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jueves, 24 de julio de 2014

El gato, los pollitos y la ironía popular: iconografía y significado de una estampa comercial

 

Las imágenes muestran un clásico almanaque comercial argentino de bolsillo (tarjeta calendario):

•    Anverso: Presenta una entrañable imagen fotográfica de estilo vintage que muestra a un tierno gatito blanco de ojos azules/celestes rodeado de flores amarillas junto a tres pequeños pollitos amarillos sobre el pasto. 


Esta tierna escena ha sido muy popular a lo largo de los años como imagen decorativa, fondo de pantalla e incluso en manualidades como cuadros de diamond painting o calendarios. 

"Dios hizo al gato para ofrecerle al hombre el placer de acariciar un tigre." 
— Victor Hugo


Raza del gato de la imagen

En las imágenes impresas de estética comercial e industrial (típicas de tarjetas almanaques o láminas publicitarias de las décadas de 1980 y 1990), suele utilizarse el macho o hembra de gato doméstico mestizo de pelo corto (domestic shorthair), de pelaje enteramente blanco y heterocromía/ojos azules.

No responde necesariamente a una raza con pedigree estricto, aunque comparte rasgos fenotípicos con:

•    Gato Doméstico blanco de pelo corto (común europeo o criollo).

•    Angora turco o khao manee (por el pelaje blanco inmaculado y el color celeste o verde claro de sus ojos).

Significado y simbolismo

La iconografía de la estampa reúne elementos tradicionales del imaginario bucólico y la estética kitsch de mediados del siglo XX:

•    Inocencia y pureza: El blanco del gatito y el amarillo brillante de los pollitos simbolizan la infancia, la ternura y la pulcritud moral.

•    Armonía improbable / idilio pastoral: En la naturaleza, el gato es un depredador natural de las aves. Mostrar a un felino conviviendo apaciblemente con pollitos recién nacidos en un campo de flores (ranúnculos o botones de oro) construye una alegoría de la paz universal, la convivencia pacífica y la vulnerabilidad compartida, rompiendo el instinto natural en favor de un espacio utópico.

•    La primavera y la vida: Las flores, el verde vivo del césped y los animales jóvenes son símbolos universales de renacimiento, vitalidad y prosperidad (motivo idóneo para un almanaque comercial de fin de año).

"Estar como el gato con el pollito" / "Cuidar como el gato a los pollos"

Refrán popular hispano que suele utilizarse en sentido irónico o cauteloso cuando alguien cuida o vigila a quien en teoría debería ser su presa o rival, o para remarcar una aparente mansedumbre que exige vigilancia.

Es un matiz fundamental. En el habla popular y la paremiología hispana, este tipo de modismos opera precisamente desde la ironía y la sospecha:

•    "Cuidar (o guardar) como el gato a los pollos": Es una metáfora directa sobre la falsa custodia o el conflicto de intereses. Expresa la imprudencia de dejar un bien, a un vulnerable o una responsabilidad en manos de quien, por naturaleza, apetito o beneficio propio, terminaría devorándolo o sacando ventaja. Equivale a expresiones como "poner al lobo a cuidar las ovejas" o "dejar al zorro en el gallinero".

•    La tensión fotográfica: Esto le da un giro de doble lectura muy interesante a la imagen del almanaque. En el plano puramente visual e industrial, la lámina busca transmitir una ternura bucólica y candorosa (la inocencia de la convivencia entre especies). Sin embargo, al pasarlo por el tamiz del refrán popular, la escena cobra una sutil tensión dramática: ¿es una verdadera postal de paz e inocencia, o es la calma previa de una fiera contenida contemplando a sus presas? 

Ese contraste entre la mansedumbre aparente de la imagen y el recelo atávico que sugiere la sabiduría popular es justo lo que vuelve a este tipo de estampas comerciales tan sugerentes en la gráfica popular.



Elaborado con la colaboración de herramientas de IA, según el concepto y guía del autor.

martes, 22 de julio de 2014

Entre el refugio de Bachelard y la lógica de Carroll: La iconografía del hongo de fantasía


Esta pieza es un clásico calendario de bolsillo publicitario (almanaque de mano), muy tradicional como obsequio comercial en Argentina al finalizar o comenzar un año.


La Ilustración (Frente)

•    Estilo e imaginería: Presenta una ilustración de fantasía bastante pintoresca y nostálgica. Muestra un bosque encantado repleto de vegetación luminosa, flores (como lirios de tonos anaranjados y flores blancas), un sauce frondoso de fondo y, como elemento central, una casa-hongo (Amanita muscaria estilizada) con pequeñas ventanas arqueadas y una puerta de entrada.

•    Estética: Tiene ese aire de ilustración fantástica vintage o retro propia de tarjetas, cuentos infantiles o calendarios promocionales de finales de los años 90 e inicios de los 2000.
Se trata exactamente de la obra Enchanted Forest (Bosque Encantado) del ilustrador y creador digital estadounidense Philip Straub.

Esta pieza forma parte de su serie titulada Secret Places, concebida originalmente para ilustrar libros infantiles. La ilustración destaca por su atmósfera mágica, con un gran hongo rojo con lunares transformado en una pequeña casa con ventanas y puertas, rodeado de un entorno de fantasía, sauces y flores silvestres iluminados por una luz mística.

Debido a su popularidad, el diseño —que alcanzó una enorme difusión internacional— se comercializa frecuentemente en diversos productos de decoración y entretenimiento. Es muy habitual que licencias gráficas de la agencia MGL (Meiklejohn Graphics Licensing) o distribuidores de bancos de imágenes de esa época hayan vendido los derechos de esta obra para ser usada en rompecabezas, bordados en punto de cruz (cross stitch), pósteres y, como en este caso particular, en almanaques publicitarios y calendarios de bolsillo producidos por imprentas gráficas comerciales (como la firma RJ que imprimió el calendario de 2011). 


Lecturas, citas y referencias

Una pieza de colección o memorabilia comercial local muy representativa: de un lado, una escena gráfica fantástica de cuento de hadas; del otro, la utilidad cotidiana de un almanaque de bolsillo publicitario.


«La casa en la fantasía o en el cuento no es simplemente un edificio; es el primer universo del ser, un nido, un refugio donde la imaginación se guarece en la diminutez.»

— Gastón Bachelard, La poética del espacio (sobre el hongo como arquitectura y refugio).

En Alicia anotada (The Annotated Alice), Martin Gardner analiza con detenimiento este pasaje del Capítulo V ("El consejo de una Oruga") y la frase de la Oruga: «Un lado te hará crecer y el otro lado te hará encoger». En sus notas explicativas a este fragmento exacto, Gardner aborda varios puntos clave:

•    La geometría circular del hongo: Cuando la Oruga pronuncia esa frase y se aleja entre la hierba, Alicia se queda desconcertada pensando: «¿Un lado de qué? ¿El otro lado de qué?». Gardner señala la ironía lógica y geométrica: un hongo (especialmente el sombrerete circular que dibujó John Tenniel, similar al de la imagen del calendario) es redondo. Para una figura circular no existen dos "lados" opuestos definidos (como en una mesa o una puerta). Alicia tiene que rodear el hongo con ambos brazos y romper un trozo con cada mano de los bordes opuestos para probar la teoría.

•    El mito de las drogas y los psicodélicos: Gardner alude a que en la década de 1960 —con el auge de la cultura psicodélica y la canción White Rabbit de Jefferson Airplane— surgió la teoría popular de que Lewis Carroll estaba haciendo referencia a hongos alucinógenos o al uso de drogas (como el opio o el láudano). Gardner desmiente esta lectura psicodélica en sus notas:

o    Explica que en la Inglaterra victoriana el conocimiento de los hongos alucinógenos (como la Amanita muscaria o los hongos psilocibes) no estaba extendido de esa manera en el entorno de Carroll.

o    Carroll era un diácono anglicano, profesor de matemáticas en Oxford muy reservado y abstenido, cuya inspiración provenía de juegos de lógica, escalas geométricas y distorsiones matemáticas, más que de sustancias.

•    La micropsia y la macropsia (El "Síndrome de Alicia"):
En las revisiones posteriores de sus anotaciones, Gardner y otros comentaristas de la obra conectan los cambios de tamaño provocados por el hongo con trastornos de la percepción visual conocidos en medicina como micropsia (ver las cosas más pequeñas) y macropsia (verlas más grandes), afección conocida técnicamente como el Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, que a menudo se relaciona con auras de migraña que el propio Carroll padecía.


Texto elaborado con asistencia de IA, bajo mi dirección y edición personal.

domingo, 20 de julio de 2014

Botánica de la Voluntad: del supermercado Lucky al Jardín de Edimburgo


Un calendario publicitario del supermercado "Lucky" del año 2011.

Esta imagen muestra un hermoso paisaje que corresponde a un sector del Jardín Botánico de Edimburgo (Royal Botanic Garden Edinburgh), situado en Escocia, Reino Unido. Es un prestigioso centro científico y una atracción turística de fama mundial, célebre por sus espectaculares paisajes y sus colecciones botánicas que incluyen coníferas ornamentales y una gran variedad de rododendros de origen himalayo que florecen profusamente.

«Toda planta nos habla de la vida, y en consecuencia nos hace dichosos en la medida en que contemplamos en ella la vida pura, libre de todo dolor y de toda lucha; pero la vegetación, en la variedad infinita de sus formas y combinaciones, nos ofrece además el espectáculo más puro del desarrollo de la fuerza vital.»

— Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación (Libro III, § 38).

En El mundo como voluntad y representación (1819), Schopenhauer dedica páginas fundamentales al valor contemplativo de la vegetación y los jardines, donde el ser humano logra una tregua en el deseo constante al contemplar las formas puras de la vida vegetal.


La «guerra de todas las hojas»: la lucha interminable en la naturaleza

Lejos de ver el bosque como un cuadro idílico de paz armónica, Schopenhauer describe la naturaleza como un campo de batalla permanente donde la Voluntad se devora a sí misma en sus distintas manifestaciones:

«La voluntad debe devorarse a sí misma, porque no hay nada fuera de ella y es una voluntad hambrienta... Vemos esto en todos los grados de su objetivación: cada fuerza de la naturaleza disputa a otra la materia, el espacio y el tiempo. [...] En la naturaleza vegetal, la hierba más pequeña lucha con el árbol por la luz y el aire, el hongo se alimenta de la madera en descomposición; el conflicto es la ley de la existencia.»

— El mundo como voluntad y representación (Libro II, § 27).

En una masa de vegetación frondosa —como la de un jardín botánico—, cada rama, cada hoja y cada raíz está trabada en una guerra silenciosa pero implacable por capturar la luz solar, drenar los nutrientes del suelo y ahogar a la especie vecina. Es el egoísmo ciego del ser en estado puro.


El alivio de la contemplación estética. 

¿Por qué la contemplación vegetal nos produce dicha?

La respuesta está en el tercer libro de su obra principal (dedicado a la estética). Al contemplar la belleza de las plantas, el ser humano experimenta una tregua transitoria:

1.    Ausencia de dolor en la planta: La planta es afirmación de vida, pero sin conocimiento ni sufrimiento. No conoce el miedo a la muerte ni la angustia del tiempo.

2.    El sujeto puro del conocer: Al contemplar un paisaje o un jardín desinteresadamente (por pura apreciación estética y no por un interés práctico o egoísta), la mente humana se libera temporalmente del yugo de sus propios deseos.

Por un instante, dejamos de ser un «individuo sufriente» que quiere cosas para convertirse en el «ojo puro del mundo», contemplando la fuerza de la vida despojada de la tragedia del dolor consciente.

El jardín botánico es, bajo la mirada de Schopenhauer, un teatro fascinante: por un lado, una contienda encarnizada de raíces y hojas peleando por el sol; por el otro, un espejo tranquilo donde la mente humana descansa por un momento del peso de su propio querer.


Redacción desarrollada con asistencia de IA bajo la supervisión del autor.

viernes, 18 de julio de 2014

Lotería biológica y corazones eléctricos: un almanaque de 1992 y la resistencia del mito


Calendario de bolsillo publicitario de 1992 de la casa "La Bomba-Chita", un comercio que aún existe. 

Anverso (Cara frontal): Presenta una ilustración romántica y retro con estética de los años 80 o principios de los 90. Muestra la silueta de una pareja joven bajo un cielo estrellado, conectados por un circuito o energía que dibuja un gran corazón luminoso en forma de rayo. 

«Detrás del mito de la chispa cósmica y la unión de almas, solo hay dos cerebros intercambiando impulsos eléctricos y neuroquímica. La poesía la ponemos nosotros; la física pone la corriente.» 


«El universo no estaba preñado de la vida, ni la biosfera del hombre. Nuestro número salió en el juego de Montecarlo.»
— Jacques Monod, El azar y la necesidad (1970)

La cita de Jacques Monod pertenece al capítulo final (el octavo, titulado precisamente "El reino y las tinieblas") de su obra fundamental El azar y la necesidad (Le Hasard et la Nécessité, 1970). En el original en francés dice: "L'univers n'était pas pregnant de la vie, ni la biosphère de l'homme. Notre numéro est sorti à la loterie de Monte-Carlo." Es una de las síntesis más célebres de la biología evolutiva y del pensamiento escéptico y materialista del siglo XX.

Dos siluetas cara a cara, conectadas por diademas o electrodos, proyectan sobre el cielo estrellado un corazón hecho de rayos y corriente eléctrica. La imagen pretendía ser romántica, pero vista con la frialdad de la ciencia resulta una lección involuntaria de biología molecular. Como señalaba Jacques Monod, los seres vivos somos objetos extraños en el universo: sistemas microscópicos de una precisión ciega que obedecen a las leyes de la física y la química. Lo que la poesía y el consumo popular insisten en llamar «flechazo» o «conexión de almas» no es más que el resultado de una lotería biológica. Un encuentro fortuito entre dos trayectorias que, al cruzarse, desencadenan una cascada electroquímica perfectamente ordinaria. 

La ironía de la ilustración radica en su propia literalidad: los cables y la electricidad que unen a los amantes no los conectan con el cosmos, sino con la pura materia. El corazón luminoso en el firmamento es la ficción que el cerebro inventa para interpretar el chispazo. El universo, mientras tanto, permanece mudo e indiferente en el fondo de la escena. 

Y sin embargo, contra toda razón escéptica, la cultura insiste en revestir esa corriente eléctrica de eternidad, repitiendo el viejo estribillo que Michael Hutchence cantaba en los años dorados de INXS:

«I was standing / You were there / Two worlds collided / And they could never tear us apart...»
(«Yo estaba de pie / Tú estabas allí / Dos mundos colisionaron / y nunca pudieron separarnos...»)
— INXS, Never Tear Us Apart (1987)

Ahí radica la verdadera tensión: entre la fría mecánica de los cuerpos que señala la ciencia y la terca urgencia del mito. Al fin y al cabo, el corazón luminoso en el firmamento seguirá siendo la entrañable ficción con la que intentamos abrigar un chispazo en medio de la indiferencia estelar. 


miércoles, 16 de julio de 2014

La fisiología del gusto, puesta bajo la lupa: entre la mística gastronómica y la sospecha empírica


Hay libros que fundan un género y libros que, además, fundan una religión secular. La fisiología del gusto (1825) pertenece a esta segunda estirpe: Brillat-Savarin no escribió un recetario, escribió un tratado de antropología filosófica disfrazado de manual de sobremesa. Su prefacio —esa colección de aforismos que hoy se citan sueltos, descontextualizados, como si fueran refranes de almanaque— es en realidad el manifiesto de una tesis mucho más ambiciosa: que comer es, ante todo, un acto de civilización.
Vale la pena, entonces, recorrer primero esa arquitectura de ideas tal como el propio Savarin la construyó, para después —y esto es lo que a mí me interesa de verdad— someterla al tipo de escrutinio que él jamás se aplicó a sí mismo.


La construcción del mito: cuatro conexiones fundacionales

Lo primero que hace Savarin es sacar a la comida del terreno de lo puramente biológico y meterla, con total naturalidad, en el terreno de la identidad. "Dime qué comes y te diré quién eres" no es una boutade: es la piedra fundamental de la idea de que la alimentación funciona como espejo del carácter, que el plato revela más de lo que confiesa la boca. En la misma línea, la distinción entre "los animales se restauran; el hombre come; sólo el hombre de ingenio sabe comer" jerarquiza tres niveles de existencia y planta al comensal sofisticado en la cúspide de la escala evolutiva del gusto.
De ahí, Savarin da un salto que hoy nos suena casi profético: conecta la mesa con la política. "El destino de las naciones depende de cómo se nutren" es, ni más ni menos, una anticipación de lo que siglos después llamaríamos geopolítica alimentaria —la idea de que la soberanía de un país empieza, literalmente, en lo que su gente tiene para comer.
Pero el gesto más elegante del prefacio es otro: la democratización del placer. Cuando dice que el placer de la mesa "pertenece a todas las edades, a todas las condiciones, a todos los países y a todos los días", Savarin construye un hedonismo sin aristocracia, accesible, que acompaña al ser humano de la cuna a la tumba. Y ese hedonismo se completa con una ética: la hospitalidad. "Invitar a alguien es encargarse de su felicidad durante todo el tiempo que está bajo nuestro techo" transforma la mesa en un espacio casi sagrado, donde el anfitrión asume una responsabilidad moral y afectiva sobre el invitado.


Lo que Savarin rechaza de plano

Este edificio se sostiene, además, sobre dos rechazos explícitos. El primero es al ascetismo funcionalista: la idea de la comida como mero combustible calórico le resulta, a Savarin, una renuncia al entendimiento humano —casi una forma de barbarie moderna. El segundo rechazo, más sutil, es al exceso no razonado: "los que se indigestan o se emborrachan no saben ni comer ni beber" marca un límite claro dentro del propio hedonismo. No es gula bruta lo que Savarin celebra, sino un epicureísmo con reglas: templanza, lucidez, inteligencia. El placer, para él, siempre viene con letra chica.


Ahora, la sospecha

Hasta acá, la lectura complaciente. Pero si uno se pone el sombrero del escéptico empírico —desconfiado por oficio de toda universalización tajante, atento a la distancia entre lo que se observa y lo que se declara—, el edificio empieza a mostrar grietas bastante más interesantes que la fachada.

La falacia del determinismo cultural. "Dime qué comes y te diré quién eres" asume que la dieta es un predictor confiable de carácter, inteligencia o rigor moral. Pero la comida está condicionada, ante todo, por geografía, clase social y coyuntura económica: reducir la psique de una persona a lo que hay en su heladera es un reduccionismo con pretensiones de aforismo. Y hay algo peor escondido ahí: la frase presupone que uno elige libremente lo que come, cuando para la inmensa mayoría de la historia humana la nutrición fue una necesidad biológica subordinada a la escasez, no un acto de autodeterminación estética. El sesgo de clase no es un detalle, es el corazón silencioso de la sentencia.

