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lunes, 17 de agosto de 2026

La frontera que no es un lugar


De la válvula de escape a la pregunta por lo verdadero

Hay una teoría histórica, la de Frederick Jackson Turner, que sostiene algo bastante simple y bastante potente a la vez: la frontera —el Oeste todavía no organizado, todavía no domesticado por la civilización— funcionó durante buena parte de la historia norteamericana como una válvula de seguridad. Cuando la sociedad establecida se volvía demasiado rígida, demasiado poblada, demasiado exigente con quienes no encajaban en ella, existía una salida concreta: irse. Los inadaptados, los descontentos, los que no toleraban las jerarquías, los que necesitaban empezar de nuevo, tenían un lugar físico al que desplazarse. Turner no decía exactamente que la frontera fuera el destino natural de los locos —esa es una lectura más libre, más narrativa de su idea—, pero sí sostenía algo cercano: que la expansión hacia el Oeste operaba como un desahogo, como una manera de descomprimir las tensiones que la civilización iba acumulando.
Lo interesante no es tanto la tesis en sí —que puede leerse en cualquier manual de historia norteamericana— sino lo que ocurre cuando alguien la saca de su contexto académico y la usa para preguntar algo mucho más incómodo: ¿qué pasa cuando ya no queda frontera? Eso es exactamente lo que hace Interestatal 60: Episodios de carretera (2002) en la escena donde Bob Cody le explica la teoría de Turner a Neal Oliver, mientras el auto pasa junto a un cartel que dice "Frontier". Cody cuenta la historia con ironía: los que no encajaban en el Este hacían las valijas y se iban hacia el Oeste, y el remate —previsible pero efectivo— es que buena parte de esos inadaptados terminó en California.
Ahí aparece la primera vuelta de tuerca, y es la que más me interesa señalar: California no es solamente el punto final de ese éxodo de descontentos. Es, además, la fábrica de espectáculo más grande del país y uno de los estados más ricos de todo Estados Unidos. La frontera que alguna vez sirvió para escapar de la sociedad terminó convirtiéndose en una de las expresiones más intensas de esa misma sociedad. No hace falta forzar la lectura para ver la ironía: el lugar al que uno iba para dejar atrás la civilización terminó siendo el lugar donde la civilización aprendió a fabricar sus propios sueños en serie. Esto no es algo que Turner haya predicho —sería absurdo atribuirle esa intención—, pero sí es exactamente el tipo de giro que una película puede permitirse: tomar una tesis histórica seria y usarla como trampolín para una pregunta filosófica.



Las fronteras falsas

Cody no se detiene en la geografía. Dice algo que cambia por completo el registro de la conversación: Turner murió en 1932, antes de que el mundo se quedara sin fronteras que ofrecer. Y entonces enumera los sustitutos que la civilización fue inventando para seguir prometiendo una salida cuando la salida real —el territorio— ya no existía. El alcohol y las drogas, como frontera química: alterar la conciencia para creer que uno se fue a otro lado sin moverse del lugar. Las computadoras, como frontera virtual: la ilusión de haber escapado sin haber escapado. El espacio, como la "última frontera", que Neal propone casi por reflejo y que Cody descarta porque no es una posibilidad real para casi nadie. Y finalmente la mente, que es la única frontera que sigue siendo, en algún sentido, un territorio genuinamente inexplorado.
La conclusión de Cody —"la frontera está justo aquí"— es la bisagra de toda la película. Convierte una teoría sobre la expansión territorial de un país en una pregunta mucho más personal e incómoda: ¿qué hace una persona cuando no encaja en el mundo que le tocó vivir, pero ya no tiene a dónde irse?


