jueves, 31 de julio de 2014

Winamp, el tiempo pasa y nunca digas nunca...

Es muy conocido el programa reproductor multimedia Winamp.
Nació hace mucho tiempo, la web archive.org registra desde 1998, y fue creado un año antes, lo que hace ya muchos años, un reproductor muy completo y siempre creciendo.
Una buena opción para los que no gustan de usar el Windows Media Player y otros reproductores alternativos. Es de fácil uso y tiene varias funcionalidades. Entre idas y venidas, la empresa que lo fabricaba anunció la discuntinuación para fines de 2013 y luego otra empresa se hizo cargo de la continuación.


Hace muchos años que utilizo el Winamp.
Pero el tema del mensaje es otro, que a continuación comento.

Resulta que hace mucho, Winamp, burlándose de aquellas web que ofrecían varias versiones de un programa, una de las cuales era gratis y las demás pagas, irónicamente Winamp ofrecía varias versiones y todas gratis, en realidad solo podías descargar la Full, que por supuesto era gratis, pasó el tiempo, y parece que Winamp se vio tentado por el lado del negocio, para el 2007 ofrecía cuatro versiones, tres gratis y una paga. Lo cual no está nada mal, aunque ya no hay “burla” , ¿en qué quedó esa “ironía”?


Como la web antigua ya no esta on-line, o mejor dicho, la actual web fue sufriendo las actualizaciones y modificaciones que hicieron que desaparezca aquella “burla”, acudí a www.archive.org y encontré una captura pero que le faltan algunas imágenes, entre los que le faltan los tildes por ejemplo, pero lo esencial está y le hice una captura de la web actualizada al 2007, no de la descarga (que muestra cuatro opciones de descargar) ya que con la primer captura, también contiene lo esencial del mensaje. Ahora al año 2014 ya no queda nada, para descargarlo hay que acudir a un foro, y en dicho foro encontramos un link a un sitio de descargas.

miércoles, 30 de julio de 2014

El dolor de la guerra.

Allá por enero del 2008 leí el libro El Dolor de la Guerra del autor Bao Ninh. Unos días antes, recorriendo una librería me atrajo la foto de la portada y pensé que se trataba de una “novelas más”, que mi genio interior me dice “pasala por alto”, pero inmediatamente se me dio por leer el autor e imaginé que era un vietnamita, no lo sabía pero tenía toda la pinta de serlo por el nombre, y efectivamente lo era. Así que lo levanté, lo tomé, lo miré y lo compré. Creo que fue la tapa que le hicieron, más el nombre del autor, lo que me llevó a comprarlo, que tampoco estaba muy caro, entre diez y quince pesos, ahora no recuerdo exacto. Siempre tuve ganas de leer algo sobre la guerra de Vietnam, pero no algo de estudios posteriores o ficción de algún autor extranjero. Esta era la novela que buscaba, estaba escrita “desde adentro”. Quien la escribió conocía mejor que nadie lo que fue la guerra.

Voy a transcribir lo que dice la solapa de la portada.
Bao Ninh nació en Hanoi en 1952. Durante la guerra de Vietnam sirvió en la Gloriosa 27º Brigada Juvenil. De los quinientos miembros de la misma que fueron a la guerra en 1969, él fue uno de los 10 supervivientes. “El dolor de la guerra” , su primera novela, ha sido un rotundo éxito de ventas en Vietnam. Ganadora de diversos premios literarios, como el que otorga “The Independent” a la mejor novela extranjera, Bao Ninh no pudo obtener el visado para salir de su país a recogerlos hasta cuatro años después de publicada.


Es quizás, sino, el libro más triste que haya leído hasta ahora. Como su título lo dice, una novela dolorosa. Hasta los pocos momentos que el personaje muestra como “felices”, están rodeados del peor de los escenarios. Tiene muerte, muertes y más muertes, violaciones, heridos, lisiados, inválidos, rupturas de familias, explosiones, peleas internas, prostitución, agresiones, soledad, vacío, tristeza, todo lo que uno encuentra en una guerra. Cuenta la historia de un joven que a los 17 se enrola al ejército frente a la inminencia de la guerra. Pasa los 11 años de guerra combatiendo con el ejército regular. Ni bien ingresa, le dan una instrucción de tres meses y lo destinan al sur. Es conveniente leer algo de información extra de cómo se desarrolló la guerra, en que situación, más que nada la parte histórica, que se encuentra en cualquier enciclopedia, porque sirve, a los que no conocen nada, poder ubicarse entiempo y espacio. El personaje se encontraba en Hanoi, y lo envían a combatir al sur del país. Parte con su batallón, pero como dice la introducción mueren todos, por lo menos su mayoría salvándose solo diez, no voy a contar como se salva, ni como se desarrolla el tema, porque eso se encuentra en la novela.

Es una novela corta, de 220 páginas. Se lee rápido. Tiene la particularidad de no estar divida en capítulos, cuando quiere separar algo, deja un espacio. Pero también esta escrita en una forma particular, continuamente da saltos en el tiempo, esta mezclada en el tiempo de acuerdo a como iba recordando los episodios al momento de escribirla, según el mismo autor cuenta.

Para vender el libro, en la portada y contratapa, pusieron opiniones de diarios, la opinión debe nacer del propio lector, es algo que no me gustó de la edición, quizás esos diarios hayan fomentado de alguna manera la edición en castellano, no lo se, conjeturas mías, aunque la novela sí que me gustó.

La novela tiene algunas ausencias que me llamaron la atención, más que nada por la idea que tenía sobre la guerra, idea infundada quizás en las películas que uno vez, en general películas americanas sobre la guerra, es decir, el autor no habla de los túneles en la guerra, tampoco hace mención a la guerrilla vietnamita, conocida como Vietcom. Pero intuyo que esto se debe a la situación que el personaje se encontraba en el ejército regular de Vietnam.

El lenguaje es común, el de un joven que no había querido ir a la universidad para alistarse al ejército. Al margen que puede ser una crítica a los países que utilizan a menores y chicos en las guerras, en este caso el joven tenía 17 años, pero es conocida la triste situación de África y sus conflictos internos y la utilización de chicos actualmente. Decía lo del lenguaje, porque deja ver en varias ocasiones la referencia a las creencias de los combatientes, menciona muchas historias de fantasmas, creencias vulgares y/o populares sobre fantasmas, sin sustento racional, el mismo autor lo dice.


Me llamó la atención, algo que quería escribirlo también, sobre el libro, que pertenece a la editorial Ediciones B, y al final en la contratapa dice Ediciones B destina el 0.7% de los beneficios por la venta de este ejemplar a Amnistía Internacional.


Para terminar voy a copiar algunos fragmentos

Allí la canina crece cerca de la orilla de los riachuelos, al alcance de la carpa de montaña, que mordisquea sus raíces, de forma que al pescarla resulta exquisita, pero de efectos narcotizadores. Los lugareños afirman que la canina se da muy bien en los cementerios o en cualquier parte en la que flote el olor de la muerte. Es una flor que ama la sangre. Su olor es tan dulce que cuesta creerlo. (Pág. 15)

Sin embargo, sólo unos pocos de sus héroes  vivirían desde las primeras escenas hasta las páginas finales, pues los vio, y a continuación los describió, atrapados en feroces tiroteos, en combates tan horribles que todo el mundo tuvo que participar en ellos ruega al cielo no volver a experimentar semejante terror. Combates en los que la muerte los acechaba, los perseguía y les tendía emboscadas. Donde una delgada línea separaba la muerte de la supervivencia: los iban matando uno a uno, o a todos a la vez; morían en el acto, o bien resultaban heridos y se desangraban entre terribles dolores; o es probable que vivieran, pero sufriendo las pesadillas de explosiones blancas que le desgarraban el alma y los despojaban de su personalidad.(Pág. 87)

A Kien y al resto del equipo del MIA no les hacía ninguna falta un juramento. Habían salido de la guerra imbuidos de respeto y luto por los desafortunados muertos, con o sin nombre. (Pág. 89)

Kien echó a reir. Naturalmente, Phuong tenía razón. Ella se subió de un salto y él se sentó y empezó a pedalear. Resultaba peligroso, ya que eran los únicos que andaban por aquellas calles desiertas y corrían el riesgo de que los guardias los arrestasen. Sin embargo, cuando se aproximaban a la estación, sonó la sirena que indicaba el cese de los bombardeos, lo que los hizo estallar en eufóricas carcajadas. Bajar a toda velocidad las últimas, desiertas calles camino de la estación, pasar por delante de los comercios vacíos, que devolvían el eco de sus risas, y coger un tren que iba a la guerra…, ¡era sensacional!. (Pág. 156)

martes, 29 de julio de 2014

¿Suerte o Éxito?

Suerte
Definición de Suerte según la RAE, trae 19 item más 11 frases comunes, voy a tomar solo las que me interesan.

Suerte.
(Del lat. sors, sortis).

1. f. Encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual. Así lo ha querido la suerte.

2. f. Circunstancia de ser, por mera casualidad, favorable o adverso a alguien o algo lo que ocurre o sucede. Juan tiene mala suerte. Libro de buena suerte.

3. f. suerte favorable. Dios te dé suerte. Juan es hombre de suerte.

4. f. Casualidad a que se fía la resolución de algo. Elegir caudillo por suerte. Decídalo la suerte.

6. f. Aquello que ocurre o puede ocurrir para bien o para mal de personas o cosas. Ignoro cuál será mi suerte. Fiar a hombres incapaces la suerte del Estado.

7. f. Estado, condición. Mejorar la suerte del pueblo. Hombre de baja suerte.

10. f. Manera o modo de hacer algo.

