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jueves, 23 de julio de 2026

Girandomédulas: crónica de un libro rescatado de la vereda, un poema para Oliverio Girondo y tres vueltas al Rosedal


 

«Yo no tengo ni deseo tener sangre de estatua...
Mejor reírse de uno mismo, excederse de humano
»

— María del Mar Estrella, Girandomédulas, pág. 37

Crónica del hallazgo: un objeto liberado en la acera

El azar urbano en Buenos Aires no suele presentarse con violencia: llega con el sigilo de las cosas apoyadas al borde del cordón, a medio metro del paso de los desconocidos. Allí, expuesto al tránsito, apareció el ejemplar: Fuegos Ceremoniales, de María del Mar Estrella, publicado en 2007 por la editorial Vinciguerra, dentro de su Colección Metáfora. Un libro de tapa dura texturada, de esos que invitan al tacto antes que a la lectura, con ese gramaje sobrio que promete permanencia. Alguien lo descartó. Alguien, alguna vez, lo eligió.

Al abrirlo, la primera señal de su vida privada está en la página de cortesía, trazada en tinta con caligrafía fluida:

«A mi querida amiga y poeta Susana, con cariño y en hermandad de palabra.»
2 de mayo de 2015.

Ocho años mediaron entre la imprenta (2007) y el gesto afectivo de la autora (2015). Y luego, más de una década hasta que el ejemplar terminó en la calle. 

Frente a esta escena, cabe preguntarse qué ruta siguió el objeto hasta la vereda. Se me ocurren cuatro hipótesis:

1.    La disolución del vínculo. La «hermandad de palabra» caducó. Desprenderse del objeto es borrar la prueba material del lazo: si ya no existe el libro regalado, es como si el afecto nunca hubiera estado en la repisa.

2.    Muerte o vaciamiento de biblioteca. Fallecimiento de la destinataria y posterior limpieza por herederos desinteresados, que despachan cajas enteras a la vía pública sin abrir siquiera la tapa. La dedicatoria se vuelve invisible para quien no sabe leer el interior de los vínculos ajenos.

3.    Desvalorización implícita. El regalo jamás llegó a apreciarse en su justa medida y rodó lentamente hacia el descarte: primero una repisa, luego una caja, luego la calle.

4.    Ritual de desapego y circulación. La hipótesis más noble y más poética. El libro no fue desechado por desprecio: entre sus últimas páginas había quedado un marcador de otra editorial, testimonio inequívoco de que alguien recorrió el texto hasta la última línea. Cumplida su misión con esa lectora, el libro fue liberado para que encontrara al siguiente. Es la vieja práctica de la siembra de libros: la obra, leída, vuelve al flujo de la ciudad. El marcador funciona como un mensaje botado al río: «yo llegué hasta acá; ahora te toca a vos».
No hay manera de saber cuál hipótesis es la verdadera, o si existen otras que se me escapan, y esa ignorancia es parte del hallazgo. El objeto cuenta lo que cuenta; el resto es interpretación. Pero el libro tenía más capas.


Un panteón en verso

Fuegos Ceremoniales tiene una estructura poco habitual: cada poema está dedicado explícitamente a un grande de las letras, y cada dedicatoria añade un atributo, como si la autora estuviera construyendo un museo de bustos en verso:

•    De pie frente a la luz (A Julio Cortázar: el sentimiento)
•    Sombras en el muro (A Ernesto Sabato: el compromiso)
•    La pródiga (A Alejandra Pizarnik: el desgarramiento)
•    Cuaderno de la noche (A Jorge Luis Borges: la memoria)
•    Herramienta terrestre (A José Pedroni: la esperanza)
•    Azar y circunstancia (A Alfonsina Storni: el desafío)
•    Sembrador de sueños (A Fermín Estrella Gutiérrez: la entrega)
•    Girandomédulas (A Oliverio Girondo: la ironía)
•    Círculo de fuego (A Enrique Molina: el erotismo)
•    Bajo el signo de un ala (A Olga Orozco: el misterio)

Y así continúa con muchos más…

Cortázar, Sabato, Pizarnik, Borges, Pedroni, Storni, Girondo, Molina, Orozco: no es una dedicatoria a un «cuatro de copa», a un indistinto. Es un panteón nacional, y cada poema busca su lugar a la sombra de un gigante. Uno de los nombres, sin embargo, no es una aspiración sino una herencia: Fermín Estrella Gutiérrez, académico hispano-argentino y poeta, fue el padre de la autora. María del Mar Estrella, nacida en Buenos Aires en 1941, es hija de ese poeta y acumula más de cincuenta años de escritura ininterrumpida y siete libros publicados, empezando por El poblador (RdC Publishing). Esto reencuadra todo: no estamos ante una desconocida que se cuelga de famas ajenas, sino ante una poeta con trayectoria propia, formada dentro de una casa donde los bustos del panteón eran, al menos uno, el retrato de familia del living.


