Mostrando las entradas con la etiqueta ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ensayo. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de julio de 2026

Girandomédulas: crónica de un libro rescatado de la vereda, un poema para Oliverio Girondo y tres vueltas al Rosedal


 

«Yo no tengo ni deseo tener sangre de estatua...
Mejor reírse de uno mismo, excederse de humano
»

— María del Mar Estrella, Girandomédulas, pág. 37

Crónica del hallazgo: un objeto liberado en la acera

El azar urbano en Buenos Aires no suele presentarse con violencia: llega con el sigilo de las cosas apoyadas al borde del cordón, a medio metro del paso de los desconocidos. Allí, expuesto al tránsito, apareció el ejemplar: Fuegos Ceremoniales, de María del Mar Estrella, publicado en 2007 por la editorial Vinciguerra, dentro de su Colección Metáfora. Un libro de tapa dura texturada, de esos que invitan al tacto antes que a la lectura, con ese gramaje sobrio que promete permanencia. Alguien lo descartó. Alguien, alguna vez, lo eligió.

Al abrirlo, la primera señal de su vida privada está en la página de cortesía, trazada en tinta con caligrafía fluida:

«A mi querida amiga y poeta Susana, con cariño y en hermandad de palabra.»
2 de mayo de 2015.

Ocho años mediaron entre la imprenta (2007) y el gesto afectivo de la autora (2015). Y luego, más de una década hasta que el ejemplar terminó en la calle. 

Frente a esta escena, cabe preguntarse qué ruta siguió el objeto hasta la vereda. Se me ocurren cuatro hipótesis:

1.    La disolución del vínculo. La «hermandad de palabra» caducó. Desprenderse del objeto es borrar la prueba material del lazo: si ya no existe el libro regalado, es como si el afecto nunca hubiera estado en la repisa.

2.    Muerte o vaciamiento de biblioteca. Fallecimiento de la destinataria y posterior limpieza por herederos desinteresados, que despachan cajas enteras a la vía pública sin abrir siquiera la tapa. La dedicatoria se vuelve invisible para quien no sabe leer el interior de los vínculos ajenos.

3.    Desvalorización implícita. El regalo jamás llegó a apreciarse en su justa medida y rodó lentamente hacia el descarte: primero una repisa, luego una caja, luego la calle.

4.    Ritual de desapego y circulación. La hipótesis más noble y más poética. El libro no fue desechado por desprecio: entre sus últimas páginas había quedado un marcador de otra editorial, testimonio inequívoco de que alguien recorrió el texto hasta la última línea. Cumplida su misión con esa lectora, el libro fue liberado para que encontrara al siguiente. Es la vieja práctica de la siembra de libros: la obra, leída, vuelve al flujo de la ciudad. El marcador funciona como un mensaje botado al río: «yo llegué hasta acá; ahora te toca a vos».
No hay manera de saber cuál hipótesis es la verdadera, o si existen otras que se me escapan, y esa ignorancia es parte del hallazgo. El objeto cuenta lo que cuenta; el resto es interpretación. Pero el libro tenía más capas.


Un panteón en verso

Fuegos Ceremoniales tiene una estructura poco habitual: cada poema está dedicado explícitamente a un grande de las letras, y cada dedicatoria añade un atributo, como si la autora estuviera construyendo un museo de bustos en verso:

•    De pie frente a la luz (A Julio Cortázar: el sentimiento)
•    Sombras en el muro (A Ernesto Sabato: el compromiso)
•    La pródiga (A Alejandra Pizarnik: el desgarramiento)
•    Cuaderno de la noche (A Jorge Luis Borges: la memoria)
•    Herramienta terrestre (A José Pedroni: la esperanza)
•    Azar y circunstancia (A Alfonsina Storni: el desafío)
•    Sembrador de sueños (A Fermín Estrella Gutiérrez: la entrega)
•    Girandomédulas (A Oliverio Girondo: la ironía)
•    Círculo de fuego (A Enrique Molina: el erotismo)
•    Bajo el signo de un ala (A Olga Orozco: el misterio)

Y así continúa con muchos más…

Cortázar, Sabato, Pizarnik, Borges, Pedroni, Storni, Girondo, Molina, Orozco: no es una dedicatoria a un «cuatro de copa», a un indistinto. Es un panteón nacional, y cada poema busca su lugar a la sombra de un gigante. Uno de los nombres, sin embargo, no es una aspiración sino una herencia: Fermín Estrella Gutiérrez, académico hispano-argentino y poeta, fue el padre de la autora. María del Mar Estrella, nacida en Buenos Aires en 1941, es hija de ese poeta y acumula más de cincuenta años de escritura ininterrumpida y siete libros publicados, empezando por El poblador (RdC Publishing). Esto reencuadra todo: no estamos ante una desconocida que se cuelga de famas ajenas, sino ante una poeta con trayectoria propia, formada dentro de una casa donde los bustos del panteón eran, al menos uno, el retrato de familia del living.


Las siete páginas de validación

Y entonces aparece la otra particularidad, la que incomoda: al final del volumen, bajo el título «Acerca de María del Mar Estrella», la autora despliega cerca de siete páginas con transcripciones de elogios y alusiones de autores consagrados que le escribieron a lo largo de su trayectoria. Al parecer, no solo dedicó poemas: les escribió en persona a muchos de los vivos (esto es conjetura mía), y recibió respuesta. Y publicó las respuestas. Uno de ellos decreta: «A María del Mar ya no se la podrá olvidar».

La escena adquiere así su matiz más irónico: un libro diseñado para asegurar la legitimación y la perdurabilidad de su autora mediante el aval de las autoridades literarias termina abandonado sobre las baldosas. La frase «ya no se la podrá olvidar» convive en el mismo objeto con un marcador olvidado y una calle que no recuerda nada.

Antes de juzgar, conviene el desplazamiento de foco. Primero: la búsqueda de validación no es una falla personal de María del Mar Estrella; es un rasgo de la condición del creador, de todo creador, que sabe que la tinta no garantiza nada y que firma el mundo esperando que alguien firme de vuelta. Ella solo fue más transparente que otros a la hora de exhibir las palmadas en el hombro. Segundo: la dedicatoria de 2015 es el testimonio de un afecto real en un momento dado; que termine en la vereda habla del paso implacable del tiempo, de cómo las bibliotecas se dispersan, no de la falsedad del afecto. La paradoja es melancólica, casi trágica, y merece respeto antes que mofa. Tercero: el giro más noble de esta historia es el propio acto de rescate. En lugar de terminar en un contenedor o destruido por la lluvia, el ejemplar fue levantado por alguien que se tomó el trabajo de leerlo completo, analizarlo y llevarlo a pasear. Si alguien debería agradecer este final, es la propia palabra que sigue circulando.

