lunes, 20 de julio de 2026

El aro y el flequillo: ¿Rebeldía o nuevo dogma?


 

 "La duda es el principio de la sabiduría." 

— Pierre Abelard


"Nada es tan fácil como engañarse a sí mismo." 

— Michel de Montaigne


El aro en la nariz y el flequillo: ¿Rebeldía o nuevo dogma?

Hay un colectivo de feministas que lucen una argolla en la nariz y un flequillo idéntico, como un uniforme de rebeldía. No hay problema en eso: las modas son eso, tendencias que unen a las personas bajo un mismo estilo. Pero el fenómeno va más allá de la estética. En esos grupos, siempre hay dos o tres figuras que destacan: las que militan, las que tienen capital simbólico o económico, las que acumulan seguidores en redes sociales. Son las voceras, las que marcan el ritmo, las que deciden qué libros se leen, qué ideas se difunden, qué posturas son las "correctas".

¿No es irónico que, desde un discurso que denuncia el verticalismo y los privilegios elitistas, se reproduzcan las mismas jerarquías que critican? ¿Dónde queda la horizontalidad y la pluralidad que dicen defender? Estas líderes —o influencers— convocan a sus seguidoras bajo el lema del "pensamiento crítico" y la "independencia" y/o "autonomía", pero ¿qué tan independientes pueden ser quienes siguen un mismo lineamiento sin disidencias? ¿Acaso el pensamiento crítico no debería permitir, justamente, el cuestionamiento?

El fenómeno se profundiza cuando estas figuras abren librerías virtuales donde venden libros "recomendados con posturas". Suena a eufemismo: ¿no será más bien un adoctrinamiento disfrazado de comercio? Critican el capitalismo y la opresión (alegan que “la opresión de las mujeres y el sistema capitalista son inseparables”), pero replican sus mecanismos: monopolizan el conocimiento, lo convierten en mercancía y lo venden a sus propias seguidoras. ¿No es contradictorio que, mientras denuncian la explotación del sistema, reproduzcan prácticas capitalistas bajo el disfraz de la "conciencia feminista"?

La pregunta sigue en el aire: ¿es posible construir un movimiento verdaderamente horizontal cuando, en la práctica, se repiten los mismos esquemas de poder que se pretenden derrocar?



"La costumbre es una segunda naturaleza, y no menos violenta que la primera." 

— Michel de Montaigne, Ensayos


El nuevo dogma: crónica de una contradicción anunciada

El fenómeno no es nuevo, ni exclusivo de ningún colectivo contemporáneo. Es, más bien, un clásico de la historia humana: la tensión entre el discurso igualitario y la práctica jerárquica. 

Movimientos que se autoproclaman anti-sistema, anti-privilegio o anti-verticalidad suelen reproducir, en su interior, las mismas dinámicas de poder que critican. Y lo hacen con una ironía particular: mientras denuncian el capitalismo o el patriarcado, monetizan su propia crítica, convierten la disidencia en mercancía y transforman la horizontalidad en una nueva forma de élite.
No se trata de demonizar ni de romanticizar, sino de analizar con mirada escéptica, como lo hicieron, con precisión quirúrgica, pensadores de los siglos XVI al XVIII. Ellos ya diseccionaban estas paradojas con una claridad que hoy sigue vigente.


La masa homogénea y las vanguardias privilegiadas: ¿Horizontalidad o jerarquía disfrazada?

El colectivo feminista que adopta una argolla en la nariz y un flequillo idéntico no es, en sí mismo, un problema. Las modas son eso: símbolos de pertenencia. Pero cuando esa uniformidad estética se acompaña de una uniformidad ideológica —sin disidencias visibles—, algo más profundo emerge. La masa se forma, pero también se vigila. Y en su seno, siempre aparecen dos o tres figuras que destacan: las que tienen más seguidores, más carisma, más capital simbólico o económico. Son las que dirigen, seleccionan y monetizan lo que el grupo consume. Las esclarecidas. 

¿Es coherente esto con el discurso anti-verticalista? No, desde la lógica del discurso. Pero sí desde la mecánica social. Como señalaba Baltasar Gracián en su Oráculo manual y arte de prudencia (1647), en cualquier agrupación humana, el poder se concentra en quienes saben manejar la apariencia, la oportunidad y las redes de influencia. Estas "vanguardias ilustradas" no son distintas: han sabido hacerse necesarias, convertir su militancia en capital y su "pensamiento crítico" en un producto de consumo.

