“El buen humor siempre pone un velo ante el dolor.”
Wenceslao Fernández Flores.
Esa frase pertenece al escritor y periodista español Wenceslao Fernández Flórez (1885–1950) fue un destacado escritor y periodista español conocido por su estilo irónico y agudo.
Forma parte de una reflexión más amplia sobre la naturaleza de la risa y la tristeza que pronunció en su discurso de ingreso a la Real Academia Española (RAE) el 12 de mayo de 1945, titulado precisamente El humor en la literatura española.
El fragmento completo dice:
«El humorista es, en último término, un triste. Pone siempre un velo ante el dolor: miráis sus ojos y están húmedos, pero, mientras, sonríen sus labios. En el fondo, no hay nada más serio que el humor».
¿Qué es el "buen humor"?
El buen humor puede entenderse en tres niveles complementarios:
• Como estado de ánimo (afectivo): Una disposición anímica caracterizada por la serenidad, la predisposición a la alegría y la templanza. Es la capacidad de mantener un tono vital estable y amable sin dejarse arrastrar por las turbulencias cotidianas.
• Como actitud vital o virtud (filosófico/existencial): Una forma de elegancia mental. Es la capacidad de tomar distancia crítica de uno mismo y de las dificultades, amortiguando la gravedad del sufrimiento mediante el distanciamiento jovial.
• Como rasgo de la inteligencia (cognitivo): La destreza para percibir el lado absurdo, paradójico o inverosímil de las situaciones de la vida cotidiana.
La ironía y la calidez del buen humor suelen funcionar exactamente así: no borran la herida ni solucionan la causa, pero colocan un filtro sutil —un velo protector— que permite mirar la realidad de frente sin que encandile ni queme.
A veces ese velo es un refugio momentáneo para tomar aliento; otras, una elegancia púdica para amortiguar el impacto antes de seguir caminando.
Postura escéptica. Una mirada escéptica al humor como «velo protector» implica cuestionar si amortiguar el dolor no es, en el fondo, una forma de evadirlo o diluirlo. Desde esta postura, el velo no protege: cega, adormece o enmascara la realidad, impidiendo una confrontación honesta con la existencia.
El escepticismo frente al humor argumenta que la risa puede funcionar como un anestésico social o psicológico. Al suavizar la tragedia con la ironía, nos resignamos a ella en lugar de procesarla hasta sus últimas consecuencias o intentar transformarla.
Postura extrema. Émile Cioran: La lucidez no tolera paños fríos
El filósofo del pesimismo y la lucidez radical vería en el buen humor un mecanismo de defensa cobarde frente al abismo. Para Cioran, el dolor y la desesperación son las únicas vías de acceso a una verdad sin adornos. Interponer un velo —por más elegante o ingenioso que sea— es negarse a mirar la nada de frente:
«La esperanza es la forma normal de la falta de lucidez».Un escéptico cioraniano diría que el humorista que sonríe mientras sus ojos están húmedos no está siendo valiente, sino incapaz de sostener la mirada fija en el vacío sin buscar el refugio de una mueca.
¿Qué decía Arthur Schopenhauer sobre el humor?
Para Schopenhauer, el humor no es una mera ligereza, sino un fenómeno profundamente intelectual basado en la teoría de la incongruencia.
• El choque entre concepto y realidad: Schopenhauer argumentaba en El mundo como voluntad y representación que la risa surge cuando se produce una disonancia repentina entre un concepto abstracto (lo que la razón piensa) y el objeto real/intuitivo (la realidad tal como se percibe). La risa es la victoria momentánea de la percepción concreta sobre la rigidez de los conceptos abstractos.
• El humor frente a la ironía: Mientras que la ironía es «objetiva» (dice algo en serio disfrazándolo de broma para los demás), el humor es «subjetivo»: es la mirada del sujeto sobre sí mismo. El humorista percibe la miseria humana y el dolor de la existencia (la imposibilidad de colmar la Voluntad), pero en lugar de desesperar, sonríe ante la incongruencia de los afanes humanos.
• Una válvula de escape metafísica: Frente al sufrimiento inevitable del mundo, el humor funciona para Schopenhauer como un leve e ingenioso descanso intelectivo, una tregua donde la inteligencia se ríe de sus propias trampas conceptuales.