La calle es el gran ecualizador: evapora la vanidad y los elogios de compromiso, pero también devuelve los libros a su función primera, que es encontrar lectores, uno a la vez, por azar.


La motivación de la caminata: girar la médula

Entre los diez primeros poemas del panteón, uno saltó de la página por derecho propio: Girandomédulas, página 37, dedicado expresamente «A Oliverio Girondo: la ironía». Vale la pena transcribir un fragmento:

(¿A través de qué loca cerradura penetra subversiva
y dando cuerda al ocio
hace bailar la sangre en la verdad de un solo filo?
Provocadora impúdica, perversa, la ironía distrae
rondando en un tranvía de crepúsculo
como un espantapájaros que repta
en la masmédula del llanto.)

Señoras y señores: aquí tienen
un alfiler o filigrana o beso de cianuro convincente;
según qué mano lo libere, qué labios lo pronuncien
será fiesta sutil o bacanal grosera
escándalo de puritana hipocresía.

(Girandomédulas gatilla contra el fantasma de la duda
dispara
a caballo de una vigilia nómade y punzante
mientras las niñas de Flores agonizan
apretando gemidos en sus músculos de mármol.)

Yo no tengo ni deseo tener sangre de estatua...
Mejor reírse de uno mismo, excederse de humano

(y continúa)

La masmédula: la palabra enterrada en el título

El título es una palabra-gusano, un portmanteau que solo se abre con la llave correcta: girando + masmédula. No es una anatomía abstracta: «en la masmédula del llanto» cita textualmente el título del último libro de poemas de Oliverio Girondo, En la masmédula (1956), el más hondo y desgarrado del autor de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. La médula del título de Estrella no es tuétano genérico: es la médula de Girondo, su palabra final, citada y girada.

Y el poema está cosido de guiños girondianos que confirman la operación:

•    «Señoras y señores: aquí tienen» — la fórmula de conferenciante bufón que Girondo estrenó en Espantapájaros (1932), el libro-manifiesto de su Yo que se burla de toda solemnidad.

•    «rondando en un tranvía de crepúsculo» — imposible no leer ahí el tranvía del título fundacional de 1922, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía.

•    «como un espantapájaros que repta» — el espantapájaros, alter ego de Girondo, reaparece reptando dentro del propio homenaje.

•    «mientras las niñas de Flores agonizan / apretando gemidos en sus músculos de mármol» — imagen de estirpe masmedular, barroca y punzante.

•    «Yo no tengo ni deseo tener sangre de estatua» — la anti-estatua: el que no quiere ser monumento, el que elige reírse de sí mismo.
Estrella no le dedica un poema a Girondo: se viste de Girondo, imita su sintaxis, roba su bestiario y lo hace girar. Y aquí aparece la ironía mayor del objeto: el poema que le dedica al gran ironista argentino fue a parar —ella, su libro— al más girondiano de los finales posibles, la vereda, donde el espantapájaros del comienzo termina «reptando en la masmédula» del descarte urbano. Girondo habría firmado ese guion.


La geometría del concepto

Sobre esa base, la caminata se armó sola, porque el poema y el apellido trazan un mapa mental con forma de círculo:

•    Girondo / Giro: el apellido lleva inscripta la rotación. Dar vueltas.

•    Hondo: lo profundo, lo cóncavo. Y lo hondo, estirando el hilo, es un pozo; y el pozo, casi por definición, es redondo.

•    Médula: el centro, el tuétano, el eje interno. Girar la médula es remover el fondo de uno mientras los pies trazan el círculo por fuera.

•    Rosedal / Vueltas: la caminata materializa el concepto: el trazado alrededor del lago es literalmente un giro hondo con agua en el centro.
La respuesta natural ante la lectura fue trasladar el texto al movimiento del cuerpo: el libro en el bolsillo y las vueltas al Lago del Rosedal de Palermo, cuyo perímetro de aproximadamente 1,6 km es el circuito clásico de caminantes y corredores del parque.


Por qué el Rosedal: la coincidencia que no es casualidad

Hay un argumento extra, casi escandaloso de tan exacto: el Rosedal, diseñado por Carlos Thays sobre un proyecto inaugurado en 1914, conserva entre sus rosales una colección de bustos de escritores, el llamado Paseo de los Poetas, con más de dos decenas de esculturas de autores de todo el mundo. Es decir: caminar por el Rosedal es caminar, literalmente, entre poetas convertidos en mármol y bronce. Y el libro en el bolsillo es exactamente eso: un paseo de poetas convertidos en bustos de tinta —«músculos de mármol», «sangre de estatua»—, cada uno con su pedestal de dedicatoria.

El escenario físico y el escenario del libro son el mismo escenario. La pregunta del poema («¿A través de qué loca cerradura penetra subversiva?») encuentra su respuesta urbana: la calle fue esa loca cerradura por la que el objeto se filtró hasta acá. Añádase el Puente Blanco —el Puente de los Enamorados, para cruzar de una orilla a la otra sin mojarse, como los vínculos que prometen—, el Patio Andaluz donado por Sevilla en 1929, con su fuente y sus mayólicas, y enfrente el Museo Eduardo Sívori, y el dispositivo está completo.


Relación libro–poema–caminata: las tres vueltas concéntricas

El recorrido se planteó como un ensayo pedestre en tres vueltas al lago, cada una con su eje de reflexión. Tres veces 1,6 km: casi cinco kilómetros de círculos para un libro que salió de un círculo —la imprenta— y volvió a otro —el de la calle.

 

Primera vuelta: la superficie y la legitimación

El Rosedal en flor es pura superficie: pétalos, perfumes, la ornamentación de la naturaleza organizada por la mano del paisajista. Sobre esa superficie, los bustos: poetas de mármol que ya no respiran, monumentos que el parque exhibe como acreditación de su propia nobleza. Es imposible no pensar en las siete páginas finales del libro, en el panteón de dedicatorias, en la autora resguardándose bajo la sombra de los gigantes e imprimiendo sus aplausos como escudo contra el olvido.

La ironía de la primera vuelta: quien busca la inmortalidad de la estatua termina en el cordón de la vereda. Pero también la reversal: la verdadera validación del libro no llegó por las firmas de los maestros, sino por este instante en que un caminante anónimo lo rescata y lo lee completo. La calle, que equaliza, también redime.

 

Segunda vuelta: la hermandad y el desapego

En el segundo giro, el foco se corre a la dedicatoria manuscrita. «Hermandad de palabra y pleito» es el rastro de un afecto genuino que incluyó su propio desacuerdo: un vínculo que se sabía de ida y vuelta. Los vínculos cambian, las bibliotecas se disuelven, las personas se desprenden de los objetos, y lo que un día fue tinta azul de cariño hoy es papel al sol del cordón. No hay trauma en esto: hay paso del tiempo.

