"Hay pocas cosas imposibles por si mismas, generalmente no nos falta la constancia para obtenerlas, sino los medios".
François de La Rochefoucauld
Introducción
El debate sobre los límites de la realización humana oscila perpetuamente entre la limitación de la materia y la flaqueza del espíritu. Ante este dilema, la sabiduría popular suele recurrir a frases pulidas que buscan zanjar la cuestión con elegancia. Sin embargo, al desarmar las ideas, descubrimos que lo que parece una simple disputa léxica encierra una compleja tensión filosófica entre la estructura y la agencia.
«Hay pocas cosas imposibles por sí mismas; generalmente no nos falta la constancia para obtenerlas, sino los medios.» Esta sentencia, atribuida a François de La Rochefoucauld, condensa una de las preguntas más persistentes de la reflexión moral: ¿qué separa realmente al hombre de sus empresas? ¿La escasez de recursos o la debilidad de la voluntad?
La pregunta no es menor. Según se responda, se carga el acento sobre la estructura o sobre la agencia, sobre el mundo que condiciona o sobre el sujeto que decide. Este ensayo examina primero lo que La Rochefoucauld dijo en realidad, luego reconstruye las dos posturas que la máxima suscita, y finalmente las confronta con sus críticos, sus escépticos y sus antípodas filosóficas, para proponer una lectura en la que medios y constancia no son rivales, sino términos de una relación circular.
I. Lo que dijo realmente La Rochefoucauld
Conviene comenzar por una precisión filológica. La máxima pertenece, en efecto, a La Rochefoucauld y aparece en sus Máximas (1665), concretamente la número 243, cuyo texto original reza:
«Il y a peu de choses impossibles en elles-mêmes; et l'application pour les faire réussir nous manque plus que les moyens.»
(«Existen muy pocas cosas imposibles por sí mismas; y, antes que los medios, lo que nos falta para ejecutarlas es la aplicación.»)
El matiz es decisivo. La versión popularizada en español invierte el sentido del original: mientras la cita de circulación corriente afirma que faltan los medios y sobra la voluntad, el texto francés sostiene exactamente lo contrario: lo que falta es l'application —la aplicación, el esfuerzo sostenido, la atención disciplinada— y no los medios. La Rochefoucauld se sitúa, pues, del lado que responsabiliza al individuo y no a la escasez.
Esta posición es coherente con su figura intelectual. La Rochefoucauld no fue un filósofo académico sistemático, sino un moralista francés del siglo XVII, culturalmente próximo al jansenismo, movimiento agustiniano dentro del catolicismo que subrayaba la corrupción humana tras la caída y la inutilidad de las virtudes puramente humanas sin la gracia divina. Su psicología moral gira en torno al amour-propre (el amor propio): las virtudes humanas —la generosidad, el valor, la fidelidad— son casi siempre máscaras del egoísmo, la vanidad o el interés. De ahí su pesimismo antropológico radical y su lucidez desencantada: el ser humano se engaña a sí mismo creyendo que actúa por nobles ideales cuando lo mueven sus pasiones.
II. Las dos posturas: la estructura contra la agencia
Leída en su forma popular, la máxima enfrenta dos interpretaciones contrapuestas.
La falta de medios
Esta perspectiva sostiene que el deseo y la voluntad están presentes, pero que la realidad material impone límites. Por mucha constancia que tenga una persona, no puede construir un puente sin materiales ni estudiar una carrera sin acceso a la educación. La situación socioeconómica, el entorno geográfico o el tiempo disponible actúan como barreras reales que la mera intención no derriba. El éxito depende, en gran medida, de las herramientas y oportunidades disponibles.
La falta de constancia
La postura contraria —que es, recordémoslo, la del texto original— argumenta que los medios se construyen o se encuentran cuando la constancia es suficiente. La verdadera persistencia implica buscar, crear o adaptar los recursos a lo largo del tiempo. La escasez inicial agudiza el ingenio; el foco a largo plazo compensa la falta de arranque. Quienes abandonan suelen culpar a los medios, cuando en realidad les faltó la disciplina para sostener el esfuerzo el tiempo necesario.
Cada postura atina, a su modo. La primera desmitifica el «querer es poder»: reconocer el peso de los medios previene la culpa injustificada cuando la pobreza, las limitaciones físicas o la falta de acceso a la educación imponen techos reales. Sin base material mínima, la constancia se convierte en esfuerzo desgastante contra un muro inamovible. La segunda, en cambio, advierte que considerar los medios como algo dado conduce al conformismo: la constancia no es repetir una acción en las mismas condiciones, sino un proceso dinámico de aprender, negociar, desarrollar habilidades y construir paulatinamente los recursos que no se tenían.
III. Síntesis: una relación circular
Más que posturas excluyentes, ambas representan dimensiones complementarias del logro. Los medios establecen el punto de partida y la viabilidad inicial: determinan la velocidad, el esfuerzo requerido y la probabilidad objetiva de éxito. La constancia determina la trayectoria y la sostenibilidad: transforma el potencial en realidad y se encarga de buscar o maximizar los medios disponibles.