11. f. Como contrapuesto al azar en los dados y otros juegos, puntos con que se gana o acierta.

19. f. ant. En el comercio, capital, hacienda, caudal.

caerle a alguien en ~ algo.
1. fr. Corresponderle por sorteo.

2. fr. Sucederle algo por designio providencial.

caerle a alguien la ~.
1. fr. tocarle la suerte.

correr bien la ~ a alguien.
1. fr. Ser dichoso.

correr mal la ~ a alguien.
1. fr. Ser desgraciado.

tocarle a alguien en ~ algo.
1. fr. Tenerlo o tocarle en un sorteo.


Definición de Éxito según la RAE

Éxito.
(Del lat. exĭtus, salida).

1. m. Resultado feliz de un negocio, actuación, etc.

2. m. Buena aceptación que tiene alguien o algo.

3. m. p. us. Fin o terminación de un negocio o asunto.



Ahora bien, muchas veces decimos como expresión de deseo “buena suerte” o “mucha suerte” a alguien. Deseándole un bien a dicha persona.

Cuando este deseo se envía, por lo general, en la mayoría de los casos es antes de que suceda lo que va a suceder o, antes de que se conozca el resultado.

Hasta, y siguiendo las acepciones que nos brinda la RAE, no estaría mal, es lo correcto, que a uno lo ayude la providencia, librarse de un daño o perjuicio. Verse favorecido por la casualidad.

Resulta que últimamente se escucha una frase que repiten mucho y que dice “Éxitos, la suerte es para los mediocres”. Sin entrar en la palabra mediocre, que claramente es descalificadora, me atrevería a decir que los que repiten ese dicho ahora de moda, no tienen idea de lo que están diciendo, repiten por repetir, porque se lo escucharon a alguien, nunca se pusieron a analizar lo que están diciendo. (Es mi parecer, esto lo escribí hacia el año 2006, pero sigue en boga ahora en el 2014, aunque se escucha un tanto menos, al menos en los medios).

Ahora si volvemos a la RAE, encontramos que la palabra “éxito” nos habla ya de un resultado obtenido. El fin ya se obtuvo, por tanto si lo decimos antes de que esto se produzca, estaríamos utilizando mal la palabra, dándole el uso incorrecto, la frase no tiene sentido, esta “deseando algo” cuando en realidad ese algo ya debería haber sucedido. El éxito es más como un felicitación que como un deseo a que algo se produzca. Si no se quiere utilizar la palabra suerte, lo que debería hacerse es buscar otra palabra que vaya acorde con la oración y los hechos que se quiere expresar. ¿Y qué sucede si se desean “éxito” y nunca tenemos un resultado buscado, o bien, el resultado es desfavorable? En el último de los casos, al desear “suerte”, si bien no es la idea, siempre estaríamos dentro de sus acepciones cuando el resultado no es el esperado o sale mal, es una posibilidad incluida dentro de la frase, a lo sumo, pasaría a convertirse en “mala suerte”.

En todo caso, se puede utilizar el “buenaventura” o “buena ventura” que según la RAE nos dice

Buenaventura.
(De buena y ventura).

1. f. Buena suerte, dicha de alguien.
2. f. Adivinación supersticiosa de la suerte de las personas, que hacen las gitanas por el examen de las rayas de las manos y por su fisonomía.


Miremos ahora, cuatro ítem de la palabra “fortuna” que nos brinda nuevamente la RAE

Fortuna.
(Del lat. Fortūna).

1. f. Encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito.
2. f. Circunstancia casual de personas y cosas.
3. f. Suerte favorable.
4. f. éxito (ǁ buena aceptación).
probar ~.
1. fr. Intentar una empresa cuyo buen término se considera difícil o dudoso.



La palabra “fortuna” nuevamente nos acerca a la palabra “suerte” y no así a la palabra “éxito” que claramente nos indica algo ya aceptado, de algo que ya tenemos el resultado.

Todo sea por desterrar la mal-usado frase que dice “Éxito, la suerte es para los mediocres”, para que no se terminen convirtiendo en mediocres al hablar de semejante manera.


En Argentina se suelen inventar muchas cosas, algunas para bien, otras para mal, y también se suelen imponer modas que enseguida se adaptan al común de la gente y más cuando alguien con acceso a los medios las propaga, el común de la gente las adopta como tal sin ton ni son. Desconozco si en otro lado del Globo se utiliza, pero actualmente, digo actualmente porque cuando era más chico no recuerdo haberla escuchado a nadie, (quizás esté equivocado) y de repente, de un día para otro, era tan común como cualquier otra frase, decía, actualmente es común como expresión de deseo decir “mucha mierda”, lo cual ya me parece que es algo patético, como un insulto, le estás deseando “mierda”, un desecho, algo que no sirve, sin embargo, en la avesada mentalidad de muchos argentinos, esto un deseo “para bien”, me cuesta creerlo, lo veo más por el lado de la envidia y los malos deseos hacia el otro, quiero que no te vaya bien, pero si te lo digo así, seguramente te vas a ofender, te lo digo con una frase que en sí te lo está diciendo, peor te miento y escondo la frase en una interpretación por la cual te transmito un buen deseo, contrario a lo que la frase indica.
Para terminar, la frase en cuestión, ha evolucionado en el lenguaje de los argentinos, vaya uno a saber porque razón específicamente, lo cierto es que muchos dicen “mucha merde” que básicamente es lo mismo pero más lindo, decir  “mucha mierda” para algunos es muy chocante, pero en realidad quiero decirte eso, entonces lo voy a decir más suavecito, más escondiendo la palabra, distorsionándola, otros que se sienten no tan vulgares, a pesar que en el fondo piensen igual, no pueden rebajarse a decir “mucha mierda”, entonces adoptan el “mucha merde” con el cual marcan una diferencia con eso vulgares del “mucha mierda”, así vemos sectores bien diferenciados, que aunque en el fondo piensen igual con respecto al deseo que piensan transmitir, no sea cosa que alguien lo note, los hay de uno y los hay de otro.
Me pareció apropiado agregar a este mensaje, para no dejarlo pasar: Lo de “merde” viene de la época de los carruajes tirados por caballos:  cuanto más éxito una obra de teatro, más caballos “cagaban” la calle donde estaba el teatro…ergo a más mierda, más exitosa la obra.
Entiendo que la frase tenga su sentido, pero en su contexto. ¿Cuánto hace que se dejó de llegar a caballo a los teatros? ¡y a los teatros! No solo que es una frase atemporal en la actualidad, sino que se la utiliza para cualquier situación todo el tiempo, descontextualizada.

(Publicado originalmente el 09-12-2006)


Algunos links sobre el tema
2005 - http://www.liderazgoymercadeo.com/artic_detalle.asp?id_articulo=1001
2006 - http://psicoaraujo.blogia.com/2006/032902-el-cociente-de-exito.php
2006 - http://blogs.20minutos.es/yaestaellistoquetodolosabe/el-origen-de-la-expresion-mucha-mierda/
2007 - http://www.eduardpunset.es/113/general/el-exito-no-depende-de-la-suerte
2007 - http://www.tudecides.com.mx/articulos-y-casos-de-estudio/liderazgo/exito-icuestion-de-suerte-o-de-talento.html#.U9W6hp7D88J
2008 - http://www.fotolog.com/shinphoenix/50432091/
2009 - http://www.saberderecho.com/2009/11/yo-deseo-suerte.html
2010 - http://unmundobinario.com/2010/01/29/sobre-la-suerte-y-el-exito/
2011 - http://www.buenastareas.com/ensayos/Suerte-%C3%B3-%C3%89xito/1941716.html
2012 - http://honorioalvarez.com/suerte-o-exito/
2012 - http://pequenabiatch.blogspot.com.ar/2012/03/suerte-o-exito.html
2012 - http://www.emprendovenezuela.net/2012/09/emprendedor-suerte-o-exito.html
2013 - http://es.slideshare.net/miguelfrias1/emprendedor-suerte-o-exito
2013 - http://queaprendemoshoy.com/suerte-o-exito/
2013 - http://www.antoniotomasio.com/suerte-o-exito/ 

lunes, 28 de julio de 2014

Yendo por el Bois de Boulogne.

Yendo por el Bois de Boulogne
con un aire independiente
Oyes a las chicas decir
Debe ser un hombre pudiente
Yo fui el que hice saltar
la banca en Montecarlo.


Esa canción canta Lawrence de Arabia (en la película de 1962), cuando viaja en su camello entrando en el desierto. Me pregunto como se llamará la canción, si en realidad existe y tiene nombre, si se trata de un fragmento de otra canción, si la crearon para la película o si el mismo Lawrence la escribió. Desconozco si está publicada en su libro, porque no lo leí, pero no deja de ser una posibilidad.

En la película, continúa cantando con el eco de fondo:

Yendo por el Bois de Boulogne
con un aire independiente
Oyes a las chicas decir
Debe ser un hombre pudiente
Yo fui el que hice saltar
la banca en Montecarlo.

