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lunes, 13 de julio de 2026

Piedad y compasión: el equívoco que distorsionó la justicia


 "Sin la piedad, la justicia degenera en crueldad."
—Atribuido a Pietro Metastasio

Como casi todo aforismo que circula con demasiada soltura, esta frase tiene menos que ver con su supuesto autor que con la comodidad de tener un nombre a quien colgarle la autoría. Metastasio (1698-1782), el libretista italiano al que se le atribuye con mayor frecuencia, sí dejó una versión cercana en italiano —«La giustizia senza pietà è crudeltà; la pietà senza giustizia è debolezza» («La justicia sin piedad es crueldad; la piedad sin justicia es debilidad»)— pero la idea no nació con él. Es un caso de manual de trasvasamiento conceptual: alguien piensa algo, otro lo dice mejor, y el dicho termina llevando la firma del segundo.
El pensamiento original es de Santo Tomás de Aquino, que en el siglo XIII formuló la distinción teológica de base: la justicia sin misericordia es crueldad. Metastasio no inventó la doctrina, la puso en verso. Como experto en dramas morales sobre la soberanía y la clemencia —pensá en La clemencia de Tito o Temístocles— tomó la sentencia escolástica y le dio la cadencia simétrica y quotable que hoy anda de boca en boca. Tomás de Aquino sentó la teoría; Metastasio la convirtió en divisa dramática sobre el ejercicio del poder, y por eso, si buscás la máxima en un compendio de aforismos italianos o en un libro de historia de la ópera, la firma que te vas a encontrar es la suya.
La idea tuvo, además, variaciones célebres a lo largo del tiempo. Ya en los comentarios bíblicos patrísticos —la tradición escolástica de San Juan Crisóstomo y la Glosa Ordinaria— se citaba tempranamente para advertirles a los jueces sobre los dos extremos posibles: el rigor inflexible o la condescendencia arbitraria. Pascal, en los Pensamientos, la retomó con su propia arquitectura: «La justicia sin la fuerza es impotente; la fuerza sin la justicia es tiránica. La justicia sin la misericordia es crueldad.» Y C. S. Lewis, en La abolición del hombre y en sus ensayos morales, señaló cómo las virtudes de la justicia, desatadas de todo lo demás, degeneran en mera crueldad punitiva cuando pierden la empatía humana.
Ahora bien: si la piedad sin justicia degenera en crueldad, lo simétrico también es cierto. La justicia sin piedad se vacía y degenera en tiranía o sevicia —un rigor ciego e inhumano—, y ahí aparece el precepto clásico: summum ius, summa injuria. La aplicación suprema e inflexible del derecho termina siendo la máxima injusticia; se reduce a un automatismo punitivo, indolente frente al sufrimiento humano. En el otro extremo, la piedad sin justicia no es mejor: termina en indulgencia arbitraria, impunidad o favoritismo, lo que genera caos o tolera un daño mayor al inocente. Es, en definitiva, una crueldad pasiva disfrazada de bondad. Las dos virtudes se necesitan mutuamente para sostenerse: la justicia le da a la piedad rigor y universalidad; la piedad le aporta a la justicia humanidad y templanza. Ninguna funciona sola.
Hasta acá, el recorrido histórico de la frase. Pero atrás de esta anécdota filológica hay una discusión mucho más de fondo, que toca un punto central de la filosofía, la antropología y la semántica: la confusión entre piedad (pietas) y compasión (karuna, empatía). Es un error conceptual común en el lenguaje cotidiano, pero que se vuelve decisivo apenas uno intenta comparar tradiciones culturales entre sí.
Esa confusión no es abstracta: es, de hecho, el núcleo de una controversia real. Cuando alguien sostiene que en Oriente no existió —o no existe— la piedad, y sus críticos responden enumerando ejemplos de ayuda, caridad o conmiseración en la tradición oriental, en realidad están defendiendo la existencia de la compasión, no rebatiendo el argumento sobre la piedad. Son dos cosas distintas, y la piedad tiene una estructura socio-religiosa muy específica, propia de la matriz mediterránea e indoeuropea occidental.


Conviene entonces separarlas con precisión.

La compasión, del latín cum passio ("padecer con"), es la capacidad de sentir el dolor ajeno y verse movido a aliviarlo. Es una respuesta emocional y empática de naturaleza universal, y en Oriente es directamente el eje de los grandes sistemas éticos: en el budismo, el karuṇā es una de las virtudes supremas para romper el ciclo del sufrimiento (dukkha); en el jainismo y el hinduismo, el principio de ahiṃsā (no violencia) nace precisamente de ese respeto compasivo por todo ser vivo. El confucianismo, por su parte, se apoya en el Ren, la benevolencia. Demostrar que hubo misericordia, limosna o rescate del sufriente en la antigüedad asiática no prueba nada raro: prueba que la compasión es una constante humana, no un monopolio occidental. Es horizontal por definición —no requiere un dios, un mandato civil ni un lazo de sangre; alcanza con reconocer al otro como un igual en el sufrimiento.

La piedad, en cambio, del latín pietas, no nació como un sentimiento hacia el débil. Nació como un principio cósmico, legal y ético de fidelidad al deber, a la jerarquía y a lo sagrado. Su máximo exponente literario es Eneas, en la Eneida de Virgilio, y el concepto clásico exige el cumplimiento devoto de tres obligaciones verticales: con los dioses (devoción, ritual, reconocimiento del orden divino), con la patria (lealtad cívica, sacrificio por la comunidad política) y con la familia y los ancestros (respeto a los padres, culto a los antepasados —la pietas erga parentes). En la Roma antigua la pietas no era una emoción de lástima hacia los débiles: era una virtud cívica y un deber patriarcal, una obligación jurídica y moral. El "piadoso" —como el Eneas virgiliano— es el que cumple con sus obligaciones jerárquicas y sociales, no el que se conmueve.

