Llevo poco más de 30 años cortándome el cabello a mí mismo en casa, una costumbre que sostengo de manera ininterrumpida desde mediados de la década del 90. Mi corte es simple y funcional: un buzz cut casi al ras de toda la cabeza (a un milímetro de longitud) que repito cada dos o tres semanas. Además, aprovecho la misma máquina para afeitarme de forma habitual, en promedio cada cuatro o cinco días. A mediados de los 90, fue cuando compré mi primera máquina con enchufe directo, que duró hasta 2012–2013. Luego tuve otra, con batería, que al fallar seguí usándola enchufada a la corriente hasta 2026. Ahora adquirí una nueva, moderna y económica, la única con cable que encontré, porque desconfío de las baterías y su obsolescencia programada. Me costó casi $50.000 pesos, y calculo que en tres usos ya queda amortizada: cada corte buzz cut en Palermo cuesta entre $10.000 y $18.000, así que el resto es ahorro.
No reniego en absoluto de las peluquerías ni de quienes deciden asistir a ellas; simplemente ejerzo mi derecho a la opcionalidad y elijo lo que mejor se adapta a mi fisonomía y forma de ser. Soy pelado por herencia genética. A pesar de que la medicina actual ofrece microtransplantes capilares para repoblar la cabeza, opto por quedarme tal como soy. No sufro problemas de autoestima ni persigo ideales estéticos externos. Me incomoda la interacción social obligada en una barbería, el tiempo de espera, sacar turno, y hasta los “pelitos” que quedan en el cuello. Prefiero la autonomía de cortarme en casa, cuando quiero y como quiero, aun asumiendo el riesgo mínimo de que la máquina falle a mitad de uso (me pasó dos veces en 30 años). Ese riesgo es insignificante frente a los beneficios. Mi elección es puramente práctica y responde a una búsqueda de comodidad y coherencia personal.
Ensayo sobre autonomía y consumo
La práctica de cortarse el cabello uno mismo, repetida durante más de tres décadas, puede parecer un gesto trivial. Sin embargo, detrás de esa rutina se despliega un sistema de vida que combina economía doméstica, psicología personal, resistencia tecnológica y filosofía de la autonomía. Lo que a primera vista es un simple “buzz cut” se convierte en un manifiesto sobre cómo vivir en un mundo atravesado por el consumo y la obsolescencia.
Economía doméstica y racionalidad práctica
Al buscar el reemplazo de la máquina rota en el mercado actual, me encontré con un amplio abanico de precios (desde los $30.000 hasta opciones profesionales de $500.000) y una fuerte tendencia hacia los modelos inalámbricos.
A mayo de 2026, un corte simple a máquina en una barbería o salón del barrio de Palermo oscila entre los $10.000 y $18.000 pesos argentinos (unos $7 a $13 USD como referencia). La comparación entre el costo de una máquina ($50.000) y el precio de un corte en Palermo ($10.000–18.000) revela una lógica de amortización inmediata: en tres usos la inversión queda cubierta. A partir de allí, cada corte es prácticamente gratuito. Cada nuevo corte representa un ahorro neto y directo para mi economía. Si esta nueva herramienta replica la nobleza y durabilidad de sus predecesoras, me garantizará años de autosuficiencia y comodidad. Este cálculo no es solo ahorro monetario, sino también un ejemplo de cómo las personas internalizan servicios para reducir gastos y ganar control sobre su tiempo. En términos de costo de oportunidad, cada corte en casa evita no solo el gasto económico, sino también horas de traslado, espera y coordinación.
Costo de oportunidad y valor del tiempo
No lo calculo explícitamente, pero está implícito. Ir a una peluquería cada 2-3 semanas durante 30 años suma 600-780 visitas. Incluso si cada visita costara solo 45 minutos (traslado + espera + corte), estaríamos hablando de 450-585 horas de vida. Eso es entre 18 y 24 días completos de 24 horas, o entre 56 y 73 días laborales de 8 horas.