El marcador de otra editorial entre las últimas páginas es el testigo material de que la lectura se completó. Si el abandono fue un acto de entrega y no de desprecio, entonces la segunda vuelta se camina como un ritual de desapego: alguien dejó ir el libro para que la palabra siguiera su curso. La siembra urbana funciona si alguien recoge. Se recogió.

En el plano físico, esta vuelta tiene su momento emblemático: entender que también los espacios son dedicatorias —el patio Andaluz fue dejado por Sevilla para Buenos Aires en 1929, y la ciudad lo sigue leyendo.


Tercera vuelta: la masmédula y el giro

La última vuelta integra el juego completo: Giro — Hondo — Médula — Rosedal. El lago es el pozo, lo hondo con agua; la médula es el centro que no se ve, el eje de uno mismo; girar alrededor es la única manera de rodear un fondo sin caer en él. Caminar en círculos mientras se piensa en la futilidad del reconocimiento humano es, literalmente, girar la médula: remover el tuétano mientras los pies repiten el trazado.

El poema —y con él el libro entero— encuentra su escala correcta: no la del monumento sino la del cuerpo que da vueltas y se ríe de sí mismo. «Yo no tengo ni deseo tener sangre de estatua... Mejor reírse de uno mismo, excederse de humano». El círculo se cierra con la sentencia girondiana: el libro que pretendía erigirse en monumento impreso encuentra su dimensión humana en el descarte, en el azar y en el andar.
La paradoja final

Si la autora llegara a enterarse, la ironía tocaría su techo: un poema dedicado a Oliverio Girondo sobre la ironía cobra vida, justamente, a través del hecho más irónico posible —el descarte, el azar, el rescate, la caminata—. Pero hay algo todavía más hondo: el libro que quería que no se lo olvidara no será recordado por sus siete páginas de elogios consagratorios, sino por el hueco que dejó en una biblioteca y el nudo que formó en el bolsillo de un desconocido. La verdadera vida de la palabra no ocurrió en la tinta fija de la imprenta, sino en el movimiento: de la imprenta a la amiga, de la amiga a la vereda, de la vereda al bolsillo, del bolsillo al círculo del lago.

Y esta crónica es el siguiente eslabón de la cadena. La palabra encontrada sigue circulando. Queda una pregunta abierta, la de toda siembra: cuando este libro termine de cumplir su misión con este lector, ¿volverá a la calle para encontrar al próximo? El marcador ya dejó el mensaje: «llegué hasta acá; ahora te toca a vos».



Fuentes y verificaciones

•    Datos biográficos de María del Mar Estrella (hija de Fermín Estrella Gutiérrez, nacida en 1941, cincuenta años de escritura, siete libros): RdC Publishing https://rdcpublishing.com.ar/artista.php?id=167
•    Circuito del Lago del Rosedal, ~1,6 km: Meteored https://www.meteored.com.ar/noticias/actualidad/el-rosedal-de-palermo-el-pulmon-verde-de-buenos-aires-aire-libre.html  y Mapa de Pacer https://www.mypacer.com/es/routes/327892/lago-del-rosedal-caminar-y-correr-sendero-palermo-buenos-aires-argentina 
•    Diseño de Carlos Thays (1914) y colección de bustos de escritores: Alquiler Argentina https://www.alquilerargentina.com/blog/paseos-y-excursiones/recorriendo-el-rosedal-de-palermo.html
•    Patio Andaluz (donación de Sevilla, 1929), Puente Blanco, Museo Sívori: Buenos Aires 123 https://www.buenosaires123.com.ar/paseos/rosedal.html
•    Poema Girandomédulas (pág. 37), índice de dedicatorias, dedicatoria manuscrita de 2015 y datos de edición: transcripción del propio ejemplar encontrado.
•    https://www.cultura.gob.ar/oliverio-girondo-7-poemas-imperdibles_7045/
•    https://www.cervantesvirtual.com/portales/oliverio_girondo/su_obra_literaria/


Vínculo a Wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/caminata-por-palermo-caba-maria-del-mar-estrella-girandomedulas-libro-poesia-290489226

 

Con ayuda de IA (Gemini). 

lunes, 20 de julio de 2026

El aro y el flequillo: ¿Rebeldía o nuevo dogma?


 

 "La duda es el principio de la sabiduría." 

— Pierre Abelard


"Nada es tan fácil como engañarse a sí mismo." 

— Michel de Montaigne


El aro en la nariz y el flequillo: ¿Rebeldía o nuevo dogma?

Hay un colectivo de feministas que lucen una aro en la nariz y un flequillo idéntico, como un uniforme de rebeldía. No hay problema en eso: las modas son eso, tendencias que unen a las personas bajo un mismo estilo. Pero el fenómeno va más allá de la estética. En esos grupos, siempre hay dos o tres figuras que destacan: las que militan, las que tienen capital simbólico o económico, las que acumulan seguidores en redes sociales. Son las voceras, las que marcan el ritmo, las que deciden qué libros se leen, qué ideas se difunden, qué posturas son las "correctas".

¿No es irónico que, desde un discurso que denuncia el verticalismo y los privilegios elitistas, se reproduzcan las mismas jerarquías que critican? ¿Dónde queda la horizontalidad y la pluralidad que dicen defender? Estas líderes —o influencers— convocan a sus seguidoras bajo el lema del "pensamiento crítico" y la "independencia" y/o "autonomía", pero ¿qué tan independientes pueden ser quienes siguen un mismo lineamiento sin disidencias? ¿Acaso el pensamiento crítico no debería permitir, justamente, el cuestionamiento?

El fenómeno se profundiza cuando estas figuras abren librerías virtuales donde venden libros "recomendados con postura". Suena a eufemismo: ¿no será más bien un adoctrinamiento disfrazado de comercio? Critican el capitalismo y la opresión (alegan que “la opresión de las mujeres y el sistema capitalista son inseparables”), pero replican sus mecanismos: monopolizan el conocimiento, lo convierten en mercancía y lo venden a sus propias seguidoras. ¿No es contradictorio que, mientras denuncian la explotación del sistema, reproduzcan prácticas capitalistas bajo el disfraz de la "conciencia feminista"?

La pregunta sigue en el aire: ¿es posible construir un movimiento verdaderamente horizontal cuando, en la práctica, se repiten los mismos esquemas de poder que se pretenden derrocar?



"La costumbre es una segunda naturaleza, y no menos violenta que la primera." 

— Michel de Montaigne, Ensayos


El nuevo dogma: crónica de una contradicción anunciada

El fenómeno no es nuevo, ni exclusivo de ningún colectivo contemporáneo. Es, más bien, un clásico de la historia humana: la tensión entre el discurso igualitario y la práctica jerárquica. 