Cuando el cristianismo absorbió ese término, lo transformó: la devoción a Dios se extendió, por filiación, a la misericordia hacia el prójimo, bajo la idea de que todos son hijos de Dios. Pero el componente de deber vertical y orden divino no desapareció, solo cambió de forma. La piedad, en el uso filosófico occidental, sigue implicando un vínculo normativo y de reconocimiento de la trascendencia, y sigue siendo asimétrica por estructura: alguien en posición superior —Dios, un juez, un rey, o simplemente alguien afortunado— otorga o siente piedad hacia alguien en posición inferior o vulnerable. Ahí está la diferencia de fondo con la compasión: una es horizontal, la otra es vertical.

Queda una última vuelta de tuerca, quizás la más interesante: ¿existe la piedad, en este sentido estricto, fuera de Occidente? Si la definimos en su sentido grecorromano y judeocristiano —como eje articulador entre individuo, ciudad-estado, Dios y ley moral formalizada—, la respuesta es que se trata de una construcción propia de la tradición occidental. Pero hay un contrapunto real y no menor: el Xiao (孝) del confucianismo chino, traducido habitualmente como "piedad filial", que exige devoción ritual, respeto y obediencia hacia los padres, los antepasados y el Emperador. Es, de las tradiciones orientales, la que más se acerca al sentido clásico de pietas. La diferencia es que el Xiao confuciano se centra fundamentalmente en el orden familiar y social comunitario, mientras que la pietas occidental post-cristiana amalgamó esa lealtad vertical con algo que Oriente no le agregó: la redención del alma y la caridad trascendente.

Así que la conclusión, si hay que sacar una, es más o menos esta: el error de fondo de buena parte de la crítica está en equiparar piedad con compasión o con lástima. La compasión es el dolor compartido ante la desgracia ajena, y existe en todas las culturas humanas desde la antigüedad —no hace falta demostrarlo, alcanza con mirar. La piedad es otra cosa: un principio de orden ético, religioso y filial, fundado en la deuda de gratitud y el deber sagrado hacia lo trascendente y las instituciones tradicionales. Cuando alguien usa "piedad" como categoría teológico-política e institucional estructurante del pensamiento occidental, y sus críticos le responden mostrando pasajes de compasión afectiva, no están discutiendo lo mismo. Están, sin darse cuenta, hablando de dos conceptos completamente distintos —y esa es, casi siempre, la forma más eficiente de tener razón sin haber dicho nada.



 

Fuentes consultadas:
http://www.pensieriparole.it/aforismi/autori/pietro-metastasio-frasi-migliori/
https://www.frasicelebri.it/frasi-di/pietro-antonio-domenico-bonaventura-trapassi/
https://repositorio.amag.edu.pe/server/api/core/bitstreams/fe91d386-b57d-4d03-afeb-adb2cae80a07/content
https://www.significados.com/piedad
https://humanitas.uanl.mx/index.php/ah/article/download/301/243/596

Texto producido con apoyo de modelos de lenguaje avanzados y revisado manualmente.

sábado, 11 de julio de 2026

Senderismo urbano en Palermo: entre la naturaleza de los lagos y el mito de Falucho

 
El urban trekking o marcha urbana de baja intensidad (LISS) permite redescubrir la Ciudad de Buenos Aires desde una perspectiva diferente: una travesía activa pero contemplativa, donde la actividad física se cruza con el paisaje verde y la historia de los barrios porteños.
En este recorrido exploramos las calles de Palermo, comenzando en el cruce de Thames y Charcas, avanzando hacia el Lago de Regatas en los Bosques de Palermo, y concluyendo en Plaza Italia, pasando antes por la Plazoleta Falucho y su emblemático monumento.

Ficha de la ruta urbana
Modalidad:    Senderismo urbano (City-trekking / LISS)
Punto de inicio:    Thames y Charcas
Punto final:    Plaza Italia
Tramo destacado:    Vuelta al Lago de Regatas
Puntos de interés:    Plazoleta Falucho, Monumento al Soldado Falucho, Bosques de Palermo


El itinerario: paso a paso

1. Salida: Thames y Charcas
La marcha comienza en el corazón arbolado de Palermo. Desde la esquina de Thames y Charcas, el circuito invita a mantener un ritmo constante y pausado mientras las calles residenciales dan paso al verde característico del parque.


2. Tramo contemplativo: Lago de Regatas
Avanzando hacia el norte del barrio, la ruta se adentra en el sector del Lago de Regatas. La vuelta completa al espejo de agua ofrece un espacio ideal para el entrenamiento aeróbico suave, rodeado de vegetación y fauna urbana, antes de emprender el camino de regreso hacia el centro neurálgico del barrio.



3. Detención histórica: Plazoleta y Monumento a Falucho

Camino hacia el punto final, la ruta conecta con la Plazoleta Falucho, un espacio verde de trazado triangular ubicado en la confluencia de la Avenida Santa Fe, la Avenida Luis María Campos y la calle Arturo Antonio Dresco.
En esta plazoleta se encuentra emplazado el Monumento a Falucho, inaugurado en 1897. El boceto original fue realizado por el escultor Francisco Cafferata y la obra fue completada por Lucio Correa Morales. La escultura rinde homenaje a un soldado de la comunidad afroargentina, reconocido tradicionalmente como héroe de la Independencia.
 

La figura de Falucho: entre el mito patrio y el debate historiográfico
El paso por la plazoleta abre una ventana a uno de los debates más apasionantes de la historiografía argentina de fines del siglo XIX: la tensión entre la construcción de mitos fundacionales y el positivismo documental.

