es muy probable que estos objetos de merchandising provinieran de mercados asiáticos, donde la manufactura tecnológica solía ir un paso por delante —o simplemente integraba estándares globales más técnicos— antes de que el diseño se simplificara para el consumo masivo en Occidente. Quizás sea solo un molde de antaño que sobrevivió unos años más en la línea de producción, llegando a mis manos como un recordatorio de que, a veces, la evolución tecnológica no es una línea recta, sino un conjunto de piezas que quedan rezagadas esperando a ser redescubiertas en una colección.