Movimientos que se autoproclaman anti-sistema, anti-privilegio o anti-verticalidad suelen reproducir, en su interior, las mismas dinámicas de poder que critican. Y lo hacen con una ironía particular: mientras denuncian el capitalismo o el patriarcado, monetizan su propia crítica, convierten la disidencia en mercancía y transforman la horizontalidad en una nueva forma de élite.
No se trata de demonizar ni de romantizar, sino de analizar con mirada escéptica, como lo hicieron, con precisión quirúrgica, pensadores de los siglos XVI al XVIII. Ellos ya diseccionaban estas paradojas con una claridad que hoy sigue vigente.


La masa homogénea y las vanguardias privilegiadas: ¿Horizontalidad o jerarquía disfrazada?

El colectivo feminista que adopta una aro en la nariz y un flequillo idéntico no es, en sí mismo, un problema. Las modas son eso: símbolos de pertenencia. Pero cuando esa uniformidad estética se acompaña de una uniformidad ideológica —sin disidencias visibles—, algo más profundo emerge. La masa se forma, pero también se vigila. Y en su seno, siempre aparecen dos o tres figuras que destacan: las que tienen más seguidores, más carisma, más capital simbólico o económico. Son las que dirigen, seleccionan y monetizan lo que el grupo consume. Las esclarecidas. 

¿Es coherente esto con el discurso anti-verticalista? No, desde la lógica del discurso. Pero sí desde la mecánica social. Como señalaba Baltasar Gracián en su Oráculo manual y arte de prudencia (1647), en cualquier agrupación humana, el poder se concentra en quienes saben manejar la apariencia, la oportunidad y las redes de influencia. Estas "vanguardias ilustradas" no son distintas: han sabido hacerse necesarias, convertir su militancia en capital y su "pensamiento crítico" en un producto de consumo.

Francis Bacon, en su Novum Organum (1620), hablaba de los "ídolos de la tribu" (sesgos colectivos que alinean a las personas con la opinión predominante) y los "ídolos del teatro" (sistemas dogmáticos aceptados por autoridad). Una librería virtual de "recomendaciones con postura" funciona como un pequeño teatro de ídolos: no se vende solo un libro, sino la garantía de que la postura es la correcta. Montaigne, por su parte, insistía en que la costumbre y la moda moldean más que la razón. "La costumbre es una segunda naturaleza", escribía. Formar parte de una masa que se viste igual y piensa igual no favorece el pensamiento independiente; lo dificulta.
 

"Pensamiento crítico" dentro de una masa: ¿Eslogan o práctica?

El pensamiento crítico exige autonomía individual, disposición a cuestionar los dogmas propios y margen para la disidencia. Pero cuando la pertenencia a un grupo exige una estética homogeneizada (códigos visuales compartidos) y una adhesión doctrinaria rígida, la disidencia se castiga con el ostracismo o la cancelación.

En este contexto, la apelación al "pensamiento crítico" suele funcionar como una etiqueta de pertenencia ("nosotros somos los lúcidos, los demás están alienados") más que como una práctica real de indagación abierta. Como diría René Descartes en su Discurso del método (1637), el método de la duda metódica exige suspender el juicio sobre todo lo recibido por costumbre, autoridad o "opinión común". Aplicarlo de verdad dentro de un grupo que ya tiene "posturas recomendadas" es casi imposible sin romper con el grupo.

David Hume, por su parte, señalaba que la costumbre y la simpatía (contagio emocional del grupo) son fuerzas más poderosas que la razón abstracta. Las personas no llegan a conclusiones por pureza argumentativa, sino porque el entorno las hace sentir correctas. Voltaire, en su Diccionario filosófico, denostaba el fanatismo de las sectas que se creen poseedoras de la verdad y convierten la crítica al exterior en dogma interno. El "pensamiento crítico" convertido en eslogan de grupo se parece demasiado a lo que él llamaba "entusiasmo" sectario.
 

La mercantilización de la ideología: ¿anticapitalismo o capitalismo disfrazado?

La creación de librerías virtuales, talleres o listas de lecturas "recomendadas con postura" ilustra cómo la ideología se transforma en un bien de consumo y de estatus. Se sostiene que el capitalismo es la raíz de la opresión, pero, al mismo tiempo, se opera dentro del circuito comercial, utilizando la afinidad ideológica como nicho de mercado.

¿Contradicción? Sí. ¿Novedad? No. La Rochefoucauld ya lo decía en sus Máximas (1665): "Nuestras virtudes no son casi siempre más que vicios disfrazados" y "El interés habla toda clase de lenguas y representa toda clase de papeles, incluso el de desinteresado". El discurso anticapitalista o de horizontalidad puede funcionar como una cobertura moral para obtener beneficios económicos o capital social dentro de un nicho determinado.

Maquiavelo, en El Príncipe (1532), ya explicaba que cualquier movimiento que aspire a transformar el orden termina generando sus propias oligarquías internas. La coherencia discursiva es secundaria frente a la eficacia en el mantenimiento del poder.


Los clásicos y su mirada sobre el poder y la hipocresía

Para entender este fenómeno, vale la pena recurrir a los pensadores que, entre los siglos XVI y XVIII, examinaron la naturaleza del poder, el comportamiento de las masas y la insinceridad del discurso político:

•    Étienne de La Boétie (Discurso sobre la servidumbre voluntaria, 1576): Analizó cómo los individuos renuncian a su autonomía para someterse a dogmas o líderes, formando pirámides de dominación donde unos pocos ganan influencia sobre la masa.

•    Thomas Hobbes (Leviatán, 1651): Sostuvo que, en ausencia de reglas claras, la competencia por el honor y el estatus genera desigualdad. Los discursos morales suelen ser fachadas que encubren el deseo de poder.

•    Jean-Jacques Rousseau (Discurso sobre el origen de la desigualdad, 1755): Diferenció entre el amor propio (autorespeto natural) y el amor propio social (búsqueda de aprobación y distinción). En los grupos cerrados, la búsqueda de estatus (ser el/la más "militante" o él/la más "visible") responde a este mecanismo.

•    Voltaire: Crítico del dogmatismo, señalaba que los grupos que se creen poseedores de una verdad única desarrollan sus propios cleros e inquisiciones internas, cobrando el "diezmo" (en este caso, comercializando productos con sello de aprobación ideológica).

La ceguera del rebaño ilustrado: ¿Por qué los adoctrinados no ven su propia jaula?

El fenómeno no es exclusivo de las feministas con aro en la nariz y flequillo. Se repite en cualquier grupo ideológico, ya sea político, religioso, activista o incluso académico: colectivos que nacen para cuestionar el statu quo pero terminan reproduciendo —o incluso agravando— las mismas dinámicas de poder que denuncian. La pregunta clave es: ¿por qué quienes están inmersos en estos sistemas no perciben su propia contradicción?.