Schopnehauer y Cioran, ambos son pesimistas de primer orden, pero parten de premisas diferentes y, sobre todo, entienden la función del humor desde ángulos opuestos. La clave de su desacuerdo radica en para qué sirve la inteligencia frente al sufrimiento.
1. El pesimismo de Schopenhauer: El humor como tregua intelectivo-estética
Para Schopenhauer, el mundo está movido por la Voluntad: un impulso ciego, irracional e insaciable que nos condena a oscilar eternamente entre el dolor (cuando no obtenemos lo que deseamos) y el aburrimiento (cuando lo obtenemos).
Sin embargo, Schopenhauer cree que el ser humano tiene ventanas de liberación momentánea. Así como el arte y la contemplación estética nos desconectan por un instante del yugo del deseo, el humor funciona como un atajo intelectual:
• La risa revela una falla del sistema: Al detectar la incongruencia entre una noción abstracta y la realidad concreta, la razón tropieza. Ese tropiezo produce risa y suspende, aunque sea por segundos, la gravedad trágica de la Voluntad.2. El pesimismo de Cioran: La lucidez no tolera calmantes
• Sonreír de nuestra propia miseria: Para Schopenhauer, el humorista no ignora la tragedia; la comprende tan bien que se sitúa por encima de ella mediante el intelecto. Es un consuelo contemplativo, no una negación.
Cioran, heredero del pesimismo schopenhaueriano pero sin su sistema metafísico ni su fe en el consuelo estético, rechaza cualquier mecanismo que pretenda atenuar el vacío.
Para Cioran, la existencia no tiene sentido y la única postura honesta es la lucidez radical (sostener la mirada ante el abismo sin parpadear ni buscar refugios):
• El humor como anestesia: Si Schopenhauer ve el humor como un "descanso", Cioran lo ve como una cobardía o una trampa de la esperanza. Sonreír ante el dolor implica ponerle una etiqueta, digerirlo y hacerlo tolerable.
• La falta de compromiso con la desesperación: Para el filósofo rumano, reconciliarse con la vida mediante una sonrisa ingeniosa es traicionar la pureza del sufrimiento. El dolor no necesita "velos" ni "treguas"; exige ser experimentado en toda su crudeza absurda.
¿Qué diría Henri Bergson?
Henri Bergson, en su célebre libro La risa (1900), aborda lo cómico desde una perspectiva radicalmente distinta: no como un consuelo metafísico, sino como un mecanismo social y vital.
• «Lo mecánico superpuesto a lo vivo»: Es la tesis central de Bergson. La vida es fluidez, elasticidad, adaptación constante y gracia. Nos reímos cuando una persona o situación pierde esa agilidad vital y se comporta como una máquina o un objeto inerte (por ejemplo, el tropiezo por distracción, la torpeza, la manía o la rigidez de carácter).
• Anestesia del corazón: Bergson sostiene que el humor exige una «insensibilidad momentánea del corazón». Para reírse de algo o alguien, la empatía y las emociones deben quedar en pausa; el humor apelaría a la inteligencia pura y desapegada.
• La risa como castigo o correctivo social: Para Bergson, la risa no es un velo íntimo contra el dolor, sino una función social. La sociedad utiliza la risa como un "correctivo" suave para castigar la rigidez, la falta de adaptabilidad o la torpeza de los individuos, obligándolos a reincorporarse al flujo flexible del colectivo
Si para Bergson la risa exige congelar el corazón para corregir la conducta social, y para Cioran cualquier mueca de alivio es una cobardía que adormece la lucidez, la intuición de Fernández Flórez se ubica en un lugar mucho más humano y cotidiano: el del refugio indispensable.
El humorista no ignora la gravedad del mundo ni pretende resolverla mediante fórmulas abstractas. Tampoco cae en la trampa del optimismo ingenuo. Sabe, como Schopenhauer, que la existencia cruje bajo el peso de su propia incongruencia. Pero en lugar de dejarse aplastar por esa certeza, elige la elegancia del distanciamiento.
El humor no destruye la tragedia; la envuelve. Permite sostener la mirada sin terminar ciego por el resplandor de la herida. Por eso, al final de este contraste entre la anestesia, el diagnóstico social y la desesperación sin tregua, la paradoja vuelve a su punto de origen con toda su fuerza:
«El humorista es, en último término, un triste. Pone siempre un velo ante el dolor: miráis sus ojos y están húmedos, pero, mientras, sonríen sus labios. En el fondo, no hay nada más serio que el humor».
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