sábado, 5 de julio de 2014

La vida es un gran conjunto de pequeñas cosas


 “La vida es un gran haz de pequeñas cosas.
Oliver Wendell Holmes Sr.

La frase pertenece a The Professor at the Breakfast-Table, publicada en 1860. Holmes no se limita a afirmar que la vida está hecha de pequeñas cosas: introduce una imagen precisa y algo doméstica, un bundle, un haz, un manojo de elementos reunidos sin jerarquía aparente. Haz es una traducción posible y bastante elegante, pero en español corriente podría traducirse como «La vida es un gran conjunto de pequeñas cosas.»  El pasaje, además, contiene un pequeño juego irónico. El narrador dice “Life is a great bundle of little things”, y uno de los interlocutores invierte la fórmula: “Life is a great bundle of great things.” La gracia está exactamente ahí, en esa oposición entre las grandes cosas que imaginamos que constituyen una vida y las pequeñas que efectivamente la componen.

Conviene recordar, de paso, que se trata de Oliver Wendell Holmes Sr., el médico y escritor estadounidense, y no de su hijo, el célebre jurista.

Hay algo casi antiespectacular en la frase. Cuando hablamos de una vida solemos hacerlo retrospectivamente. Seleccionamos acontecimientos y los convertimos en hitos: un nacimiento, una muerte, un matrimonio, un viaje, una guerra, un libro publicado, una enfermedad, una mudanza. La biografía necesita seleccionar. La vida no. La vida cotidiana no transcurre mediante acontecimientos perfectamente delimitados. Transcurre mientras esperamos el colectivo, hacemos una compra, caminamos unas cuadras, conversamos con alguien, leemos unas páginas, cocinamos, limpiamos, nos aburrimos, recordamos algo, olvidamos otra cosa, miramos por la ventana o volvemos a una calle que ya conocemos. La mayor parte de una existencia no parece estar hecha de acontecimientos. Está hecha de intervalos. Y quizá ahí resida la fuerza de la frase de Holmes: una vida no sería la suma de sus grandes momentos, sino el enorme conjunto de pequeñas experiencias que casi nunca consideramos dignas de ser registradas.

Aparece aquí una conexión posible con el escepticismo, aunque no haga falta convertir a Holmes en filósofo. El escepticismo, en un sentido amplio, introduce una desconfianza hacia las afirmaciones demasiado seguras, no solo hacia las grandes teorías, sino también hacia nuestras propias interpretaciones. Y una de las más persistentes consiste en imaginar que sabemos qué acontecimientos son verdaderamente importantes. Decimos “esto cambió mi vida”, “ese fue el momento decisivo”, “a partir de entonces todo fue diferente”. Pero ¿cómo sabemos que fue así? Es posible que estemos reconstruyendo retrospectivamente una continuidad que, en el momento de vivirla, no existía. El escéptico puede introducir una pequeña incomodidad: quizá exageramos la importancia de los acontecimientos extraordinarios porque son más fáciles de recordar, de narrar y de convertir en explicación. Una conversación de diez minutos puede tener consecuencias durante veinte años. Una decisión aparentemente insignificante puede modificar una trayectoria entera. Una persona encontrada casualmente en una calle puede terminar siendo fundamental. Un libro leído casi por accidente puede alterar una manera de pensar. Y, a la inversa, aquello que en determinado momento parecía trascendental puede desaparecer después sin dejar casi ninguna huella. La vida, vista desde esta perspectiva, tiene algo de imprevisible y poco narrativo. No se comporta como una novela bien construida.

Una conexión particularmente fértil se encuentra en Montaigne. Él convirtió una enorme cantidad de asuntos aparentemente secundarios en materia de pensamiento. No necesitó esperar acontecimientos históricos extraordinarios para escribir sobre la existencia humana. Podía detenerse en una costumbre, una comida, una enfermedad, una conversación, una anécdota, un recuerdo, una particularidad de su cuerpo, una observación sobre los animales o una experiencia cotidiana. Esto modifica la jerarquía tradicional de los temas. Lo cotidiano deja de ser simplemente aquello que ocurre entre los acontecimientos importantes y se convierte en materia de conocimiento. Montaigne parece decir que si queremos saber qué es un hombre no necesitamos observarlo únicamente cuando realiza algo excepcional. También debemos observarlo cuando está sentado, cuando come, cuando duerme, cuando tiene miedo, cuando cambia de opinión, cuando se contradice, cuando se aburre. La existencia ordinaria deja de ser el fondo de la vida. Es la vida.