Obsolescencia programada y resistencia tecnológica
La elección de una máquina con cable frente a las de batería es una crítica práctica a la obsolescencia programada. Las baterías son el punto único de falla previsible y decreciente (una fuente de fragilidad oculta); el cable prolonga la vida útil y reduce la fragilidad. Mis máquinas anteriores —una duró 17 años, otra 14— son prueba empírica de que la durabilidad tecnológica existe cuando se evita la dependencia de componentes diseñados para envejecer. Aquí se manifiesta una forma de resistencia al consumismo y de apropiación tecnológica: el usuario redefine el uso del objeto más allá de lo que el mercado espera. Decidí comprar intencionalmente la única alternativa disponible que venía con cable directo. Esta elección responde a una postura firme contra la obsolescencia programada: las baterías recargables tienen un vencimiento químico inevitable que condena al aparato a fallar en el mediano plazo (usualmente entre 2 y 4 años). Al prescindir de ellas, priorizo la robustez mecánica y la longevidad del objeto.
Creo que aquí hay algo más profundo que la simple crítica a la obsolescencia programada.
Lo que hice fue elegir una tecnología más simple. Y los sistemas simples suelen ser más robustos. La historia de mis anteriores máquinas lo demuestra:
Máquina 1: aproximadamente 16 o 17 años.
Máquina 2: aproximadamente 13 o 14 años.
La segunda incluso sobrevivió varios años después de la muerte de la batería. Eso es casi una demostración empírica de una idea muy antigua de ingeniería: Cuanto menos componentes críticos tenga un sistema, menos puntos de falla posee. No siempre ocurre, pero estadísticamente suele ser una apuesta razonable.
Opcionalidad y antifragilidad
Siguiendo a Nassim Taleb, mi sistema encarna la opcionalidad positiva: beneficios constantes (ahorro, autonomía, comodidad) frente a riesgos mínimos (máquina rota dos veces en 30 años). Es un diseño antifrágil: los fallos no destruyen el sistema, apenas lo interrumpen de manera acotada. La peluquería, en cambio, implica costos fijos recurrentes y dependencia de factores externos. Cortarse en casa es, en este sentido, una apuesta asimétrica favorable. Es una apuesta asimétrica porque: el downside es pequeño (un corte incompleto, solucionable en minutos), mientras que el upside es ilimitado (autonomía, ahorro, comodidad). La peluquería, en cambio, tiene un costo fijo recurrente (dinero, tiempo, interacción social) sin beneficios adicionales para mí.
Riesgo limitado. El peor escenario posible es:
- la máquina se rompe; - me quedo a medio corte; - compro otra.
Eso ocurrió dos veces en treinta años. El daño es pequeño.
Beneficio acumulativo. Los beneficios aparecen constantemente:
- ahorro; - autonomía; - comodidad; - control del tiempo; - eliminación de trámites; - eliminación de desplazamientos; - eliminación de esperas.
Es una asimetría favorable. Pierdes poco cuando algo sale mal. Ganas continuamente cuando todo sale normal.
Antifragilidad: mi sistema mejora con los obstáculos. Si una máquina se rompe, compro otra y sigo adelante. No hay fragilidad: el fallo es temporal y de bajo impacto. Tengo “skin in the game” (la piel en el juego, jugarse la piel) y el sistema es resiliente; si se rompe, compro otra y sigo.
Lo que más me llama la atención. Lo más interesante de toda la historia no es el ahorro. Tampoco la duración de las máquinas. Ni siquiera la cuestión de la introversión. Lo más interesante es la consistencia temporal. Muchas personas prueban sistemas alternativos durante unos meses. Yo llevo más de treinta años en ese caso (30 años = identidad consolidada). Eso significa que la estrategia sobrevivió: cambios económicos; cambios tecnológicos; cambios de domicilio; cambios de edad; cambios culturales. En términos evolutivos, el sistema pasó una prueba muy difícil: la prueba del tiempo. Y justamente Nassin Taleb considera que el tiempo es uno de los mejores filtros para evaluar si algo funciona realmente.
