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viernes, 19 de julio de 2019

Habermas.

En algún momento me dieron para estudiar algunas que otras páginas de Habermas. Pocas, si mal no recuerdo, un profesor o dos, no más. Pero siempre me quedó eso picando… algo que parecía interesante tan poco desarrollado. Tampoco puse de mi parte para ahondar en el pensador. Por alguna razón decidí refrescar algunos contenidos mínimos referidos al trabajo de Jürgen Habermas. Y para esto me hice con dos libros, que bien podrían encasillarse en libros de divulgación. Como para tener un acercamiento, mínimo a tan abultada obra.

El primero de estos libros, fue:


Ficha Técnica:
Título: Habermas. Una Introducción.
Autor: Marcelo G. Burello.
Editorial: QUADRATA
Colección: Pensamientos Locales.
Año de edición: 2013
Encuadernación: Tapa blanda.

Autor:
Marcelo G. Burello. Ensayista, crítico. Doctor en Letras en la Universidad de Buenos Aires, Graduado en Realización Cinematográfica (INCAA), con apoyo del Servicio de Intercambio Académico Alemán (DAAD). Es investigador y profesor de grado y de posgrado en las Facultades de Filosofía y Letras y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, con énfasis en el pensamiento alemán. Ha dictado cursos y conferencias sobre estética y literatura en Argentina, Brasil y España. Como editor y traductor, ha compilado volúmenes de Richard Wagner, Franz Rosenzweig, Karl Kraus, Walter Benjamin y Slavoj Zizek. Es autor de Panorama de la Literatura Alemana Contemporánea (2009), Autonomía del arte y autonomía estética. Una genealogía (2012), y Gilgamesh, o del origen del arte (2013).

Reseña:“Nuestro pensador da por sentado que la probada autonomía del hombre (Kant) se realiza en la historia (Hegel), pero no necesariamente: puede recaer en la alienación (Marx), y por ende es necesario recomponer la racionalidad social, no sólo para verificar un a priori filosófico –lo que sería de poca monta– sino sobre todo para ratificar que las sociedades pueden alcanzar la autodeterminación y por ende pueden orientarse a ser más justas. Sobre esta tarea, que a ojos de Habermas es la razón de ser por antonomasia del intelectual actual, ciertamente no existen recetas ni fórmulas, y ni siquiera grandes consensos. Pero es la causa que nos reclama en estos tiempos de relativismo.”          Marcelo G. Burello.


Este libro, el primero de los dos, con el que arranqué la lectura, es pequeño, con letra muy pequeña, y un poco pesado de leer, no por ello menos interesante. Está divido en tres grandes capítulos, y no veía la hora de llegar rápido al tercero, que se enfoca en la acción comunicativa, claramente el más importante. No obstante los dos primeros resultan interesante, por el desarrollo de todo el contexto en que se desenvolvió Habermas, y va tirando puntas de algunas de sus obras, a medida que describe el camino transitado, para llegar a su teoría. Algunos datos (autores, escuelas, conceptos) pueden presentar mínima dificultad, pero tampoco creo que un despistado caiga a leer un libro como este, sino más bien, creo que quien lo busca para leer, es porque posee una base mínima, por ejemplo en autores o corrientes de pensamiento. Esta edición se complementa con un listado de la bibliografía para estudiosos del autor. Y este libro, al final, trae como seis hojas en blanco, como excedente, que no se si fue adrede o para tomar anotaciones.

Rescato un fragmento con el que el autor pinta a Jürgen Habermas
“De hecho, cada vez se lo cita menos. Para los cultores de la Escuela de Frankfurt, es más un oucats que un outsider, para la izquierda militante dejó de “ser útil” en los años 90 (más o menos para la época que la izquierda dura dejó de ser útil para el mundo); para la lingüística y la sociología vernáculas, nunca terminó de ser un verdadero especialista; y para nuestra filosofía en general se diversificó tanto que finalmente terminó siendo casi un gran hombre vacío. Para el periodismo y las polémicas, se dice, le faltaba suelo cotidiano; para la teoría le sobraba. Y es que ser un hombre razonable, no tiene buena prensa en una escena en la que la pirotecnia verbal y las provocaciones tienden a ganar la primera plana. Y peor aún es ser un “humanista” en tiempos de antihumanismo obligatorio.”
Habermas. Una Introducción. Autor: Marcelo G. Burello. Pág. 13



El segundo de estos libros, fue:


Ficha Técnica:
Título: Jürgen Habermas. La apuesta por la democracia.
Autor: Maria José Guerra Palmero.
Edición: 2016Editorial: EMSE EDAPP S.L.Colección: Descubrir la Filosofía.
Páginas: 143 p.
Ilustración de portada: Nacho García.
Tamaño: 16 x 23 cm.