Las siete páginas de validación

Y entonces aparece la otra particularidad, la que incomoda: al final del volumen, bajo el título «Acerca de María del Mar Estrella», la autora despliega cerca de siete páginas con transcripciones de elogios y alusiones de autores consagrados que le escribieron a lo largo de su trayectoria. Al parecer, no solo dedicó poemas: les escribió en persona a muchos de los vivos (esto es conjetura mía), y recibió respuesta. Y publicó las respuestas. Uno de ellos decreta: «A María del Mar ya no se la podrá olvidar».

La escena adquiere así su matiz más irónico: un libro diseñado para asegurar la legitimación y la perdurabilidad de su autora mediante el aval de las autoridades literarias termina abandonado sobre las baldosas. La frase «ya no se la podrá olvidar» convive en el mismo objeto con un marcador olvidado y una calle que no recuerda nada.

Antes de juzgar, conviene el desplazamiento de foco. Primero: la búsqueda de validación no es una falla personal de María del Mar Estrella; es un rasgo de la condición del creador, de todo creador, que sabe que la tinta no garantiza nada y que firma el mundo esperando que alguien firme de vuelta. Ella solo fue más transparente que otros a la hora de exhibir las palmadas en el hombro. Segundo: la dedicatoria de 2015 es el testimonio de un afecto real en un momento dado; que termine en la vereda habla del paso implacable del tiempo, de cómo las bibliotecas se dispersan, no de la falsedad del afecto. La paradoja es melancólica, casi trágica, y merece respeto antes que mofa. Tercero: el giro más noble de esta historia es el propio acto de rescate. En lugar de terminar en un contenedor o destruido por la lluvia, el ejemplar fue levantado por alguien que se tomó el trabajo de leerlo completo, analizarlo y llevarlo a pasear. Si alguien debería agradecer este final, es la propia palabra que sigue circulando.

La calle es el gran ecualizador: evapora la vanidad y los elogios de compromiso, pero también devuelve los libros a su función primera, que es encontrar lectores, uno a la vez, por azar.


La motivación de la caminata: girar la médula

Entre los diez primeros poemas del panteón, uno saltó de la página por derecho propio: Girandomédulas, página 37, dedicado expresamente «A Oliverio Girondo: la ironía». Vale la pena transcribir un fragmento:

(¿A través de qué loca cerradura penetra subversiva
y dando cuerda al ocio
hace bailar la sangre en la verdad de un solo filo?
Provocadora impúdica, perversa, la ironía distrae
rondando en un tranvía de crepúsculo
como un espantapájaros que repta
en la masmédula del llanto.)

Señoras y señores: aquí tienen
un alfiler o filigrana o beso de cianuro convincente;
según qué mano lo libere, qué labios lo pronuncien
será fiesta sutil o bacanal grosera
escándalo de puritana hipocresía.

(Girandomédulas gatilla contra el fantasma de la duda
dispara
a caballo de una vigilia nómade y punzante
mientras las niñas de Flores agonizan
apretando gemidos en sus músculos de mármol.)

Yo no tengo ni deseo tener sangre de estatua...
Mejor reírse de uno mismo, excederse de humano

(y continúa)

La masmédula: la palabra enterrada en el título

El título es una palabra-gusano, un portmanteau que solo se abre con la llave correcta: girando + masmédula. No es una anatomía abstracta: «en la masmédula del llanto» cita textualmente el título del último libro de poemas de Oliverio Girondo, En la masmédula (1956), el más hondo y desgarrado del autor de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. La médula del título de Estrella no es tuétano genérico: es la médula de Girondo, su palabra final, citada y girada.

Y el poema está cosido de guiños girondianos que confirman la operación:

•    «Señoras y señores: aquí tienen» — la fórmula de conferenciante bufón que Girondo estrenó en Espantapájaros (1932), el libro-manifiesto de su Yo que se burla de toda solemnidad.