Francis Bacon, en su Novum Organum (1620), hablaba de los "ídolos de la tribu" (sesgos colectivos que alinean a las personas con la opinión predominante) y los "ídolos del teatro" (sistemas dogmáticos aceptados por autoridad). Una librería virtual de "recomendaciones con posturas" funciona como un pequeño teatro de ídolos: no se vende solo un libro, sino la garantía de que la postura es la correcta. Montaigne, por su parte, insistía en que la costumbre y la moda moldean más que la razón. "La costumbre es una segunda naturaleza", escribía. Formar parte de una masa que se viste igual y piensa igual no favorece el pensamiento independiente; lo dificulta.
 

"Pensamiento crítico" dentro de una masa: ¿Eslogan o práctica?

El pensamiento crítico exige autonomía individual, disposición a cuestionar los dogmas propios y margen para la disidencia. Pero cuando la pertenencia a un grupo exige una estética homogeneizada (códigos visuales compartidos) y una adhesión doctrinaria rígida, la disidencia se castiga con el ostracismo o la cancelación.

En este contexto, la apelación al "pensamiento crítico" suele funcionar como una etiqueta de pertenencia ("nosotros somos los lúcidos, los demás están alienados") más que como una práctica real de indagación abierta. Como diría René Descartes en su Discurso del método (1637), el método de la duda metódica exige suspender el juicio sobre todo lo recibido por costumbre, autoridad o "opinión común". Aplicarlo de verdad dentro de un grupo que ya tiene "posturas recomendadas" es casi imposible sin romper con el grupo.

David Hume, por su parte, señalaba que la costumbre y la simpatía (contagio emocional del grupo) son fuerzas más poderosas que la razón abstracta. Las personas no llegan a conclusiones por pureza argumentativa, sino porque el entorno las hace sentir correctas. Voltaire, en su Diccionario filosófico, denostaba el fanatismo de las sectas que se creen poseedoras de la verdad y convierten la crítica al exterior en dogma interno. El "pensamiento crítico" convertido en eslogan de grupo se parece demasiado a lo que él llamaba "entusiasmo" sectario.
 

La mercantilización de la ideología: ¿anticapitalismo o capitalismo disfrazado?

La creación de librerías virtuales, talleres o listas de lecturas "recomendadas con postura" ilustra cómo la ideología se transforma en un bien de consumo y de estatus. Se sostiene que el capitalismo es la raíz de la opresión, pero, al mismo tiempo, se opera dentro del circuito comercial, utilizando la afinidad ideológica como nicho de mercado.

¿Contradicción? Sí. ¿Novedad? No. La Rochefoucauld ya lo decía en sus Máximas (1665): "Nuestras virtudes no son casi siempre más que vicios disfrazados" y "El interés habla toda clase de lenguas y representa toda clase de papeles, incluso el de desinteresado". El discurso anticapitalista o de horizontalidad puede funcionar como una cobertura moral para obtener beneficios económicos o capital social dentro de un nicho determinado.

Maquiavelo, en El Príncipe (1532), ya explicaba que cualquier movimiento que aspire a transformar el orden termina generando sus propias oligarquías internas. La coherencia discursiva es secundaria frente a la eficacia en el mantenimiento del poder.


Los clásicos y su mirada sobre el poder y la hipocresía

Para entender este fenómeno, vale la pena recurrir a los pensadores que, entre los siglos XVI y XVIII, examinaron la naturaleza del poder, el comportamiento de las masas y la insinceridad del discurso político:

•    Étienne de La Boétie (Discurso sobre la servidumbre voluntaria, 1576): Analizó cómo los individuos renuncian a su autonomía para someterse a dogmas o líderes, formando pirámides de dominación donde unos pocos ganan influencia sobre la masa.

•    Thomas Hobbes (Leviatán, 1651): Sostuvo que, en ausencia de reglas claras, la competencia por el honor y el estatus genera desigualdad. Los discursos morales suelen ser fachadas que encubren el deseo de poder.

•    Jean-Jacques Rousseau (Discurso sobre el origen de la desigualdad, 1755): Diferenció entre el amor propio (autorespeto natural) y el amor propio social (búsqueda de aprobación y distinción). En los grupos cerrados, la búsqueda de estatus (ser el/la más "militante" o él/la más "visible") responde a este mecanismo.