En la práctica, la relación entre ambas es circular: la constancia permite acumular o crear medios, y la posesión de medios facilita la continuidad del esfuerzo. La clave no reside en la primacía absoluta de uno sobre el otro, sino en la capacidad de evaluar con realismo los medios disponibles mientras se mantiene la disciplina para expandirlos.
IV. Los críticos de La Rochefoucauld
Las Máximas generaron controversia desde su publicación por su visión desmitificadora de la naturaleza humana.
Jean de La Bruyère y los moralistas tradicionales consideraron que reducir la entera complejidad de la virtud al interés propio era un reduccionismo excesivo. Entre los ilustrados, Voltaire admiraba la concisión estilística de sus frases pero criticaba su pesimismo radical por paralizar la acción social y desestimar los avances morales de la humanidad. Rousseau, por su parte, rechazaba que la inclinación natural del hombre fuera el egoísmo frío: la sociedad corrompe una bondad natural subyacente. Nietzsche, admirable y crítico a la vez, aceptó el diagnóstico sobre la falsedad de la moral tradicional, pero lo juzgó sintomático de una psicología «decadente» o resentida, heredera del pensamiento judeocristiano y jansenista.
V. Las reservas de los escépticos
Frente a la afirmación de que «pocas cosas son imposibles en sí mismas», la tradición escéptica —del pirronismo antiguo al empirismo de David Hume— plantea objeciones estructurales.
Primero, la ilusión de omnipotencia: sostener que casi nada es imposible es una fe infundada en la capacidad humana; la realidad impone límites físicos, biológicos y lógicos que ni la voluntad ni los medios disuelven. Segundo, el sesgo de supervivencia: registramos los casos excepcionales donde la perseverancia venció a la adversidad e ignoramos a la inmensa mayoría que, con aplicación y medios máximos, fracasó por azar o factores estructurales. Tercero, la suspensión del juicio (epoché): es imposible determinar a priori si el factor determinante fue la falta de medios, de constancia o simplemente la fortuna (tyché); atribuir el éxito o el fracaso a una sola variable es un dogma infundado.
VI. Las antípodas: estructura y causalidad
Dos corrientes mayores sitúan en el extremo opuesto de la máxima.
El determinismo estructural y socioeconómico: Marx y Bourdieu
Para el materialismo histórico de Karl Marx, la premisa de La ideología alemana lo resume de forma taxativa: «No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia». Las relaciones de producción, los recursos y la clase social condicionan y delimitan las leyes, la moral y la percepción misma del mérito. Sin acceso a los medios de producción o al capital, el esfuerzo individual se reduce a la venta de fuerza de trabajo para la subsistencia. Marx sostendría que la idea de que «falta aplicación o constancia» es un mecanismo ideológico que responsabiliza al individuo de su suerte, invisibilizando la desigualdad de clase subyacente.
Pierre Bourdieu profundiza esta crítica en el terreno sociológico y cultural. Su noción de habitus designa el sistema de disposiciones duraderas que los individuos interiorizan mediante la socialización primaria: la capacidad de sostener el esfuerzo, la tolerancia a la frustración o la disciplina académica no son atributos mágicos del alma, sino esquemas grabados por la experiencia de clase. A ello se suman las formas de capital —económico (dinero y bienes), cultural (incorporado, objetivado e institucionalizado) y social (redes e influencias)—. Exigir la misma «aplicación» a dos individuos con distinto capital inicial es, para Bourdieu, una violencia simbólica: quien posee capital cultural adecuado no solo dispone de mejores medios, sino del habitus para usarlos de modo que parezca un talento natural o una voluntad superior.
El determinismo metafísico: Spinoza y d'Holbach
En el plano metafísico, las filosofías fatalistas sostienen que el libre albedrío es una ilusión, lo que disuelve la máxima desde su raíz: la afirmación de que «nos falta aplicación» presupone que el sujeto tenía la alternativa real de aplicar más esfuerzo del que aplicó.
Baruch Spinoza dinamita el libre albedrío en la Ética: todo ocurre necesariamente por la naturaleza de Dios o la Naturaleza (Deus sive Natura). Su famosa analogía de la piedra consciente lo ilustra: si una piedra lanzada al aire tuviera conciencia, creería volar por su propia voluntad. Los seres humanos creen actuar por «voluntad propia» simplemente porque son conscientes de sus deseos, pero ignoran las causas que los determinan. La cantidad exacta de atención y persistencia que un individuo despliega es el resultado necesario de su constitución y de los afectos externos que lo impactan.