•    «rondando en un tranvía de crepúsculo» — imposible no leer ahí el tranvía del título fundacional de 1922, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía.

•    «como un espantapájaros que repta» — el espantapájaros, alter ego de Girondo, reaparece reptando dentro del propio homenaje.

•    «mientras las niñas de Flores agonizan / apretando gemidos en sus músculos de mármol» — imagen de estirpe masmedular, barroca y punzante.

•    «Yo no tengo ni deseo tener sangre de estatua» — la anti-estatua: el que no quiere ser monumento, el que elige reírse de sí mismo.
Estrella no le dedica un poema a Girondo: se viste de Girondo, imita su sintaxis, roba su bestiario y lo hace girar. Y aquí aparece la ironía mayor del objeto: el poema que le dedica al gran ironista argentino fue a parar —ella, su libro— al más girondiano de los finales posibles, la vereda, donde el espantapájaros del comienzo termina «reptando en la masmédula» del descarte urbano. Girondo habría firmado ese guion.


La geometría del concepto

Sobre esa base, la caminata se armó sola, porque el poema y el apellido trazan un mapa mental con forma de círculo:

•    Girondo / Giro: el apellido lleva inscripta la rotación. Dar vueltas.

•    Hondo: lo profundo, lo cóncavo. Y lo hondo, estirando el hilo, es un pozo; y el pozo, casi por definición, es redondo.

•    Médula: el centro, el tuétano, el eje interno. Girar la médula es remover el fondo de uno mientras los pies trazan el círculo por fuera.

•    Rosedal / Vueltas: la caminata materializa el concepto: el trazado alrededor del lago es literalmente un giro hondo con agua en el centro.
La respuesta natural ante la lectura fue trasladar el texto al movimiento del cuerpo: el libro en el bolsillo y las vueltas al Lago del Rosedal de Palermo, cuyo perímetro de aproximadamente 1,6 km es el circuito clásico de caminantes y corredores del parque.


Por qué el Rosedal: la coincidencia que no es casualidad

Hay un argumento extra, casi escandaloso de tan exacto: el Rosedal, diseñado por Carlos Thays sobre un proyecto inaugurado en 1914, conserva entre sus rosales una colección de bustos de escritores, el llamado Paseo de los Poetas, con más de dos decenas de esculturas de autores de todo el mundo. Es decir: caminar por el Rosedal es caminar, literalmente, entre poetas convertidos en mármol y bronce. Y el libro en el bolsillo es exactamente eso: un paseo de poetas convertidos en bustos de tinta —«músculos de mármol», «sangre de estatua»—, cada uno con su pedestal de dedicatoria.

El escenario físico y el escenario del libro son el mismo escenario. La pregunta del poema («¿A través de qué loca cerradura penetra subversiva?») encuentra su respuesta urbana: la calle fue esa loca cerradura por la que el objeto se filtró hasta acá. Añádase el Puente Blanco —el Puente de los Enamorados, para cruzar de una orilla a la otra sin mojarse, como los vínculos que prometen—, el Patio Andaluz donado por Sevilla en 1929, con su fuente y sus mayólicas, y enfrente el Museo Eduardo Sívori, y el dispositivo está completo.


Relación libro–poema–caminata: las tres vueltas concéntricas

El recorrido se planteó como un ensayo pedestre en tres vueltas al lago, cada una con su eje de reflexión. Tres veces 1,6 km: casi cinco kilómetros de círculos para un libro que salió de un círculo —la imprenta— y volvió a otro —el de la calle.

 

Primera vuelta: la superficie y la legitimación

El Rosedal en flor es pura superficie: pétalos, perfumes, la ornamentación de la naturaleza organizada por la mano del paisajista. Sobre esa superficie, los bustos: poetas de mármol que ya no respiran, monumentos que el parque exhibe como acreditación de su propia nobleza. Es imposible no pensar en las siete páginas finales del libro, en el panteón de dedicatorias, en la autora resguardándose bajo la sombra de los gigantes e imprimiendo sus aplausos como escudo contra el olvido.

La ironía de la primera vuelta: quien busca la inmortalidad de la estatua termina en el cordón de la vereda. Pero también la reversal: la verdadera validación del libro no llegó por las firmas de los maestros, sino por este instante en que un caminante anónimo lo rescata y lo lee completo. La calle, que equaliza, también redime.