La publicidad como frontera de mentira

Ahí es donde la película da el paso decisivo, y donde para mí empieza lo verdaderamente interesante. Cody no se queda en la meditación abstracta sobre las fronteras psicológicas: se pone a escuchar publicidad en la radio y a desarmarla, anuncio por anuncio. Un auto que se vende como estadounidense aunque el motor sea japonés. Una película de la que supuestamente "todo el mundo habla", cuando en realidad nadie habla de ella. Un servicio que dice preocuparse por la gente. Cada vez la reacción de Cody es la misma: "eso es mentira". No porque toda publicidad sea necesariamente falsa en un sentido absoluto, sino porque él está atento a la distancia entre lo que se afirma y lo que efectivamente se entrega.
Y entonces suelta el dato que reorganiza retroactivamente toda la escena: él mismo trabajó en publicidad, le pagaban por mentir, y una de esas mentiras contribuyó a la muerte de un chico. Como si eso fuera poco, su propio cáncer de pulmón es, en sus palabras, una sentencia de muerte por nicotina. La misma industria que ayudó a construir terminó cobrándole la cuenta. La ecuación que arma la película es casi brutal en su economía: publicidad → mentira → daño real → muerte → decisión de dedicar lo que le queda de vida a desmontar mentiras.
Acá se entiende por qué la publicidad puede leerse como una frontera falsa, en paralelo exacto con la frontera geográfica de Turner. La frontera histórica decía: si no te gusta esta sociedad, andate. La publicidad moderna dice otra cosa, más barata y más eficaz: si no te gusta tu vida, comprate otra. No hace falta desplazarse a ningún lado. Alcanza con comprar el auto, fumar el cigarrillo, ver la película que "todo el mundo está viendo", para sentir que uno accedió, por un rato, a una vida distinta. La droga y la computadora funcionan con la misma lógica: ofrecen la sensación de haber escapado sin el costo —ni el riesgo, ni el trabajo— de escapar de verdad.
Lo que separa a Cody de un simple cínico que se ríe de los anuncios es justamente el chico muerto. Ahí la película deja de tratar el tema como una serie de chistes sobre el marketing y empieza a tratarlo como lo que realmente es: una cuestión de consecuencias. No alcanza con desconfiar de un enunciado publicitario. Hay que preguntarse qué pasa cuando alguien le cree. Quién se beneficia si yo creo esto. Qué me están ocultando al decírmelo así. Quién paga el costo si la afirmación resulta falsa. Cody no es un escéptico de las palabras nada más: es un escéptico de las consecuencias, que es una posición bastante más exigente y bastante más incómoda de sostener.


El museo que exhibe el fraude como fraude

La película lleva esta misma lógica a un terreno todavía más literal en la escena del Museo de Arte Fraudulento (The Museum of Art Fraud), en la ciudad ficticia de Renburg, presentado como "el mejor museo de arte del mundo, disfrazado de atracción turística barata". La curadora le cuenta a Neal que su marido, coleccionista y experto técnico, había desarrollado un método para duplicar pinturas a nivel casi molecular. Pedía prestada una obra maestra a un museo importante, fabricaba una copia perfecta, devolvía la copia y se quedaba con el original. El resultado es una inversión completa: el museo prestigioso de Nueva York exhibe, sin saberlo, una falsificación; el museo ridículo y decadente de un pueblo perdido guarda los originales. Según la curadora, hasta "La noche estrellada" que está en Nueva York y el Monet que se cree en París serían copias.
Pero lo más interesante no es el chiste sobre la propiedad de las obras, sino el experimento que la escena arma con el espectador. Los visitantes recorren primero la sala de los originales —sin saber que lo son— y los critican: "es una copia", dicen, señalando defectos, hablando de lo inferior que es la técnica respecto del "verdadero" cuadro. Después pasan a la sala de las copias —creyendo que son los originales— y las elogian. La misma obra, exactamente el mismo objeto físico en potencia, cambia de valor según la etiqueta que lleva puesta. No es el objeto lo que determina el juicio: es el relato que lo acompaña.
Ahí el museo se vuelve una especie de puesta en escena de todo lo que Cody viene señalando desde el auto. ¿Qué hace que algo sea original? ¿El objeto en sí? ¿La firma? ¿La procedencia? ¿La autoridad del museo que lo exhibe? ¿Lo que dice el catálogo? ¿Lo que afirma el experto? ¿O simplemente lo que nosotros creemos que estamos viendo en el momento en que lo miramos? La escena no se limita a hablar del fraude artístico: convierte al espectador —al de la película, y en cierto sentido también a nosotros— en víctima de un fraude epistemológico en tiempo real. Sabemos que los visitantes del museo están equivocados. Pero durante esos minutos, nosotros también aceptamos sin chistar el relato que la película nos está entregando.