El relato de Mitre y el héroe anónimo
En 1857, Bartolomé Mitre publicó en el periódico Los Debates (y luego en su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana) el relato que daría forma definitiva al mito. Mitre destacaba la necesidad de homenajear a los héroes sin biografía:

«Millares de héroes sin biografía han rendido noblemente su vida [...] Estos son los héroes anónimos de la historia. [...] ¡Cuántos sacrificios oscuros, cuántos mártires modestos [...] cuenta nuestra historia militar! [...] Hace medio siglo que un soldado oscuro de Buenos Aires sacrificó deliberadamente su vida [...] esos nombres merecen ser inscriptos en letras de bronce, en el gran monumento que la posteridad consagrará a las glorias nacionales». 
Según esta narración, el soldado negro Antonio Ruiz, apodado "Falucho", pertenecía al Batallón 8 del Ejército de los Andes. Al momento de la sublevación del Fuerte del Real Felipe en el Callao, prefirió ser ejecutado antes que rendir honores al pabellón español, inmortalizando la frase atribuida por la tradición oral:
«Malo será ser revolucionario, pero peor es ser traidor.»

La polémica historiográfica de 1889
En 1889, mientras la comunidad afroporteña e impulsores locales promovían la creación del monumento, surgieron investigaciones que cuestionaron el relato. Historiadores como Adolfo P. Carranza (fundador del Museo Histórico Nacional) y Manuel F. Mantilla publicaron críticas en la Revista Nacional señalando:
•    Falta de registros: Ausencia de documentos oficiales que certifiquen el fusilamiento en los términos relatados.
•    Supervivencia del nombre: Documentación que indicaba que el Antonio Ruiz real había sobrevivido a las campañas militares.
•    Cruce de identidades: Confusión o superposición entre distintas personas y episodios ocurridos en el Callao.
Más adelante, historiadores revisionistas como José María Rosa calificaron el episodio como un "invento de Mitre", mientras que la historiografía moderna e historiadores militares como Juan M. Espora proponen que el hecho heroico existió en la memoria colectiva de los veteranos, aunque con errores o imprecisiones en la identificación del nombre.


Cierre del recorrido: Plaza Italia
Tras la detención frente al monumento y la reflexión sobre la historia porteña, la caminata concluye en Plaza Italia, uno de los nodos de conectividad más importantes de Palermo, completando una travesía que combina el ejercicio al aire libre con el patrimonio cultural de Buenos Aires.


Vínculo a Wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/caminata-por-palermo-caba-plazoleta-falucho-y-monumento-286211028

miércoles, 1 de julio de 2026

Cefaléutica en Villa Crespo: Un recorrido por la «ruta de las cabezas»


El punto de partida y llegada es la esquina de Gurruchaga y Paraguay, en el barrio de Palermo. Al cruzar la Avenida Córdoba, el paisaje urbano cambia de escala para adentrarse en Villa Crespo, un barrio que alberga una particular curiosidad histórica en el trazado de sus calles.

¿Qué es la «cefaléutica»?
El término cefaléutica es un neologismo acuñado por el investigador y escritor argentino Vicente Mario Di Maggio en su trabajo Cefaléutica de Buenos Aires (difundido originalmente en la revista Artefacto y por el colectivo Taller de Etnoficción / TRE).
Construido por analogía con conceptos como mayéutica o hermenéutica, combina dos raíces del griego antiguo:

•    κεφαλή (kephalē): cabeza.
•    -ευτική (-eutikē): sufijo de maieutikē, el «arte de dar a luz».
En un sentido sarcástico y conceptual, la cefaléutica se define como:
«El arte de encontrar y señalar cabezas trofeo (...) la relación entre destino y toponimia en derredor de las cabezas de las figuras que hacen a un padrón catastral».
En el contexto histórico del Río de la Plata y de las guerras de independencia y civiles, la práctica de cortar y exhibir cabezas funcionaba como trofeo y símbolo de poder para la anulación del enemigo. La cefaléutica rastrea cómo esa memoria violenta quedó impregnada de forma invisible en la toponimia de la Ciudad de Buenos Aires.

Villa Crespo y «La ruta de las cabezas»
A raíz del artículo de Di Maggio titulado "La ruta de las cabezas", destaca un dato clave: Villa Crespo es el barrio porteño que concentra la mayor cantidad de calles asociadas a este fenómeno, conectando a figuras que fueron decapitadas, a decapitadores y a cronistas de estos sucesos.


A partir del mapa y las investigaciones del autor, diseñé mi propio circuito de senderismo urbano (urban trek) para recorrer estas calles a pie.

•    Mapa interactivo del autor: La ruta de las cabezas en Amo Villa Crespo
https://www.amovillacrespo.com.ar/post/larutadelascabezas
•    Para profundizar más sobre la obra:
o    Nota histórica del Gobierno de la Ciudad
https://buenosaires.gob.ar/gcaba_historico/noticias/cefaleutica-de-buenos-aires
o    Publicación de referencia en Instagram
https://www.instagram.com/p/CgNMYmVJx60/?img_index=2
 

Nomenclatura y toponimia del recorrido
A continuación, se detalla la nomenclatura oficial de las arterias del circuito según la obra clásica de Alberto Gabriel Piñeiro (Las calles de Buenos Aires: Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días), junto con los contrapuntos históricos señalados por la investigación de Di Maggio y otras fuentes:

* Resumen del origen y nomenclatura de estas calles de Buenos Aires, tomando como base la obra de Alberto Gabriel Piñeiro (Las calles de Buenos Aires: Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días):