El elitismo disfrazado de distinción. La tríada animal-hombre-hombre de ingenio es una jerarquía moral con forma de observación neutra. ¿Dónde está la evidencia de que paladear con cierto protocolo otorgue mayor valía intelectual? No la hay: es una moralización del gusto, un traslado del juicio de valor desde el terreno de la habilidad culinaria hacia el terreno del ser. Y no es casual el momento histórico: esta construcción de nuevos códigos de prestigio a través del refinamiento del paladar es exactamente lo que necesitaba una burguesía post-revolucionaria francesa que ya no podía apelar al título nobiliario y tuvo que inventarse otras formas de distinción.

La magnificación causa-efecto. Que la malnutrición o las hambrunas impacten la estabilidad de un Estado es innegable. Pero afirmar que el destino de una nación depende de su régimen alimentario es confundir correlación con determinismo mecánico. Las variables geopolíticas, institucionales, económicas y tecnológicas operan con una complejidad que la dieta, por sí sola, jamás alcanza a explicar. Es una causalidad prestada, inflada para que el aforismo suene más trascendente de lo que su evidencia permite.

La trampa normativista del "saber comer". Acá está, quizás, el gesto más elegante y más tramposo de todo el prefacio: disfrazar una prescripción de descripción. Decir que quien se indigesta o se emborracha "no sabe" comer ni beber presenta como ley natural lo que en realidad es una preferencia estética particular —la del equilibrio ilustrado, la de la mesura burguesa del siglo XIX. Pero los conceptos de exceso, templanza y disfrute varían radicalmente entre épocas y culturas, y no tienen fundamento ontológico alguno que los vuelva universales.


El diagnóstico final

Lo que termina revelando esta lectura escéptica es que el aforismo gastronómico de Savarin nunca funcionó como ley empírica ni como observación neutra de la naturaleza humana. Funcionó, y sigue funcionando cada vez que alguien lo cita en una sobremesa con aires de sentencia, como un dogma estético y moral con fecha de nacimiento muy precisa: la Francia de comienzos del siglo XIX, con sus ansiedades de clase recién reacomodadas. La genialidad de Savarin no fue descubrir una verdad sobre la comida; fue disfrazar de verdad universal lo que era, en el fondo, el gusto muy particular de un hombre muy particular de su época.

Escrito con café y un poco de inteligencia artificial.

lunes, 14 de julio de 2014

Del caos al nombre

 
Nombrar un espacio nunca es una tarea inocente ni un mero trámite tipográfico. Cuando este proyecto empezaba a dar sus primeros pasos, la búsqueda de un título se transformó rápidamente en un ejercicio de paciencia. No quería un rótulo caprichoso, un juego de palabras vistoso pero hueco, ni una combinación azarosa de términos que terminara por no decir nada. Necesitaba un nombre que funcionara como una declaración de intenciones: algo que sintetizara la doble naturaleza de lo que pretendía hacer aquí.
Por un lado, la labor pausada del artesano que junta fragmentos, ordena ideas y busca en la sintaxis una cierta armonía. Por el otro, la mirada del caminante que recorre la ciudad sin prisa, registrando detalles aparentemente menores para darles un sentido sobre la página. Entre el titubeo y la duda, la respuesta no apareció frente a la pantalla, sino en la intemperie, durante una tarde de caminata bajo la lluvia. De esa tensión entre el caos inicial y la búsqueda de orden nació el poema que sigue.

Poema que refleja como cree el nombre del blog.

Del caos al nombre 
Buscaba un nombre en la penumbra,
un trazo en la mente, una chispa al azar,
minutos que giran mientras la duda alumbra
lo que aún no sabía cómo nombrar.
No era cuestión de unir, de agrupar sin sentido,
de sumar caracteres en un simple montón.
Reunir era el arte: dar forma a lo perdido,
acomodar cada pieza con paciencia y razón.
Organizar las letras, reordenar el verso,
darle un sitio a cada una hasta hallar la armonía,
y ver nacer del pulso de este universo
la identidad exacta que el blog pedía.
Faltaba el marco, la luz adecuada,
la imagen justa para guardar el instante,
y volvió la memoria de aquella caminata
bajo un cielo de plomo, frío y distante.
Costanera Sur en una tarde gris,
la lluvia cayendo con lento rumor,
un pirincho posado en el borde del río,
solitario y atento, mirando el contorno.
Allí, entre la niebla y el agua cayendo,
en el ensamble preciso de cada letra hallada,
quedó el nombre vivo, pausado y latiendo,
como el ave en el borde, bajo la madrugada.
Reuniendo Letras.

Hecho en colaboración con mi asistente virtual.

domingo, 13 de julio de 2014

Una cosa bella entre recetas: Keats en la cocina


Otro antiguo papelito conservado, recortado de la sección Cocina de la Revista Viva del diario Clarín, posiblemente por los años 2000. 
La frase dice “Una cosa bella es un placer eterno” y está adjudicada a John Keats. 
No es estrictamente exacta: se trata de una traducción libre o ligeramente deformada del famosísimo primer verso del poema Endymion (1818), escrito por el poeta romántico inglés John Keats.

El verso original en inglés dice:

"A thing of beauty is a joy forever"
Su traducción literal y más extendida al español es:
"Algo hermoso es un gozo para siempre" 
(o "Una cosa bella es un gozo eterno" / "Una cosa bella es una alegría para siempre").
En la frase propuesta, el sustantivo original thing ("cosa") suele ser confundido o adaptado sintácticamente como "causa", y joy ("gozo" o "alegría") se traduce como "placer".

Sin embargo, más allá de la imprecisión en la versión impresa, el verdadero encanto del hallazgo radica en su desplazamiento. ¿Qué hace una cita de Keats —desplazada, filtrada por la memoria del traductor anónimo y recortada de un suplemento dominical— compartiendo espacio con recetas de cocina, entre listas de ingredientes y tiempos de horneado?
Hay algo profundamente poético en esa yuxtaposición involuntaria. La gastronomía, con su naturaleza efímera y terrenal, parece invocar a la poesía para reclamar, al menos por un instante, esa permanencia que Keats atribuía a la belleza. El recorte de papel, se convierte así en un objeto ambiguo: la reliquia de una lectura fugaz que sobrevivió al tiempo, un pequeño refugio estético guardado entre las cosas simples de la vida cotidiana.


Endymion es un poema narrativo monumental y bastante extenso: consta de 4 libros y suma en total más de 4.000 versos (alrededor de 1.000 versos por libro, escritos en pareados rimados de pentámetro yámbico (iambic pentameter)).
Keats lo concibió como un gran ejercicio de resistencia lírica y un verdadero reto de imaginación juvenil, basándose en el mito griego del pastor Endimión y la diosa de la luna, Selene (Cynthia en el poema).
Debido a su extensión y a la densidad de su lenguaje ornamental, hoy en día se lee mucho más a través de sus pasajes más célebres —como precisamente sus célebres primeros versos del Libro I— que en su totalidad.
 

Aquí están los célebres versos iniciales del Libro I de Endymion (1818):
A thing of beauty is a joy for ever: 
Its loveliness increases; it will never 
Pass into nothingness; but still will keep 
A bower quiet for us, and a sleep 
Full of sweet dreams, and health, and quiet breathing. 

En español:

Una cosa bella es un gozo para siempre: 
su hermosura aumenta; nunca 
pasará a la nada; antes bien, conservará 
un quieto cenador para nosotros, y un sueño 
lleno de dulces sueños, de salud y de quieta respiración.


#Texto + IA.


viernes, 11 de julio de 2014

El perro, el gato y el ómnibus: Antropología de un calendario de 1992

 
Un calendario de bolsillo de 1992, un artefacto de supervivencia cultural. Un rectángulo de cartulina plastificada de apenas unos centímetros que sobrevivió a su propia muerte anunciada a los 365 días. Observarlo mucho tiempo después implica hacer arqueología de lo cotidiano: desarmar las capas de sentido que conviven entre la ilustración del frente, los datos comerciales del dorso y el mapa temporal impreso en rojo y negro.

I. La fachada visual: La inocencia "Pop" y la estética del afecto
En la cara principal, una ilustración de trazos suaves y tonos pastel muestra a un perro de orejas caídas y un gato blanco acurrucados sobre un corazón rojo, acompañados por la palabra “Love”. El fondo es una cuadrícula azul atravesada por rayos o líneas en neón amarillo, verde y rosa.

•    El lenguaje gráfico de época: La combinación de la cuadrícula pastel con detalles cromáticos en neón es el residuo comercial del diseño mid-eighties y la influencia del Grupo Memphis, tamizado para el consumo masivo de principios de los noventa.
•    El "caballo de Troya" afectivo: ¿Por qué una empresa de transporte urbano y de larga distancia elegiría una imagen de mascotas acurrucadas? En la industria tipográfica de la época, las pequeñas y medianas empresas no encargaban diseños exclusivos para sus calendarios. Las imprentas ofrecían catálogos con motivos preimpresos universales (paisajes alpinos, niños, animales, autos o modelos) sobre los cuales luego se serigrafiaba el dorso comercial.
•    La función del afecto: La ternura del diseño no buscaba vender colectivos; buscaba garantizar la permanencia del objeto. Un rostro simpático o una imagen cándida lograban que el usuario no arrojara la tarjeta a la basura y le otorgara un lugar privilegiado en su billetera.