Si eres tan titán titán titán
yo una vez salté en la banca en Montecarlo.

domingo, 27 de julio de 2014

7-Zip File Manager

Esto lo escribí hacia el 2007, al día de hoy lo sigo utilizando. Un tiempo antes de aquella fecha, me había descargado un programita muy bueno. Buscando una alternativa para los archivos comprimidos, empecé a probar algunos compresores/descompresores gratis. Luego de varias pruebas, unas cuentas instalaciones, pruebas y desinstalaciones durante un tiempo y como resultado lograr que no me convenza ninguno (estaba usando como parámetros el Winzip y el Winrar), llegué al 7-Zip. 
El programa es una genialidad, es gratis y reúne prácticamente todas las funciones de los otros dos, es estable, potente, abarca una variada cantidad de formatos, cuando descubre un error, avisa del error y aun así descomprime y une el fichero (algo que los otros dos no hacen), y es gratuito. Esos programas que suelen aparecer, muy funcionales y necesarios, que vale la pena tener, sin gastar un peso ni tener que buscar como evitar que se bloqueen y esas cosas. 
Un programa de calidad. Su web, es muy simple (¿humildad o falta de recursos?) 
Dejo el link http://www.7-zip.org




domingo, 13 de julio de 2014

Una cosa bella entre recetas: Keats en la cocina


Otro antiguo papelito conservado, recortado de la sección Cocina de la Revista Viva del diario Clarín, posiblemente por los años 2000. 
La frase dice “Una cosa bella es un placer eterno” y está adjudicada a John Keats. 
No es estrictamente exacta: se trata de una traducción libre o ligeramente deformada del famosísimo primer verso del poema Endymion (1818), escrito por el poeta romántico inglés John Keats.

El verso original en inglés dice:

"A thing of beauty is a joy forever"
Su traducción literal y más extendida al español es:
"Algo hermoso es un gozo para siempre
(o "Una cosa bella es un gozo eterno" / "Una cosa bella es una alegría para siempre").
En la frase propuesta, el sustantivo original thing ("cosa") suele ser confundido o adaptado sintácticamente como "causa", y joy ("gozo" o "alegría") se traduce como "placer".

Sin embargo, más allá de la imprecisión en la versión impresa, el verdadero encanto del hallazgo radica en su desplazamiento. ¿Qué hace una cita de Keats —desplazada, filtrada por la memoria del traductor anónimo y recortada de un suplemento dominical— compartiendo espacio con recetas de cocina, entre listas de ingredientes y tiempos de horneado?
Hay algo profundamente poético en esa yuxtaposición involuntaria. La gastronomía, con su naturaleza efímera y terrenal, parece invocar a la poesía para reclamar, al menos por un instante, esa permanencia que Keats atribuía a la belleza. El recorte de papel, se convierte así en un objeto ambiguo: la reliquia de una lectura fugaz que sobrevivió al tiempo, un pequeño refugio estético guardado entre las cosas simples de la vida cotidiana.


Endymion es un poema narrativo monumental y bastante extenso: consta de 4 libros y suma en total más de 4.000 versos (alrededor de 1.000 versos por libro, escritos en pareados rimados de pentámetro yámbico (iambic pentameter)).
Keats lo concibió como un gran ejercicio de resistencia lírica y un verdadero reto de imaginación juvenil, basándose en el mito griego del pastor Endimión y la diosa de la luna, Selene (Cynthia en el poema).
Debido a su extensión y a la densidad de su lenguaje ornamental, hoy en día se lee mucho más a través de sus pasajes más célebres —como precisamente sus célebres primeros versos del Libro I— que en su totalidad.
 

Aquí están los célebres versos iniciales del Libro I de Endymion (1818):
A thing of beauty is a joy for ever: 
Its loveliness increases; it will never 
Pass into nothingness; but still will keep 
A bower quiet for us, and a sleep 
Full of sweet dreams, and health, and quiet breathing. 

En español:

Una cosa bella es un gozo para siempre: 
su hermosura aumenta; nunca 
pasará a la nada; antes bien, conservará 
un quieto cenador para nosotros, y un sueño 
lleno de dulces sueños, de salud y de quieta respiración.


#Texto + IA.


jueves, 10 de julio de 2014

The Opaque Vessel: Haste, Algorithms, and the Mystery of the Unforeseen Encounter

«Consciousness is like a vessel: if it is not clean, it will sour everything poured into it.» The phrase belongs to Horace. The exact line appears in his Epistles (Book I, Epistle 2, line 54):
«Sincerum est nisi vas, quodcumque infundis acescit.»
(«Unless the vessel is clean, whatever you pour into it turns sour.»)

Horace’s idea is relentless: no matter how pure or noble the liquid may be (feelings, intentions, affection), if the individual’s mind or disposition («the vessel») is contaminated by prejudice, unresolved pain, or rigid expectations, everything that enters it will end up souring. Horace identified with surgical precision this maxim, which presupposes a fundamental condition for encountering what is truly valuable: the cleanliness of consciousness—understood not only as moral rectitude, but as transparency, openness, and the capacity to welcome the foreign without corrupting it with one’s own distrust or bias.
Today, however, we face an unprecedented phenomenon. Contemporary haste and the architecture of digital life have altered the very nature of our «vessel.» Not only do we struggle to keep it clean; we have filled it in advance with the toxins of calculation, impatience, and predictability.


The Algorithm as a Prosthesis of Expectation

We live immersed in an attention economy sustained by recommendation systems. Algorithms are not designed to confront us with what is radically different, but to offer us continuous variations of what we already like. They operate under a logic of domesticated otherness: the feed shows us profiles, ideas, and lifestyles that confirm our inertia.
This dynamic has contaminated how we conceive human relationships. By transferring the logic of consumption into the realm of connection, we seek people who fit into pre-chewed parameters: the exact age range, the ideal ideological filter, matching hobbies. Modern haste—the demand to optimize every minute—abhors the friction of the unknown. There is no time to decipher a stranger; we demand immediate compatibility.


The Unforeseen as a Threat

What happens when life breaks through the algorithmic fence and crosses our path with an unexpected connection? Discomfort sets in. A true encounter with another person is always an experience of alterity: the other is not an extension of our preferences, but an incalculable mystery.
When consciousness lacks «cleanliness»—when it is corrupted by the anxiety for control, the fear of vulnerability, or the rush to categorize the speaker—the mystery of the other is perceived as a threat. If someone does not immediately fit into our molds, we assume they are wrong, dangerous, or a waste of our time.
Following Horace’s image, the pure liquid of an unexpected connection (the opportunity to learn, selfless affection, novelty) falls into a vessel saturated with prejudices and cautions. The outcome is inevitable: the relationship turns sour before having the chance to unfold. We accuse the other of being uncomfortable, when in reality it was our inability to welcome the unexpected that corrupted the contact.


Reclaiming the Cleanliness of the Vessel

Ensuring the possibility of the unforeseen requires a discipline of unlearning. Cleaning consciousness, in the context of the 21st century, implies voluntarily emptying the vessel through three fundamental actions:

1.    Suspending haste: The time required for a genuine connection is not the time of a click. It demands pause, active listening, and relinquishing instant evaluation.
2.    Embracing the other's opacity: Accepting that the human being before us will never be fully summarized by labels or a first impression.
3.    Disarming defensiveness: Recognizing that the discomfort caused by what is different is often a reflection of our own unresolved rigidities.
An unexpected relationship is not an accident to be corrected, but the ultimate proof that we remain alive in a processed world. Only a consciousness willing to clear its own noise can receive the novelty of the other without souring it, transforming the surprise of the encounter into an experience of authentic freedom.


The Skeptical and Extravagant Twist

Now, to twist the bolt of this idea, we can cross Horace's maxim with a skeptical, strange, and almost extravagant stance: what if the problem is not that the vessel is dirty, but that we think we know what dirt is, or worse, what if we suspect that the «liquid» coming from the outside doesn't exist and is merely an illusion of our own vessel?
From a perspective bordering on radical skepticism and the bizarre, the relationship with the other takes on three disquieting nuances:

1.    The Skepticism of the «Ghost Vessel» (Extravagant Solipsism): The radical skeptic suspects everything, even the existence of the other person. In this light, there was never an «unforeseen other» pouring anything into your vessel; everything that enters is merely an echo or a reflux from your own container. We believe we are falling in love or being surprised by a stranger, but we are only reacting to the sediment already sitting at the bottom. The «unforeseen relationship» is not an encounter with a stranger, but a mental magic trick where the vessel invents the flavor of the drink to convince itself it isn't sitting alone at the table.
2.    The Extravagance of «Deliberate Infection»: What if the only way to have an authentic experience in a hyper-calculated world was, precisely, to dirty the vessel in an outlandish way? Algorithms demand a sterilized, predictable, and transparent vessel from us. True skeptical extravagance would consist of consciously contaminating consciousness with absurd ideas, disconnected readings, or unpredictable attitudes, just to see what happens when it collides with another person. The unexpected encounter becomes a bizarre chemical experiment: two vessels with strange poisons or brews that, when mixed, do not default to souring, but instead explode or mutate into a comical or unclassifiable substance.
3.    The Paranoia of Purity (The Toxic Mystery): A skeptic would say of Horace: «Beware of whoever demands a perfectly clean vessel, for they often confuse purity with emptiness.» Someone obsessed with keeping their consciousness free of all stain or prejudice becomes incapable of reacting. A vessel so immaculate and sterilized rejects any liquid that is not distilled water. When a lost, strange, or unexpected person arrives—full of nuances, oddities, and contradictions—the ultra-purged mind does not welcome them; it perceives them as a toxic contaminant. Skepticism warns us that the obsession with «moral or mental cleanliness» is, in itself, the greatest of manias.

Ultimately, epistemological skepticism questions whether what we perceive is real or true, doubting dogmas, appearances, and reason's capacity to reach absolute certainties.
Facing Horace, the skeptic doubts that the vessel can ever be «clean,» or questions whether «dirt» is nothing more than an arbitrary label we slap onto things because we cannot know their true nature. Brought into the realm of unexpected relationships, for the skeptic, the unforeseen other remains an indecipherable enigma: you will never know if they love you, deceive you, or are a projection of your own mind. The unexpected relationship, therefore, does not come to resolve anything, but to force us to suspend our prior judgments (epoché) and learn to inhabit permanent uncertainty.