 

Segunda vuelta: la hermandad y el desapego

En el segundo giro, el foco se corre a la dedicatoria manuscrita. «Hermandad de palabra y pleito» es el rastro de un afecto genuino que incluyó su propio desacuerdo: un vínculo que se sabía de ida y vuelta. Los vínculos cambian, las bibliotecas se disuelven, las personas se desprenden de los objetos, y lo que un día fue tinta azul de cariño hoy es papel al sol del cordón. No hay trauma en esto: hay paso del tiempo.

El marcador de otra editorial entre las últimas páginas es el testigo material de que la lectura se completó. Si el abandono fue un acto de entrega y no de desprecio, entonces la segunda vuelta se camina como un ritual de desapego: alguien dejó ir el libro para que la palabra siguiera su curso. La siembra urbana funciona si alguien recoge. Se recogió.

En el plano físico, esta vuelta tiene su momento emblemático: entender que también los espacios son dedicatorias —el patio Andaluz fue dejado por Sevilla para Buenos Aires en 1929, y la ciudad lo sigue leyendo.


Tercera vuelta: la masmédula y el giro

La última vuelta integra el juego completo: Giro — Hondo — Médula — Rosedal. El lago es el pozo, lo hondo con agua; la médula es el centro que no se ve, el eje de uno mismo; girar alrededor es la única manera de rodear un fondo sin caer en él. Caminar en círculos mientras se piensa en la futilidad del reconocimiento humano es, literalmente, girar la médula: remover el tuétano mientras los pies repiten el trazado.

El poema —y con él el libro entero— encuentra su escala correcta: no la del monumento sino la del cuerpo que da vueltas y se ríe de sí mismo. «Yo no tengo ni deseo tener sangre de estatua... Mejor reírse de uno mismo, excederse de humano». El círculo se cierra con la sentencia girondiana: el libro que pretendía erigirse en monumento impreso encuentra su dimensión humana en el descarte, en el azar y en el andar.
La paradoja final

Si la autora llegara a enterarse, la ironía tocaría su techo: un poema dedicado a Oliverio Girondo sobre la ironía cobra vida, justamente, a través del hecho más irónico posible —el descarte, el azar, el rescate, la caminata—. Pero hay algo todavía más hondo: el libro que quería que no se lo olvidara no será recordado por sus siete páginas de elogios consagratorios, sino por el hueco que dejó en una biblioteca y el nudo que formó en el bolsillo de un desconocido. La verdadera vida de la palabra no ocurrió en la tinta fija de la imprenta, sino en el movimiento: de la imprenta a la amiga, de la amiga a la vereda, de la vereda al bolsillo, del bolsillo al círculo del lago.

Y esta crónica es el siguiente eslabón de la cadena. La palabra encontrada sigue circulando. Queda una pregunta abierta, la de toda siembra: cuando este libro termine de cumplir su misión con este lector, ¿volverá a la calle para encontrar al próximo? El marcador ya dejó el mensaje: «llegué hasta acá; ahora te toca a vos».



Fuentes y verificaciones

•    Datos biográficos de María del Mar Estrella (hija de Fermín Estrella Gutiérrez, nacida en 1941, cincuenta años de escritura, siete libros): RdC Publishing https://rdcpublishing.com.ar/artista.php?id=167
•    Circuito del Lago del Rosedal, ~1,6 km: Meteored https://www.meteored.com.ar/noticias/actualidad/el-rosedal-de-palermo-el-pulmon-verde-de-buenos-aires-aire-libre.html  y Mapa de Pacer https://www.mypacer.com/es/routes/327892/lago-del-rosedal-caminar-y-correr-sendero-palermo-buenos-aires-argentina 
•    Diseño de Carlos Thays (1914) y colección de bustos de escritores: Alquiler Argentina https://www.alquilerargentina.com/blog/paseos-y-excursiones/recorriendo-el-rosedal-de-palermo.html
•    Patio Andaluz (donación de Sevilla, 1929), Puente Blanco, Museo Sívori: Buenos Aires 123 https://www.buenosaires123.com.ar/paseos/rosedal.html
•    Poema Girandomédulas (pág. 37), índice de dedicatorias, dedicatoria manuscrita de 2015 y datos de edición: transcripción del propio ejemplar encontrado.
•    https://www.cultura.gob.ar/oliverio-girondo-7-poemas-imperdibles_7045/
•    https://www.cervantesvirtual.com/portales/oliverio_girondo/su_obra_literaria/


Vínculo a Wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/caminata-por-palermo-caba-maria-del-mar-estrella-girandomedulas-libro-poesia-290489226

 

Con ayuda de IA (Gemini). 

martes, 14 de julio de 2020

Caminata 23. 4.01km 39min.