Lerma
        Origen del nombre: Rinde homenaje a Hernán Lerma (c. 1550-1610), conquistador y administrador colonial español que se desempeñó como gobernador del Tucumán entre 1580 y 1584, y fundador de la ciudad de Salta en 1582.
        Nomenclatura: Designada formalmente por la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Lavalleja
    Origen del nombre: Recuera al Brigadier General Juan Antonio Lavalleja (1784-1853), militar y político uruguayo, jefe militar de la expedición de los Treinta y Tres Orientales que logró la independencia de la Banda Oriental, de la cual fue también gobernador y presidente.
    Nomenclatura: Designada formalmente por la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Loyola
    Origen del nombre: Homenaje a Martín Ignacio de Loyola (c. 1550-1606), religioso franciscano y marino español que desempeñó el cargo de gobernador del Río de la Plata y del Paraguay en dos oportunidades a fines del siglo XVI.
    Nomenclatura: Nombrada mediante la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Camargo
    Origen del nombre: Recuerda a Alonso de Camargo (siglo XVI), marino y explorador español que comandó la expedición enviada por el obispo de Plasencia en 1539, la cual atravesó el estrecho de Magallanes para llegar a las costas de Chile y el Pacífico.
    Nomenclatura: Asignada por la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Padilla
    Origen del nombre: Rinde tributo a Manuel Asencio Padilla (1784-1816), comandante y heroico guerrillero altoperuano de la Guerra de la Independencia, esposo de Juana Azurduy, caído en combate en la batalla de El Villar.
    Nomenclatura: Designada por la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Murillo
    Origen del nombre: Homenaje a Pedro Domingo Murillo (1757-1810), patriota y precursor de la independencia de Bolivia, protomártir de la revolución paceña que encabezó la Junta Tuitiva de La Paz en 1809.
    Nomenclatura: Denominada por la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Warnes (Avenida)
    Origen del nombre: Honra al Coronel Ignacio Warnes (1772-1816), militar porteño que luchó en la Reconquista de Buenos Aires, combatió a las órdenes de Manuel Belgrano en las campañas al Paraguay y al Alto Perú, y cayó al mando de la Republiqueta de Santa Cruz en la batalla de El Pari.
    Nomenclatura: Confirmada por la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Dorrego (Avenida)
    Origen del nombre: Rinde homenaje al Coronel Manuel Dorrego (1787-1828), militar destacado en las guerras de independencia y referente fundamental del Partido Federal; fue gobernador de la provincia de Buenos Aires hasta su derrocamiento y fusilamiento por Juan Lavalle.
    Nomenclatura: Oficializada por la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Rojas
    Origen del nombre: Recuerda al Coronel José María Rojas (1791-1834), militar que sirvió en las campañas libertadoras de la independencia y en los enfrentamientos civiles del siglo XIX.
    Nomenclatura: Denominada a través de la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Antezana
    Origen del nombre: Rinde homenaje a Esteban Antezana (1770-1812), patriota altoperuano, líder y figura central de la revolución de Cochabamba de 1810 y 1812 contra las fuerzas realistas.
    Nomenclatura: Asignada en la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

Hidalgo
    Origen del nombre: Honra a Bartolomé Hidalgo (1788-1822), poeta y dramaturgo platense (nacido en Montevideo), pionero y considerado uno de los iniciadores de la literatura gauchesca con sus célebres Cielitos y Diálogos patrióticos.
    Nomenclatura: Oficializada mediante la Ordenanza del 27 de noviembre de 1893.

- Con respecto a Loyola, el texto "La ruta de las cabezas" de di Maggio, dice lo siguiente: "resulta que el nombre está dedicado al conquistador Martín García Óñez de Loyola (1548-1598) gobernador de Chile y quien encomendara en su momento la fundación de la ciudad argentina de San Luis."
- Con respecto a Antezana. En diversas web figura con el nombre Joaquín Mariano de Antezana Casafranca (y no Esteban).

 

Un trazado cotidiano por las calles del barrio que cobra un significado totalmente diferente cuando se lo recorre a través del prisma del mapa trágico y fascinante de la toponimia porteña.


Links:
https://es.wikipedia.org/wiki/Hernando_de_Lerma
https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Antonio_Lavalleja
https://es.wikipedia.org/wiki/Mart%C3%ADn_Mallea
https://es.wikipedia.org/wiki/Mart%C3%ADn_Garc%C3%ADa_%C3%93%C3%B1ez_de_Loyola
https://es.wikipedia.org/wiki/Alonso_de_Camargo
https://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Ascencio_Padilla
https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Domingo_Murillo
https://es.wikipedia.org/wiki/Ignacio_Warnes
https://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Dorrego
https://ancestors.familysearch.org/es/LCXF-BB1/coronel%2C-jos%C3%A9-mar%C3%ADa-rojas-argerich-%2C-guerrero-de-la-independencia.-1791-1852
https://www.revisionistas.com.ar/?p=7151
https://es.wikipedia.org/wiki/Mariano_Antezana
https://es.wikipedia.org/wiki/Bartolom%C3%A9_Hidalgo

Enlace a Wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/caminata-por-palermo-y-villa-crespo-caba-cefaleutica-en-villa-crespo-278397450

Quería realizar un corto slideshow con imágenes y surgió la posibilidad de hacer un video automáticamente con la IA Gemini. Este es el resultado. Contiene errores, estilizó y cambió algunos rostros, modificó nombre de calle, etc.. .pero aún así lo subo.  

 

lunes, 9 de marzo de 2026

Referencia a Voltaire en el libro Historias de lo sobrenatural de Vivianne Perrot.

 


Leí este libro Historias de lo sobrenatural de la autora Vivianne Perrot (Editorial El Ateneo, 2014). La autora aborda el fenómeno de lo paranormal desde una perspectiva que mezcla la recopilación histórica con el relato testimonial. Funciona como una antología de casos. De lectura fácil y rápida, toca diversos puntos entre el espiritismo y la parapsicología en su relación con la ciencia, la autora no toma partido sino más redacta en modo de crónica, favoreciendo una investigación cultural divulgativa. A mí me quedó la sensación que se orienta más que nada por el lado escéptico, en citas y referencias parecieras tener un aire por lada de la racionalidad (ejemplo: cita a Voltaire en las primeras páginas, cita a un estudio científico en el tema Tutankamon), aunque el libro no está presentado como una lucha superstición vs. ciencia, sino que va más por el lado de las historias personales de los personajes y su contexto cultural en el vivieron y se desarrollaron. El caso que más me impactó fue el de Arthur Conan Doyle, que fue un creyente convencido en el espiritismo, incluso contra la evidencia en su contra, a pesar que su personaje literario, que lo llevó a la cumbre (Sherlock Holmes) se basó en su capacidad de observación y razonamiento deductivo, aunque como veremos en el libro también explica o señala las posibles causas de su cercanía al espiritismo por parte del autor.