Made in collaboration with my virtual assistant.

miércoles, 9 de julio de 2014

La vasija opaca: Prisa, algoritmos y el misterio del encuentro imprevisto

 


«La conciencia es como un vaso: si no está limpio, ensuciará todo lo que se eche en él.» La frase le pertenece a Horacio. El verso exacto aparece en sus Epístolas (Libro I, Epístola 2, verso 54):
«Sincerum est nisi vas, quodcumque infundis acescit.»
(«Si el recipiente no está limpio, cualquier cosa que viertas en él se agria.»)


La idea de Horacio es implacable: no importa cuán puro o noble sea el líquido (los sentimientos, las intenciones, el afecto), si la mente o la disposición del individuo («el vaso») está contaminada por el prejuicio, el dolor no resuelto o las expectativas rígidas, todo lo que entre en ella terminará agriándose.
Horacio advirtió con precisión quirúrgica esta sentencia que presupone una condición fundamental para el encuentro con lo verdaderamente valioso: la limpieza de la conciencia, entendida no solo como rectitud moral, sino como transparencia, apertura y capacidad de acoger lo ajeno sin viciarlo con la propia desconfianza o el sesgo.
Hoy, sin embargo, nos enfrentamos a un fenómeno inédito. La prisa contemporánea y la arquitectura de la vida digital han modificado la naturaleza misma de nuestro «vaso». No solo nos cuesta mantenerlo limpio; lo hemos llenado de antemano con las toxinas del cálculo, la impaciencia y la predictibilidad.


El algoritmo como prótesis de la expectativa

Vivimos sumergidos en una economía de la atención sustained por sistemas de recomendación. Los algoritmos no están diseñados para confrontarnos con lo radicalmente distinto, sino para ofrecernos variaciones continuas de lo que ya nos gusta. Operan bajo una lógica de la otredad domesticada: el feed nos muestra perfiles, ideas y estilos de vida que confirman nuestras inercias.
Esta dinámica ha contaminado la forma en que concebimos las relaciones humanas. Al trasladar la lógica del consumo al terreno del vínculo, buscamos personas que encajen en parámetros previamente masticados: el rango de edad exacto, el filtro ideológico idóneo, los pasatiempos afines. La prisa moderna —esa exigencia de optimizar cada minuto— aborrece la fricción de lo desconocido. No hay tiempo para descifrar a un extraño; exigimos compatibilidad inmediata.


El imprevisto como amenaza

¿Qué ocurre cuando la vida rompe el cerco algorítmico y nos cruza con un vínculo imprevisto? Aparece la incomodidad. El encuentro verdadero con otra persona siempre es una experiencia de alteridad: el otro no es una extensión de nuestras preferencias, sino un misterio incalculable.
Cuando la conciencia carece de «limpieza» —cuando está viciada por la ansiedad de control, el miedo a la vulnerabilidad o la prisa por clasificar al interlocutor—, el misterio del otro se percibe como una amenaza. Si alguien no encaja de inmediato en nuestros moldes, asumimos que está equivocado, que es peligroso o que nos resta tiempo.
Siguiendo la imagen de Horacio, el líquido puro de la relación imprevista (la oportunidad de aprendizaje, el afecto desinteresado, la novedad) cae sobre un recipiente saturado de prejuicios y cautelas. El resultado es inevitable: la relación se agria antes de haber tenido la oportunidad de desplegarse. Acusamos al otro de ser incómodo, cuando en realidad ha sido nuestra incapacidad de acoger lo inesperado lo que ha corrompido el contacto.


Recuperar la limpieza del recipiente

Garantizar la posibilidad del imprevisto exige una disciplina del desaprendizaje. Limpiar la conciencia, en el contexto del siglo XXI, implica vaciar voluntariamente el vaso mediante tres acciones fundamentales:

1.    Suspendiendo la prisa: El tiempo del vínculo no es el tiempo del clic. Requiere pausa, escucha activa y la renuncia a la evaluación instantánea.
2.    Abrazando la opacidad del otro: Aceptar que el ser humano que tenemos enfrente jamás quedará resumido en sus etiquetas o en una primera impresión.
3.    Desactivando la defensiva: Reconocer que la incomodidad que nos genera lo distinto suele ser el reflejo de nuestras propias rigideces no resueltas.
La relación imprevista no es un accidente que deba corregirse, sino la prueba definitiva de que seguimos vivos en un mundo procesado. Solo una conciencia dispuesta a despejar sus propios ruidos puede recibir la novedad del otro sin agriarla, transformando la sorpresa del encuentro en una experiencia de auténtica libertad.


La vuelta de tuerca escéptica y extravagante

Ahora bien, para retorcer la tuerca de esta idea, podemos cruzar la sentencia de Horacio con una postura escéptica, extraña y casi extravagante: ¿qué pasa si el problema no es que el vaso esté sucio, sino que creemos que sabemos qué es la suciedad, o peor aún, si sospechamos que el «líquido» que viene de fuera no existe y es solo una ilusión de nuestra propia vasija?
Desde una óptica que linda con el escepticismo radical y lo bizarro, la relación con el otro toma tres matices inquietantes:

1.    El escepticismo de la «Vasija Fantasma» (Solipsismo extravagante): El escéptico radical sospecha de todo, incluso de la existencia de la otra persona. Bajo esta luz, nunca hubo un «otro imprevisto» vertiendo nada en tu vaso; todo lo que entra es solo un eco o un reflujo de tu propio recipiente. Creemos que nos enamoramos o nos sorprendemos de un desconocido, pero solo estamos reaccionando a los sedimentos que ya teníamos al fondo. La «relación imprevista» no es un encuentro con un extraño, sino un truco de magia mental donde el vaso inventa el sabor de la bebida para convencerse de que no está solo en la mesa.
2.    La extravagancia de la «Infección Deliberada»: ¿Y si la única forma de tener una experiencia auténtica en un mundo hipercalculado fuera, precisamente, ensuciar el vaso de forma estrafalaria? Los algoritmos nos piden un vaso esterilizado, predecible y transparente. La verdadera extravagancia escéptica consistiría en contaminar conscientemente la conciencia con ideas absurdas, lecturas inconexas o actitudes impredecibles solo para ver qué pasa cuando choca con otra persona. El encuentro imprevisto se convierte en un experimento químico bizarro: dos recipientes con venenos o brebajes extraños que, al mezclarse, no se agrian por defecto, sino que explosionan o mutan en una sustancia cómica o inclasificable.
3.    La paranoia de la pureza (El misterio tóxico): Un escéptico diría sobre Horacio: «Cuidado con quien exige un recipiente perfectamente limpio, porque a menudo confunde la pureza con la vacuidad». Alguien obsesionado con tener la conciencia libre de toda mancha o prejuicio se vuelve un ser incapaz de reaccionar. El vaso tan impoluto y esterilizado rechaza todo líquido que no sea agua destilada. Cuando llega una persona extraviada, rara o imprevista —llena de matices, rarezas y contradicciones—, la mente ultra-expurgada no la acoge; la percibe como un contaminante tóxico. El escepticismo nos advierte que la obsesión por la «limpieza moral o mental» es, en sí misma, la mayor de las manías.
En última instancia, el escepticismo epistemológico se pregunta si lo que percibimos es real o verdadero, dudando de los dogmas, de las apariencias y de la capacidad de la razón para llegar a certezas absolutas.
Ante Horacio, el escéptico duda de que el vaso pueda estar «limpio» alguna vez, o cuestiona si la «suciedad» no es más que una etiqueta arbitraria que le ponemos a las cosas porque no podemos conocer su verdadera naturaleza. Llevado al terreno de las relaciones inesperadas, para el escéptico el otro imprevisto es un enigma indescifrable: nunca sabrás si te ama, si te engaña o si es una proyección de tu propia mente. La relación imprevista, por lo tanto, no viene a resolver nada, sino a obligarnos a suspender nuestros juicios previos (epojé) y a aprender a habitar la incertidumbre permanente.



Hecho en colaboración con mi asistente virtual.

martes, 8 de julio de 2014

The veil and the wound: notes on humor as a form of intelligence

 “Good humor always places a veil over pain.” 

Wenceslao Fernández Flórez.


There is a phrase worth reading twice. The first time, quickly, like an after-dinner aphorism. The second time, slowly, because it hides a complete architecture. It was spoken by Wenceslao Fernández Flórez on May 12, 1945, in his induction speech to the Royal Spanish Academy, titled Humor in Spanish Literature:

"The humorist is, ultimately, a sad person. They always place a veil over pain: you look at their eyes and they are wet, but, meanwhile, their lips smile. Deep down, there is nothing more serious than humor."
The image is precise to the point of discomfort: a veil. Not a cure, not a solution, not a denial. A veil. Something that stands in the way without erasing what it covers. That is where the problem begins—and also the interesting part of the matter.


Three layers of the same word

Before discussing whether that veil is wisdom or cowardice, it is worth dismantling the term. "Good humor" is not just one thing; it is at least three:
As a state of mind, it is affective: serenity, temperance, a disposition not to be swept away by everyday noise. As a vital attitude, it is almost an Aristotelian virtue: the ability to take a critical distance from oneself, to cushion the gravity of suffering through jovial detachment. And as a trait of intelligence, it is purely cognitive: the skill to detect the absurd, the paradoxical, the implausible that runs through daily life.
Irony, in its good versions, operates in these three registers at once. It neither heals the wound nor resolves its cause. It places a filter—Fernández Flórez's veil—that allows one to look reality in the face without it blinding or burning. Sometimes that filter is a momentary refuge to catch one's breath. At other times, a modest elegance to soften the blow before walking on. In no case is it free: it costs something, and that cost is precisely what makes it interesting as an object of analysis and not just as a pleasant gesture.