 

En esta nueva caminata, realizada con un ritmo promedio de 1 minutos por cuadra, completando cuarenta calles, me volví a encontrar con un fitito. Un antiguo Fiat 600, y creería que en adelante me encontraré con más. En un mes, ya vi uno rosado, uno amarillo y ahora este pintado con la bandera argentina y la leyenda 100% argentino. 



Lo que noté, en los fititos que vi en este último mes, los tres se encontraban tuneados, ya sea para publicidad, por gusto del dueño, como homenaje por algo, o por la razón que fuere. 


Más adelante a apareció una paloma doméstica. Caminaba a la par mía, y de reojo me observaba.

Paloma bravía (Columba livia)

Se me ocurrió que podía colar una página de un libro, disponible parcialmente en Google Books, que cuando habla de las aves del amor, menciona a la paloma doméstica (entre otras) como al ave más celebrada en la poesía grecolatina.


Amor y sexo en la literatura latina.
Rosario Moreno Soldevila y Juan Martos.
Universidad de Huelva.
2018. Pág. 78.


La paloma tomó otro rumbo y se internó en el parque.


Antes de girar por el Parque Las Heras le tomé foto a una de las palmeras.

Se trata de una palmera pindó o ybá pitá (Syagrus romanzoffiana). También se la conoce como coco plumoso o palma reina. Es una especie nativa, que puede alcanzar los 25 metros de altura. Es una de las especies de palmera más resistente a plagas y enfermedades.

Palmera pindó 
(Syagrus romanzoffiana).

En el ahora Parque Las Heras funcionó entre 1877 y 1962 la ex-Penitenciaría Nacional. El edificio fue demolido y de los que había, solo quedan algunas palmeras. Eso es lo que figura en la web. Si efectivamente es así, o no, no lo sé. Pero en cuanto a la vida de las palmeras es factible, desde 1962 a 2020, han pasado 58 años, y las palmeras son vegetales longevos. Suelen vivir hasta 100 años o más. Hay innumerables artículos en la web que abordan la longevidad de las palmeras.



El desafío general de la aplicación avanza, mitad de mes, mitad de recorrido completado, poco más de 100.000 pasos en 14 días.  


Y algunos datos más positivos en cuanto a promedio de pasos.



domingo, 13 de julio de 2014

Una cosa bella entre recetas: Keats en la cocina


Otro antiguo papelito conservado, recortado de la sección Cocina de la Revista Viva del diario Clarín, posiblemente por los años 2000. 
La frase dice “Una cosa bella es un placer eterno” y está adjudicada a John Keats. 
No es estrictamente exacta: se trata de una traducción libre o ligeramente deformada del famosísimo primer verso del poema Endymion (1818), escrito por el poeta romántico inglés John Keats.

El verso original en inglés dice:

"A thing of beauty is a joy forever"
Su traducción literal y más extendida al español es:
"Algo hermoso es un gozo para siempre" 
(o "Una cosa bella es un gozo eterno" / "Una cosa bella es una alegría para siempre").
En la frase propuesta, el sustantivo original thing ("cosa") suele ser confundido o adaptado sintácticamente como "causa", y joy ("gozo" o "alegría") se traduce como "placer".

Sin embargo, más allá de la imprecisión en la versión impresa, el verdadero encanto del hallazgo radica en su desplazamiento. ¿Qué hace una cita de Keats —desplazada, filtrada por la memoria del traductor anónimo y recortada de un suplemento dominical— compartiendo espacio con recetas de cocina, entre listas de ingredientes y tiempos de horneado?
Hay algo profundamente poético en esa yuxtaposición involuntaria. La gastronomía, con su naturaleza efímera y terrenal, parece invocar a la poesía para reclamar, al menos por un instante, esa permanencia que Keats atribuía a la belleza. El recorte de papel, se convierte así en un objeto ambiguo: la reliquia de una lectura fugaz que sobrevivió al tiempo, un pequeño refugio estético guardado entre las cosas simples de la vida cotidiana.


