jueves, 3 de julio de 2014

Las llagas de la conciencia no se cicatrizan


Hay frases que circulan con la autoridad prestada de un nombre antiguo, y esta es una de ellas. «Las llagas de la conciencia no se cicatrizan» se atribuye, con esa liviandad que tienen las atribuciones cuando nadie las revisa, al mimógrafo romano Publio Siro. Antes de discutir si la cita es genuina —y adelanto que no hay manera seria de sostenerlo— vale la pena quedarse un momento en lo que la frase dice, porque ahí está el verdadero problema.


Lo que la imagen pone en juego

La conciencia, en esta lectura, no es una facultad neutra: es el lugar donde se registra el daño moral, la instancia que sabe lo que hizo el resto de la persona. Las llagas son ese daño hecho herida, algo que duele desde adentro y no desde afuera. Y la falta de cicatrización es la apuesta fuerte de la frase: que ciertas heridas no cierran solas, que el paso del tiempo —al que tanto se le atribuye virtud curativa— no alcanza.
Conviene no leer esto como una condena universal a la culpa eterna. Es más preciso, y más interesante, distinguir los términos:

•    Culpa: el hecho de haber hecho algo malo.
•    Remordimiento: el hecho de seguir sufriendo por haberlo hecho.
•    Conciencia: la capacidad de reconocer ese daño y de juzgarlo.
•    Cicatrización: la posibilidad, siempre incierta, de que el tiempo, el arrepentimiento o alguna forma de reparación transformen ese dolor en otra cosa.
Leída así, la frase funciona menos como sentencia moral y más como advertencia epistemológica: cuidado con la idea, tan cómoda, de que el tiempo cura cualquier cosa por el solo hecho de transcurrir. Y detrás asoma una pregunta que interesa más que la máxima misma: ¿qué le pasa a alguien que logra vivir con normalidad mientras carga una herida que su conciencia se niega a cerrar?


Un autor que no respalda lo que se le adjudica

Publio Siro (o Pubilio Sirio) fue un escritor de origen sirio, activo en Roma en el siglo I a. C., conocido por sus mimos —piezas teatrales breves, entre cómicas y moralizantes— y, sobre todo, por una colección de sentencias que le sobrevivió: máximas cortas sobre la conducta, la fortuna, la ambición, el poder. Pero esa tradición textual llegó fragmentada, filtrada por siglos de copias, traducciones y recopilaciones, y eso vuelve extremadamente fácil que una frase termine pegada a su nombre sin haber salido nunca de su pluma.
Buscar el respaldo de «las llagas de la conciencia no se cicatrizan» en ese corpus no da resultado. No aparece el texto latino, no hay edición antigua de las Sententiae que la contenga, no hay traducción identificable ni referencia filológica que explique el pasaje del original a esta versión en español. Eso no prueba que la frase sea falsa —ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia—, pero sí obliga a tratarla como lo que es: una atribución sin verificar, quizás una paráfrasis moderna que terminó adhiriéndose a Publio Siro por puro parecido de estilo, esa cadencia sentenciosa que se le reconoce.



Donde la imagen sí tiene domicilio: Montaigne

Si la autoría romana es dudosa, la idea encuentra un lugar mucho más firme —y mucho más elaborado— en Montaigne. En el capítulo «De la conciencia» de los Ensayos, el remordimiento aparece descrito como una úlcera en las carnes, algo que se rasca y se ensangrienta a sí mismo sin que nadie intervenga desde afuera. La traducción varía según la edición, pero la imagen del francés original —ulcère dans les chairs— es exactamente la misma que propone la frase atribuida a Publio Siro: el remordimiento no como recuerdo pasivo, sino como herida activa, que sigue produciendo dolor en tiempo presente.
Ahora bien, ahí donde la máxima atribuida a Publio Siro es tajante —la conciencia tiene llagas, las llagas no cicatrizan—, Montaigne complica el cuadro. Sostiene que la razón puede aliviar muchas tristezas, pero no necesariamente las que nacen del remordimiento, precisamente porque ese dolor no viene de afuera: nace adentro de la misma persona que lo padece. La diferencia es sutil pero decisiva: no se trata solo de que la conciencia recuerde el daño, sino de que puede convertirse en el sitio donde el daño sigue ocurriendo, en presente continuo.
Y sin embargo Montaigne tampoco se queda en el fatalismo. En otros pasajes distingue el remordimiento de la posibilidad de corregir una conducta, y llega a afirmar que una buena conciencia puede producir satisfacción y tranquilidad. La herida, entonces, no es un destino fijo: puede seguir abierta, pero también puede convertirse en el terreno de una reparación. Publio Siro —si la cita fuera suya, cosa que no puede darse por cierta— formularía la persistencia de la herida como un hecho. Montaigne, en cambio, examina el mecanismo: cómo se produce esa herida, de qué se alimenta, y bajo qué condiciones puede transformarse en otra cosa.


El tribunal que no necesita testigos

Hay una escena de Montaigne que profundiza todavía más la idea, y que vale la pena rescatar porque es la que mejor cierra el argumento. Durante las guerras civiles, se cruza con un hombre del bando contrario que intenta disimularlo. El hombre está tan aterrorizado que Montaigne entiende que ese miedo no viene de ninguna amenaza externa concreta, sino de su propia conciencia. De ahí concluye que la conciencia «nos hace traicionar, acusar y combatir a nosotros mismos», y que cuando no hay testigo externo, ella misma se convierte en testigo contra uno.
Esa es, quizás, la vuelta de tuerca más incómoda de todo el recorrido: la herida no necesita un juez que la señale para seguir abierta. El castigo puede continuar aunque nadie acuse, nadie pregunte y nadie recuerde. La conciencia no es solamente la emoción de sentirse culpable: es una especie de tribunal interior que sesiona sin público y sin fecha de cierre.


Una relectura posible

Puesto todo junto —la máxima de dudosa autoría, la úlcera de Montaigne, el tribunal sin testigos—, la frase que le da título al libro Flores para Simón Latzel gana un espesor que la sola cita, aislada, no tenía. Las flores pueden leerse como homenaje, como memoria, incluso como intento de reparación. Pero la advertencia que arrastra la frase —venga de donde venga— es que un homenaje no cierra necesariamente una herida. La conciencia puede seguir litigando consigo misma mucho después de que el resto del mundo dio el asunto por resuelto.


Texto producido con apoyo de modelos de lenguaje avanzados y revisado manualmente.

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