El Fälschermuseum y la conservación del engaño

Existe, en la realidad y no en la ficción, un museo bastante parecido en espíritu: el Museum of Art Fakes de Viena, el Fälschermuseum, que funciona desde 2005 y está dedicado exclusivamente a falsificaciones y fraudes artísticos, con obras de falsificadores tan conocidos como Han van Meegeren, Tom Keating, Eric Hebborn, Elmyr de Hory o Konrad Kujau. La película no lo menciona —es un museo real, no una referencia del guion—, pero pensarlo junto al Museo de Arte Fraudulento ficticio ayuda a cerrar el argumento.
Lo que hace especial al Fälschermuseum es que no destruye la falsificación una vez descubierta: la conserva y la exhibe justamente como lo que es. Un cuadro que en algún momento logró engañar a alguien pasa a decir, ahora, "miren cómo fueron engañados". El fraude deja de ser solamente un engaño consumado y se convierte en objeto de estudio del mecanismo del engaño. Ya no alcanza con saber que algo es falso: hace falta entender cómo consiguió, durante un tiempo, parecer verdadero. Y en muchos de estos casos, lo que se falsifica no es únicamente el objeto —el cuadro, la firma— sino también su historia: de dónde viene, quién lo tuvo antes, cómo se descubrió. Objeto más historia produce la sensación de autenticidad. Es la misma fórmula, apenas disfrazada, que usa la publicidad: producto más relato produce deseo. "Este auto es americano." "Este cigarrillo te hace libre." "Esta película es la que todos están viendo." El objeto puede ser perfectamente real y funcional. Lo fraudulento está en la narración que se le agrega.


Cerrando el círculo: de Turner a la epistemología

Puesto todo en fila, el recorrido queda bastante claro. Turner describe una frontera territorial: cuando la sociedad aprieta, hay un lugar físico al que uno puede irse. Cody constata que esa frontera desapareció y que la civilización, para no dejar a nadie sin válvula de escape, inventó sustitutos: la droga, la pantalla, el espacio como fantasía inalcanzable, la mente como último territorio genuino. La publicidad ofrece una variante todavía más eficiente: ni siquiera hace falta escapar de la propia vida, alcanza con comprar el símbolo de otra. La falsificación artística lleva la misma lógica al extremo del objeto: no hace falta producir el original, alcanza con producir algo que se le parezca lo suficiente como para que el relato de autenticidad se sostenga. Y el museo —tanto el ficticio como el real de Viena— toma esa falsificación ya descubierta y la convierte en herramienta de estudio del engaño mismo, en lugar de simplemente desecharla.
Hay una progresión ahí que vale la pena nombrar: frontera, escape, representación, engaño, detección, escepticismo. Y en algún punto de ese recorrido la frontera deja de ser un lugar y se convierte en una distancia: la distancia entre lo que se dice que una cosa es y lo que efectivamente es. La pregunta de Turner —"¿dónde termina la civilización?"— se transforma primero en "¿a dónde puedo escapar de ella?", y termina, de la mano de Cody, en algo bastante más cercano a Montaigne o a Taleb que a la historia de la expansión territorial norteamericana: "¿qué parte de lo que estoy viendo es real?"
Esa última pregunta es, en el fondo, la única frontera que sigue en pie cuando ya no queda territorio nuevo al que mudarse. No es geográfica ni química ni virtual: es la costumbre —incómoda, poco rentable, casi siempre a contramano del consenso— de no aceptar una afirmación solo porque viene acompañada de autoridad, de prestigio, de un catálogo bien escrito o de una historia convincente, y de preguntarse en cambio dónde podría estar escondido el engaño, y qué le pasa a alguien si termina creyéndolo.