II. El reverso material: Arqueología urbana de Buenos Aires
Al dar vuelta la tarjeta, desaparece la fantasía ilustrada y emerge la funcionalidad cruda de la ciudad de Buenos Aires en 1992.
•    Teléfonos de seis dígitos: Los números 21-8138, 21-9136, 21-2200 y 21-2295 congelan un momento previo a la reestructuración telefónica nacional. Revelan una época en que la telefonía fija de ENTel acababa de ser privatizada (1990) y aún no se habían añadido los prefijos ni la conversión masiva a 8 dígitos.
•    El código postal primigenio: El número (1282) corresponde al sistema postal tradicional previo al Código Postal Argentino (CPA) de ocho caracteres alfanuméricos introducido a finales de los noventa.
•    El anclaje territorial: La dirección Brandsen 2053 sitúa la base operativa o administrativa de la empresa en el barrio porteño de Barracas, una zona históricamente ligada a depósitos, logística, talleres y terminales de transporte por su conectividad con el sur del Gran Buenos Aires y los accesos a la ciudad.

III. La estructura del tiempo: El año bisiesto de 1992
El bloque del almanaque, impreso a dos tintas (negro para días hábiles, rojo para domingos y encabezados), encierra una matemática social precisa:
•    Un año de 366 días: La presencia del 29 en el mes de febrero marca de inmediato la condición de año bisiesto.
•    Feriados y pausas de época: Los números rojos del almanaque señalan la estructura del descanso laboral y los feriados religiosos o patrios del período, antes de la era de los feriados puentes y la movilidad turística moderna.
•    El marco socioeconómico: 1992 fue el año de consolidación del plan de Convertibilidad en Argentina ("el uno a uno"), un momento de apertura económica, auge de importaciones y mayor movilidad de consumo. El turismo en ómnibus de larga distancia y los viajes contratados vivían un período de intensa demanda.

IV. El objeto en el bolsillo: De la utilidad al fetiche calendofílico
Antes de la digitalización de la agenda y la telefonía móvil, el calendario de bolsillo cumplía un rol multifuncional en la vida cotidiana:
1.    Herramienta de consulta rápida: Se guardaba en el folio transparente de la billetera o en el librete de cheques. Sacarlo permitía calcular fechas, semanas de cobro o turnos médicos.
2.    Agenda de contactos mínimos: Funcionaba como una tarjeta de presentación duradera. Si se necesitaba contratar un viaje o un charter desde Barracas, el número estaba a mano sin necesidad de acudir a la guía telefónica de papel (Páginas Amarillas).
3.    Objeto de consumo efímero (Ephemera): Su destino era el desgaste gradual por fricción en el bolsillo hasta ser reemplazado el 1 de enero del año siguiente.

La supervivencia intacta de esta pieza convierte lo que fue un canal publicitario utilitario en un documento antropológico: la huella de cómo una empresa de colectivos de Barracas se apoyó en un gato, un perro y una palabra en inglés para acompañar en el bolsillo a un habitante del Buenos Aires de 1992.


Mi versión + la de la IA.

miércoles, 9 de julio de 2014

La vasija opaca: Prisa, algoritmos y el misterio del encuentro imprevisto

 


«La conciencia es como un vaso: si no está limpio, ensuciará todo lo que se eche en él.» La frase le pertenece a Horacio. El verso exacto aparece en sus Epístolas (Libro I, Epístola 2, verso 54):
«Sincerum est nisi vas, quodcumque infundis acescit.»
(«Si el recipiente no está limpio, cualquier cosa que viertas en él se agria.»)


La idea de Horacio es implacable: no importa cuán puro o noble sea el líquido (los sentimientos, las intenciones, el afecto), si la mente o la disposición del individuo («el vaso») está contaminada por el prejuicio, el dolor no resuelto o las expectativas rígidas, todo lo que entre en ella terminará agriándose.
Horacio advirtió con precisión quirúrgica esta sentencia que presupone una condición fundamental para el encuentro con lo verdaderamente valioso: la limpieza de la conciencia, entendida no solo como rectitud moral, sino como transparencia, apertura y capacidad de acoger lo ajeno sin viciarlo con la propia desconfianza o el sesgo.
Hoy, sin embargo, nos enfrentamos a un fenómeno inédito. La prisa contemporánea y la arquitectura de la vida digital han modificado la naturaleza misma de nuestro «vaso». No solo nos cuesta mantenerlo limpio; lo hemos llenado de antemano con las toxinas del cálculo, la impaciencia y la predictibilidad.


El algoritmo como prótesis de la expectativa

Vivimos sumergidos en una economía de la atención sustained por sistemas de recomendación. Los algoritmos no están diseñados para confrontarnos con lo radicalmente distinto, sino para ofrecernos variaciones continuas de lo que ya nos gusta. Operan bajo una lógica de la otredad domesticada: el feed nos muestra perfiles, ideas y estilos de vida que confirman nuestras inercias.
Esta dinámica ha contaminado la forma en que concebimos las relaciones humanas. Al trasladar la lógica del consumo al terreno del vínculo, buscamos personas que encajen en parámetros previamente masticados: el rango de edad exacto, el filtro ideológico idóneo, los pasatiempos afines. La prisa moderna —esa exigencia de optimizar cada minuto— aborrece la fricción de lo desconocido. No hay tiempo para descifrar a un extraño; exigimos compatibilidad inmediata.


El imprevisto como amenaza

¿Qué ocurre cuando la vida rompe el cerco algorítmico y nos cruza con un vínculo imprevisto? Aparece la incomodidad. El encuentro verdadero con otra persona siempre es una experiencia de alteridad: el otro no es una extensión de nuestras preferencias, sino un misterio incalculable.
Cuando la conciencia carece de «limpieza» —cuando está viciada por la ansiedad de control, el miedo a la vulnerabilidad o la prisa por clasificar al interlocutor—, el misterio del otro se percibe como una amenaza. Si alguien no encaja de inmediato en nuestros moldes, asumimos que está equivocado, que es peligroso o que nos resta tiempo.
Siguiendo la imagen de Horacio, el líquido puro de la relación imprevista (la oportunidad de aprendizaje, el afecto desinteresado, la novedad) cae sobre un recipiente saturado de prejuicios y cautelas. El resultado es inevitable: la relación se agria antes de haber tenido la oportunidad de desplegarse. Acusamos al otro de ser incómodo, cuando en realidad ha sido nuestra incapacidad de acoger lo inesperado lo que ha corrompido el contacto.


Recuperar la limpieza del recipiente

Garantizar la posibilidad del imprevisto exige una disciplina del desaprendizaje. Limpiar la conciencia, en el contexto del siglo XXI, implica vaciar voluntariamente el vaso mediante tres acciones fundamentales:

1.    Suspendiendo la prisa: El tiempo del vínculo no es el tiempo del clic. Requiere pausa, escucha activa y la renuncia a la evaluación instantánea.
2.    Abrazando la opacidad del otro: Aceptar que el ser humano que tenemos enfrente jamás quedará resumido en sus etiquetas o en una primera impresión.
3.    Desactivando la defensiva: Reconocer que la incomodidad que nos genera lo distinto suele ser el reflejo de nuestras propias rigideces no resueltas.
La relación imprevista no es un accidente que deba corregirse, sino la prueba definitiva de que seguimos vivos en un mundo procesado. Solo una conciencia dispuesta a despejar sus propios ruidos puede recibir la novedad del otro sin agriarla, transformando la sorpresa del encuentro en una experiencia de auténtica libertad.


La vuelta de tuerca escéptica y extravagante

Ahora bien, para retorcer la tuerca de esta idea, podemos cruzar la sentencia de Horacio con una postura escéptica, extraña y casi extravagante: ¿qué pasa si el problema no es que el vaso esté sucio, sino que creemos que sabemos qué es la suciedad, o peor aún, si sospechamos que el «líquido» que viene de fuera no existe y es solo una ilusión de nuestra propia vasija?
Desde una óptica que linda con el escepticismo radical y lo bizarro, la relación con el otro toma tres matices inquietantes:

1.    El escepticismo de la «Vasija Fantasma» (Solipsismo extravagante): El escéptico radical sospecha de todo, incluso de la existencia de la otra persona. Bajo esta luz, nunca hubo un «otro imprevisto» vertiendo nada en tu vaso; todo lo que entra es solo un eco o un reflujo de tu propio recipiente. Creemos que nos enamoramos o nos sorprendemos de un desconocido, pero solo estamos reaccionando a los sedimentos que ya teníamos al fondo. La «relación imprevista» no es un encuentro con un extraño, sino un truco de magia mental donde el vaso inventa el sabor de la bebida para convencerse de que no está solo en la mesa.
2.    La extravagancia de la «Infección Deliberada»: ¿Y si la única forma de tener una experiencia auténtica en un mundo hipercalculado fuera, precisamente, ensuciar el vaso de forma estrafalaria? Los algoritmos nos piden un vaso esterilizado, predecible y transparente. La verdadera extravagancia escéptica consistiría en contaminar conscientemente la conciencia con ideas absurdas, lecturas inconexas o actitudes impredecibles solo para ver qué pasa cuando choca con otra persona. El encuentro imprevisto se convierte en un experimento químico bizarro: dos recipientes con venenos o brebajes extraños que, al mezclarse, no se agrian por defecto, sino que explosionan o mutan en una sustancia cómica o inclasificable.
3.    La paranoia de la pureza (El misterio tóxico): Un escéptico diría sobre Horacio: «Cuidado con quien exige un recipiente perfectamente limpio, porque a menudo confunde la pureza con la vacuidad». Alguien obsesionado con tener la conciencia libre de toda mancha o prejuicio se vuelve un ser incapaz de reaccionar. El vaso tan impoluto y esterilizado rechaza todo líquido que no sea agua destilada. Cuando llega una persona extraviada, rara o imprevista —llena de matices, rarezas y contradicciones—, la mente ultra-expurgada no la acoge; la percibe como un contaminante tóxico. El escepticismo nos advierte que la obsesión por la «limpieza moral o mental» es, en sí misma, la mayor de las manías.
En última instancia, el escepticismo epistemológico se pregunta si lo que percibimos es real o verdadero, dudando de los dogmas, de las apariencias y de la capacidad de la razón para llegar a certezas absolutas.
Ante Horacio, el escéptico duda de que el vaso pueda estar «limpio» alguna vez, o cuestiona si la «suciedad» no es más que una etiqueta arbitraria que le ponemos a las cosas porque no podemos conocer su verdadera naturaleza. Llevado al terreno de las relaciones inesperadas, para el escéptico el otro imprevisto es un enigma indescifrable: nunca sabrás si te ama, si te engaña o si es una proyección de tu propia mente. La relación imprevista, por lo tanto, no viene a resolver nada, sino a obligarnos a suspender nuestros juicios previos (epojé) y a aprender a habitar la incertidumbre permanente.



Hecho en colaboración con mi asistente virtual.

lunes, 7 de julio de 2014

El humor y el dolor


 “El buen humor siempre pone un velo ante el dolor.”
Wenceslao Fernández Flores.


Esa frase pertenece al escritor y periodista español Wenceslao Fernández Flórez (1885–1950) fue un destacado escritor y periodista español conocido por su estilo irónico y agudo.
Forma parte de una reflexión más amplia sobre la naturaleza de la risa y la tristeza que pronunció en su discurso de ingreso a la Real Academia Española (RAE) el 12 de mayo de 1945, titulado precisamente El humor en la literatura española.
El fragmento completo dice:

«El humorista es, en último término, un triste. Pone siempre un velo ante el dolor: miráis sus ojos y están húmedos, pero, mientras, sonríen sus labios. En el fondo, no hay nada más serio que el humor». 

¿Qué es el "buen humor"?

El buen humor puede entenderse en tres niveles complementarios:

•    Como estado de ánimo (afectivo): Una disposición anímica caracterizada por la serenidad, la predisposición a la alegría y la templanza. Es la capacidad de mantener un tono vital estable y amable sin dejarse arrastrar por las turbulencias cotidianas.
•    Como actitud vital o virtud (filosófico/existencial): Una forma de elegancia mental. Es la capacidad de tomar distancia crítica de uno mismo y de las dificultades, amortiguando la gravedad del sufrimiento mediante el distanciamiento jovial.
•    Como rasgo de la inteligencia (cognitivo): La destreza para percibir el lado absurdo, paradójico o inverosímil de las situaciones de la vida cotidiana.

La ironía y la calidez del buen humor suelen funcionar exactamente así: no borran la herida ni solucionan la causa, pero colocan un filtro sutil —un velo protector— que permite mirar la realidad de frente sin que encandile ni queme.
A veces ese velo es un refugio momentáneo para tomar aliento; otras, una elegancia púdica para amortiguar el impacto antes de seguir caminando.

Postura escéptica. Una mirada escéptica al humor como «velo protector» implica cuestionar si amortiguar el dolor no es, en el fondo, una forma de evadirlo o diluirlo. Desde esta postura, el velo no protege: cega, adormece o enmascara la realidad, impidiendo una confrontación honesta con la existencia.
El escepticismo frente al humor argumenta que la risa puede funcionar como un anestésico social o psicológico. Al suavizar la tragedia con la ironía, nos resignamos a ella en lugar de procesarla hasta sus últimas consecuencias o intentar transformarla.

Postura extrema. Émile Cioran: La lucidez no tolera paños fríos
El filósofo del pesimismo y la lucidez radical vería en el buen humor un mecanismo de defensa cobarde frente al abismo. Para Cioran, el dolor y la desesperación son las únicas vías de acceso a una verdad sin adornos. Interponer un velo —por más elegante o ingenioso que sea— es negarse a mirar la nada de frente:

«La esperanza es la forma normal de la falta de lucidez».
Un escéptico cioraniano diría que el humorista que sonríe mientras sus ojos están húmedos no está siendo valiente, sino incapaz de sostener la mirada fija en el vacío sin buscar el refugio de una mueca.


¿Qué decía Arthur Schopenhauer sobre el humor?

Para Schopenhauer, el humor no es una mera ligereza, sino un fenómeno profundamente intelectual basado en la teoría de la incongruencia. 

•    El choque entre concepto y realidad: Schopenhauer argumentaba en El mundo como voluntad y representación que la risa surge cuando se produce una disonancia repentina entre un concepto abstracto (lo que la razón piensa) y el objeto real/intuitivo (la realidad tal como se percibe). La risa es la victoria momentánea de la percepción concreta sobre la rigidez de los conceptos abstractos.
•    El humor frente a la ironía: Mientras que la ironía es «objetiva» (dice algo en serio disfrazándolo de broma para los demás), el humor es «subjetivo»: es la mirada del sujeto sobre sí mismo. El humorista percibe la miseria humana y el dolor de la existencia (la imposibilidad de colmar la Voluntad), pero en lugar de desesperar, sonríe ante la incongruencia de los afanes humanos. 
•    Una válvula de escape metafísica: Frente al sufrimiento inevitable del mundo, el humor funciona para Schopenhauer como un leve e ingenioso descanso intelectivo, una tregua donde la inteligencia se ríe de sus propias trampas conceptuales.

Schopnehauer y Cioran, ambos son pesimistas de primer orden, pero parten de premisas diferentes y, sobre todo, entienden la función del humor desde ángulos opuestos. La clave de su desacuerdo radica en para qué sirve la inteligencia frente al sufrimiento.

1. El pesimismo de Schopenhauer: El humor como tregua intelectivo-estética

Para Schopenhauer, el mundo está movido por la Voluntad: un impulso ciego, irracional e insaciable que nos condena a oscilar eternamente entre el dolor (cuando no obtenemos lo que deseamos) y el aburrimiento (cuando lo obtenemos).
Sin embargo, Schopenhauer cree que el ser humano tiene ventanas de liberación momentánea. Así como el arte y la contemplación estética nos desconectan por un instante del yugo del deseo, el humor funciona como un atajo intelectual:

•    La risa revela una falla del sistema: Al detectar la incongruencia entre una noción abstracta y la realidad concreta, la razón tropieza. Ese tropiezo produce risa y suspende, aunque sea por segundos, la gravedad trágica de la Voluntad.
•    Sonreír de nuestra propia miseria: Para Schopenhauer, el humorista no ignora la tragedia; la comprende tan bien que se sitúa por encima de ella mediante el intelecto. Es un consuelo contemplativo, no una negación.
2. El pesimismo de Cioran: La lucidez no tolera calmantes

Cioran, heredero del pesimismo schopenhaueriano pero sin su sistema metafísico ni su fe en el consuelo estético, rechaza cualquier mecanismo que pretenda atenuar el vacío.
Para Cioran, la existencia no tiene sentido y la única postura honesta es la lucidez radical (sostener la mirada ante el abismo sin parpadear ni buscar refugios):

•    El humor como anestesia: Si Schopenhauer ve el humor como un "descanso", Cioran lo ve como una cobardía o una trampa de la esperanza. Sonreír ante el dolor implica ponerle una etiqueta, digerirlo y hacerlo tolerable.
•    La falta de compromiso con la desesperación: Para el filósofo rumano, reconciliarse con la vida mediante una sonrisa ingeniosa es traicionar la pureza del sufrimiento. El dolor no necesita "velos" ni "treguas"; exige ser experimentado en toda su crudeza absurda.


¿Qué diría Henri Bergson?

Henri Bergson, en su célebre libro La risa (1900), aborda lo cómico desde una perspectiva radicalmente distinta: no como un consuelo metafísico, sino como un mecanismo social y vital. 

•    «Lo mecánico superpuesto a lo vivo»: Es la tesis central de Bergson. La vida es fluidez, elasticidad, adaptación constante y gracia. Nos reímos cuando una persona o situación pierde esa agilidad vital y se comporta como una máquina o un objeto inerte (por ejemplo, el tropiezo por distracción, la torpeza, la manía o la rigidez de carácter). 
•    Anestesia del corazón: Bergson sostiene que el humor exige una «insensibilidad momentánea del corazón». Para reírse de algo o alguien, la empatía y las emociones deben quedar en pausa; el humor apelaría a la inteligencia pura y desapegada. 
•    La risa como castigo o correctivo social: Para Bergson, la risa no es un velo íntimo contra el dolor, sino una función social. La sociedad utiliza la risa como un "correctivo" suave para castigar la rigidez, la falta de adaptabilidad o la torpeza de los individuos, obligándolos a reincorporarse al flujo flexible del colectivo

Si para Bergson la risa exige congelar el corazón para corregir la conducta social, y para Cioran cualquier mueca de alivio es una cobardía que adormece la lucidez, la intuición de Fernández Flórez se ubica en un lugar mucho más humano y cotidiano: el del refugio indispensable.
El humorista no ignora la gravedad del mundo ni pretende resolverla mediante fórmulas abstractas. Tampoco cae en la trampa del optimismo ingenuo. Sabe, como Schopenhauer, que la existencia cruje bajo el peso de su propia incongruencia. Pero en lugar de dejarse aplastar por esa certeza, elige la elegancia del distanciamiento.
El humor no destruye la tragedia; la envuelve. Permite sostener la mirada sin terminar ciego por el resplandor de la herida. Por eso, al final de este contraste entre la anestesia, el diagnóstico social y la desesperación sin tregua, la paradoja vuelve a su punto de origen con toda su fuerza:
«El humorista es, en último término, un triste. Pone siempre un velo ante el dolor: miráis sus ojos y están húmedos, pero, mientras, sonríen sus labios. En el fondo, no hay nada más serio que el humor».