•    Voltaire: Crítico del dogmatismo, señalaba que los grupos que se creen poseedores de una verdad única desarrollan sus propios cleros e inquisiciones internas, cobrando el "diezmo" (en este caso, comercializando productos con sello de aprobación ideológica).

La ceguera del rebaño ilustrado: ¿Por qué los adoctrinados no ven su propia jaula?

El fenómeno no es exclusivo de las feministas con argolla y flequillo. Se repite en cualquier grupo ideológico, ya sea político, religioso, activista o incluso académico: colectivos que nacen para cuestionar el statu quo pero terminan reproduciendo —o incluso agravando— las mismas dinámicas de poder que denuncian. La pregunta clave es: ¿por qué quienes están inmersos en estos sistemas no perciben su propia contradicción?.

La respuesta yace en una combinación de mecanismos psicológicos, sociales y retóricos que han sido analizados desde la antigüedad hasta la psicología moderna. Los pensadores escépticos, con su lucidez despiadada, ya anticipaban estas paradojas. Este ensayo explora cómo y por qué los adoctrinados no ven su propia jaula, y cómo este fenómeno trasciende fronteras ideológicas.


El "ídolo de la tribu" y la ilusión de la virtud colectiva

Francis Bacon, en su Novum Organum (1620), hablaba de los "ídolos de la tribu" como sesgos inherentes a la naturaleza humana que nos llevan a alinearnos con las opiniones predominantes de nuestro grupo. Sin embargo, hay algo más siniestro: la ilusión de que, por el simple hecho de pertenecer a un colectivo "crítico", uno está exento de caer en los mismos errores que el resto.


La trampa de la autojustificación

Como señalaba La Rochefoucauld, "el interés habla toda clase de lenguas". Las personas dentro de estos grupos no se ven a sí mismas como adoctrinadas, sino como "ilustradas", "conscientes" o "avanzadas". Su participación en el sistema no es percibida como sumisión, sino como virtud. Criticar al capitalismo mientras se monetiza la ideología no es una contradicción para ellas, porque el fin (la "justicia social") justifica los medios.


El efecto de la polarización

Estudios modernos en psicología social, como los de Leon Festinger sobre la disonancia cognitiva, muestran que, cuando una persona se compromete públicamente con un grupo, su cerebro busca coherencia a toda costa. Si el grupo vende libros o cobra por talleres, el cerebro de sus miembros racionaliza esa práctica: "No es capitalismo, es activismo sostenible".

Montaigne lo habría llamado "la tiranía de la costumbre": cuando todos a tu alrededor repiten el mismo discurso, dejar de cuestionarlo se vuelve un acto de supervivencia social.
 

El "amiguismo" como nueva forma de capital: ¿Quién se beneficia?

En estos grupos, el poder no se ejerce mediante títulos formales, sino a través de capital simbólico: quien tiene más seguidores, más carisma o más conexiones internas (el "amiguismo") define qué es "pensamiento crítico" y qué no lo es. Como advirtió Baltasar Gracián, "el poder más peligroso es el que no se ve".


La ilusión de la horizontalidad

Se proclama que todos son iguales, pero en la práctica, quienes controlan los canales de comunicación (redes sociales, librerías virtuales, eventos) deciden qué voces se amplifican y cuáles se silencian. Esto no es distinto a las jerarquías tradicionales; solo está disfrazado de meritocracia moral.


El costo de la disidencia

Como escribió Voltaire, "el fanatismo es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre". En estos grupos, cuestionar al núcleo dirigente no es visto como pensamiento crítico, sino como herejía. El miedo al ostracismo (o a la "cancelación") actúa como un mecanismo de autocensura. ¿El resultado? La disidencia desaparece, y con ella, la capacidad de autocrítica.

Hobbes lo habría explicado así: en ausencia de un poder central visible, el ser humano no escapa a la competencia por el estatus. Simplemente, cambia las reglas del juego. En lugar de competir por dinero o títulos, se compite por ser la más "comprometida", la más "pura" o la más alineada con el dogma del grupo.


La mercantilización de la rebeldía: Cuando el anticapitalismo se vuelve negocio

Aquí está una de las paradojas más agudas: grupos que critican el capitalismo terminan reproduciendo sus mecanismos más depredadores, pero con un giro: el producto que venden no es un objeto, sino la ilusión de pertenecer a un colectivo superior.