Generado con ayuda IA y verificado por humano para garantizar su exactitud.

domingo, 11 de enero de 2026

El costo del disparate. La cicatriz como método: Il bastone miracoloso y el fin de las opiniones gratis.


Sobre Il bastone miracoloso de Lorenzo Pignotti

Hay un poema italiano de 1831, publicado después de la muerte de su autor, que debería ser mucho más conocido de lo que es. Se llama Il bastone miracoloso —el bastón milagroso— y lo escribió Lorenzo Pignotti, un autor que hoy sobrevive sobre todo por sus fábulas, esas piezas breves y moralizantes que se enseñan como curiosidad de manual. Pero este poemetto burlesco, en cuatro cantos, es otra cosa: es una máquina de demolición contra la pedantería, escrita con la ironía suficiente como para que la demolición resulte, además, divertida. La descripción más común que circula es la de Wikipedia y fuentes académicas: «Uscì postumo, nel 1831, il suo poemetto burlesco Il bastone miracoloso che narra la storia di un uomo dotto abissino che smaschera i ciarlatani.»

Es un poemetto burlesco (poema narrativo satírico) en octavas.  Se publicó póstumamente en 1831 (en Dublín, aunque impreso en Florencia). Narra la historia de un hombre erudito de origen abisinio que, gracias a un bastón “milagroso”, desenmascara y ridiculiza a charlatanes, embusteros y farsantes. 

Tiene un tono irónico y crítico, típico del Pignotti más satírico, lejos de sus fábulas más conocidas. No es un milagro real del bastón el que lo mata de forma mágica inocente, sino el uso satírico del objeto para poner en evidencia y derrotar al impostor.

El autor, en su Favole e Novelle, critica los vicios humanos con ironía. Il bastone miracoloso sigue esta línea, pero con un enfoque en los charlatanes y la hipocresía intelectual. Junto con "La treccia donata", se lo consideraba una de sus obras en verso más placenteras, aunque con maliciosidades personales de época que hoy resultan menos accesibles.

El texto es raro. No hay traducción accesible, no aparece completo en ningún repositorio público de fácil consulta, solo se encuentra mencionado en biografías y catálogos de obras de Pignotti (Wikipedia italiana, Treccani, etc.), pero no el texto íntegro. Salvo una versión en italiano subida a Archive.org
https://archive.org/details/bub_gb_JOBFm18SyJQC/mode/2up
y quien quiera leerlo tiene que ir a buscarlo en italiano a Archive.org y pelearse con el idioma. Pero la idea que organiza el poema no necesita traducción para entenderse, porque es una idea que reconocemos enseguida: ¿qué pasa cuando alguien tiene, literalmente, una vara para medir el disparate?


Un joven que estudió todo y no sabe nada

El protagonista es Ismaele, un joven noble de Abisinia —un "sabio extranjero" que mira con ojos frescos las locuras europeas, un recurso clásico de la ilustración satírica— que se educó con los doctores más célebres de su tiempo. Metafísica, física, álgebra, griego, hebreo, latín, ética, derecho, teología, química, medicina, astrología. La lista es exhaustiva a propósito: Pignotti no quiere un ignorante despachando lo que no entiende. Quiere a alguien que leyó todo, precisamente para que su desengaño tenga peso.
Y el desengaño llega en un verso que funciona como el centro de gravedad de todo el poema:

"Gli pareva aver fin dalla culla / Studiato molto, e non saper poi nulla."

Le parecía haber estudiado mucho desde la cuna, y no saber, después de todo, nada.

Esto tiene el eco de Montaigne —el que sais-je convertido en verso burlesco—, pero hay algo más filoso ahí. Porque Ismaele no llega a la conclusión de que estudiar no sirve. Llega a algo más incómodo: que el conocimiento acumulado puede producir dos cosas completamente distintas, y que no siempre es fácil distinguirlas desde adentro. Puede producir conciencia de la propia ignorancia. O puede producir pedantería, que es más o menos lo contrario disfrazado de lo mismo.