Psicología del consumidor
El ahorro económico no es el único motor. Para mi, la peluquería implica fricciones: sacar turno, recordar el turno, trasladarme, esperar, conversar con desconocidos, tolerar los “pelitos” en el cuello, volver. Cortarme en casa elimina esas fricciones y maximiza la utilidad de tiempo y lugar. Cada una es pequeña, pero durante treinta años se acumulan. La suma de pequeñas molestias repetidas miles de veces termina siendo significativa. He eliminado toda una cadena de microfricciones de mi vida.
Desde la teoría de la autodeterminación (Edward Deci y Richard Ryan), mi práctica satisface necesidades de autonomía y competencia: elijo cuándo y cómo hacerlo, y domino la técnica suficiente para lograrlo.
Autoaceptación e identidad
La decisión de no recurrir a microtransplantes capilares refleja aceptación corporal y rechazo a la presión estética. No busco validación externa a través del consumo, sino que asumo mi identidad genética con pragmatismo. Este gesto se alinea con la psicología humanista de Carl Rogers y con filosofías minimalistas: menos decisiones, menos dependencia, más coherencia personal. El buzz cut se convierte en uniforme de vida, símbolo de simplicidad y autenticidad.
Mi postura frente a la calvicie hereditaria y los microtransplantes capilares se alinea con la Teoría de la Autoaceptación Radicada (dentro de la psicología humanista de Carl Rogers) y la resistencia a la presión estética de consumo. La Autoaceptación radical (a menudo estudiada junto a Autoaceptación incondicional) es la habilidad psicológica de abrazar y validar completamente la propia identidad, emociones y experiencias, sin condiciones, juicios ni exigencias externas.
El mercado actual de la estética masculina bombardea con la necesidad de "solucionar" la calvicie (clínicas capilares, barberías premium con experiencias gourmet, etc.). Mi decisión de "quedar como soy" demuestra: - alta autoestima y autoconcepto sólido: no necesito aprobación externa mediante el consumo estético, y, - pragmatismo identitario: adopté el buzz cut no como una moda pasajera, sino como un uniforme de vida eficiente y estético que te llevó a la aceptación total de tu fisonomía.
La cuestión de la calvicie
Este punto es importante. Si todavía estuviera luchando contra la pérdida de cabello, probablemente toda la ecuación sería distinta. Pero en mi historia la calvicie aparece como un hecho aceptado. No como un problema. Eso cambia todo. El buzz cut no surge como resignación. Surge como una solución racional a una situación aceptada.
Una vez aceptada la condición inicial, desaparecen: - tratamientos; - productos; - preocupaciones; - gastos adicionales; - expectativas de transformación estética.
Todo eso simplifica enormemente el sistema. No busco validación externa ni cumplo con estándares de belleza impuestos. Mi autoestima no depende de mi apariencia, sino de mi coherencia. Eso puede conectar con el estoicismo (aceptar lo que no se puedo cambiar) y con la terapia de aceptación y compromiso (ACT): vivo según mis valores, no según las expectativas ajenas.
La importancia de la introversión
Esto también aparece claramente. Muchas personas consideran que la conversación con el peluquero forma parte del servicio. Para ellas tiene valor.
Para mí no. Incluso puede tener un costo subjetivo. La economía clásica suele asumir que todos valoran lo mismo. La economía conductual recuerda que no es así. El valor depende de la persona. Una peluquería puede ser un beneficio social para alguien extrovertido y una carga para alguien introvertido. Mi decisión es coherente con mi perfil. No es ansiedad, sino una preferencia por evitar situaciones que no me aportan valor. Como introvertido, el silencio y la soledad son energizantes, no un castigo. La introversión no es una limitación que "tolerar", es información que uso correctamente para diseñar un sistema de vida que minimiza fricciones innecesarias.
Filosofía de la técnica
Heidegger recordaba que las herramientas se vuelven invisibles en la rutina hasta que fallan. La máquina de cortar pelo es un “útil” que acompaña tu vida cotidiana, y cuya ruptura te obliga a reflexionar sobre la dependencia tecnológica. Foucault hablaría de autogobierno: regular mi cuerpo, mi tiempo y mi economía sin delegar en instituciones.