La respuesta yace en una combinación de mecanismos psicológicos, sociales y retóricos que han sido analizados desde la antigüedad hasta la psicología moderna. Los pensadores escépticos, con su lucidez despiadada, ya anticipaban estas paradojas. Este ensayo explora cómo y por qué los adoctrinados no ven su propia jaula, y cómo este fenómeno trasciende fronteras ideológicas.


El "ídolo de la tribu" y la ilusión de la virtud colectiva

Francis Bacon, en su Novum Organum (1620), hablaba de los "ídolos de la tribu" como sesgos inherentes a la naturaleza humana que nos llevan a alinearnos con las opiniones predominantes de nuestro grupo. Sin embargo, hay algo más siniestro: la ilusión de que, por el simple hecho de pertenecer a un colectivo "crítico", uno está exento de caer en los mismos errores que el resto.


La trampa de la autojustificación

Como señalaba La Rochefoucauld, "el interés habla toda clase de lenguas". Las personas dentro de estos grupos no se ven a sí mismas como adoctrinadas, sino como "ilustradas", "conscientes" o "avanzadas". Su participación en el sistema no es percibida como sumisión, sino como virtud. Criticar al capitalismo mientras se monetiza la ideología no es una contradicción para ellas, porque el fin (la "justicia social") justifica los medios.


El efecto de la polarización

Estudios modernos en psicología social, como los de Leon Festinger sobre la disonancia cognitiva, muestran que, cuando una persona se compromete públicamente con un grupo, su cerebro busca coherencia a toda costa. Si el grupo vende libros o cobra por talleres, el cerebro de sus miembros racionaliza esa práctica: "No es capitalismo, es activismo sostenible".

Montaigne lo habría llamado "la tiranía de la costumbre": cuando todos a tu alrededor repiten el mismo discurso, dejar de cuestionarlo se vuelve un acto de supervivencia social.
 

El "amiguismo" como nueva forma de capital: ¿Quién se beneficia?

En estos grupos, el poder no se ejerce mediante títulos formales, sino a través de capital simbólico: quien tiene más seguidores, más carisma o más conexiones internas (el "amiguismo") define qué es "pensamiento crítico" y qué no lo es. Como advirtió Baltasar Gracián, "el poder más peligroso es el que no se ve".


La ilusión de la horizontalidad

Se proclama que todos son iguales, pero en la práctica, quienes controlan los canales de comunicación (redes sociales, librerías virtuales, eventos) deciden qué voces se amplifican y cuáles se silencian. Esto no es distinto a las jerarquías tradicionales; solo está disfrazado de meritocracia moral.


El costo de la disidencia

Como escribió Voltaire, "el fanatismo es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre". En estos grupos, cuestionar al núcleo dirigente no es visto como pensamiento crítico, sino como herejía. El miedo al ostracismo (o a la "cancelación") actúa como un mecanismo de autocensura. ¿El resultado? La disidencia desaparece, y con ella, la capacidad de autocrítica.

Hobbes lo habría explicado así: en ausencia de un poder central visible, el ser humano no escapa a la competencia por el estatus. Simplemente, cambia las reglas del juego. En lugar de competir por dinero o títulos, se compite por ser la más "comprometida", la más "pura" o la más alineada con el dogma del grupo.


La mercantilización de la rebeldía: Cuando el anticapitalismo se vuelve negocio

Aquí está una de las paradojas más agudas: grupos que critican el capitalismo terminan reproduciendo sus mecanismos más depredadores, pero con un giro: el producto que venden no es un objeto, sino la ilusión de pertenecer a un colectivo superior.


El "capitalismo de nicho"

Como señalaba Maquiavelo, el poder se mantiene no solo por la fuerza, sino por la capacidad de hacer que los demás dependan de ti. Las librerías virtuales, los talleres pagos y las listas de lecturas "con postura" no son solo fuentes de ingresos; son herramientas de control. Quien compra esos libros o asiste a esos talleres no solo adquiere conocimiento: compra pertenencia y validación.


La ilusión de la exclusividad

Rousseau hablaba del amour-propre, ese deseo de ser reconocido como superior. En estos grupos, consumir los productos "aprobados" por las líderes se convierte en una forma de distinguirse del resto (incluso si ese "resto" son otras feministas o activistas). Es el mismo mecanismo que lleva a las personas a comprar marcas de lujo: no es el producto lo que importa, sino el estatus que otorga.

Como lo resumiría La Rochefoucauld: "La virtud no es más que el vicio disfrazado de buena conciencia".


¿Por qué no se dan cuenta? Tres mecanismos clave

A. La disonancia cognitiva: "No somos como los demás"
El psicólogo Leon Festinger demostró que, cuando nuestras acciones entran en conflicto con nuestras creencias, el cerebro busca justificaciones para reducir la incomodidad. En el caso de estos grupos:

•    Acción: Vender libros o cobrar por talleres (práctica capitalista).
•    Creencia: "Somos anticapitalistas".
•    Justificación: "Es activismo, no comercio" o "El fin justifica los medios".
El resultado: No ven la contradicción porque su cerebro la ha racionalizado.

 

B. El sesgo de la superioridad moral

Estudios en psicología social, como los de Jonathan Haidt, muestran que las personas tienden a creer que su grupo es moralmente superior. Esto lleva a:

•    Deshumanizar a los críticos: "Quienes cuestionan esto no entienden la lucha" o "Son cómplices del sistema".
•    Ignorar las propias fallas: "Nosotros no somos como los demás grupos; nosotros sí somos coherentes".
Como diría Montaigne: "El mayor defecto de los humanos es olvidar que son humanos".


C. El efecto de la cámara de eco

En la era digital, las redes sociales actúan como cámaras de eco: solo se escuchan las voces que refuerzan las propias creencias. Esto genera:

•    Una realidad distorsionada: Si todos en tu círculo repiten que "el capitalismo es el enemigo", pero nadie cuestiona que tú misma estés lucrando con él, la contradicción se vuelve invisible.
•    La ilusión de la mayoría: Como señalaba Bacon, "la verdad emerge más fácilmente del error que de la confusión". En una cámara de eco, el error se refuerza hasta volverse dogma.

¿Es esto exclusivo de las feministas? No. Es universal

Este fenómeno no es exclusivo de ningún grupo. Se repite en:

•    Colectivos políticos: Partidos que promueven la igualdad, pero terminan siendo oligarquías internas.
•    Movimientos espirituales: Gurús que venden "iluminación" mientras acumulan riqueza.
•    Círculos académicos: Elite intelectual que critica el elitismo... mientras controla quién puede publicar o hablar.
•    Grupos de consumo "ético": Marcas que venden productos "sostenibles" a precios inalcanzables para la mayoría.
La Boétie lo explicaba en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria (1576): el poder no solo se impone por la fuerza, sino por la complicidad de quienes se someten a él. Y hoy, esa complicidad se disfraza de "conciencia crítica".