Palabras que se hacen pasar por cosas

El diagnóstico de Ismaele se apoya en una observación que a mí me interesa particularmente, porque es un problema que uno se cruza todo el tiempo, no solo en la erudición de café sino en cualquier campo que se profesionaliza: aprendió miles de palabras misteriosas que se toman por cosas.

Ahí está el mecanismo entero. Una palabra parece explicar algo, pero solo lo nombra. Parece resolver una dificultad, pero en realidad la desplaza un casillero más allá. Parece contener una verdad, pero lo único que produce es la sensación de que la verdad ya fue alcanzada. Es la diferencia entre tener un mapa y tener el territorio, salvo que acá ni siquiera hay mapa: hay una palabra que funciona como si fuera territorio.

Pignotti lleva esto al terreno de la física de su época —teorías sobre el origen del mundo, la Tierra arrancada del Sol por un cometa, o surgida del agua, o del fuego— y las presenta como si fueran cuentos. La comparación que usa es perfecta: los científicos parecen jugadores de una partida de trucos de magia, que hacen aparecer el mundo unas veces del agua, otras veces del fuego. No importa si la caricatura es justa con la física real de 1800. Lo que importa es el mecanismo que describe: la confusión entre una explicación y una narración que simplemente nos convence.

Y hay una imagen, más adelante, que condensa todo esto mejor que cualquier argumento: un hombre hambriento se duerme y sueña con un banquete extraordinario, faisanes, perdices, ragús. Se despierta con la boca vacía. El sueño puede ser magnífico. Lo que la imagen señala es que el sueño no alimenta. Una teoría puede ser elegante, brillante, sofisticada —y no servir para absolutamente nada. Esto es, dicho en otro idioma, la distancia entre lo que suena convincente y lo que tiene consecuencias verificables en el mundo. Una distancia que Feyerabend explotó doscientos años después con otras herramientas, y que Taleb reformuló como la diferencia entre el que opina y el que arriesga algo con su opinión.


El bastón como mecanismo, no como argumento

Lo que hace el Genio doméstico —invocado por Ismaele en su hartazgo— no es darle a Ismaele un argumento mejor. Es darle un bastón. Un objeto que golpea automáticamente a quien dice un disparate, y que se detiene solo cuando la víctima grita tres veces "Sono un bue": soy un buey.

Y acá está, para mí, el hallazgo verdadero del poema. El bastón no necesita saber quién tiene razón. No presenta una teoría, no arma un silogismo, no pide pruebas. Reacciona al error de un modo puramente mecánico. Y esto es exactamente lo que Bergson, mucho después, iba a describir como el mecanismo de lo cómico: algo mecánico introducido en lo vivo. La discusión humana, que en teoría debería ser flexible y capaz de corregirse, se convierte en una secuencia automática. El sabio dice su sistema. El bastón golpea. El sabio insiste. El bastón vuelve a golpear. Y la escena se vuelve cómica precisamente porque la inteligencia empieza a comportarse como una máquina.

Hay algo con piel en juego (skin in the game) en esto, aunque el poema no lo diga con esas palabras. El bastón es, literalmente, la exposición física a la consecuencia del propio error. No hay forma de discutir con el bastón, de matizarlo, de citar una autoridad que lo contradiga. El error tiene un costo inmediato y corporal. Y el poema se ríe, con toda razón, de que esto resulte escandaloso: nuestra cultura entera del argumento está construida para que decir un disparate no cueste nada, para que la elocuencia pueda sustituir indefinidamente a la verificación. El bastón rompe esa impunidad.

Pignotti anticipa, sin el vocabulario, algo que a mí me parece central: la diferencia entre un sistema donde opinar es gratis y un sistema donde opinar tiene consecuencia. Los reyes argumentan con cañones, los literatos con silogismos, los teólogos con el fuego, y el bastón aparece como la última instancia, la que queda cuando todas las demás fracasaron. La ironía es que el bastón, siendo el más brutal de los argumentos, es también el único que no miente: no hay forma de fingir que se tiene razón frente a él.