Autora:
María José Guerra Palmero (San Cristóbal de La Laguna, 1962) es una filósofa, escritora y teórica feminista española. Es Doctora en Filosofía y Catedrática del área de Filosofía Moral de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Laguna. Desde 2017 es presidenta de la Red Española de Filosofía. Desde julio de 2019 es Consejera de Educación, Universidades Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias. Es autora de varios libros.

Reseña:
“Sería imposible entender la filosofía de la segunda mitad del siglo XX sin leer a Jürgen Habermas (Dusseldorf, 1929). La obra de este autor, considerado ya un clásico vivo, no es solo filosófica sino que se adentra en el pensamiento interdisciplinar, en la mejor tradición de la Teoría Crítica, la corriente intelectual que ha vinculado la reflexión filosófica con las ciencias sociales. Este libro penetra en la abundante obra de Habermas y extrae de ella una narración de la decidida apuesta del autor por la democracia. Lejos de perseguir una introducción exhaustiva al pensamiento habermasiano, este volumen servirá a los lectores para iniciarse en las claves principales del desarrollo de su pensamiento ético y político.”
Manuel Cruz (Director de la colección).

Este libro, el segundo de los dos, es breve y posee una tipografía en tamaño apropiado. El libro viene acompañado con gráficos, resaltados e imágenes. Me pareció que utiliza un lenguaje que llega bien a un lector común, no obstante toca temas que pueden resultar desconocidos a quien no vio nada de filosofía/sociología (autores y corrientes de pensamiento). Tiene un formato resumido y bastante didáctico. El texto presenta una especie de introducción de tinte histórico, para explicar de donde se parte, hablando de la esfera pública, y luego tres capítulos más: la acción comunicativa, la ética del discurso y la democracia deliberativa. Se concentra más en lo teórico de la obra y no tanto en el contexto. Al final presenta una apéndice con, naturalmente la bibliografía de Habermas, y otros textos complementarios, de otros autores.

Un fragmento con el que la autora pinta la obra de Jürgen Habermas
Dar cuenta de la totalidad de esta obra de dos tomos y 1080 páginas en su edición española es literalmente imposible. El nivel de complejidad teórica –con su método de reconstrucción racional empírico-normativo–  de esta propuesta para la teoría de la racionalidad y de la sociedad es apabullante. Las referencias a corrientes teóricas diversas y variopintas, continentales y anglosajonas, y la bibliografía superan con mucho lo esperable en una obra filosófica. El índice de autores excede cualquier previsión. Habermas se reapropia de una multitud de elementos  de la filosofía del lenguaje, del pragmatismo y de la teoría psico-social. Tan solo apuntaremos algunos de sus elementos a modo de piezas maestras con las que el autor reta al pesimismo de sus predecesores frankfurtianos al fundamentar en la comunicación humana la racionalidad práctica.
Jürgen Habermas. La apuesta por la democracia. Maria José Guerra Palmero. Pág. 56.



En definitiva, los dos libros son recomendables para leer y tener un acercamiento a la obra y al autor Jürgen Habermas. Los dos libros tiene enfoques distintos, unos se concentra más en el personaje, su contexto histórico y como fue generado su obra, y el otro se centra más la producción teórica de su obra. Ambos tratan el tema central que es la acción comunicativa. Si bien, presentan una mirada desde perspectivas distintas, los dos resultan interesantes para leer, y se complementan mutuamente.

miércoles, 16 de julio de 2014

La fisiología del gusto, puesta bajo la lupa: entre la mística gastronómica y la sospecha empírica


Hay libros que fundan un género y libros que, además, fundan una religión secular. La fisiología del gusto (1825) pertenece a esta segunda estirpe: Brillat-Savarin no escribió un recetario, escribió un tratado de antropología filosófica disfrazado de manual de sobremesa. Su prefacio —esa colección de aforismos que hoy se citan sueltos, descontextualizados, como si fueran refranes de almanaque— es en realidad el manifiesto de una tesis mucho más ambiciosa: que comer es, ante todo, un acto de civilización.
Vale la pena, entonces, recorrer primero esa arquitectura de ideas tal como el propio Savarin la construyó, para después —y esto es lo que a mí me interesa de verdad— someterla al tipo de escrutinio que él jamás se aplicó a sí mismo.