Endymion es un poema narrativo monumental y bastante extenso: consta de 4 libros y suma en total más de 4.000 versos (alrededor de 1.000 versos por libro, escritos en pareados rimados de pentámetro yámbico (iambic pentameter)).
Keats lo concibió como un gran ejercicio de resistencia lírica y un verdadero reto de imaginación juvenil, basándose en el mito griego del pastor Endimión y la diosa de la luna, Selene (Cynthia en el poema).
Debido a su extensión y a la densidad de su lenguaje ornamental, hoy en día se lee mucho más a través de sus pasajes más célebres —como precisamente sus célebres primeros versos del Libro I— que en su totalidad.
 

Aquí están los célebres versos iniciales del Libro I de Endymion (1818):
A thing of beauty is a joy for ever: 
Its loveliness increases; it will never 
Pass into nothingness; but still will keep 
A bower quiet for us, and a sleep 
Full of sweet dreams, and health, and quiet breathing. 

En español:

Una cosa bella es un gozo para siempre: 
su hermosura aumenta; nunca 
pasará a la nada; antes bien, conservará 
un quieto cenador para nosotros, y un sueño 
lleno de dulces sueños, de salud y de quieta respiración.


#Texto + IA.


jueves, 19 de junio de 2014

El resplandor que se disuelve y la sombra que permanece: Octavio Paz frente a Emil Cioran

 


En el verso «También la luz en sí misma se pierde», perteneciente a su poema Destino del poeta, Octavio Paz comprime una de las intuiciones centrales de su poética: la transitoriedad como condición inherente a la belleza y el sentido. Explora la naturaleza efímera de la existencia y la fragilidad de las palabras. Para el Nobel mexicano, el acto de poetizar no consiste en erigir monumentos inmutables, sino en dar testimonio de la brevedad de las cosas. La luz no es una simple metáfora física; es la experiencia de la revelación, la claridad del instante, el chispazo del lenguaje que alumbra el mundo. Sin embargo, en esa misma formulación paciana se incuba una melancolía trágica: la claridad que se desvanece no cae hacia una nada neutra, sino que se pierde en sí misma, sugiriendo un agotamiento casi litúrgico de la sustancia poética. Paz concibe la fragilidad de la palabra no como una impotencia vulgar, sino como una victoria noble pero efímera sobre el silencio; el poeta es el oficiante heroico que acepta la disolución de su obra a cambio del fulgor fugaz del nombrar.

Frente a esta elegía sacralizadora del arte y la existencia, la irrupción de Emil Cioran representa una demolición sin contemplaciones. Si Paz se duele de que la luz se extinga, el pensador rumano cuestiona la validez de lamentar lo que, desde un principio, jamás tuvo consistencia ontológica. Desde la perspectiva del escepticismo radical de Cioran, la luz no se pierde en un gesto de sublime agotamiento; la luz es apenas un accidente cosmogónico, un paréntesis insignificante en la hegemonía indómita de la oscuridad. Mientras Paz trata el vacío con la dignidad de la tragedia estética, Cioran destruye cualquier tentativa lírica al subrayar que la verdadera matriz de la realidad es la sombra primitiva. Para el autor de Del inconveniente de haber nacido, la pretensión de dotar de elegancia metafísica a la brevedad del ser no es más que una trampa del ego, una ilusión creada por el lenguaje para enmascarar la inanidad de la existencia.

El choque entre ambos autores alcanza su punto más álgido en la función que asignan al lenguaje. Para Octavio Paz, la palabra es un vaso de cristal quebradizo pero sagrado, cuya fragilidad merece ser custodiada aunque termine por romperlo la densidad del silencio. Para Cioran, en cambio, el lenguaje no padece una fragilidad trágica, sino una falsedad constitutiva: es un edificio de ficciones destinado a consolarnos de una nada que no admite adjetivos ni metáforas. Allí donde Paz encuentra en el «destino del poeta» una misión trágica y trascendente —la de sostener la luz mientras se disuelve—, Cioran atisba un esfuerzo estéril. En la geometría desolada de Cioran, la luz no se pierde como quien pierde una joya en el abismo; la luz se apaga porque nunca fue otra cosa que un error de percepción en la noche infinita del ser.


De este cruce entre Octavio Paz y Emil Cioran abre una grieta fascinante: la tensión entre el lamento sagrado por la pérdida y la desmitificación implacable de la nada.
Para estructurar este choque analítico en profundidad, el foco no debe estar solo en la luz como fenómeno, sino en la función del poeta frente al vacío.


¿Palabras? Sí, de aire… 

¿Palabras? Sí, de aire,
y en el aire perdidas.

Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.

También la luz en sí misma se pierde.

Octavio Paz


IA + yo = esta publicación.