miércoles, 16 de julio de 2014

La fisiología del gusto, puesta bajo la lupa: entre la mística gastronómica y la sospecha empírica


Hay libros que fundan un género y libros que, además, fundan una religión secular. La fisiología del gusto (1825) pertenece a esta segunda estirpe: Brillat-Savarin no escribió un recetario, escribió un tratado de antropología filosófica disfrazado de manual de sobremesa. Su prefacio —esa colección de aforismos que hoy se citan sueltos, descontextualizados, como si fueran refranes de almanaque— es en realidad el manifiesto de una tesis mucho más ambiciosa: que comer es, ante todo, un acto de civilización.
Vale la pena, entonces, recorrer primero esa arquitectura de ideas tal como el propio Savarin la construyó, para después —y esto es lo que a mí me interesa de verdad— someterla al tipo de escrutinio que él jamás se aplicó a sí mismo.


La construcción del mito: cuatro conexiones fundacionales

Lo primero que hace Savarin es sacar a la comida del terreno de lo puramente biológico y meterla, con total naturalidad, en el terreno de la identidad. "Dime qué comes y te diré quién eres" no es una boutade: es la piedra fundamental de la idea de que la alimentación funciona como espejo del carácter, que el plato revela más de lo que confiesa la boca. En la misma línea, la distinción entre "los animales se restauran; el hombre come; sólo el hombre de ingenio sabe comer" jerarquiza tres niveles de existencia y planta al comensal sofisticado en la cúspide de la escala evolutiva del gusto.
De ahí, Savarin da un salto que hoy nos suena casi profético: conecta la mesa con la política. "El destino de las naciones depende de cómo se nutren" es, ni más ni menos, una anticipación de lo que siglos después llamaríamos geopolítica alimentaria —la idea de que la soberanía de un país empieza, literalmente, en lo que su gente tiene para comer.
Pero el gesto más elegante del prefacio es otro: la democratización del placer. Cuando dice que el placer de la mesa "pertenece a todas las edades, a todas las condiciones, a todos los países y a todos los días", Savarin construye un hedonismo sin aristocracia, accesible, que acompaña al ser humano de la cuna a la tumba. Y ese hedonismo se completa con una ética: la hospitalidad. "Invitar a alguien es encargarse de su felicidad durante todo el tiempo que está bajo nuestro techo" transforma la mesa en un espacio casi sagrado, donde el anfitrión asume una responsabilidad moral y afectiva sobre el invitado.


Lo que Savarin rechaza de plano

Este edificio se sostiene, además, sobre dos rechazos explícitos. El primero es al ascetismo funcionalista: la idea de la comida como mero combustible calórico le resulta, a Savarin, una renuncia al entendimiento humano —casi una forma de barbarie moderna. El segundo rechazo, más sutil, es al exceso no razonado: "los que se indigestan o se emborrachan no saben ni comer ni beber" marca un límite claro dentro del propio hedonismo. No es gula bruta lo que Savarin celebra, sino un epicureísmo con reglas: templanza, lucidez, inteligencia. El placer, para él, siempre viene con letra chica.


Ahora, la sospecha

Hasta acá, la lectura complaciente. Pero si uno se pone el sombrero del escéptico empírico —desconfiado por oficio de toda universalización tajante, atento a la distancia entre lo que se observa y lo que se declara—, el edificio empieza a mostrar grietas bastante más interesantes que la fachada.

La falacia del determinismo cultural. "Dime qué comes y te diré quién eres" asume que la dieta es un predictor confiable de carácter, inteligencia o rigor moral. Pero la comida está condicionada, ante todo, por geografía, clase social y coyuntura económica: reducir la psique de una persona a lo que hay en su heladera es un reduccionismo con pretensiones de aforismo. Y hay algo peor escondido ahí: la frase presupone que uno elige libremente lo que come, cuando para la inmensa mayoría de la historia humana la nutrición fue una necesidad biológica subordinada a la escasez, no un acto de autodeterminación estética. El sesgo de clase no es un detalle, es el corazón silencioso de la sentencia.

El elitismo disfrazado de distinción. La tríada animal-hombre-hombre de ingenio es una jerarquía moral con forma de observación neutra. ¿Dónde está la evidencia de que paladear con cierto protocolo otorgue mayor valía intelectual? No la hay: es una moralización del gusto, un traslado del juicio de valor desde el terreno de la habilidad culinaria hacia el terreno del ser. Y no es casual el momento histórico: esta construcción de nuevos códigos de prestigio a través del refinamiento del paladar es exactamente lo que necesitaba una burguesía post-revolucionaria francesa que ya no podía apelar al título nobiliario y tuvo que inventarse otras formas de distinción.

La magnificación causa-efecto. Que la malnutrición o las hambrunas impacten la estabilidad de un Estado es innegable. Pero afirmar que el destino de una nación depende de su régimen alimentario es confundir correlación con determinismo mecánico. Las variables geopolíticas, institucionales, económicas y tecnológicas operan con una complejidad que la dieta, por sí sola, jamás alcanza a explicar. Es una causalidad prestada, inflada para que el aforismo suene más trascendente de lo que su evidencia permite.

La trampa normativista del "saber comer". Acá está, quizás, el gesto más elegante y más tramposo de todo el prefacio: disfrazar una prescripción de descripción. Decir que quien se indigesta o se emborracha "no sabe" comer ni beber presenta como ley natural lo que en realidad es una preferencia estética particular —la del equilibrio ilustrado, la de la mesura burguesa del siglo XIX. Pero los conceptos de exceso, templanza y disfrute varían radicalmente entre épocas y culturas, y no tienen fundamento ontológico alguno que los vuelva universales.


El diagnóstico final

Lo que termina revelando esta lectura escéptica es que el aforismo gastronómico de Savarin nunca funcionó como ley empírica ni como observación neutra de la naturaleza humana. Funcionó, y sigue funcionando cada vez que alguien lo cita en una sobremesa con aires de sentencia, como un dogma estético y moral con fecha de nacimiento muy precisa: la Francia de comienzos del siglo XIX, con sus ansiedades de clase recién reacomodadas. La genialidad de Savarin no fue descubrir una verdad sobre la comida; fue disfrazar de verdad universal lo que era, en el fondo, el gusto muy particular de un hombre muy particular de su época.

Escrito con café y un poco de inteligencia artificial.

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