The objection, first in its moderate version

Every thesis on the veil deserves its counterargument, and this one has a reasonable version before becoming extreme. The skeptical question is simple: isn't cushioning the pain, deep down, a way of evading it? From that perspective, the veil does not protect: it blinds, it numbs, it masks. It prevents an honest confrontation with existence.
The argument has its logic. Laughter can operate as a social or psychological anesthetic. By softening tragedy with irony, one runs the risk of resigning oneself to it instead of processing it to the end, or trying to transform it. It is the usual critique against any relief mechanism: that it relieves too well, and that this relief substitutes for the real work.


The extreme version: Cioran tolerates no sugarcoating

If the moderate objection distrusts the veil, Cioran outright declares it the enemy. For the philosopher of radical pessimism, good humor is a cowardly defense mechanism against the abyss. Pain and despair are, for him, the only access routes to an unadorned truth. Interposing a veil—however elegant or ingenious it may be—is refusing to look nothingness in the face. His quote summarizes it leaving no room for ambiguity: "Hope is the normal form of a lack of lucidity."
Under that lens, the humorist who smiles with wet eyes is not being brave. They are being incapable of holding a steady gaze into the void without seeking the refuge of a grimace.


Schopenhauer: humor as a truce, not an escape

It is fitting now to bring in someone who, sharing the underlying pessimism with Cioran, reaches an almost opposite conclusion about humor: Arthur Schopenhauer.
In The World as Will and Representation, Schopenhauer constructs a theory of incongruity: laughter arises when there is a sudden dissonance between an abstract concept—what reason thinks—and the real object, as it is perceived. It is the momentary victory of concrete perception over the rigidity of the concept. And he distinguishes humor from irony on a key point: irony is objective, saying something serious disguised as a joke for others; humor is subjective, it is the subject's gaze upon themselves. The humorist perceives human misery, the impossibility of satisfying the Will, and instead of despairing, smiles at the incongruity of human endeavors.
For Schopenhauer, then, humor is not an escape: it is a metaphysical escape valve, a brief and ingenious intellectual rest, a truce where intelligence laughs at its own conceptual traps.
There lies the real disagreement between two first-rate pessimists, and it is no minor one: both agree that the world is fundamentally tragic, but they disagree on what intelligence is for in the face of that diagnosis. For Schopenhauer, the world is driven by a blind and insatiable Will that condemns us to oscillate between the pain of not obtaining what is desired and the boredom of obtaining it. But there are windows of liberation: just as art and aesthetic contemplation disconnect us for an instant from the yoke of desire, humor functions as an intellectual shortcut. Laughter reveals a system failure—reason stumbles upon detecting the incongruity—and that stumble suspends, even if only for seconds, the tragic gravity of the Will. The humorist does not ignore tragedy: they understand it so well that they position themselves above it through the intellect. It is contemplative consolation, not denial.
Cioran, an heir to that pessimism, but without the Schopenhauerian faith in aesthetic consolation, rejects any mechanism that mitigates the void. If Schopenhauer sees humor as a rest, Cioran sees it as cowardice or a trap of hope: to smile in the face of pain is to label it, digest it, make it tolerable. And that, for him, is betraying the purity of suffering.


Bergson: laughter does not look inward, it looks toward society

There is still a third way, and it is the most foreign to the previous two because it changes the grounds for discussion: not metaphysical, but social. Henri Bergson, in Laughter (1900), seeks neither consolation nor existential lucidity. He seeks function.
His central thesis is "the mechanical superimposed on the living": life is fluidity, elasticity, constant adaptation. We laugh when someone loses that vital agility and behaves like a machine or an inert object—the stumble from distraction, clumsiness, rigidity of character. For that laughter to occur, Bergson argues, a "momentary insensitivity of the heart" is necessary: empathy must be paused, because humor appeals to pure and detached intelligence. Laughter, then, is not an intimate veil against one's own pain. It is a social corrective, a way society has of gently punishing rigidity or a lack of adaptability, forcing the individual to rejoin the flexible flow of the collective.


Returning to Fernández Flórez, now better equipped

Placed side by side, the three positions draw a fairly clear map. Bergson freezes the heart to correct the behavior of others. Cioran declares that any grimace of relief is cowardice that numbs lucidity. And in the middle of that intersection—neither cold social corrective, nor cowardly denial of lucidity—appears Fernández Flórez's intuition, which is, of the three, the most human and the most everyday: that of the indispensable refuge.
The humorist, in this reading, does not ignore the gravity of the world nor pretends to resolve it with abstract formulas. Nor do they fall into the trap of naive optimism, which would be the easy caricature of all this. They know, like Schopenhauer, that existence creaks under the weight of its own incongruity. But instead of letting themselves be crushed by that certainty, they choose the elegance of detachment.
Humor does not destroy tragedy. It envelops it. It allows one to hold their gaze without being blinded by the glare of their own wound. And there, after navigating Bergsonian anesthesia, Schopenhauer's metaphysical diagnosis, and Cioran's relentless despair, the original paradox returns to its starting point with all its strength intact:

"The humorist is, ultimately, a sad person. They always place a veil over pain: you look at their eyes and they are wet, but, meanwhile, their lips smile. Deep down, there is nothing more serious than humor."



#Co-created with AI.

lunes, 7 de julio de 2014

El humor y el dolor


 “El buen humor siempre pone un velo ante el dolor.”
Wenceslao Fernández Flores.


Esa frase pertenece al escritor y periodista español Wenceslao Fernández Flórez (1885–1950) fue un destacado escritor y periodista español conocido por su estilo irónico y agudo.
Forma parte de una reflexión más amplia sobre la naturaleza de la risa y la tristeza que pronunció en su discurso de ingreso a la Real Academia Española (RAE) el 12 de mayo de 1945, titulado precisamente El humor en la literatura española.
El fragmento completo dice:

«El humorista es, en último término, un triste. Pone siempre un velo ante el dolor: miráis sus ojos y están húmedos, pero, mientras, sonríen sus labios. En el fondo, no hay nada más serio que el humor». 

¿Qué es el "buen humor"?

El buen humor puede entenderse en tres niveles complementarios:

•    Como estado de ánimo (afectivo): Una disposición anímica caracterizada por la serenidad, la predisposición a la alegría y la templanza. Es la capacidad de mantener un tono vital estable y amable sin dejarse arrastrar por las turbulencias cotidianas.
•    Como actitud vital o virtud (filosófico/existencial): Una forma de elegancia mental. Es la capacidad de tomar distancia crítica de uno mismo y de las dificultades, amortiguando la gravedad del sufrimiento mediante el distanciamiento jovial.
•    Como rasgo de la inteligencia (cognitivo): La destreza para percibir el lado absurdo, paradójico o inverosímil de las situaciones de la vida cotidiana.

La ironía y la calidez del buen humor suelen funcionar exactamente así: no borran la herida ni solucionan la causa, pero colocan un filtro sutil —un velo protector— que permite mirar la realidad de frente sin que encandile ni queme.
A veces ese velo es un refugio momentáneo para tomar aliento; otras, una elegancia púdica para amortiguar el impacto antes de seguir caminando.

Postura escéptica. Una mirada escéptica al humor como «velo protector» implica cuestionar si amortiguar el dolor no es, en el fondo, una forma de evadirlo o diluirlo. Desde esta postura, el velo no protege: cega, adormece o enmascara la realidad, impidiendo una confrontación honesta con la existencia.
El escepticismo frente al humor argumenta que la risa puede funcionar como un anestésico social o psicológico. Al suavizar la tragedia con la ironía, nos resignamos a ella en lugar de procesarla hasta sus últimas consecuencias o intentar transformarla.

Postura extrema. Émile Cioran: La lucidez no tolera paños fríos
El filósofo del pesimismo y la lucidez radical vería en el buen humor un mecanismo de defensa cobarde frente al abismo. Para Cioran, el dolor y la desesperación son las únicas vías de acceso a una verdad sin adornos. Interponer un velo —por más elegante o ingenioso que sea— es negarse a mirar la nada de frente:

«La esperanza es la forma normal de la falta de lucidez».
Un escéptico cioraniano diría que el humorista que sonríe mientras sus ojos están húmedos no está siendo valiente, sino incapaz de sostener la mirada fija en el vacío sin buscar el refugio de una mueca.


¿Qué decía Arthur Schopenhauer sobre el humor?

Para Schopenhauer, el humor no es una mera ligereza, sino un fenómeno profundamente intelectual basado en la teoría de la incongruencia

•    El choque entre concepto y realidad: Schopenhauer argumentaba en El mundo como voluntad y representación que la risa surge cuando se produce una disonancia repentina entre un concepto abstracto (lo que la razón piensa) y el objeto real/intuitivo (la realidad tal como se percibe). La risa es la victoria momentánea de la percepción concreta sobre la rigidez de los conceptos abstractos.
•    El humor frente a la ironía: Mientras que la ironía es «objetiva» (dice algo en serio disfrazándolo de broma para los demás), el humor es «subjetivo»: es la mirada del sujeto sobre sí mismo. El humorista percibe la miseria humana y el dolor de la existencia (la imposibilidad de colmar la Voluntad), pero en lugar de desesperar, sonríe ante la incongruencia de los afanes humanos. 
•    Una válvula de escape metafísica: Frente al sufrimiento inevitable del mundo, el humor funciona para Schopenhauer como un leve e ingenioso descanso intelectivo, una tregua donde la inteligencia se ríe de sus propias trampas conceptuales.