#CoCreadoConIA

sábado, 5 de julio de 2014

La vida es un gran conjunto de pequeñas cosas


 “La vida es un gran haz de pequeñas cosas.”
Oliver Wendell Holmes Sr.

La frase pertenece a The Professor at the Breakfast-Table, publicada en 1860. Holmes no se limita a afirmar que la vida está hecha de pequeñas cosas: introduce una imagen precisa y algo doméstica, un bundle, un haz, un manojo de elementos reunidos sin jerarquía aparente. Haz es una traducción posible y bastante elegante, pero en español corriente podría traducirse como «La vida es un gran conjunto de pequeñas cosas.»  El pasaje, además, contiene un pequeño juego irónico. El narrador dice “Life is a great bundle of little things”, y uno de los interlocutores invierte la fórmula: “Life is a great bundle of great things.” La gracia está exactamente ahí, en esa oposición entre las grandes cosas que imaginamos que constituyen una vida y las pequeñas que efectivamente la componen.

Conviene recordar, de paso, que se trata de Oliver Wendell Holmes Sr., el médico y escritor estadounidense, y no de su hijo, el célebre jurista.

Hay algo casi antiespectacular en la frase. Cuando hablamos de una vida solemos hacerlo retrospectivamente. Seleccionamos acontecimientos y los convertimos en hitos: un nacimiento, una muerte, un matrimonio, un viaje, una guerra, un libro publicado, una enfermedad, una mudanza. La biografía necesita seleccionar. La vida no. La vida cotidiana no transcurre mediante acontecimientos perfectamente delimitados. Transcurre mientras esperamos el colectivo, hacemos una compra, caminamos unas cuadras, conversamos con alguien, leemos unas páginas, cocinamos, limpiamos, nos aburrimos, recordamos algo, olvidamos otra cosa, miramos por la ventana o volvemos a una calle que ya conocemos. La mayor parte de una existencia no parece estar hecha de acontecimientos. Está hecha de intervalos. Y quizá ahí resida la fuerza de la frase de Holmes: una vida no sería la suma de sus grandes momentos, sino el enorme conjunto de pequeñas experiencias que casi nunca consideramos dignas de ser registradas.

Aparece aquí una conexión posible con el escepticismo, aunque no haga falta convertir a Holmes en filósofo. El escepticismo, en un sentido amplio, introduce una desconfianza hacia las afirmaciones demasiado seguras, no solo hacia las grandes teorías, sino también hacia nuestras propias interpretaciones. Y una de las más persistentes consiste en imaginar que sabemos qué acontecimientos son verdaderamente importantes. Decimos “esto cambió mi vida”, “ese fue el momento decisivo”, “a partir de entonces todo fue diferente”. Pero ¿cómo sabemos que fue así? Es posible que estemos reconstruyendo retrospectivamente una continuidad que, en el momento de vivirla, no existía. El escéptico puede introducir una pequeña incomodidad: quizá exageramos la importancia de los acontecimientos extraordinarios porque son más fáciles de recordar, de narrar y de convertir en explicación. Una conversación de diez minutos puede tener consecuencias durante veinte años. Una decisión aparentemente insignificante puede modificar una trayectoria entera. Una persona encontrada casualmente en una calle puede terminar siendo fundamental. Un libro leído casi por accidente puede alterar una manera de pensar. Y, a la inversa, aquello que en determinado momento parecía trascendental puede desaparecer después sin dejar casi ninguna huella. La vida, vista desde esta perspectiva, tiene algo de imprevisible y poco narrativo. No se comporta como una novela bien construida.

Una conexión particularmente fértil se encuentra en Montaigne. Él convirtió una enorme cantidad de asuntos aparentemente secundarios en materia de pensamiento. No necesitó esperar acontecimientos históricos extraordinarios para escribir sobre la existencia humana. Podía detenerse en una costumbre, una comida, una enfermedad, una conversación, una anécdota, un recuerdo, una particularidad de su cuerpo, una observación sobre los animales o una experiencia cotidiana. Esto modifica la jerarquía tradicional de los temas. Lo cotidiano deja de ser simplemente aquello que ocurre entre los acontecimientos importantes y se convierte en materia de conocimiento. Montaigne parece decir que si queremos saber qué es un hombre no necesitamos observarlo únicamente cuando realiza algo excepcional. También debemos observarlo cuando está sentado, cuando come, cuando duerme, cuando tiene miedo, cuando cambia de opinión, cuando se contradice, cuando se aburre. La existencia ordinaria deja de ser el fondo de la vida. Es la vida.

En este punto aparece Ortega y Gasset. La proximidad con Holmes no debería formularse como si ambos defendieran exactamente la misma teoría. No lo hacen. Pero existe una conexión especialmente interesante alrededor de la palabra “circunstancia”. Ortega escribió aquella fórmula conocida: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.” La circunstancia no es simplemente el escenario en el que una persona existe. Forma parte de aquello que esa persona es. Aquí la frase de Holmes puede adquirir una dimensión distinta. Las pequeñas cosas no son únicamente pequeños acontecimientos externos. Son también las circunstancias concretas mediante las cuales una vida se realiza: una determinada casa, una determinada calle, determinadas personas, determinados objetos, determinados hábitos, determinados horarios, determinados lugares, determinados recuerdos. La vida abstracta no existe. Existe esta vida. Esta persona. Este cuerpo. Esta habitación. Esta calle. Esta conversación. Este día. En ese sentido, el bundle de Holmes puede leerse, sin forzar demasiado la comparación, como un conjunto de circunstancias que terminan formando aquello que retrospectivamente llamamos una vida.

La cultura suele premiar lo extraordinario. Las biografías se escriben alrededor de grandes acontecimientos. Las noticias seleccionan lo excepcional. Las redes favorecen aquello que puede exhibirse. Incluso cuando contamos nuestra propia vida solemos seleccionar lo que parece digno de ser contado. Pero existe una paradoja: lo excepcional ocupa muy poco tiempo. Una persona puede pasar veinte años preparando un acontecimiento que dura algunas horas. Puede tardar diez años en escribir un libro que luego será leído en algunos días. Puede entrenar durante meses para una competición que dura minutos. Puede trabajar décadas para llegar a una jubilación que ocupa un fragmento breve de su existencia. El acontecimiento es visible. El proceso es silencioso. Y, sin embargo, el proceso ocupa casi toda la vida. La frase de Holmes obliga a invertir la perspectiva. Lo pequeño deja de ser aquello que sucede entre las cosas importantes. Lo pequeño es aquello que sostiene las cosas importantes.

Una formulación cercana aparece atribuida a Charles Dickens: “Las cosas pequeñas hacen la suma de la vida.” La idea es prácticamente complementaria. Si Holmes imagina la vida como un gran haz de pequeñas cosas, Dickens observa que esas cosas terminan formando la suma total de una existencia. Pero conviene detenerse. Una suma no necesita estar compuesta de elementos extraordinarios. Puede estar formada por miles de operaciones insignificantes. Un día no parece importante. Tampoco el siguiente. Ni el siguiente. Pero miles de días terminan constituyendo una vida. Lo mismo ocurre con los hábitos, las conversaciones, los recorridos, las lecturas, los encuentros y hasta los pequeños errores. La insignificancia individual no impide la importancia acumulativa.

Otra formulación difundida pertenece a Frank A. Clark: “Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas.” Aquí la oposición se vuelve más clara: hacer algo grande frente a vivir. Y quizá ambas cosas no sean equivalentes. Una persona puede realizar algo extraordinario y, sin embargo, pasar la mayor parte de su existencia realizando cosas completamente ordinarias. El escritor que publica una gran novela pasa mucho más tiempo corrigiendo frases, caminando, comiendo, durmiendo y haciendo trámites que escribiendo la frase por la que será recordado. El científico que realiza un descubrimiento pasa años haciendo experimentos que no conducen a nada. El político que protagoniza un acontecimiento histórico atraviesa también miles de momentos absolutamente banales. La historia conserva el acontecimiento. La vida conserva el resto.

Aquí puede aparecer otra tradición más antigua: Séneca. En De brevitate vitae insiste en que el problema no consiste simplemente en que la vida sea corta, sino en que desperdiciamos una parte enorme de ella. Pero hay una diferencia interesante. Para Séneca, el tiempo cotidiano puede ser objeto de administración moral. Para Holmes, las pequeñas cosas pueden ser simplemente aquello de lo que está hecha la existencia. Una lectura contemporánea podría unir ambas perspectivas: si la vida está hecha de pequeñas cosas, entonces nuestra relación con ellas importa enormemente. No porque cada pequeña cosa tenga que convertirse en una experiencia trascendental, sino precisamente porque no podemos escapar de ellas. No vivimos solamente los acontecimientos que recordaremos. Vivimos también todos aquellos que olvidaremos.