Sobre este libro me enfoqué puntualmente en una frase en la que alude a Voltaire. La frase de la autora referida al filósofo dice: “Entre los escépticos que, como Voltaire, decían en forma burlona que el charlatanismo nació el día que el primer pícaro encontró al primer imbécil”. Tomando como base eso, realice un short (video corto) de 12 segundos para Youtube, y también realicé una caminata para Wikiloc.

En Capital Federal, existe un pasaje de dos cuadras que rinde homenaje en su nombre al pesador, el Pasaje Voltaire. También la ciudad posee una escultura denominada “La Duda” (o Le Doute), una obra del artista francés Henri Michel Antoine Chapu, que refiere a la “duda voltariana”.

Duda voltariana: ejercicio de la sospecha metódica llevada al terreno de la ironía y el sentido común. La duda contra la "verdad absoluta", el rechazo a los sistemas cerrados y la función social de la duda como un acto de tolerancia. La actitud crítica y escéptica que Voltaire promovía frente a las creencias establecidas, especialmente las religiosas y supersticiosas. Una actitud permanente de mantener una vigilancia crítica, un “no dar nada por sentado”.


Ficha Técnica de la Crónica.

Libro: Historias de lo sobrenatural, Vivianne Perrot (Editorial El Ateneo, 2014).

Contenido: Short de edición personal, basado en una selección de textos del autor.

Créditos de Imagen:

Retrato de Voltaire: Maurice Quentin de La Tour (Dominio Público).

Fotografía de cierre: De mi autoría (Registro urbano, Buenos Aires).

domingo, 18 de enero de 2026

Sospecho que el mundo nació de un choque de cometas (o Buffon contra los burlones del Bastón)

 Este texto captura con precisión la paradoja clásica de la Ilustración: el límite donde la sátira anti-pedante roza el anti-intelectualismo, incapaz de distinguir la especulación científica fértil del mero delirio. La sátira de Pignotti en Il bastone miracoloso funciona involuntariamente como un inventario de la proto-ciencia del siglo XVIII. Al intentar ridiculizar la pedantería, terminó legando una radiografía perfecta del método científico en fase de ensayo y error: hombres equivocándose en los números y en los mecanismos, pero acertando en las preguntas fundamentales.

Sospecho que el mundo nació de un choque de cometas (o Buffon contra los burlones del Bastón)

Hay un momento, en el Canto I del Bastone miracoloso, que suele leerse como puro chiste de sobremesa dieciochesca y que en realidad es un catálogo bastante preciso de las discusiones científicas más audaces de su siglo. Cuando el genio le pregunta a Ismaele qué le enseñó la física sobre los "sorprendentes arcanos de la naturaleza", el joven contesta con una lista de teorías del origen del mundo que hoy suenan a delirio: que la Tierra es un fragmento del Sol arrancado por el choque de un cometa; que en realidad nació del seno del agua; que cuando el Sol se apague el suelo quedará a oscuras; que alguien quiere perforar el planeta hasta el centro para estudiarlo por dentro; y, unos versos antes, que ciertos cuerpos ni siquiera son sólidos, que la dureza que sentimos al tocarlos es pura apariencia.

Pignotti no inventó nada de esto. Las notas al pie del poema —esas líneas discretas al final del canto que uno suele saltear— lo delatan: la teoría de que los cuerpos no existen como sustancia es de Berkeley; las observaciones sobre generación y naturaleza vienen de Buffon, Bonnet y compañía; la idea del choque cósmico y la especulación cosmogónica remite a Maupertuis y sus Lettres philosophiques. Pignotti no estaba parodiando charlatanes de plaza. Estaba parodiando a los científicos más serios de Europa.

Empecemos por Berkeley. El obispo irlandés no dijo, como simplifica el poema, que "no hay cuerpo alguno" por capricho: su inmaterialismo sostenía que hablar de una materia que existe independientemente de toda percepción es una idea vacía, que esse est percipi —ser es ser percibido— y que lo único que tenemos certeza de que existe son las ideas y las mentes que las perciben. Para el sentido común de cualquier café dieciochesco, esto era —literalmente— de locos: el famoso "así lo refuto" de Samuel Johnson, dándole una patada a una piedra, es la respuesta más citada y menos filosófica de la historia de la filosofía. Pignotti se sube a esa misma burla fácil. Pero lo que Berkeley realmente estaba intentando resolver —qué estatus ontológico tiene aquello que no percibimos directamente— sigue siendo, tres siglos después, uno de los problemas centrales de la física cuántica y de cualquier teoría de la información. La piedra de Johnson no refutó nada; solo demostró que patear es más fácil que pensar.

Sigamos con Buffon. El conde naturalista, superintendente del Jardín del Rey, expuso por primera vez en 1749, en el primer tomo de su Histoire Naturelle, la hipótesis que tanto escandalizaría a sus contemporáneos: que el planeta nació como un fragmento incandescente arrancado del Sol por el impacto de un cometa, y que se fue enfriando por etapas hasta permitir la vida. Es exactamente la teoría que Pignotti pone en boca de sus sabios ridículos. La Facultad de Teología de la Sorbona, que todavía tenía dientes para morder, lo obligó a retractarse públicamente al año siguiente —no hacía falta el bastón de Ismaele, la Sorbona real ya tenía el suyo. Casi treinta años después, ya con la censura eclesiástica bastante más desdentada, Buffon volvió sobre la misma hipótesis en sus Époques de la Nature (1778) y esta vez la acompañó de algo que nadie en Francia se había animado a intentar: calentó esferas de hierro de distintos tamaños, midió cuánto tardaban en enfriarse hasta la temperatura de la mano, y extrapoló matemáticamente esos tiempos a la escala de un planeta entero, para concluir que la Tierra era muchísimo más vieja que los seis mil años que permitía la cronología bíblica. El método era, para su época, admirable. El resultado —unos 75.000 años— estaba equivocado por varios órdenes de magnitud, porque Buffon no tenía forma de saber que el interior de la Tierra sigue caliente por radiactividad y no por inercia térmica. Pero la lógica de fondo, "midamos el enfriamiento para calcular el tiempo transcurrido", es la misma que un siglo y medio después permitiría fechar rocas por desintegración radiactiva y establecer que el planeta tiene 4.500 millones de años. Buffon se equivocó en el número, dos veces. Acertó en la pregunta, dos veces también.