Lo que cuenta mi historia. Si uno mira los hechos desnudos:
- Más de 30 años cortándote solo.
- Dos máquinas en tres décadas.
- Dos fallos importantes en treinta años.
- Corte extremadamente simple.
- Calvicie aceptada.
- Ausencia de interés por la moda capilar.
- Preferencia por evitar turnos, esperas y conversaciones obligadas.
- Elección deliberada de una máquina con cable.
- Capacidad de resolver el problema en tu propia casa.
Lo que aparece no es un "cliente que ahorra peluquería". Aparece una persona que construyó un sistema para satisfacer una necesidad recurrente.
Retomando la idea del minimalismo. El minimalismo práctico. Hay personas que buscan maximizar resultados. Otras buscan minimizar complicaciones. Mi relato parece pertenecer más al segundo grupo. No busco: el mejor corte; el último estilo; la experiencia premium; la barbería de moda. Busco algo mucho más sencillo: resolver el problema de tener el pelo largo. Y resolverlo con el mínimo gasto de tiempo, energía y dinero.
Resistencia al consumismo: en un mundo donde todo se vende como "experiencia" (incluso un corte de pelo), yo rechazo el modelo. Un anti-consumismo selectivo: No estoy en contra del consumo (compré una máquina nueva), pero lo subordino a criterios racionales y de largo plazo, evitando dejarme llevar por marketing, novedades o estatus.
En términos de Ronald Coase (especialmente en su artículo clásico “The Nature of the Firm” («La naturaleza de la empresa»), 1937), minimizo los costos de transacción de manera muy eficiente. Coase explica que las personas y las empresas no usan siempre el mercado (comprar un servicio) porque hacerlo genera costos de transacción. En mi caso los costos de transacción son subjetivamente muy altos (por mi introversión, mi preferencia por el control y mi aversión a la pérdida de tiempo) por eso tiene sentido internalizar la actividad: hacerla yo mismo en vez de contratarla en el mercado. En mi sistema: reemplazo el mercado (peluquería) por la producción doméstica (mi tiempo + la máquina).
Gary Becker después profundizó esta idea en la economía del hogar: las familias (o individuos) actúan como pequeñas empresas que combinan tiempo, capital y trabajo para producir bienes y servicios que maximizan su utilidad. Como economía del hogar (Becker): mi decisión es un ejemplo de producción doméstica. Reemplazo un servicio de mercado por mi propio trabajo más capital (la máquina). Gary Becker mostraría esto como una maximización de utilidad donde el valor de mi tiempo y preferencias no monetarias (evitar interacción social) pesa mucho.
Síntesis
Mi relato es más que una anécdota: es un ensayo práctico sobre autonomía y consumo. Económicamente, reduzco costos; tecnológicamente, prolongo la vida útil de los objetos; psicológicamente, evito fricciones sociales; filosóficamente, ejerzo soberanía sobre tu tiempo y tu identidad.
No es un capricho, ni un ahorro ocasional: es una elección consciente que denota coherencia entre racionalidad económica, autonomía personal, resistencia al consumismo y alineación con valores. No hay dependencia de nadie más que de mí mismo. No es "tacañería", es optimización vital según tus preferencias reales. No es por ahorrar dinero per se, aunque el ahorro es significativo. Tampoco es por pereza o por no querer interactuar con otros (aunque la introversión juega su papel). Es por coherencia. En un mundo hiperconsumista, donde la estética y la obsolescencia programada dictan hábitos, mi práctica intenta ejercer la libertad en lo cotidiano. Cortarme el pelo en casa se convierte en un acto de resistencia mínima pero significativa: un recordatorio de que la autonomía no siempre se conquista en grandes gestos, sino en pequeñas decisiones repetidas durante décadas.
Texto en idioma inglés: reuniendoletras.blogspot.com/2026/05/a-manifesto-of-everyday-autonomy-and.html
Crónicas personales y recorridos urbanos por Buenos Aires. Un espacio dedicado a la observación de la ciudad, la literatura y el pensamiento escéptico.
martes, 5 de mayo de 2026
Un manifiesto de autonomía y eficiencia cotidiana
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