Otra conexión literaria posible aparece con Borges. Tuvo una conciencia aguda de la relación entre memoria, identidad y tiempo. En muchos de sus textos asoma la sospecha de que aquello que creemos ser depende de una selección arbitraria de recuerdos. Una vida contada retrospectivamente es siempre una construcción. Elegimos algunos acontecimientos y descartamos otros. Pero aquello que descartamos no necesariamente fue menos vivido. Esta diferencia entre vivir y poder contar lo vivido resulta fundamental. La biografía necesita una trama. La existencia no. Quizá por eso una vida real siempre desborda cualquier relato que hagamos sobre ella.

Hay incluso una dimensión casi política en esta reivindicación de lo pequeño. Una sociedad obsesionada con la productividad, el éxito, la visibilidad y la excepcionalidad tiende a valorar aquello que puede medirse o exhibirse: el resultado, el ascenso, el premio, el récord, la cantidad, la influencia, el reconocimiento. Pero existe una enorme zona de la existencia que no produce nada espectacular y que, sin embargo, constituye prácticamente toda nuestra experiencia. Caminar sin propósito. Leer un libro sin convertirlo en contenido. Conversar sin publicar la conversación. Observar una fachada. Recorrer nuevamente una calle. Guardar un objeto porque nos recuerda algo. Hacer una fotografía que nadie verá. Pensar durante horas algo que nunca se transformará en una conclusión. Incluso aburrirse. Todas esas actividades parecen insignificantes desde una perspectiva productivista. Pero desde la perspectiva de Holmes constituyen precisamente el material del que está hecha una vida.

Hay aquí también una paradoja de la memoria. Recordamos especialmente aquello que rompe la continuidad: el accidente, el viaje, la muerte, la celebración, el fracaso, el descubrimiento, el encuentro inesperado. Precisamente porque esos acontecimientos rompen la monotonía son más fáciles de recordar. Lo cotidiano, en cambio, desaparece. Y quizá por eso tendemos a sobreestimar lo extraordinario. No necesariamente porque haya sido más importante, sino porque es más memorable. Una vida reconstruida únicamente a partir de la memoria sería entonces una vida deformada: una especie de fotografía compuesta solamente por las excepciones. Holmes introduce una corrección sencilla: no confundamos lo memorable con lo importante.

Podemos llevar todavía más lejos la frase. ¿Qué sería una “pequeña cosa”? Puede ser una acción, un objeto, un pensamiento, una conversación, una costumbre, un lugar, una persona, un olor, una caminata, una página leída, una espera, un gesto, un recuerdo, incluso una equivocación. No existe una unidad objetiva de la vida. Lo que para una persona es insignificante puede ser decisivo para otra. Una fotografía vieja puede no valer nada económicamente y ser prácticamente irremplazable para quien la conserva. Una calle cualquiera puede ser una calle cualquiera para millones de personas y contener toda la infancia de una sola. Un libro mediocre puede convertirse en un libro fundamental simplemente porque fue leído en el momento adecuado. La importancia no está necesariamente en la cosa. Está también en la relación que establecemos con ella. Y eso vuelve todavía más difícil definir qué constituye una vida.

Aquí conviene introducir una cuarta conexión, particularmente afinada con el tipo de reflexión que venimos haciendo: Georges Perec. Su proyecto literario de observar lo infraordinario —aquello que sucede todos los días y precisamente por eso dejamos de mirar— funciona casi como una continuación literaria perfecta de Holmes. Perec permite llevar la frase desde la filosofía hacia una especie de arqueología de lo cotidiano: mirar una plaza, una calle, una mesa, un objeto, un trayecto repetido y preguntarse qué hay allí que normalmente no vemos. El escepticismo funciona entonces no como una doctrina, sino como una actitud de desconfianza hacia nuestras propias jerarquías de importancia. Holmes → Montaigne → Ortega → Perec: un recorrido que va desde la intuición de que la vida está hecha de lo pequeño hasta la decisión deliberada de detenerse a observar lo que habitualmente pasa desapercibido.

Tal vez la frase de Holmes pueda leerse finalmente como una advertencia contra nuestra necesidad de encontrar grandes explicaciones. Queremos que nuestra vida tenga argumento. Queremos saber cuál fue el momento decisivo, cuál fue el acontecimiento que nos convirtió en quienes somos, cuál fue el motivo, cuál fue la causa. Pero quizá la respuesta sea mucho menos satisfactoria. Quizá no hubo un acontecimiento. Quizá hubo miles. Quizá ninguno fue suficiente. Quizá una persona termina siendo quien es por una acumulación imposible de reconstruir de pequeñas decisiones, accidentes, encuentros, hábitos, pérdidas, lecturas, lugares y casualidades. Un gran haz. Un manojo desordenado. Una acumulación. Una suma. Una circunstancia. Una sucesión de cosas pequeñas que, vistas por separado, parecen no explicar nada y que, juntas, constituyen aquello que llamamos una vida.

Y aquí la frase de Holmes adquiere una fuerza inesperada. No dice que las pequeñas cosas sean importantes porque algún día conducirán a algo grande. Dice algo más radical: las pequeñas cosas son importantes porque son la mayor parte de lo que tenemos. La vida no ocurre solamente cuando sucede algo. La vida ocurre también cuando aparentemente no sucede nada. Quizá, después de todo, “nada” sea una palabra demasiado grande para describir todas esas pequeñas cosas.

 

Generado con ayuda IA y verificado por humano para garantizar su exactitud.

jueves, 3 de julio de 2014

Las llagas de la conciencia no se cicatrizan


Hay frases que circulan con la autoridad prestada de un nombre antiguo, y esta es una de ellas. «Las llagas de la conciencia no se cicatrizan» se atribuye, con esa liviandad que tienen las atribuciones cuando nadie las revisa, al mimógrafo romano Publio Siro. Antes de discutir si la cita es genuina —y adelanto que no hay manera seria de sostenerlo— vale la pena quedarse un momento en lo que la frase dice, porque ahí está el verdadero problema.


Lo que la imagen pone en juego

La conciencia, en esta lectura, no es una facultad neutra: es el lugar donde se registra el daño moral, la instancia que sabe lo que hizo el resto de la persona. Las llagas son ese daño hecho herida, algo que duele desde adentro y no desde afuera. Y la falta de cicatrización es la apuesta fuerte de la frase: que ciertas heridas no cierran solas, que el paso del tiempo —al que tanto se le atribuye virtud curativa— no alcanza.
Conviene no leer esto como una condena universal a la culpa eterna. Es más preciso, y más interesante, distinguir los términos:

•    Culpa: el hecho de haber hecho algo malo.
•    Remordimiento: el hecho de seguir sufriendo por haberlo hecho.
•    Conciencia: la capacidad de reconocer ese daño y de juzgarlo.
•    Cicatrización: la posibilidad, siempre incierta, de que el tiempo, el arrepentimiento o alguna forma de reparación transformen ese dolor en otra cosa.
Leída así, la frase funciona menos como sentencia moral y más como advertencia epistemológica: cuidado con la idea, tan cómoda, de que el tiempo cura cualquier cosa por el solo hecho de transcurrir. Y detrás asoma una pregunta que interesa más que la máxima misma: ¿qué le pasa a alguien que logra vivir con normalidad mientras carga una herida que su conciencia se niega a cerrar?


Un autor que no respalda lo que se le adjudica

Publio Siro (o Pubilio Sirio) fue un escritor de origen sirio, activo en Roma en el siglo I a. C., conocido por sus mimos —piezas teatrales breves, entre cómicas y moralizantes— y, sobre todo, por una colección de sentencias que le sobrevivió: máximas cortas sobre la conducta, la fortuna, la ambición, el poder. Pero esa tradición textual llegó fragmentada, filtrada por siglos de copias, traducciones y recopilaciones, y eso vuelve extremadamente fácil que una frase termine pegada a su nombre sin haber salido nunca de su pluma.
Buscar el respaldo de «las llagas de la conciencia no se cicatrizan» en ese corpus no da resultado. No aparece el texto latino, no hay edición antigua de las Sententiae que la contenga, no hay traducción identificable ni referencia filológica que explique el pasaje del original a esta versión en español. Eso no prueba que la frase sea falsa —ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia—, pero sí obliga a tratarla como lo que es: una atribución sin verificar, quizás una paráfrasis moderna que terminó adhiriéndose a Publio Siro por puro parecido de estilo, esa cadencia sentenciosa que se le reconoce.