 

La pregunta incómoda: ¿Puede existir un grupo verdaderamente horizontal?

La respuesta escéptica es: no, o al menos no por mucho tiempo. Como escribió Hobbes, "el hombre es un lobo para el hombre", y en ausencia de estructuras claras, el poder siempre encuentra la forma de concentrarse.

Sin embargo, hay una salvedad: los grupos que sobreviven a su propia contradicción son aquellos que permiten —e incluso fomentan— la disidencia interna. Como diría Voltaire, "el fanatismo es el enemigo de la razón". Un movimiento que no tolera el cuestionamiento está condenado a convertirse en lo que dice combatir.
 


La manipulación del lenguaje: Cuando las palabras se convierten en armas

El fenómeno no solo se limita a la reproducción de jerarquías o a la mercantilización de la ideología. Hay un tercer pilar: la manipulación del lenguaje. Los grupos ideológicos, en su afán por diferenciarse y justificar su existencia, recurren a un aggiornamento constante de términos, un lavado de cara semántico que les permite presentar ideas viejas como novedades revolucionarias.


A. El aggiornamento de la terminología: Lo mismo con otro nombre

El lenguaje es un campo de batalla. Términos como "interseccionalidad", "deconstrucción", "privilegio" o "cancelación" no son conceptos nuevos en esencia, sino reinterpretaciones de ideas que ya existían hace siglos, pero con un ropaje moderno que las hace parecer innovadoras. Por ejemplo:

•    "Interseccionalidad": La idea de que las opresiones se entrelazan no es nueva. Marx ya hablaba de la intersección entre clase y género en el siglo XIX, y antes de él, pensadores como Mary Wollstonecraft analizaban cómo las desigualdades se superponían. Sin embargo, el término actual se usa para marcar una supuesta superioridad moral en quien lo emplea, como si su mera mención garantizara una comprensión más profunda de la realidad.

•    "Deconstrucción": El concepto tiene raíces en Derrida y el posestructuralismo, pero hoy se usa de manera tan amplia y vaga que ha perdido su significado original. Se ha convertido en un comodín retórico: todo puede ser "deconstruido", pero rara vez se reconstruye algo a partir de esa crítica.
Como diría Gracián, "hacer, y hacer parecer". Pero en este caso, lo que se nombra con términos nuevos adquiere una autoridad falsa, como si el simple hecho de usar una palabra moderna validara automáticamente su contenido.


B. El lenguaje como herramienta de estigmatización

El lenguaje no solo sirve para definir la propia identidad, sino también para excluir y estigmatizar a los "otros". Palabras como:

•    "Reaccionario", "fascista", "cómplice", "aliado performativo" o "no consciente"
se utilizan para descalificar a quienes no comparten el dogma del grupo, sin necesidad de un debate real. No son términos descriptivos, sino armas retóricas.
Voltaire ya advertía sobre esto: "Las palabras son el disfraz de los pensamientos". En estos grupos, el disfraz se usa para ocultar la falta de argumentos y para imponer el silencio. Como señalaba Orwell en 1984 (aunque fuera del período que analizamos), el control del lenguaje es el primer paso para el control del pensamiento.


C. La ilusión de la novedad

El uso de términos "actualizados" crea la ilusión de que el grupo está a la vanguardia del pensamiento. Pero, como diría Montaigne, "no hay nada nuevo bajo el sol". Lo que cambia no es la esencia de las ideas, sino el empaque. Y ese empaque sirve para:

1.    Diferenciarse de generaciones anteriores (aunque repitan los mismos errores).
2.    Justificar la existencia de una élite intelectual dentro del grupo: quienes dominan el nuevo lenguaje tienen el poder de definir quién está "dentro" y quién está "fuera".
3.    Vender la idea de progreso sin necesidad de un progreso real.
La Rochefoucauld lo habría resumido así: "Cambiamos las palabras para no cambiar las cosas".


Conclusión: La jaula de oro del activismo y el lenguaje como eslabón

Los adoctrinados no ven su propia jaula porque la jaula está hecha de los mismos barrotes que ellos creen estar derribando. El sistema que critican (el capitalismo, el patriarcado, la verticalidad) se reproduce en sus propias prácticas, pero con un disfraz: el de la virtud moral y el de un lenguaje supuestamente revolucionario.
Bien sabían los escépticos, las palabras pueden ser tan opresivas como las estructuras que denuncian.

La Rochefoucauld escribió en una de sus máximas: "La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud.".


Mirada escéptica final: ¿Traición o naturaleza humana?

Lo que se describe aquí no es una traición accidental a los ideales. Es el funcionamiento previsible de la naturaleza humana en grupo. Los discursos de horizontalidad y crítica radical rara vez sobreviven al éxito relativo del propio grupo: cuando hay visibilidad, seguidoras y posibilidad de monetizar, aparecen jerarquías, filtros y "recomendaciones autorizadas".

El escepticismo de Montaigne, Bacon o Gracián no consiste en negar que existan opresiones reales, sino en desconfiar de quienes, al combatirlas, reproducen estructuras de privilegio y control de la opinión con otro lenguaje.

La prueba del pensamiento realmente independiente no está en el eslogan ni en la librería virtual de posturas correctas, sino en la capacidad de sostener disensos incómodos dentro del propio círculo. Cuando esa capacidad desaparece, lo que queda es, como diría Bacon, otro ídolo del teatro.



Este ensayo fue elaborado con el apoyo de herramientas de inteligencia artificial: Gemini, Grok y Mistral.

jueves, 16 de julio de 2026

Pocas cosas imposibles: medios, constancia y la condición del logro

 

"Hay pocas cosas imposibles por si mismas, generalmente no nos falta la constancia para obtenerlas, sino los medios". 
François de La Rochefoucauld


Introducción

El debate sobre los límites de la realización humana oscila perpetuamente entre la limitación de la materia y la flaqueza del espíritu. Ante este dilema, la sabiduría popular suele recurrir a frases pulidas que buscan zanjar la cuestión con elegancia. Sin embargo, al desarmar las ideas, descubrimos que lo que parece una simple disputa léxica encierra una compleja tensión filosófica entre la estructura y la agencia.
«Hay pocas cosas imposibles por sí mismas; generalmente no nos falta la constancia para obtenerlas, sino los medios.» Esta sentencia, atribuida a François de La Rochefoucauld, condensa una de las preguntas más persistentes de la reflexión moral: ¿qué separa realmente al hombre de sus empresas? ¿La escasez de recursos o la debilidad de la voluntad?
La pregunta no es menor. Según se responda, se carga el acento sobre la estructura o sobre la agencia, sobre el mundo que condiciona o sobre el sujeto que decide. Este ensayo examina primero lo que La Rochefoucauld dijo en realidad, luego reconstruye las dos posturas que la máxima suscita, y finalmente las confronta con sus críticos, sus escépticos y sus antípodas filosóficas, para proponer una lectura en la que medios y constancia no son rivales, sino términos de una relación circular.