El barón d'Holbach, en su Sistema de la Naturaleza (1770), lleva el determinismo a un materialismo mecanicista radical: el hombre es un ente físico sometido a las leyes de la física y la biología, y sus decisiones y grados de motivación no son más que movimientos del cerebro provocados por estímulos internos y externos. Bajo esta mirada, reprochar a alguien su «falta de constancia» equivale a reprochar a una llama que no arda con más intensidad cuando carece del oxígeno suficiente: no existe un yo independiente de las fuerzas físicas que pueda decidir arbitrariamente «tener más ganas».
Conclusión
La máxima de La Rochefoucauld —leída en su sentido original o en su versión popularizada— tiene el mérito de obligarnos a nombrar los dos ingredientes de todo logro: los medios que el mundo ofrece y la aplicación que el sujeto aporta. Sus críticos, sus escépticos y sus antípodas filosóficas cumplen una función complementaria: recuerdan que la voluntad no flota en el vacío, que la estructura no lo explica todo, y que el azar interviene sin pedir permiso.
Quizás la lección más honesta sea esta: ante cada empresa concreta conviene preguntarse, sin dogmatismo, qué es lo que verdaderamente falta. Hay casos donde la respuesta es «medios» y el esfuerzo honesto consiste en nombrar la injusticia estructural que los niega. Hay casos donde la respuesta es «aplicación», y el esfuerzo honesto consiste en sostener la disciplina que aún no se desplegó. La sabiduría práctica no reside en elegir una vez por todas entre La Rochefoucauld y Bourdieu, entre Spinoza y el moralista del esfuerzo, sino en la lucidez de distinguir, caso por caso, cuándo el muro está afuera y cuándo está adentro.
En definitiva, al contrastar la cita popular con el texto auténtico de La Rochefoucauld y confrontar su visión con el escepticismo, el materialismo sociológico y el determinismo metafísico, la cuestión del éxito desborda la simple dicotomía entre medios y constancia. Nos obliga a evaluar con realismo las condiciones materiales y las fuerzas causales que nos configuran, al tiempo que examinamos la responsabilidad con la que gestionamos la disciplina posible dentro de nuestros propios límites.
En la tradición clásica de la literatura fabulística existen dos fábulas emblemáticas que encarnan, desde ángulos complementarios, la tensión planteada por La Rochefoucauld entre la disponibilidad de los medios y el factor decisivo de la aplicación, la constancia y el esfuerzo.
1. La tortuga y la liebre (Esopo)
Es la máxima representación de la afirmación de La Rochefoucauld («Nos falta la aplicación para hacerlas triunfar más que los medios»).
• Los medios: La liebre posee la totalidad de los medios físicos para ganar la carrera: velocidad, agilidad y biomecánica favorable. La tortuga carece por completo de los recursos morfológicos adecuados para competir en velocidad.
• La falta de aplicación: La liebre pierde no por falta de capacidad o medios, sino por la usura del exceso de confianza, la dispersión y la falta de constancia (l'application). La tortuga, mediante una disciplina ininterrumpida y un enfoque absoluto en la ejecución, compensa una inferioridad estructural de medios y alcanza el objetivo.
• Conexión: Encaja perfectamente con la versión real de la máxima 243 de La Rochefoucauld: la abundancia de medios no sirve de nada si se carece de la constancia para ejecutarlos.
2. La zorra y las uvas (Esopo / Jean de La Fontaine)
Esta fábula aborda el problema desde el sesgo psicológico que produce la falta de medios.
• El conflicto: Una zorra hambrienta ve un racimo de uvas maduras en lo alto de una parra. Intenta alcanzarlas en repetidas ocasiones, pero la altura excede sus capacidades físicas y sus medios de alcance.
• El mecanismo de defensa: Al percatarse de que carece de los medios para lograrlo, la zorra abandona el intento y racionaliza su fracaso diciendo: «No importan, están verdes».
• Conexión: Ilustra la distorsión que describe el moralista francés: cuando el ser humano carece de los medios o de la aplicación para conseguir un fin, prefiere declarar el objetivo como imposible, indeseable o indigno, en lugar de reconocer la limitación propia o la falta de esfuerzo sostenido para construir la escalera que lo alcance.
Y una tercera fábula que sumo para cerrar:
3. El cuervo y la jarra (Esopo)
Representa la situación donde la constancia agudiza el ingenio para suplir o crear los medios que no están dados de antemano.
• La trama: Un cuervo sediento encuentra una jarra con un poco de agua en el fondo, pero su pico no alcanza a tocar el líquido. En lugar de rendirse por falta de medios (un pico más largo), el cuervo comienza a arrojar pequeñas piedras dentro de la jarra, una a una.
• El resultado: A fuerza de aplicación y paciencia, el nivel del agua sube hasta que el cuervo puede beber.
• Conexión: Refuerza la idea de que la aplicación constante no solo utiliza los medios presentes, sino que es capaz de alterar las condiciones físicas del entorno para generar los medios que faltaban.
Ensayo creado con asistencia de IA (Gemini; Mistral) y editado por mí.





No hay comentarios.:
Publicar un comentario