Schopnehauer y Cioran, ambos son pesimistas de primer orden, pero parten de premisas diferentes y, sobre todo, entienden la función del humor desde ángulos opuestos. La clave de su desacuerdo radica en para qué sirve la inteligencia frente al sufrimiento.

1. El pesimismo de Schopenhauer: El humor como tregua intelectivo-estética

Para Schopenhauer, el mundo está movido por la Voluntad: un impulso ciego, irracional e insaciable que nos condena a oscilar eternamente entre el dolor (cuando no obtenemos lo que deseamos) y el aburrimiento (cuando lo obtenemos).
Sin embargo, Schopenhauer cree que el ser humano tiene ventanas de liberación momentánea. Así como el arte y la contemplación estética nos desconectan por un instante del yugo del deseo, el humor funciona como un atajo intelectual:

•    La risa revela una falla del sistema: Al detectar la incongruencia entre una noción abstracta y la realidad concreta, la razón tropieza. Ese tropiezo produce risa y suspende, aunque sea por segundos, la gravedad trágica de la Voluntad.
•    Sonreír de nuestra propia miseria: Para Schopenhauer, el humorista no ignora la tragedia; la comprende tan bien que se sitúa por encima de ella mediante el intelecto. Es un consuelo contemplativo, no una negación.
2. El pesimismo de Cioran: La lucidez no tolera calmantes

Cioran, heredero del pesimismo schopenhaueriano pero sin su sistema metafísico ni su fe en el consuelo estético, rechaza cualquier mecanismo que pretenda atenuar el vacío.
Para Cioran, la existencia no tiene sentido y la única postura honesta es la lucidez radical (sostener la mirada ante el abismo sin parpadear ni buscar refugios):

•    El humor como anestesia: Si Schopenhauer ve el humor como un "descanso", Cioran lo ve como una cobardía o una trampa de la esperanza. Sonreír ante el dolor implica ponerle una etiqueta, digerirlo y hacerlo tolerable.
•    La falta de compromiso con la desesperación: Para el filósofo rumano, reconciliarse con la vida mediante una sonrisa ingeniosa es traicionar la pureza del sufrimiento. El dolor no necesita "velos" ni "treguas"; exige ser experimentado en toda su crudeza absurda.


¿Qué diría Henri Bergson?

Henri Bergson, en su célebre libro La risa (1900), aborda lo cómico desde una perspectiva radicalmente distinta: no como un consuelo metafísico, sino como un mecanismo social y vital

•    «Lo mecánico superpuesto a lo vivo»: Es la tesis central de Bergson. La vida es fluidez, elasticidad, adaptación constante y gracia. Nos reímos cuando una persona o situación pierde esa agilidad vital y se comporta como una máquina o un objeto inerte (por ejemplo, el tropiezo por distracción, la torpeza, la manía o la rigidez de carácter). 
•    Anestesia del corazón: Bergson sostiene que el humor exige una «insensibilidad momentánea del corazón». Para reírse de algo o alguien, la empatía y las emociones deben quedar en pausa; el humor apelaría a la inteligencia pura y desapegada. 
•    La risa como castigo o correctivo social: Para Bergson, la risa no es un velo íntimo contra el dolor, sino una función social. La sociedad utiliza la risa como un "correctivo" suave para castigar la rigidez, la falta de adaptabilidad o la torpeza de los individuos, obligándolos a reincorporarse al flujo flexible del colectivo

Si para Bergson la risa exige congelar el corazón para corregir la conducta social, y para Cioran cualquier mueca de alivio es una cobardía que adormece la lucidez, la intuición de Fernández Flórez se ubica en un lugar mucho más humano y cotidiano: el del refugio indispensable.
El humorista no ignora la gravedad del mundo ni pretende resolverla mediante fórmulas abstractas. Tampoco cae en la trampa del optimismo ingenuo. Sabe, como Schopenhauer, que la existencia cruje bajo el peso de su propia incongruencia. Pero en lugar de dejarse aplastar por esa certeza, elige la elegancia del distanciamiento.
El humor no destruye la tragedia; la envuelve. Permite sostener la mirada sin terminar ciego por el resplandor de la herida. Por eso, al final de este contraste entre la anestesia, el diagnóstico social y la desesperación sin tregua, la paradoja vuelve a su punto de origen con toda su fuerza:
«El humorista es, en último término, un triste. Pone siempre un velo ante el dolor: miráis sus ojos y están húmedos, pero, mientras, sonríen sus labios. En el fondo, no hay nada más serio que el humor».


#CoCreadoConIA

Life is a great bundle of little things

 “Life is a great bundle of little things.”
Oliver Wendell Holmes Sr

The phrase comes from The Professor at the Breakfast-Table, published in 1860. Holmes does not limit himself to stating that life is made up of small things: he introduces a precise and somewhat domestic image—a bundle, a sheaf, a handful of elements gathered together with no apparent hierarchy. Haz is a possible and quite elegant translation in Spanish, but in everyday Spanish, it could be translated as “La vida es un gran conjunto de pequeñas cosas.” The passage, moreover, contains a subtle ironic interplay. The narrator says, “Life is a great bundle of little things,” and one of the interlocutors reverses the formula: “Life is a great bundle of great things.” The wit lies right there, in that opposition between the great things we imagine constitute a life and the small ones that actually compose it.

It is worth remembering, in passing, that this refers to Oliver Wendell Holmes Sr., the American physician and writer, and not his son, the famous jurist.

There is something almost anti-spectacular about the sentence. When we talk about a life, we usually do so retrospectively. We select events and turn them into milestones: a birth, a death, a marriage, a trip, a war, a published book, an illness, a move. Biography needs to select. Life does not. Daily life does not unfold through neatly demarcated events. It unfolds while we wait for the bus, make a purchase, walk a few blocks, talk to someone, read a few pages, cook, clean, get bored, remember something, forget something else, look out the window, or return to a street we already know. Most of an existence does not seem to be made of events. It is made of intervals. And perhaps therein lies the strength of Holmes's phrase: a life is not the sum of its great moments, but the enormous collection of small experiences that we almost never consider worthy of being recorded.

A possible connection to skepticism appears here, though there is no need to turn Holmes into a philosopher. Skepticism, in a broad sense, introduces a distrust toward overly certain claims—not only toward grand theories, but also toward our own interpretations. And one of the most persistent is imagining that we know which events are truly important. We say, “This changed my life,” “That was the turning point,” “From then on, everything was different.” But how do we know that was the case? It is possible that we are retrospectively constructing a continuity that, at the moment of living it, did not exist. The skeptic can introduce a small discomfort: perhaps we exaggerate the importance of extraordinary events because they are easier to remember, to narrate, and to turn into explanations. A ten-minute conversation can have consequences for twenty years. A seemingly insignificant decision can alter an entire trajectory. A person encountered by chance on a street can end up being fundamental. A book read almost by accident can alter a way of thinking. And, conversely, that which at a given moment seemed monumental may later disappear without leaving almost any trace. Life, seen from this perspective, has something unpredictable and un-narrative about it. It does not behave like a well-constructed novel.

A particularly fertile connection is found in Montaigne. He turned a vast number of seemingly secondary matters into subject matter for thought. He did not need to wait for extraordinary historical events to write about human existence. He could dwell on a custom, a meal, an illness, a conversation, an anecdote, a memory, a physical trait, an observation about animals, or an everyday experience. This alters the traditional hierarchy of topics. The everyday ceases to be merely what occurs between important events and becomes a subject of knowledge. Montaigne seems to say that if we want to know what a man is, we do not need to observe him only when he accomplishes something exceptional. We must also observe him when he is sitting, when he eats, when he sleeps, when he is afraid, when he changes his mind, when he contradicts himself, when he gets bored. Ordinary existence ceases to be the background of life. It is life.

At this point, Ortega y Gasset enters the picture. The proximity to Holmes should not be framed as if both defended the exact same theory. They do not. But there is a particularly interesting connection surrounding the word “circumstance.” Ortega wrote that famous formula: “I am I and my circumstance, and if I do not save it, I do not save myself.” Circumstance is not simply the stage on which a person exists. It forms part of what that person is. Here, Holmes's phrase can acquire a different dimension. Small things are not merely small external events. They are also the concrete circumstances through which a life is realized: a specific house, a specific street, specific people, specific objects, specific habits, specific schedules, specific places, specific memories. Abstract life does not exist. This life exists. This person. This body. This room. This street. This conversation. This day. In that sense, Holmes's bundle can be read, without pushing the comparison too far, as a collection of circumstances that end up forming what we retrospectively call a life.

Culture usually rewards the extraordinary. Biographies are written around major events. The news selects the exceptional. Social networks favor what can be displayed. Even when we tell the story of our own lives, we tend to select what seems worthy of being told. But a paradox exists: the exceptional occupies very little time. A person can spend twenty years preparing for an event that lasts a few hours. They can take ten years to write a book that will later be read in a few days. They can train for months for a competition that lasts minutes. They can work for decades to reach a retirement that occupies a brief fragment of their existence. The event is visible. The process is quiet. And yet, the process occupies almost all of life. Holmes's phrase forces us to invert our perspective. The small ceases to be that which happens between important things. The small is that which sustains the important things.

A similar formulation is attributed to Charles Dickens: “Little things make the sum of life.” The idea is practically complementary. If Holmes imagines life as a great bundle of little things, Dickens observes that those things end up forming the total sum of an existence. But it is worth pausing here. A sum does not need to be composed of extraordinary elements. It can be formed by thousands of insignificant operations. One day does not seem important. Nor does the next. Nor the next. But thousands of days end up constituting a life. The same happens with habits, conversations, walks, readings, encounters, and even small mistakes. Individual insignificance does not prevent cumulative importance.