La construcción del mito: cuatro conexiones fundacionales

Lo primero que hace Savarin es sacar a la comida del terreno de lo puramente biológico y meterla, con total naturalidad, en el terreno de la identidad. "Dime qué comes y te diré quién eres" no es una boutade: es la piedra fundamental de la idea de que la alimentación funciona como espejo del carácter, que el plato revela más de lo que confiesa la boca. En la misma línea, la distinción entre "los animales se restauran; el hombre come; sólo el hombre de ingenio sabe comer" jerarquiza tres niveles de existencia y planta al comensal sofisticado en la cúspide de la escala evolutiva del gusto.
De ahí, Savarin da un salto que hoy nos suena casi profético: conecta la mesa con la política. "El destino de las naciones depende de cómo se nutren" es, ni más ni menos, una anticipación de lo que siglos después llamaríamos geopolítica alimentaria —la idea de que la soberanía de un país empieza, literalmente, en lo que su gente tiene para comer.
Pero el gesto más elegante del prefacio es otro: la democratización del placer. Cuando dice que el placer de la mesa "pertenece a todas las edades, a todas las condiciones, a todos los países y a todos los días", Savarin construye un hedonismo sin aristocracia, accesible, que acompaña al ser humano de la cuna a la tumba. Y ese hedonismo se completa con una ética: la hospitalidad. "Invitar a alguien es encargarse de su felicidad durante todo el tiempo que está bajo nuestro techo" transforma la mesa en un espacio casi sagrado, donde el anfitrión asume una responsabilidad moral y afectiva sobre el invitado.


Lo que Savarin rechaza de plano

Este edificio se sostiene, además, sobre dos rechazos explícitos. El primero es al ascetismo funcionalista: la idea de la comida como mero combustible calórico le resulta, a Savarin, una renuncia al entendimiento humano —casi una forma de barbarie moderna. El segundo rechazo, más sutil, es al exceso no razonado: "los que se indigestan o se emborrachan no saben ni comer ni beber" marca un límite claro dentro del propio hedonismo. No es gula bruta lo que Savarin celebra, sino un epicureísmo con reglas: templanza, lucidez, inteligencia. El placer, para él, siempre viene con letra chica.


Ahora, la sospecha

Hasta acá, la lectura complaciente. Pero si uno se pone el sombrero del escéptico empírico —desconfiado por oficio de toda universalización tajante, atento a la distancia entre lo que se observa y lo que se declara—, el edificio empieza a mostrar grietas bastante más interesantes que la fachada.

La falacia del determinismo cultural. "Dime qué comes y te diré quién eres" asume que la dieta es un predictor confiable de carácter, inteligencia o rigor moral. Pero la comida está condicionada, ante todo, por geografía, clase social y coyuntura económica: reducir la psique de una persona a lo que hay en su heladera es un reduccionismo con pretensiones de aforismo. Y hay algo peor escondido ahí: la frase presupone que uno elige libremente lo que come, cuando para la inmensa mayoría de la historia humana la nutrición fue una necesidad biológica subordinada a la escasez, no un acto de autodeterminación estética. El sesgo de clase no es un detalle, es el corazón silencioso de la sentencia.

El elitismo disfrazado de distinción. La tríada animal-hombre-hombre de ingenio es una jerarquía moral con forma de observación neutra. ¿Dónde está la evidencia de que paladear con cierto protocolo otorgue mayor valía intelectual? No la hay: es una moralización del gusto, un traslado del juicio de valor desde el terreno de la habilidad culinaria hacia el terreno del ser. Y no es casual el momento histórico: esta construcción de nuevos códigos de prestigio a través del refinamiento del paladar es exactamente lo que necesitaba una burguesía post-revolucionaria francesa que ya no podía apelar al título nobiliario y tuvo que inventarse otras formas de distinción.

La magnificación causa-efecto. Que la malnutrición o las hambrunas impacten la estabilidad de un Estado es innegable. Pero afirmar que el destino de una nación depende de su régimen alimentario es confundir correlación con determinismo mecánico. Las variables geopolíticas, institucionales, económicas y tecnológicas operan con una complejidad que la dieta, por sí sola, jamás alcanza a explicar. Es una causalidad prestada, inflada para que el aforismo suene más trascendente de lo que su evidencia permite.

La trampa normativista del "saber comer". Acá está, quizás, el gesto más elegante y más tramposo de todo el prefacio: disfrazar una prescripción de descripción. Decir que quien se indigesta o se emborracha "no sabe" comer ni beber presenta como ley natural lo que en realidad es una preferencia estética particular —la del equilibrio ilustrado, la de la mesura burguesa del siglo XIX. Pero los conceptos de exceso, templanza y disfrute varían radicalmente entre épocas y culturas, y no tienen fundamento ontológico alguno que los vuelva universales.


El diagnóstico final

Lo que termina revelando esta lectura escéptica es que el aforismo gastronómico de Savarin nunca funcionó como ley empírica ni como observación neutra de la naturaleza humana. Funcionó, y sigue funcionando cada vez que alguien lo cita en una sobremesa con aires de sentencia, como un dogma estético y moral con fecha de nacimiento muy precisa: la Francia de comienzos del siglo XIX, con sus ansiedades de clase recién reacomodadas. La genialidad de Savarin no fue descubrir una verdad sobre la comida; fue disfrazar de verdad universal lo que era, en el fondo, el gusto muy particular de un hombre muy particular de su época.

Escrito con café y un poco de inteligencia artificial.