En este punto aparece Ortega y Gasset. La proximidad con Holmes no debería formularse como si ambos defendieran exactamente la misma teoría. No lo hacen. Pero existe una conexión especialmente interesante alrededor de la palabra “circunstancia”. Ortega escribió aquella fórmula conocida: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.” La circunstancia no es simplemente el escenario en el que una persona existe. Forma parte de aquello que esa persona es. Aquí la frase de Holmes puede adquirir una dimensión distinta. Las pequeñas cosas no son únicamente pequeños acontecimientos externos. Son también las circunstancias concretas mediante las cuales una vida se realiza: una determinada casa, una determinada calle, determinadas personas, determinados objetos, determinados hábitos, determinados horarios, determinados lugares, determinados recuerdos. La vida abstracta no existe. Existe esta vida. Esta persona. Este cuerpo. Esta habitación. Esta calle. Esta conversación. Este día. En ese sentido, el bundle de Holmes puede leerse, sin forzar demasiado la comparación, como un conjunto de circunstancias que terminan formando aquello que retrospectivamente llamamos una vida.

La cultura suele premiar lo extraordinario. Las biografías se escriben alrededor de grandes acontecimientos. Las noticias seleccionan lo excepcional. Las redes favorecen aquello que puede exhibirse. Incluso cuando contamos nuestra propia vida solemos seleccionar lo que parece digno de ser contado. Pero existe una paradoja: lo excepcional ocupa muy poco tiempo. Una persona puede pasar veinte años preparando un acontecimiento que dura algunas horas. Puede tardar diez años en escribir un libro que luego será leído en algunos días. Puede entrenar durante meses para una competición que dura minutos. Puede trabajar décadas para llegar a una jubilación que ocupa un fragmento breve de su existencia. El acontecimiento es visible. El proceso es silencioso. Y, sin embargo, el proceso ocupa casi toda la vida. La frase de Holmes obliga a invertir la perspectiva. Lo pequeño deja de ser aquello que sucede entre las cosas importantes. Lo pequeño es aquello que sostiene las cosas importantes.

Una formulación cercana aparece atribuida a Charles Dickens: “Las cosas pequeñas hacen la suma de la vida.” La idea es prácticamente complementaria. Si Holmes imagina la vida como un gran haz de pequeñas cosas, Dickens observa que esas cosas terminan formando la suma total de una existencia. Pero conviene detenerse. Una suma no necesita estar compuesta de elementos extraordinarios. Puede estar formada por miles de operaciones insignificantes. Un día no parece importante. Tampoco el siguiente. Ni el siguiente. Pero miles de días terminan constituyendo una vida. Lo mismo ocurre con los hábitos, las conversaciones, los recorridos, las lecturas, los encuentros y hasta los pequeños errores. La insignificancia individual no impide la importancia acumulativa.

Otra formulación difundida pertenece a Frank A. Clark: “Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas.” Aquí la oposición se vuelve más clara: hacer algo grande frente a vivir. Y quizá ambas cosas no sean equivalentes. Una persona puede realizar algo extraordinario y, sin embargo, pasar la mayor parte de su existencia realizando cosas completamente ordinarias. El escritor que publica una gran novela pasa mucho más tiempo corrigiendo frases, caminando, comiendo, durmiendo y haciendo trámites que escribiendo la frase por la que será recordado. El científico que realiza un descubrimiento pasa años haciendo experimentos que no conducen a nada. El político que protagoniza un acontecimiento histórico atraviesa también miles de momentos absolutamente banales. La historia conserva el acontecimiento. La vida conserva el resto.

Aquí puede aparecer otra tradición más antigua: Séneca. En De brevitate vitae insiste en que el problema no consiste simplemente en que la vida sea corta, sino en que desperdiciamos una parte enorme de ella. Pero hay una diferencia interesante. Para Séneca, el tiempo cotidiano puede ser objeto de administración moral. Para Holmes, las pequeñas cosas pueden ser simplemente aquello de lo que está hecha la existencia. Una lectura contemporánea podría unir ambas perspectivas: si la vida está hecha de pequeñas cosas, entonces nuestra relación con ellas importa enormemente. No porque cada pequeña cosa tenga que convertirse en una experiencia trascendental, sino precisamente porque no podemos escapar de ellas. No vivimos solamente los acontecimientos que recordaremos. Vivimos también todos aquellos que olvidaremos.

Otra conexión literaria posible aparece con Borges. Tuvo una conciencia aguda de la relación entre memoria, identidad y tiempo. En muchos de sus textos asoma la sospecha de que aquello que creemos ser depende de una selección arbitraria de recuerdos. Una vida contada retrospectivamente es siempre una construcción. Elegimos algunos acontecimientos y descartamos otros. Pero aquello que descartamos no necesariamente fue menos vivido. Esta diferencia entre vivir y poder contar lo vivido resulta fundamental. La biografía necesita una trama. La existencia no. Quizá por eso una vida real siempre desborda cualquier relato que hagamos sobre ella.