Another widespread formulation belongs to Frank A. Clark: “Everyone is trying to accomplish something big, not realizing that life is made up of little things.” Here the opposition becomes clearer: doing something big versus living. And perhaps the two are not equivalent. A person can accomplish something extraordinary and yet spend most of their existence doing completely ordinary things. The writer who publishes a great novel spends much more time editing sentences, walking, eating, sleeping, and running errands than writing the sentence for which they will be remembered. The scientist who makes a discovery spends years conducting experiments that lead nowhere. The politician who stars in a historical event also goes through thousands of absolutely banal moments. History preserves the event. Life preserves the rest.

Here, another older tradition can emerge: Seneca. In De brevitate vitae, he insists that the problem is not simply that life is short, but that we waste a huge part of it. But there is an interesting difference. For Seneca, everyday time can be an object of moral management. For Holmes, small things can simply be what existence is made of. A contemporary reading could unite both perspectives: if life is made of small things, then our relationship with them matters enormously. Not because every small thing has to turn into a monumental experience, but precisely because we cannot escape them. We do not only live the events we will remember. We also live all those we will forget.

Another possible literary connection appears with Borges. He had an acute awareness of the relationship between memory, identity, and time. In many of his texts, the suspicion arises that what we believe ourselves to be depends on an arbitrary selection of memories. A life told retrospectively is always a construction. We choose certain events and discard others. But what we discard was not necessarily lived any less. This difference between living and being able to tell what was lived is fundamental. A biography needs a plot. Existence does not. Perhaps that is why a real life always overflows any narrative we construct about it.

There is even an almost political dimension to this vindication of the small. A society obsessed with productivity, success, visibility, and exceptionality tends to value what can be measured or displayed: the result, the promotion, the award, the record, the quantity, the influence, the recognition. But there is a vast area of existence that produces nothing spectacular and yet constitutes virtually all of our experience. Walking without a purpose. Reading a book without turning it into content. Having a conversation without publishing it. Looking at a building facade. Walking down a street once again. Keeping an object because it reminds us of something. Taking a photograph that no one will see. Thinking for hours about something that will never turn into a conclusion. Even getting bored. All those activities seem insignificant from a productivist perspective. But from Holmes's perspective, they constitute precisely the material of which a life is made.

There is also a paradox of memory here. We especially remember that which breaks continuity: the accident, the trip, the death, the celebration, the failure, the discovery, the unexpected encounter. Precisely because those events break the monotony, they are easier to remember. The everyday, on the other hand, vanishes. And perhaps that is why we tend to overestimate the extraordinary. Not necessarily because it was more important, but because it is more memorable. A life reconstructed solely from memory would then be a distorted life: a kind of photograph composed only of exceptions. Holmes introduces a simple correction: let us not confuse the memorable with the important.

We can take the sentence even further. What would be a “little thing”? It can be an action, an object, a thought, a conversation, a habit, a place, a person, a smell, a walk, a read page, a wait, a gesture, a memory, even a mistake. There is no objective unit of life. What is insignificant to one person can be decisive for another. An old photograph may be worth nothing economically and be virtually irreplaceable to the person who keeps it. An ordinary street can be just any street to millions of people and contain the entire childhood of just one. A mediocre book can become a fundamental book simply because it was read at the right time. The importance is not necessarily in the thing itself. It is also in the relationship we establish with it. And that makes defining what constitutes a life even harder.

Here it is worth introducing a fourth connection, particularly attuned to the kind of reflection we have been engaging in: Georges Perec. His literary project of observing the infra-ordinary—that which happens every day and precisely for that reason we stop looking at—functions almost as a perfect literary continuation of Holmes. Perec allows us to take the sentence from philosophy into a kind of archaeology of the everyday: looking at a square, a street, a table, an object, a repeated path, and asking ourselves what is there that we normally do not see. Skepticism then functions not as a doctrine, but as an attitude of distrust toward our own hierarchies of importance. Holmes → Montaigne → Ortega → Perec: a journey that goes from the intuition that life is made of the small to the deliberate decision to stop and observe what usually goes unnoticed.

Perhaps Holmes's phrase can ultimately be read as a warning against our need to find grand explanations. We want our life to have a plot. We want to know what the decisive moment was, what event turned us into who we are, what the reason was, what the cause was. But perhaps the answer is far less satisfying. Perhaps there was no single event. Perhaps there were thousands. Perhaps none was enough. Perhaps a person ends up being who they are through an impossible-to-reconstruct accumulation of small decisions, accidents, encounters, habits, losses, readings, places, and coincidences. A great bundle. A messy handful. An accumulation. A sum. A circumstance. A succession of small things that, seen separately, seem to explain nothing, and together, constitute what we call a life.

And here Holmes's phrase acquires an unexpected force. It does not say that small things are important because they will one day lead to something big. It says something more radical: small things are important because they are most of what we have. Life does not only occur when something happens. Life also occurs when apparently nothing happens. Perhaps, after all, “nothing” is too big a word to describe all those little things.



Generated with AI and human-verified to guarantee accuracy.

sábado, 5 de julio de 2014

La vida es un gran conjunto de pequeñas cosas


 “La vida es un gran haz de pequeñas cosas.
Oliver Wendell Holmes Sr.

La frase pertenece a The Professor at the Breakfast-Table, publicada en 1860. Holmes no se limita a afirmar que la vida está hecha de pequeñas cosas: introduce una imagen precisa y algo doméstica, un bundle, un haz, un manojo de elementos reunidos sin jerarquía aparente. Haz es una traducción posible y bastante elegante, pero en español corriente podría traducirse como «La vida es un gran conjunto de pequeñas cosas.»  El pasaje, además, contiene un pequeño juego irónico. El narrador dice “Life is a great bundle of little things”, y uno de los interlocutores invierte la fórmula: “Life is a great bundle of great things.” La gracia está exactamente ahí, en esa oposición entre las grandes cosas que imaginamos que constituyen una vida y las pequeñas que efectivamente la componen.

Conviene recordar, de paso, que se trata de Oliver Wendell Holmes Sr., el médico y escritor estadounidense, y no de su hijo, el célebre jurista.

Hay algo casi antiespectacular en la frase. Cuando hablamos de una vida solemos hacerlo retrospectivamente. Seleccionamos acontecimientos y los convertimos en hitos: un nacimiento, una muerte, un matrimonio, un viaje, una guerra, un libro publicado, una enfermedad, una mudanza. La biografía necesita seleccionar. La vida no. La vida cotidiana no transcurre mediante acontecimientos perfectamente delimitados. Transcurre mientras esperamos el colectivo, hacemos una compra, caminamos unas cuadras, conversamos con alguien, leemos unas páginas, cocinamos, limpiamos, nos aburrimos, recordamos algo, olvidamos otra cosa, miramos por la ventana o volvemos a una calle que ya conocemos. La mayor parte de una existencia no parece estar hecha de acontecimientos. Está hecha de intervalos. Y quizá ahí resida la fuerza de la frase de Holmes: una vida no sería la suma de sus grandes momentos, sino el enorme conjunto de pequeñas experiencias que casi nunca consideramos dignas de ser registradas.

Aparece aquí una conexión posible con el escepticismo, aunque no haga falta convertir a Holmes en filósofo. El escepticismo, en un sentido amplio, introduce una desconfianza hacia las afirmaciones demasiado seguras, no solo hacia las grandes teorías, sino también hacia nuestras propias interpretaciones. Y una de las más persistentes consiste en imaginar que sabemos qué acontecimientos son verdaderamente importantes. Decimos “esto cambió mi vida”, “ese fue el momento decisivo”, “a partir de entonces todo fue diferente”. Pero ¿cómo sabemos que fue así? Es posible que estemos reconstruyendo retrospectivamente una continuidad que, en el momento de vivirla, no existía. El escéptico puede introducir una pequeña incomodidad: quizá exageramos la importancia de los acontecimientos extraordinarios porque son más fáciles de recordar, de narrar y de convertir en explicación. Una conversación de diez minutos puede tener consecuencias durante veinte años. Una decisión aparentemente insignificante puede modificar una trayectoria entera. Una persona encontrada casualmente en una calle puede terminar siendo fundamental. Un libro leído casi por accidente puede alterar una manera de pensar. Y, a la inversa, aquello que en determinado momento parecía trascendental puede desaparecer después sin dejar casi ninguna huella. La vida, vista desde esta perspectiva, tiene algo de imprevisible y poco narrativo. No se comporta como una novela bien construida.

Una conexión particularmente fértil se encuentra en Montaigne. Él convirtió una enorme cantidad de asuntos aparentemente secundarios en materia de pensamiento. No necesitó esperar acontecimientos históricos extraordinarios para escribir sobre la existencia humana. Podía detenerse en una costumbre, una comida, una enfermedad, una conversación, una anécdota, un recuerdo, una particularidad de su cuerpo, una observación sobre los animales o una experiencia cotidiana. Esto modifica la jerarquía tradicional de los temas. Lo cotidiano deja de ser simplemente aquello que ocurre entre los acontecimientos importantes y se convierte en materia de conocimiento. Montaigne parece decir que si queremos saber qué es un hombre no necesitamos observarlo únicamente cuando realiza algo excepcional. También debemos observarlo cuando está sentado, cuando come, cuando duerme, cuando tiene miedo, cuando cambia de opinión, cuando se contradice, cuando se aburre. La existencia ordinaria deja de ser el fondo de la vida. Es la vida.