Donde la imagen sí tiene domicilio: Montaigne

Si la autoría romana es dudosa, la idea encuentra un lugar mucho más firme —y mucho más elaborado— en Montaigne. En el capítulo «De la conciencia» de los Ensayos, el remordimiento aparece descrito como una úlcera en las carnes, algo que se rasca y se ensangrienta a sí mismo sin que nadie intervenga desde afuera. La traducción varía según la edición, pero la imagen del francés original —ulcère dans les chairs— es exactamente la misma que propone la frase atribuida a Publio Siro: el remordimiento no como recuerdo pasivo, sino como herida activa, que sigue produciendo dolor en tiempo presente.
Ahora bien, ahí donde la máxima atribuida a Publio Siro es tajante —la conciencia tiene llagas, las llagas no cicatrizan—, Montaigne complica el cuadro. Sostiene que la razón puede aliviar muchas tristezas, pero no necesariamente las que nacen del remordimiento, precisamente porque ese dolor no viene de afuera: nace adentro de la misma persona que lo padece. La diferencia es sutil pero decisiva: no se trata solo de que la conciencia recuerde el daño, sino de que puede convertirse en el sitio donde el daño sigue ocurriendo, en presente continuo.
Y sin embargo Montaigne tampoco se queda en el fatalismo. En otros pasajes distingue el remordimiento de la posibilidad de corregir una conducta, y llega a afirmar que una buena conciencia puede producir satisfacción y tranquilidad. La herida, entonces, no es un destino fijo: puede seguir abierta, pero también puede convertirse en el terreno de una reparación. Publio Siro —si la cita fuera suya, cosa que no puede darse por cierta— formularía la persistencia de la herida como un hecho. Montaigne, en cambio, examina el mecanismo: cómo se produce esa herida, de qué se alimenta, y bajo qué condiciones puede transformarse en otra cosa.


El tribunal que no necesita testigos

Hay una escena de Montaigne que profundiza todavía más la idea, y que vale la pena rescatar porque es la que mejor cierra el argumento. Durante las guerras civiles, se cruza con un hombre del bando contrario que intenta disimularlo. El hombre está tan aterrorizado que Montaigne entiende que ese miedo no viene de ninguna amenaza externa concreta, sino de su propia conciencia. De ahí concluye que la conciencia «nos hace traicionar, acusar y combatir a nosotros mismos», y que cuando no hay testigo externo, ella misma se convierte en testigo contra uno.
Esa es, quizás, la vuelta de tuerca más incómoda de todo el recorrido: la herida no necesita un juez que la señale para seguir abierta. El castigo puede continuar aunque nadie acuse, nadie pregunte y nadie recuerde. La conciencia no es solamente la emoción de sentirse culpable: es una especie de tribunal interior que sesiona sin público y sin fecha de cierre.


Una relectura posible

Puesto todo junto —la máxima de dudosa autoría, la úlcera de Montaigne, el tribunal sin testigos—, la frase que le da título al libro Flores para Simón Latzel gana un espesor que la sola cita, aislada, no tenía. Las flores pueden leerse como homenaje, como memoria, incluso como intento de reparación. Pero la advertencia que arrastra la frase —venga de donde venga— es que un homenaje no cierra necesariamente una herida. La conciencia puede seguir litigando consigo misma mucho después de que el resto del mundo dio el asunto por resuelto.


Texto producido con apoyo de modelos de lenguaje avanzados y revisado manualmente.

martes, 1 de julio de 2014

La prudencia es solo el miedo que anda de puntillas

 


Hay frases que sobreviven precisamente porque nadie se pone de acuerdo sobre quién las dijo primero. Ésta es una de ellas: "la prudencia es solo el miedo que anda de puntillas". La encontré en un recorte viejo, sin fecha, sin firma clara, y al tirar del hilo me topé con la disputa de siempre: unos sostienen que la versión "correcta" habla de discreción, no de prudencia, y que lo que yo tenía entre manos era una adaptación posterior; otros defienden lo contrario, que la frase sobre la prudencia es la original y la de la discreción, el desvío.



El origen que más se repite apunta a Miguel Zamacoïs, escritor franco-español de la Belle Époque, cuyo aforismo original —en francés— decía: «La prudence, c'est la peur marchant sur la pointe des pieds». La prudencia, no la discreción. Lo curioso es que exista una segunda versión, también atribuida a él o a alguna adaptación suya, que reemplaza "prudencia" por "discreción": «La discreción no es sino el miedo que anda de puntillas». Y esa sola palabra cambia el objeto de la crítica. La prudencia es la virtud general de actuar con juicio, de calcular consecuencias antes de moverse. La discreción es más acotada: el tacto, la reserva, la moderación al hablar o al obrar. Una frase apunta contra el cálculo; la otra, contra el silencio. Ambas, sin embargo, laten con la misma sospecha: que ese comportamiento que celebramos como sensatez puede ser, en el fondo, miedo con buenos modales.
Que Zamacoïs haya quedado en un segundo plano —al punto de que sus aforismos terminen atribuidos a nombres más resonantes como Alejandro Dumas— no debería sorprender. Es lo que suele pasarles a los ingenios de la prensa y el teatro: brillan en su momento y después se disuelven en el anonimato de lo "popular", mientras la frase sigue circulando, ahora huérfana. Vale la pena señalar, además, que esta sentencia no nace del romanticismo folletinesco del siglo XIX, como podría suponerse por su tono aforístico, sino del espíritu satírico y filoso de la prensa parisina del siglo XX. Es una frase de bisturí, no de balcón.


Lo que la frase realmente dice

Despojada de la discusión filológica, la imagen funciona en varios registros a la vez. Primero, como un ejercicio de apariencia contra realidad: lo que llamamos cautela o buen juicio muchas veces es la máscara prolija de una inseguridad más profunda, el miedo a las consecuencias disfrazado de virtud. Segundo, como descripción física del temor: caminar de puntillas es avanzar sin hacer ruido, sin llamar la atención, exactamente como el miedo intenta pasar inadvertido incluso mientras actúa. Y tercero, como una crítica a la parálisis: la frase invita a preguntarse cuántas veces nos escudamos en la "sensatez" únicamente para no exponernos al riesgo o al fracaso.


La prudencia como enemiga de la serendipia

Ahí es donde la frase deja de ser un simple juego de ingenio y se vuelve una herramienta de análisis. Porque si la prudencia excesiva es, en el fondo, miedo que camina con sigilo, entonces tiene un enemigo natural y muy concreto: la serendipia. Entiendo la serendipia como esa clase de hallazgo valioso que ocurre de manera inesperada, cuando en realidad se estaba buscando otra cosa —o no se estaba buscando nada en particular—. Para que ocurra hace falta una dosis mínima de apertura al azar, un desvío del camino trazado, cierta exposición voluntaria a lo desconocido. Es decir: todo lo que la prudencia, por definición, busca evitar.
La relación entre ambos conceptos se puede desarmar en tres niveles.
El primero es que andar de puntillas bloquea la fricción con lo imprevisto. La serendipia necesita tropezar con algo que no estaba en el plan, y quien anda de puntillas hace exactamente lo contrario: evita el ruido, evita pisar fuera del sendero conocido, calcula cada paso para no llevarse sobresaltos. Al eliminar el riesgo y la variabilidad de su recorrido, la prudencia reduce a cero —o cerca de cero— la probabilidad de un hallazgo fortuito. El prudente busca control; la serendipia, en cambio, necesita del accidente para existir.
El segundo nivel es el del miedo como filtro paralizante. Si aceptamos que la prudencia no es más que miedo racionalizado, ese miedo termina funcionando como una anteojera: quien se mueve empujado por el temor concentra toda su atención en la amenaza, o en la meta estricta que lo mantiene a salvo, y se vuelve ciego a las anomalías de los márgenes. Y son precisamente esos márgenes —los datos fuera de lugar, las conversaciones que no estaban en agenda, las lecturas tomadas al azar— el hábitat natural de la serendipia.
El tercer nivel es el más incómodo: la serendipia exige una cierta "imprudencia fértil". Los grandes descubrimientos serendípicos de la historia suelen tener detrás a alguien que no fue del todo prudente según los estándares de su época. Dejar una caja de cultivo mal cerrada, como Fleming con la penicilina. Desviarse de la ruta planeada para meterse en una calle sin salida. Comprar un libro usado de un tema del que no se sabe absolutamente nada, por pura curiosidad. Mientras el miedo que anda de puntillas mantiene a la persona protegida en el terreno de lo ya conocido, la serendipia exige la valentía de hacer suficiente ruido como para que el mundo, sorprendido, responda con algo inesperado.



El cruce con Bierce

Hay un cruce particularmente revelador —y bastante irónico— cuando se pone la frase de Zamacoïs a contraluz de Ambrose Bierce, uno de los escépticos más implacables de la literatura. En su Diccionario del Diablo (1911), Bierce define la prudencia con una mordacidad que encastra casi milimétricamente con la intuición de Zamacoïs: la describe como una deficiencia de audacia, disimulada bajo un manto de sabiduría.

Los dos autores operan como cirujanos del mismo cuerpo conceptual: le quitan a la prudencia su vestidura de virtud cardinal para mostrar qué hay debajo. Pero lo interesante es que sus bisturíes cortan en direcciones complementarias. Zamacoïs retrata la emoción interna: describe el estado físico y psicológico del prudente, ese temor que no quiere hacer ruido y se desplaza en sigilo para pasar desapercibido y esquivar las consecuencias de vivir. Bierce, en cambio, retrata el disfraz social: expone el truco de magia intelectual por el cual lo que llamamos "sabiduría", "experiencia" o "madurez" no es, muchas veces, más que la falta de agallas maquillada con vocabulario noble.

Si se ensamblan ambas lecturas en un solo pensamiento, la prudencia queda desnuda en dos tiempos: el motivo es el miedo —lo que dice Zamacoïs—, y el resultado es el camuflaje —lo que dice Bierce—. Para el escéptico radical, la persona que presume de "meditar bien sus pasos" está, en el fondo, usando la inteligencia para racionalizar su propia cobardía. La prudencia deja de ser la guía del hombre sabio y pasa a ser, apenas, la estrategia de etiqueta que tiene el miedo para no parecer vergonzoso.


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