I. Lo que dijo realmente La Rochefoucauld

Conviene comenzar por una precisión filológica. La máxima pertenece, en efecto, a La Rochefoucauld y aparece en sus Máximas (1665), concretamente la número 243, cuyo texto original reza:
«Il y a peu de choses impossibles en elles-mêmes; et l'application pour les faire réussir nous manque plus que les moyens.»
(«Existen muy pocas cosas imposibles por sí mismas; y, antes que los medios, lo que nos falta para ejecutarlas es la aplicación.»)
El matiz es decisivo. La versión popularizada en español invierte el sentido del original: mientras la cita de circulación corriente afirma que faltan los medios y sobra la voluntad, el texto francés sostiene exactamente lo contrario: lo que falta es l'application —la aplicación, el esfuerzo sostenido, la atención disciplinada— y no los medios. La Rochefoucauld se sitúa, pues, del lado que responsabiliza al individuo y no a la escasez.
Esta posición es coherente con su figura intelectual. La Rochefoucauld no fue un filósofo académico sistemático, sino un moralista francés del siglo XVII, culturalmente próximo al jansenismo, movimiento agustiniano dentro del catolicismo que subrayaba la corrupción humana tras la caída y la inutilidad de las virtudes puramente humanas sin la gracia divina. Su psicología moral gira en torno al amour-propre (el amor propio): las virtudes humanas —la generosidad, el valor, la fidelidad— son casi siempre máscaras del egoísmo, la vanidad o el interés. De ahí su pesimismo antropológico radical y su lucidez desencantada: el ser humano se engaña a sí mismo creyendo que actúa por nobles ideales cuando lo mueven sus pasiones.


II. Las dos posturas: la estructura contra la agencia

Leída en su forma popular, la máxima enfrenta dos interpretaciones contrapuestas.

La falta de medios

Esta perspectiva sostiene que el deseo y la voluntad están presentes, pero que la realidad material impone límites. Por mucha constancia que tenga una persona, no puede construir un puente sin materiales ni estudiar una carrera sin acceso a la educación. La situación socioeconómica, el entorno geográfico o el tiempo disponible actúan como barreras reales que la mera intención no derriba. El éxito depende, en gran medida, de las herramientas y oportunidades disponibles.

La falta de constancia

La postura contraria —que es, recordémoslo, la del texto original— argumenta que los medios se construyen o se encuentran cuando la constancia es suficiente. La verdadera persistencia implica buscar, crear o adaptar los recursos a lo largo del tiempo. La escasez inicial agudiza el ingenio; el foco a largo plazo compensa la falta de arranque. Quienes abandonan suelen culpar a los medios, cuando en realidad les faltó la disciplina para sostener el esfuerzo el tiempo necesario.
Cada postura atina, a su modo. La primera desmitifica el «querer es poder»: reconocer el peso de los medios previene la culpa injustificada cuando la pobreza, las limitaciones físicas o la falta de acceso a la educación imponen techos reales. Sin base material mínima, la constancia se convierte en esfuerzo desgastante contra un muro inamovible. La segunda, en cambio, advierte que considerar los medios como algo dado conduce al conformismo: la constancia no es repetir una acción en las mismas condiciones, sino un proceso dinámico de aprender, negociar, desarrollar habilidades y construir paulatinamente los recursos que no se tenían.


III. Síntesis: una relación circular

Más que posturas excluyentes, ambas representan dimensiones complementarias del logro. Los medios establecen el punto de partida y la viabilidad inicial: determinan la velocidad, el esfuerzo requerido y la probabilidad objetiva de éxito. La constancia determina la trayectoria y la sostenibilidad: transforma el potencial en realidad y se encarga de buscar o maximizar los medios disponibles.
En la práctica, la relación entre ambas es circular: la constancia permite acumular o crear medios, y la posesión de medios facilita la continuidad del esfuerzo. La clave no reside en la primacía absoluta de uno sobre el otro, sino en la capacidad de evaluar con realismo los medios disponibles mientras se mantiene la disciplina para expandirlos.


IV. Los críticos de La Rochefoucauld

Las Máximas generaron controversia desde su publicación por su visión desmitificadora de la naturaleza humana.
Jean de La Bruyère y los moralistas tradicionales consideraron que reducir la entera complejidad de la virtud al interés propio era un reduccionismo excesivo. Entre los ilustrados, Voltaire admiraba la concisión estilística de sus frases pero criticaba su pesimismo radical por paralizar la acción social y desestimar los avances morales de la humanidad. Rousseau, por su parte, rechazaba que la inclinación natural del hombre fuera el egoísmo frío: la sociedad corrompe una bondad natural subyacente. Nietzsche, admirable y crítico a la vez, aceptó el diagnóstico sobre la falsedad de la moral tradicional, pero lo juzgó sintomático de una psicología «decadente» o resentida, heredera del pensamiento judeocristiano y jansenista.


V. Las reservas de los escépticos

Frente a la afirmación de que «pocas cosas son imposibles en sí mismas», la tradición escéptica —del pirronismo antiguo al empirismo de David Hume— plantea objeciones estructurales.
Primero, la ilusión de omnipotencia: sostener que casi nada es imposible es una fe infundada en la capacidad humana; la realidad impone límites físicos, biológicos y lógicos que ni la voluntad ni los medios disuelven. Segundo, el sesgo de supervivencia: registramos los casos excepcionales donde la perseverancia venció a la adversidad e ignoramos a la inmensa mayoría que, con aplicación y medios máximos, fracasó por azar o factores estructurales. Tercero, la suspensión del juicio (epoché): es imposible determinar a priori si el factor determinante fue la falta de medios, de constancia o simplemente la fortuna (tyché); atribuir el éxito o el fracaso a una sola variable es un dogma infundado.


VI. Las antípodas: estructura y causalidad

Dos corrientes mayores sitúan en el extremo opuesto de la máxima.

 

El determinismo estructural y socioeconómico: Marx y Bourdieu

Para el materialismo histórico de Karl Marx, la premisa de La ideología alemana lo resume de forma taxativa: «No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia». Las relaciones de producción, los recursos y la clase social condicionan y delimitan las leyes, la moral y la percepción misma del mérito. Sin acceso a los medios de producción o al capital, el esfuerzo individual se reduce a la venta de fuerza de trabajo para la subsistencia. Marx sostendría que la idea de que «falta aplicación o constancia» es un mecanismo ideológico que responsabiliza al individuo de su suerte, invisibilizando la desigualdad de clase subyacente.