Bonnet completa el trío de las "observaciones sobre generación" que cita la nota al pie. El naturalista ginebrino defendía la teoría de la preformación: que todos los seres vivos que existirán alguna vez ya estaban contenidos, en miniatura, uno dentro de otro, desde el momento de la Creación —un huevo dentro de un huevo dentro de un huevo, hasta el fin de los tiempos. Sonaba, incluso para sus contemporáneos, a una muñeca rusa metafísica. Pero Bonnet la defendía porque resolvía un problema real que la ciencia de su época no sabía cómo abordar: ¿de dónde sale, exactamente, el orden de un organismo vivo, si no viene ya empaquetado de antemano? La genética moderna, con su información codificada de antemano en el ADN, no es la preformación de Bonnet —pero comparte con ella la misma intuición incómoda: que el plan del organismo tiene que estar en algún lado antes de que el organismo exista.

Y Maupertuis, el más audaz de los cuatro, es probablemente quien mejor explica el verso más ridículo del poema: el sabio que quiere "perforar la tierra hasta el centro" para estudiarla por dentro. No es una hipérbole poética. En sus Lettres philosophiques de 1752, Maupertuis propuso en serio —entre otras ideas igual de extravagantes, como diseccionar cerebros de criminales ejecutados para localizar el alma, o fundar una ciudad dedicada exclusivamente a la experimentación científica sin restricciones morales— la posibilidad de cavar un pozo profundísimo para comprobar empíricamente de qué estaba hecho el interior del planeta. En su Vénus physique, unos años antes, había ido más lejos todavía: sugirió que la herencia funciona por partículas materiales aportadas por ambos progenitores que se combinan según una suerte de atracción, algo peligrosamente cercano a decir que la vida se organiza sola, sin necesidad de un diseño divino que la guíe paso a paso. Voltaire, que lo detestaba, lo hizo protagonista de un panfleto burlón llamado Diatribe du docteur Akakia (1752) solo para ridiculizar estas ideas, incluida la del pozo. El bastón de Ismaele, en el fondo, no habría hecho gran cosa que la pluma de Voltaire no hubiera hecho ya —y es bastante probable que Pignotti ni siquiera llegara a Maupertuis de primera mano, sino ya masticado por ese mismo panfleto: la burla del poemetto no ataca la ciencia dieciochesca, ataca la caricatura que los propios philosophes habían puesto de moda contra sus colegas.

Ahí está la ironía que el poema, ocupado en su propia comicidad, no llega a ver: los cuatro nombres que sus notas al pie citan como fuente de las teorías ridiculizadas son, con el diario del siglo veinte en la mano, cuatro de los pensadores que más se acercaron a intuiciones correctas por caminos completamente equivocados. Berkeley entendió que la materia como sustancia autónoma es una idea más frágil de lo que parece. Buffon entendió que había que medir el tiempo profundo del planeta en vez de darlo por sentado en un libro. Bonnet entendió que el orden de lo vivo necesita explicarse, no solo describirse. Maupertuis entendió que la herencia era materia y combinación, no milagro puntual. Los cuatro se equivocaron en casi todos los detalles y acertaron en la pregunta.

Si el bastón de Pignotti hubiera existido de verdad y hubiera recorrido los salones de París en lugar de los de Congo, habría apaleado a los cuatro con el mismo entusiasmo mecánico con que apaleó al inquisidor y al pedante de latín del poema. Y ahí es donde la sátira, sin darse cuenta, termina siendo más honesta de lo que se propuso: porque en el fondo no distingue —no puede distinguir— entre el charlatán que dice una tontería porque no tiene nada mejor, y el naturalista que dice una tontería porque está tanteando, con las herramientas equivocadas, algo que todavía nadie puede ver bien. Pignotti quiso reírse de la pedantería de su siglo. Sin saberlo, dejó un catálogo bastante fiel de en qué estaba pensando, en serio, la gente más inteligente de ese mismo siglo.



Hecho a medias entre yo y la IA.

jueves, 15 de enero de 2026

Sospecho que la lógica es cosa del Diablo (o Feyerabend contra el Bastón Miracoloso)


En 1831 se publicó en Dublín, aunque escrito mucho antes por el médico y poeta toscano Lorenzo Pignotti, un poemetto burlesco casi olvidado que tiene la estructura de fantasía moral que uno esperaría de un cuento de hadas ilustrado: en Abisinia, un joven llamado Ismaele —hastiado de haber devorado metafísica, física, álgebra, teología, medicina y astrología sin haber entendido, en el fondo, absolutamente nada— invoca a un genio doméstico y le pide una forma de desenmascarar a los sabios que lo rodean. El genio no le da un argumento. Le da un bastón.

El objeto es simple y perfecto: golpea solo, sin mano que lo empuñe, a cualquiera que pronuncie un disparate, y no se detiene hasta que la víctima grita tres veces "soy un buey". No negocia, no matiza, no distingue intenciones. Ismaele lo suelta primero sobre una academia de filósofos que compiten por explicar el fenómeno del bastón —uno con mecánica, otro con electricidad, otro con una vara de zahorí— y después sobre un colegio de teólogos, sobre un par de frailes que discuten en latín a los golpes, y hasta sobre un tribunal de la Inquisición que intenta exorcizarlo convencido de que aloja al Diablo. El bastón no hace acepción de bandos: apalea por igual al físico presuntuoso y al inquisidor que lo quiere quemar por brujería. Al final del poema, hartos de perder siempre, los teólogos sobornan a los guardias y lo hacen arder.