El "capitalismo de nicho"

Como señalaba Maquiavelo, el poder se mantiene no solo por la fuerza, sino por la capacidad de hacer que los demás dependan de ti. Las librerías virtuales, los talleres pagos y las listas de lecturas "con postura" no son solo fuentes de ingresos; son herramientas de control. Quien compra esos libros o asiste a esos talleres no solo adquiere conocimiento: compra pertenencia y validación.


La ilusión de la exclusividad

Rousseau hablaba del amour-propre, ese deseo de ser reconocido como superior. En estos grupos, consumir los productos "aprobados" por las líderes se convierte en una forma de distinguirse del resto (incluso si ese "resto" son otras feministas o activistas). Es el mismo mecanismo que lleva a las personas a comprar marcas de lujo: no es el producto lo que importa, sino el estatus que otorga.

Como lo resumiría La Rochefoucauld: "La virtud no es más que el vicio disfrazado de buena conciencia".


¿Por qué no se dan cuenta? Tres mecanismos clave

 

A. La disonancia cognitiva: "No somos como los demás"
El psicólogo Leon Festinger demostró que, cuando nuestras acciones entran en conflicto con nuestras creencias, el cerebro busca justificaciones para reducir la incomodidad. En el caso de estos grupos:

•    Acción: Vender libros o cobrar por talleres (práctica capitalista).
•    Creencia: "Somos anticapitalistas".
•    Justificación: "Es activismo, no comercio" o "El fin justifica los medios".
El resultado: No ven la contradicción porque su cerebro la ha racionalizado.

 

B. El sesgo de la superioridad moral

Estudios en psicología social, como los de Jonathan Haidt, muestran que las personas tienden a creer que su grupo es moralmente superior. Esto lleva a:

•    Deshumanizar a los críticos: "Quienes cuestionan esto no entienden la lucha" o "Son cómplices del sistema".
•    Ignorar las propias fallas: "Nosotros no somos como los demás grupos; nosotros sí somos coherentes".
Como diría Montaigne: "El mayor defecto de los humanos es olvidar que son humanos".


C. El efecto de la cámara de eco

En la era digital, las redes sociales actúan como cámaras de eco: solo se escuchan las voces que refuerzan las propias creencias. Esto genera:

•    Una realidad distorsionada: Si todos en tu círculo repiten que "el capitalismo es el enemigo", pero nadie cuestiona que tú misma estés lucrando con él, la contradicción se vuelve invisible.
•    La ilusión de la mayoría: Como señalaba Bacon, "la verdad emerge más fácilmente del error que de la confusión". En una cámara de eco, el error se refuerza hasta volverse dogma.

¿Es esto exclusivo de las feministas? No. Es universal

Este fenómeno no es exclusivo de ningún grupo. Se repite en:

•    Colectivos políticos: Partidos que promueven la igualdad, pero terminan siendo oligarquías internas.
•    Movimientos espirituales: Gurús que venden "iluminación" mientras acumulan riqueza.
•    Círculos académicos: Elite intelectual que critica el elitismo... mientras controla quién puede publicar o hablar.
•    Grupos de consumo "ético": Marcas que venden productos "sostenibles" a precios inalcanzables para la mayoría.
La Boétie lo explicaba en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria (1576): el poder no solo se impone por la fuerza, sino por la complicidad de quienes se someten a él. Y hoy, esa complicidad se disfraza de "conciencia crítica".

 

La pregunta incómoda: ¿Puede existir un grupo verdaderamente horizontal?

La respuesta escéptica es: no, o al menos no por mucho tiempo. Como escribió Hobbes, "el hombre es un lobo para el hombre", y en ausencia de estructuras claras, el poder siempre encuentra la forma de concentrarse.

Sin embargo, hay una salvedad: los grupos que sobreviven a su propia contradicción son aquellos que permiten —e incluso fomentan— la disidencia interna. Como diría Voltaire, "el fanatismo es el enemigo de la razón". Un movimiento que no tolera el cuestionamiento está condenado a convertirse en lo que dice combatir.
 


La manipulación del lenguaje: Cuando las palabras se convierten en armas

El fenómeno no solo se limita a la reproducción de jerarquías o a la mercantilización de la ideología. Hay un tercer pilar: la manipulación del lenguaje. Los grupos ideológicos, en su afán por diferenciarse y justificar su existencia, recurren a un aggiornamento constante de términos, un lavado de cara semántico que les permite presentar ideas viejas como novedades revolucionarias.