Pierre Bourdieu profundiza esta crítica en el terreno sociológico y cultural. Su noción de habitus designa el sistema de disposiciones duraderas que los individuos interiorizan mediante la socialización primaria: la capacidad de sostener el esfuerzo, la tolerancia a la frustración o la disciplina académica no son atributos mágicos del alma, sino esquemas grabados por la experiencia de clase. A ello se suman las formas de capital —económico (dinero y bienes), cultural (incorporado, objetivado e institucionalizado) y social (redes e influencias)—. Exigir la misma «aplicación» a dos individuos con distinto capital inicial es, para Bourdieu, una violencia simbólica: quien posee capital cultural adecuado no solo dispone de mejores medios, sino del habitus para usarlos de modo que parezca un talento natural o una voluntad superior.

 

El determinismo metafísico: Spinoza y d'Holbach

En el plano metafísico, las filosofías fatalistas sostienen que el libre albedrío es una ilusión, lo que disuelve la máxima desde su raíz: la afirmación de que «nos falta aplicación» presupone que el sujeto tenía la alternativa real de aplicar más esfuerzo del que aplicó.

Baruch Spinoza dinamita el libre albedrío en la Ética: todo ocurre necesariamente por la naturaleza de Dios o la Naturaleza (Deus sive Natura). Su famosa analogía de la piedra consciente lo ilustra: si una piedra lanzada al aire tuviera conciencia, creería volar por su propia voluntad. Los seres humanos creen actuar por «voluntad propia» simplemente porque son conscientes de sus deseos, pero ignoran las causas que los determinan. La cantidad exacta de atención y persistencia que un individuo despliega es el resultado necesario de su constitución y de los afectos externos que lo impactan.

El barón d'Holbach, en su Sistema de la Naturaleza (1770), lleva el determinismo a un materialismo mecanicista radical: el hombre es un ente físico sometido a las leyes de la física y la biología, y sus decisiones y grados de motivación no son más que movimientos del cerebro provocados por estímulos internos y externos. Bajo esta mirada, reprochar a alguien su «falta de constancia» equivale a reprochar a una llama que no arda con más intensidad cuando carece del oxígeno suficiente: no existe un yo independiente de las fuerzas físicas que pueda decidir arbitrariamente «tener más ganas».



Conclusión

La máxima de La Rochefoucauld —leída en su sentido original o en su versión popularizada— tiene el mérito de obligarnos a nombrar los dos ingredientes de todo logro: los medios que el mundo ofrece y la aplicación que el sujeto aporta. Sus críticos, sus escépticos y sus antípodas filosóficas cumplen una función complementaria: recuerdan que la voluntad no flota en el vacío, que la estructura no lo explica todo, y que el azar interviene sin pedir permiso.

Quizás la lección más honesta sea esta: ante cada empresa concreta conviene preguntarse, sin dogmatismo, qué es lo que verdaderamente falta. Hay casos donde la respuesta es «medios» y el esfuerzo honesto consiste en nombrar la injusticia estructural que los niega. Hay casos donde la respuesta es «aplicación», y el esfuerzo honesto consiste en sostener la disciplina que aún no se desplegó. La sabiduría práctica no reside en elegir una vez por todas entre La Rochefoucauld y Bourdieu, entre Spinoza y el moralista del esfuerzo, sino en la lucidez de distinguir, caso por caso, cuándo el muro está afuera y cuándo está adentro.

En definitiva, al contrastar la cita popular con el texto auténtico de La Rochefoucauld y confrontar su visión con el escepticismo, el materialismo sociológico y el determinismo metafísico, la cuestión del éxito desborda la simple dicotomía entre medios y constancia. Nos obliga a evaluar con realismo las condiciones materiales y las fuerzas causales que nos configuran, al tiempo que examinamos la responsabilidad con la que gestionamos la disciplina posible dentro de nuestros propios límites.


En la tradición clásica de la literatura fabulística existen dos fábulas emblemáticas que encarnan, desde ángulos complementarios, la tensión planteada por La Rochefoucauld entre la disponibilidad de los medios y el factor decisivo de la aplicación, la constancia y el esfuerzo.



1. La tortuga y la liebre (Esopo)

Es la máxima representación de la afirmación de La Rochefoucauld («Nos falta la aplicación para hacerlas triunfar más que los medios»).

•    Los medios: La liebre posee la totalidad de los medios físicos para ganar la carrera: velocidad, agilidad y biomecánica favorable. La tortuga carece por completo de los recursos morfológicos adecuados para competir en velocidad.
•    La falta de aplicación: La liebre pierde no por falta de capacidad o medios, sino por la usura del exceso de confianza, la dispersión y la falta de constancia (l'application). La tortuga, mediante una disciplina ininterrumpida y un enfoque absoluto en la ejecución, compensa una inferioridad estructural de medios y alcanza el objetivo.
•    Conexión: Encaja perfectamente con la versión real de la máxima 243 de La Rochefoucauld: la abundancia de medios no sirve de nada si se carece de la constancia para ejecutarlos.




2. La zorra y las uvas (Esopo / Jean de La Fontaine)

Esta fábula aborda el problema desde el sesgo psicológico que produce la falta de medios.

•    El conflicto: Una zorra hambrienta ve un racimo de uvas maduras en lo alto de una parra. Intenta alcanzarlas en repetidas ocasiones, pero la altura excede sus capacidades físicas y sus medios de alcance.
•    El mecanismo de defensa: Al percatarse de que carece de los medios para lograrlo, la zorra abandona el intento y racionaliza su fracaso diciendo: «No importan, están verdes».
•    Conexión: Ilustra la distorsión que describe el moralista francés: cuando el ser humano carece de los medios o de la aplicación para conseguir un fin, prefiere declarar el objetivo como imposible, indeseable o indigno, en lugar de reconocer la limitación propia o la falta de esfuerzo sostenido para construir la escalera que lo alcance.

 

Y una tercera fábula que sumo para cerrar: 

3. El cuervo y la jarra (Esopo)

Representa la situación donde la constancia agudiza el ingenio para suplir o crear los medios que no están dados de antemano.

•    La trama: Un cuervo sediento encuentra una jarra con un poco de agua en el fondo, pero su pico no alcanza a tocar el líquido. En lugar de rendirse por falta de medios (un pico más largo), el cuervo comienza a arrojar pequeñas piedras dentro de la jarra, una a una.
•    El resultado: A fuerza de aplicación y paciencia, el nivel del agua sube hasta que el cuervo puede beber.
•    Conexión: Refuerza la idea de que la aplicación constante no solo utiliza los medios presentes, sino que es capaz de alterar las condiciones físicas del entorno para generar los medios que faltaban.



Ensayo creado con asistencia de IA (Gemini; Mistral) y editado por mí.