Lo que me interesa de este artefacto no es su comicidad —que es mucha— sino su función: es un dispositivo que introduce fricción real en un mercado de ideas que, de otro modo, no tiene ninguna. Los sabios de Congo pueden decir cualquier fantasía sobre el origen del mundo o la naturaleza de la materia sin pagar costo alguno por equivocarse; el bastón es la irrupción, literalmente física, de una consecuencia. Es la piel en el juego hecha madera. Uno podría leer todo el poemetto como una alegoría anticipada de algo que después Nassim Taleb pondría en términos más sobrios: la asimetría entre quienes opinan y quienes exponen algo al opinar. El bastón, en ese sentido, no es un instrumento de crueldad sino de higiene epistémica: castiga específicamente al que teoriza sin arriesgar nada.

Pero antes de que Pignotti imaginara este juguete punitivo, Dante ya había tenido la misma sospecha, aunque con menos sentido del humor. En el canto XXVII del Infierno, un diablo le explica a Guido da Montefeltro, el consejero fraudulento que creyó poder pecar y arrepentirse a tiempo con un cálculo bien hecho, por qué viene a buscarlo al infierno con estas palabras: que no creía que él fuera lógico. La lógica, ahí, no es una herramienta neutral de la razón: es el terreno propio del demonio, el lugar donde el argumento bien construido se independiza de la verdad y de la virtud y empieza a servir a cualquier causa, incluida la propia condena. Guido fue un silogista perfecto toda su vida —y por eso mismo terminó donde terminó. 

Cuatrocientos años antes que el bastón de Ismaele, Dante ya sospechaba que el razonamiento sin arraigo moral no conduce a la sabiduría sino a la perdición, y que alguien —algo— tarde o temprano viene a cobrar la cuenta.

El bastón de Pignotti, entonces, se puede leer como el diablo lógico de Dante convertido en objeto contundente: lo que en el Infierno se paga en el alma, en Congo se paga en el lomo. Y conviene notar que ninguno de los dos hace juicios de intención. El diablo no le pregunta a Guido si creía sinceramente en su argumento. El bastón no le pregunta al teólogo si su fe es genuina. Ambos dispositivos operan sobre el resultado, no sobre el mérito subjetivo del razonador: si el argumento estaba vacío, da igual cuán convencido estuvieras vos.

Ahora bien. Imaginemos, un momento, el bastón suelto no en Congo sino en cualquier grupo de WhatsApp familiar contemporáneo. El cuñado que explica con total soltura por qué el dólar va a tal cosa el mes que viene, sin haber puesto jamás un peso donde pone la boca. El coach de Instagram que asegura que fracasaste por falta de "mentalidad ganadora". El politólogo de sobremesa que en 1789, en 1917 y en 2001 habría estado igual de seguro de todo. Uno se los imagina, a todos, con las orejas gachas y los dientes flojos, gritando "soy un buey" al unísono en un asado de domingo, y hay que admitir que la fantasía tiene un atractivo casi vengativo. Es la versión punitiva de lo que la vida, con más lentitud y menos elegancia, suele encargarse de hacer de todos modos: cobrar, tarde, la cuenta de la opinión gratuita.

Y sin embargo —acá es donde el poema deja de darme risa y empieza a inquietarme un poco— convendría preguntarle al fantasma de Paul Feyerabend qué opina de todo esto antes de aplaudir demasiado fuerte.

Feyerabend dedicó buena parte de su obra a sostener que la ciencia no avanzó por seguir un método riguroso y disciplinado, sino a fuerza de herejías: Galileo defendiendo el copernicanismo con argumentos que, juzgados con el rigor lógico de su época, eran de una impertinencia rayana en el disparate; teorías que sonaban a locura y que solo después, con el diario del lunes, resultaron fecundas. Su consigna, "todo vale", no era un elogio de la estupidez sino una advertencia: si hubiera existido en 1610 un dispositivo capaz de apalear automáticamente a quien dijera algo que sonara a sofisma para el sentido común imperante, Galileo habría terminado gritando "soy un buey" antes de terminar de armar el telescopio. El bastón no distingue entre el charlatán que dice tonterías porque no tiene nada mejor que ofrecer y el hereje que dice tonterías porque está viendo, todavía mal, algo que nadie más ve. Los apalea con el mismo entusiasmo.

Esa es, me parece, la falla de diseño que ni el genio de Ismaele ni Pignotti se detuvieron a considerar: un instrumento que castiga la certeza equivocada también castiga, indistinguiblemente, a la certeza prematura. El bastón le habría hecho un favor enorme a la humanidad apaleando a la Sorbona entera del poema, sí —pero no tenemos ninguna garantía de que no hubiera apaleado también, con el mismo entusiasmo mecánico, al primero en sugerir que la Tierra gira, o que existen microorganismos, o que el tiempo no es absoluto. La higiene epistémica que exige piel en el juego es, en el fondo, conservadora: recompensa al que no se expone, no al que arriesga bien. Y la ciencia, según Feyerabend, necesitó siempre un poco de gente dispuesta a decir barbaridades sin que nadie los estuviera esperando a la salida con un palo.

Quizás la lectura más honesta del poemetto de Pignotti no sea la que yo mismo insinué al principio —que hace falta más bastón en el mundo— sino la contraria, la que ni Ismaele ni su genio quisieron ver: que toda ortodoxia, apenas consigue un instrumento capaz de callar al que se equivoca, termina usándolo también contra el que todavía no tiene razón, pero la tendrá. El bastón terminó quemado por los teólogos que más lo odiaban. Yo sospecho que, si hubiera sobrevivido un siglo más, lo habría terminado empuñando la Sorbona misma, y entonces habríamos perdido, junto con los charlatanes, a algún que otro Galileo.


Esta publicación se realizó utilizando como ayuda herramientas de inteligencia artificial.

viernes, 9 de enero de 2026

El enemigo más pequeño puede darnos mucha guerra.