Hay incluso una dimensión casi política en esta reivindicación de lo pequeño. Una sociedad obsesionada con la productividad, el éxito, la visibilidad y la excepcionalidad tiende a valorar aquello que puede medirse o exhibirse: el resultado, el ascenso, el premio, el récord, la cantidad, la influencia, el reconocimiento. Pero existe una enorme zona de la existencia que no produce nada espectacular y que, sin embargo, constituye prácticamente toda nuestra experiencia. Caminar sin propósito. Leer un libro sin convertirlo en contenido. Conversar sin publicar la conversación. Observar una fachada. Recorrer nuevamente una calle. Guardar un objeto porque nos recuerda algo. Hacer una fotografía que nadie verá. Pensar durante horas algo que nunca se transformará en una conclusión. Incluso aburrirse. Todas esas actividades parecen insignificantes desde una perspectiva productivista. Pero desde la perspectiva de Holmes constituyen precisamente el material del que está hecha una vida.

Hay aquí también una paradoja de la memoria. Recordamos especialmente aquello que rompe la continuidad: el accidente, el viaje, la muerte, la celebración, el fracaso, el descubrimiento, el encuentro inesperado. Precisamente porque esos acontecimientos rompen la monotonía son más fáciles de recordar. Lo cotidiano, en cambio, desaparece. Y quizá por eso tendemos a sobreestimar lo extraordinario. No necesariamente porque haya sido más importante, sino porque es más memorable. Una vida reconstruida únicamente a partir de la memoria sería entonces una vida deformada: una especie de fotografía compuesta solamente por las excepciones. Holmes introduce una corrección sencilla: no confundamos lo memorable con lo importante.

Podemos llevar todavía más lejos la frase. ¿Qué sería una “pequeña cosa”? Puede ser una acción, un objeto, un pensamiento, una conversación, una costumbre, un lugar, una persona, un olor, una caminata, una página leída, una espera, un gesto, un recuerdo, incluso una equivocación. No existe una unidad objetiva de la vida. Lo que para una persona es insignificante puede ser decisivo para otra. Una fotografía vieja puede no valer nada económicamente y ser prácticamente irremplazable para quien la conserva. Una calle cualquiera puede ser una calle cualquiera para millones de personas y contener toda la infancia de una sola. Un libro mediocre puede convertirse en un libro fundamental simplemente porque fue leído en el momento adecuado. La importancia no está necesariamente en la cosa. Está también en la relación que establecemos con ella. Y eso vuelve todavía más difícil definir qué constituye una vida.

Aquí conviene introducir una cuarta conexión, particularmente afinada con el tipo de reflexión que venimos haciendo: Georges Perec. Su proyecto literario de observar lo infraordinario —aquello que sucede todos los días y precisamente por eso dejamos de mirar— funciona casi como una continuación literaria perfecta de Holmes. Perec permite llevar la frase desde la filosofía hacia una especie de arqueología de lo cotidiano: mirar una plaza, una calle, una mesa, un objeto, un trayecto repetido y preguntarse qué hay allí que normalmente no vemos. El escepticismo funciona entonces no como una doctrina, sino como una actitud de desconfianza hacia nuestras propias jerarquías de importancia. Holmes → Montaigne → Ortega → Perec: un recorrido que va desde la intuición de que la vida está hecha de lo pequeño hasta la decisión deliberada de detenerse a observar lo que habitualmente pasa desapercibido.

Tal vez la frase de Holmes pueda leerse finalmente como una advertencia contra nuestra necesidad de encontrar grandes explicaciones. Queremos que nuestra vida tenga argumento. Queremos saber cuál fue el momento decisivo, cuál fue el acontecimiento que nos convirtió en quienes somos, cuál fue el motivo, cuál fue la causa. Pero quizá la respuesta sea mucho menos satisfactoria. Quizá no hubo un acontecimiento. Quizá hubo miles. Quizá ninguno fue suficiente. Quizá una persona termina siendo quien es por una acumulación imposible de reconstruir de pequeñas decisiones, accidentes, encuentros, hábitos, pérdidas, lecturas, lugares y casualidades. Un gran haz. Un manojo desordenado. Una acumulación. Una suma. Una circunstancia. Una sucesión de cosas pequeñas que, vistas por separado, parecen no explicar nada y que, juntas, constituyen aquello que llamamos una vida.

Y aquí la frase de Holmes adquiere una fuerza inesperada. No dice que las pequeñas cosas sean importantes porque algún día conducirán a algo grande. Dice algo más radical: las pequeñas cosas son importantes porque son la mayor parte de lo que tenemos. La vida no ocurre solamente cuando sucede algo. La vida ocurre también cuando aparentemente no sucede nada. Quizá, después de todo, “nada” sea una palabra demasiado grande para describir todas esas pequeñas cosas.

 

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