A. El aggiornamento de la terminología: Lo mismo con otro nombre

El lenguaje es un campo de batalla. Términos como "interseccionalidad", "deconstrucción", "privilegio" o "cancelación" no son conceptos nuevos en esencia, sino reinterpretaciones de ideas que ya existían hace siglos, pero con un ropaje moderno que las hace parecer innovadoras. Por ejemplo:

•    "Interseccionalidad": La idea de que las opresiones se entrelazan no es nueva. Marx ya hablaba de la intersección entre clase y género en el siglo XIX, y antes de él, pensadores como Mary Wollstonecraft analizaban cómo las desigualdades se superponían. Sin embargo, el término actual se usa para marcar una supuesta superioridad moral en quien lo emplea, como si su mera mención garantizara una comprensión más profunda de la realidad.

•    "Deconstrucción": El concepto tiene raíces en Derrida y el posestructuralismo, pero hoy se usa de manera tan amplia y vaga que ha perdido su significado original. Se ha convertido en un comodín retórico: todo puede ser "deconstruido", pero rara vez se reconstruye algo a partir de esa crítica.
Como diría Gracián, "hacer, y hacer parecer". Pero en este caso, lo que se nombra con términos nuevos adquiere una autoridad falsa, como si el simple hecho de usar una palabra moderna validara automáticamente su contenido.


B. El lenguaje como herramienta de estigmatización

El lenguaje no solo sirve para definir la propia identidad, sino también para excluir y estigmatizar a los "otros". Palabras como:

•    "Reaccionario", "fascista", "cómplice", "aliado performativo" o "no consciente"
se utilizan para descalificar a quienes no comparten el dogma del grupo, sin necesidad de un debate real. No son términos descriptivos, sino armas retóricas.
Voltaire ya advertía sobre esto: "Las palabras son el disfraz de los pensamientos". En estos grupos, el disfraz se usa para ocultar la falta de argumentos y para imponer el silencio. Como señalaba Orwell en 1984 (aunque fuera del período que analizamos), el control del lenguaje es el primer paso para el control del pensamiento.


C. La ilusión de la novedad

El uso de términos "actualizados" crea la ilusión de que el grupo está a la vanguardia del pensamiento. Pero, como diría Montaigne, "no hay nada nuevo bajo el sol". Lo que cambia no es la esencia de las ideas, sino el empaque. Y ese empaque sirve para:

1.    Diferenciarse de generaciones anteriores (aunque repitan los mismos errores).
2.    Justificar la existencia de una élite intelectual dentro del grupo: quienes dominan el nuevo lenguaje tienen el poder de definir quién está "dentro" y quién está "fuera".
3.    Vender la idea de progreso sin necesidad de un progreso real.
La Rochefoucauld lo habría resumido así: "Cambiamos las palabras para no cambiar las cosas".


Conclusión: La jaula de oro del activismo y el lenguaje como eslabón

Los adoctrinados no ven su propia jaula porque la jaula está hecha de los mismos barrotes que ellos creen estar derribando. El sistema que critican (el capitalismo, el patriarcado, la verticalidad) se reproduce en sus propias prácticas, pero con un disfraz: el de la virtud moral y el de un lenguaje supuestamente revolucionario.
Bien sabían los escépticos, las palabras pueden ser tan opresivas como las estructuras que denuncian.

La Rochefoucauld escribió en una de sus máximas: "La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud.".


Mirada escéptica final: ¿Traición o naturaleza humana?

Lo que se describe aquí no es una traición accidental a los ideales. Es el funcionamiento previsible de la naturaleza humana en grupo. Los discursos de horizontalidad y crítica radical rara vez sobreviven al éxito relativo del propio grupo: cuando hay visibilidad, seguidoras y posibilidad de monetizar, aparecen jerarquías, filtros y "recomendaciones autorizadas".

El escepticismo de Montaigne, Bacon o Gracián no consiste en negar que existan opresiones reales, sino en desconfiar de quienes, al combatirlas, reproducen estructuras de privilegio y control de la opinión con otro lenguaje.

La prueba del pensamiento realmente independiente no está en el eslogan ni en la librería virtual de posturas correctas, sino en la capacidad de sostener disensos incómodos dentro del propio círculo. Cuando esa capacidad desaparece, lo que queda es, como diría Bacon, otro ídolo del teatro.



Este ensayo fue elaborado con el apoyo de herramientas de inteligencia artificial: Gemini, Grok y Mistral.

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