  “El enemigo más pequeño puede darnos mucha guerra.”

Esta idea, que resume una estrategia militar, biológica y cotidiana —la fuerza o el impacto de un adversario no depende de su tamaño físico, sino de su capacidad de resistencia, adaptabilidad o de los recursos que exige para ser superado—, tiene raíces antiguas.

La versión más célebre y difundida proviene de Esopo (la fábula del mosquito/zanzara y el león). Jean de La Fontaine la adaptó y popularizó en 1668 como Le Lion et le Moucheron (“El león y el moscardón/mosquito”). En ella, el pequeño insecto desafía y atormenta al león hasta que este se rinde exhausto; la moraleja subraya que los enemigos más pequeños suelen ser los más temibles y difíciles de vencer, y que quien escapa de grandes peligros puede sucumbir a cosas insignificantes. Esta es la fuente principal que se difundió en el acervo popular, los refraneros y las adaptaciones escolares (incluyendo las versiones en español e italiano tituladas “El león y el mosquito/mosca”).

Lorenzo Pignotti (1739-1812), poeta, historiador y fabulista italiano, autor de las Favole e Novelle, escribió una variante afín titulada Il Leone e il Tafano (“El león y el tábano”). En ella, un insecto pequeño desafía y molesta al león hasta hacerlo huir desesperado, y la moraleja concluye:

Nessun dispregerai:
Che il più piccol nemico;
Può darti briga assai.
(“No desprecies a nadie: porque el enemigo más pequeño puede darte mucha guerra.”)
Pignotti, por tanto, formuló de manera clara y literaria esa idea dentro de la tradición fabulística italiana del siglo XVIII, inspirándose en la herencia clásica (Esopo) y en modelos franceses. No es el autor de la versión célebre de La Fontaine, pero sí aportó una de las formulaciones más directas y cercanas a la frase que hoy circula.

En resumen: la idea circulaba desde la Antigüedad y se consolidó con La Fontaine; Pignotti la retomó y le dio una expresión precisa en su fábula Il Leone e il Tafano.

La fábula de Lorenzo Pignotti Il Leone e il Tafano es bastante corta, como la mayoría de las fábulas clásicas en verso. Tiene poco más de 40 versos y se lee en menos de dos minutos.

Aquí está el texto completo en idioma italiano:

Il Leone e il Tafano
(Lorenzo Pignotti)

Non mi guardar sì fiero,
Che non mi fai paura;
Credi che il mondo intero
Tremi di tua bravura?
Sol que’ vili animali,
Che passeggiano a piè,
Tremano innanzi a te:
Ma quelli ch’hanno l’ali,
Sì poca han soggezione
Del superbo Leone,
Ch’anche un Tafan par mio
Puote, o signor mio bello,
Disfidarti a duello.
Ah! insetto vil, se degno
Crederti potess’io,
Risponde, del mio sdegno;
Con una leggierissima
Sferzata solamente
D’uno de’ crini miei
Tacer perpetuamente,
Credimi, ti farei.
Le ciarle sono inutili,
Delle minacce io rido,
Rispose quegli; e voglio
Domar cotesto orgoglio:
In faccia a tutti i tuoi,
Alla pugna ti sfido;
Difenditi se puoi.
Rapido qual saetta
Sugli occhi a lui si getta,
E stranamente il punge.
Vibra il Leon la zampa,
Ma già l’insetto è lunge.
Torna, e di nuovo il fiede;
Il Leon d’ira avvampa,
Né mai però lo giunge.
Quello ora fugge, or riede,
E sempre il fere in faccia:
Nel naso a lui si caccia;
Freme il Leone e sbuffa,
L’irta criniera arruffa,
Si sferza a’ lati, e rugge;
E per boschi e pendici
Da disperato fugge.
Allor dalle narici,
In aria trionfale,
Esce, e con stridul’ale
Grida in rauco ronzìo:
Il vincitor son io.
Nessun dispregerai:
Che il più piccol nemico
Può darti briga assai.



 

Asistido por IA.

lunes, 19 de julio de 2021

Caminata 5,34km. 60min. Juan José Castelli.



Caminata con objetivo cumplido. No tengo nada para escribir de la salida. No tomé fotos, ni me sucedió nada, ni vi algo como para comentar.

Fui a ver las efemérides y encontré una que me pareció interesante. Un 19 de julio de 1764 nació Juan José Castelli, a quien se lo conoce como el “Orador de Mayo” por sus discursos durante los sucesos de mayo de 1810. Paradójicamente falleció dos años después como consecuencia de un cáncer en la lengua. Sin entrar a comentar su biografía, solo indicar que fue el jefe político del primer cuerpo militar creado y desplegado rumbo al Norte del territorio, a partir de la Revolución de Mayo.

Diccionario Mentor. (1960).

Diccionario Mentor. (1960).

Un antiguo Diccionario Mentor, de 1960, de la editorial Sopena Argentina, en su brevísima biografía resalta el siguiente hecho como el fundamental, representó a la Primera Junta revolucionaria en el ejército libertador.

Un texto escolar, más antiguo aun, de 1949, Florecimiento, libro de 4to grado, en un poema, titulado Primer Ejército de la Patria, también alude a Castelli (junto con Balcarce y Güemes) formando parte de la tropa que avanzaba victoriosa luego de Suipacha, como hecho relevante en su figura.

Florecimiento. (1949).

Florecimiento. (1949).

Naturalmente la figura de Castelli fue mucho más que el líder político de aquél primer ejército que enfrentó a los realistas. Con sus pros y sus contras, en esos dos años de vida revolucionaria dejó huella. Castelli fue uno de los tres que se apersonaron sin previo aviso frente al virrey Cisneros para darle el ultimátum de renuncia. Castelli era partidario de la guerra total contra los realistas, y así presentó su plan de lucha a muerte, pero este fue rechazado por la Junta por estimarlo temerario. Pertenecía al grupo de los considerados jacobinos por sus ideas extremas.