En este punto aparece Ortega y Gasset. La proximidad con Holmes no debería formularse como si ambos defendieran exactamente la misma teoría. No lo hacen. Pero existe una conexión especialmente interesante alrededor de la palabra “circunstancia”. Ortega escribió aquella fórmula conocida: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.” La circunstancia no es simplemente el escenario en el que una persona existe. Forma parte de aquello que esa persona es. Aquí la frase de Holmes puede adquirir una dimensión distinta. Las pequeñas cosas no son únicamente pequeños acontecimientos externos. Son también las circunstancias concretas mediante las cuales una vida se realiza: una determinada casa, una determinada calle, determinadas personas, determinados objetos, determinados hábitos, determinados horarios, determinados lugares, determinados recuerdos. La vida abstracta no existe. Existe esta vida. Esta persona. Este cuerpo. Esta habitación. Esta calle. Esta conversación. Este día. En ese sentido, el bundle de Holmes puede leerse, sin forzar demasiado la comparación, como un conjunto de circunstancias que terminan formando aquello que retrospectivamente llamamos una vida.

La cultura suele premiar lo extraordinario. Las biografías se escriben alrededor de grandes acontecimientos. Las noticias seleccionan lo excepcional. Las redes favorecen aquello que puede exhibirse. Incluso cuando contamos nuestra propia vida solemos seleccionar lo que parece digno de ser contado. Pero existe una paradoja: lo excepcional ocupa muy poco tiempo. Una persona puede pasar veinte años preparando un acontecimiento que dura algunas horas. Puede tardar diez años en escribir un libro que luego será leído en algunos días. Puede entrenar durante meses para una competición que dura minutos. Puede trabajar décadas para llegar a una jubilación que ocupa un fragmento breve de su existencia. El acontecimiento es visible. El proceso es silencioso. Y, sin embargo, el proceso ocupa casi toda la vida. La frase de Holmes obliga a invertir la perspectiva. Lo pequeño deja de ser aquello que sucede entre las cosas importantes. Lo pequeño es aquello que sostiene las cosas importantes.

Una formulación cercana aparece atribuida a Charles Dickens: “Las cosas pequeñas hacen la suma de la vida.” La idea es prácticamente complementaria. Si Holmes imagina la vida como un gran haz de pequeñas cosas, Dickens observa que esas cosas terminan formando la suma total de una existencia. Pero conviene detenerse. Una suma no necesita estar compuesta de elementos extraordinarios. Puede estar formada por miles de operaciones insignificantes. Un día no parece importante. Tampoco el siguiente. Ni el siguiente. Pero miles de días terminan constituyendo una vida. Lo mismo ocurre con los hábitos, las conversaciones, los recorridos, las lecturas, los encuentros y hasta los pequeños errores. La insignificancia individual no impide la importancia acumulativa.

Otra formulación difundida pertenece a Frank A. Clark: “Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas.” Aquí la oposición se vuelve más clara: hacer algo grande frente a vivir. Y quizá ambas cosas no sean equivalentes. Una persona puede realizar algo extraordinario y, sin embargo, pasar la mayor parte de su existencia realizando cosas completamente ordinarias. El escritor que publica una gran novela pasa mucho más tiempo corrigiendo frases, caminando, comiendo, durmiendo y haciendo trámites que escribiendo la frase por la que será recordado. El científico que realiza un descubrimiento pasa años haciendo experimentos que no conducen a nada. El político que protagoniza un acontecimiento histórico atraviesa también miles de momentos absolutamente banales. La historia conserva el acontecimiento. La vida conserva el resto.

Aquí puede aparecer otra tradición más antigua: Séneca. En De brevitate vitae insiste en que el problema no consiste simplemente en que la vida sea corta, sino en que desperdiciamos una parte enorme de ella. Pero hay una diferencia interesante. Para Séneca, el tiempo cotidiano puede ser objeto de administración moral. Para Holmes, las pequeñas cosas pueden ser simplemente aquello de lo que está hecha la existencia. Una lectura contemporánea podría unir ambas perspectivas: si la vida está hecha de pequeñas cosas, entonces nuestra relación con ellas importa enormemente. No porque cada pequeña cosa tenga que convertirse en una experiencia trascendental, sino precisamente porque no podemos escapar de ellas. No vivimos solamente los acontecimientos que recordaremos. Vivimos también todos aquellos que olvidaremos.

Otra conexión literaria posible aparece con Borges. Tuvo una conciencia aguda de la relación entre memoria, identidad y tiempo. En muchos de sus textos asoma la sospecha de que aquello que creemos ser depende de una selección arbitraria de recuerdos. Una vida contada retrospectivamente es siempre una construcción. Elegimos algunos acontecimientos y descartamos otros. Pero aquello que descartamos no necesariamente fue menos vivido. Esta diferencia entre vivir y poder contar lo vivido resulta fundamental. La biografía necesita una trama. La existencia no. Quizá por eso una vida real siempre desborda cualquier relato que hagamos sobre ella.

Hay incluso una dimensión casi política en esta reivindicación de lo pequeño. Una sociedad obsesionada con la productividad, el éxito, la visibilidad y la excepcionalidad tiende a valorar aquello que puede medirse o exhibirse: el resultado, el ascenso, el premio, el récord, la cantidad, la influencia, el reconocimiento. Pero existe una enorme zona de la existencia que no produce nada espectacular y que, sin embargo, constituye prácticamente toda nuestra experiencia. Caminar sin propósito. Leer un libro sin convertirlo en contenido. Conversar sin publicar la conversación. Observar una fachada. Recorrer nuevamente una calle. Guardar un objeto porque nos recuerda algo. Hacer una fotografía que nadie verá. Pensar durante horas algo que nunca se transformará en una conclusión. Incluso aburrirse. Todas esas actividades parecen insignificantes desde una perspectiva productivista. Pero desde la perspectiva de Holmes constituyen precisamente el material del que está hecha una vida.

Hay aquí también una paradoja de la memoria. Recordamos especialmente aquello que rompe la continuidad: el accidente, el viaje, la muerte, la celebración, el fracaso, el descubrimiento, el encuentro inesperado. Precisamente porque esos acontecimientos rompen la monotonía son más fáciles de recordar. Lo cotidiano, en cambio, desaparece. Y quizá por eso tendemos a sobreestimar lo extraordinario. No necesariamente porque haya sido más importante, sino porque es más memorable. Una vida reconstruida únicamente a partir de la memoria sería entonces una vida deformada: una especie de fotografía compuesta solamente por las excepciones. Holmes introduce una corrección sencilla: no confundamos lo memorable con lo importante.

Podemos llevar todavía más lejos la frase. ¿Qué sería una “pequeña cosa”? Puede ser una acción, un objeto, un pensamiento, una conversación, una costumbre, un lugar, una persona, un olor, una caminata, una página leída, una espera, un gesto, un recuerdo, incluso una equivocación. No existe una unidad objetiva de la vida. Lo que para una persona es insignificante puede ser decisivo para otra. Una fotografía vieja puede no valer nada económicamente y ser prácticamente irremplazable para quien la conserva. Una calle cualquiera puede ser una calle cualquiera para millones de personas y contener toda la infancia de una sola. Un libro mediocre puede convertirse en un libro fundamental simplemente porque fue leído en el momento adecuado. La importancia no está necesariamente en la cosa. Está también en la relación que establecemos con ella. Y eso vuelve todavía más difícil definir qué constituye una vida.

Aquí conviene introducir una cuarta conexión, particularmente afinada con el tipo de reflexión que venimos haciendo: Georges Perec. Su proyecto literario de observar lo infraordinario —aquello que sucede todos los días y precisamente por eso dejamos de mirar— funciona casi como una continuación literaria perfecta de Holmes. Perec permite llevar la frase desde la filosofía hacia una especie de arqueología de lo cotidiano: mirar una plaza, una calle, una mesa, un objeto, un trayecto repetido y preguntarse qué hay allí que normalmente no vemos. El escepticismo funciona entonces no como una doctrina, sino como una actitud de desconfianza hacia nuestras propias jerarquías de importancia. Holmes → Montaigne → Ortega → Perec: un recorrido que va desde la intuición de que la vida está hecha de lo pequeño hasta la decisión deliberada de detenerse a observar lo que habitualmente pasa desapercibido.

Tal vez la frase de Holmes pueda leerse finalmente como una advertencia contra nuestra necesidad de encontrar grandes explicaciones. Queremos que nuestra vida tenga argumento. Queremos saber cuál fue el momento decisivo, cuál fue el acontecimiento que nos convirtió en quienes somos, cuál fue el motivo, cuál fue la causa. Pero quizá la respuesta sea mucho menos satisfactoria. Quizá no hubo un acontecimiento. Quizá hubo miles. Quizá ninguno fue suficiente. Quizá una persona termina siendo quien es por una acumulación imposible de reconstruir de pequeñas decisiones, accidentes, encuentros, hábitos, pérdidas, lecturas, lugares y casualidades. Un gran haz. Un manojo desordenado. Una acumulación. Una suma. Una circunstancia. Una sucesión de cosas pequeñas que, vistas por separado, parecen no explicar nada y que, juntas, constituyen aquello que llamamos una vida.

Y aquí la frase de Holmes adquiere una fuerza inesperada. No dice que las pequeñas cosas sean importantes porque algún día conducirán a algo grande. Dice algo más radical: las pequeñas cosas son importantes porque son la mayor parte de lo que tenemos. La vida no ocurre solamente cuando sucede algo. La vida ocurre también cuando aparentemente no sucede nada. Quizá, después de todo, “nada” sea una palabra demasiado grande para describir todas esas pequeñas cosas.

 

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