El pueblo cree, los doctos también creen

Cuando Ismaele prueba el bastón en secreto, dejándolo en la plaza de Congo con una inscripción, ocurre algo que podría leerse como una simple defensa del sentido común popular contra la ciencia oficial: la gente cree en el prodigio, los doctos se burlan.

Pero me parece un error leerlo así de fácil. El pueblo cree sin examinar. Y los doctos también creen —creen en sus propios sistemas, con la misma falta de examen, solo que vestida de método. La diferencia no es entre crédulos e incrédulos. Es entre dos objetos de fe distintos: el bastón de un lado, la propia autoridad intelectual del otro. Y el poema, con bastante crueldad, va a mostrar que ambas fes pueden ser igual de ingenuas, hasta que llega el primer golpe.

Porque el primer golpe no cae sobre un ignorante. Cae sobre el docto que se acerca a reprender al pueblo por su credulidad, el que dice que es vergonzoso que una ciudad entera preste atención a semejante fábula infantil. Y justo ahí, en el gesto mismo de la superioridad intelectual, el bastón lo golpea. El que pretendía desenmascarar la superstición termina golpeado por ella. Y lo que más le cuesta no es el golpe: es que no puede explicarlo, no puede detenerlo, no puede negociar con él. Tiene que decir la palabra que lo salva y que, al mismo tiempo, lo humilla.


Un límite, no una omnipotencia

Un detalle que me parece decisivo, y que separa este poema de una simple fantasía de justicia poética, es que el bastón tiene un radio de acción limitado: unos treinta brazos. No es omnipotente. Funciona bajo condiciones. Y el pueblo aprende esas condiciones no porque entienda la teoría del bastón —nadie la entiende, ni siquiera Ismaele del todo— sino porque observa lo que pasa cuando alguien se acerca demasiado.

Es una lección casi empirista, dicha de costado: no hace falta comprender el mecanismo para modificar la conducta frente a él. Basta con haber visto, una vez, las consecuencias. Este es, otra vez, un argumento con el que Taleb estaría cómodo: el conocimiento que sobrevive no es el que se explica mejor, sino el que deja una cicatriz.


Divertir e instruir, o la risa como bisturí

El primer canto se cierra con el narrador anunciando su programa: quiere que el bastón divierta y, al mismo tiempo, instruya. Es una declaración de método que vale para el poema entero. Pignotti no está simplemente burlándose de los pedantes de su época por deporte. Está usando la risa como instrumento de precisión, del mismo modo en que uno usaría un bisturí en lugar de un mazo: no para destruir el conocimiento, sino para separarlo de su disfraz.

Porque esa es, en definitiva, la operación que hace todo el canto. No dice que la ciencia sea falsa, ni que el saber no sirva. Dice que, entre todo lo que se presenta como saber, queda muy poco después de pasarlo por el tamiz —y que la pregunta que de verdad importa no es cuánto sabemos, sino cuánto de lo que creemos saber podría sostenerse si tuviera que recibir, literalmente, un golpe de bastón.



viernes, 9 de enero de 2026

El enemigo más pequeño puede darnos mucha guerra.


  “El enemigo más pequeño puede darnos mucha guerra.”

Esta idea, que resume una estrategia militar, biológica y cotidiana —la fuerza o el impacto de un adversario no depende de su tamaño físico, sino de su capacidad de resistencia, adaptabilidad o de los recursos que exige para ser superado—, tiene raíces antiguas.

La versión más célebre y difundida proviene de Esopo (la fábula del mosquito/zanzara y el león). Jean de La Fontaine la adaptó y popularizó en 1668 como Le Lion et le Moucheron (“El león y el moscardón/mosquito”). En ella, el pequeño insecto desafía y atormenta al león hasta que este se rinde exhausto; la moraleja subraya que los enemigos más pequeños suelen ser los más temibles y difíciles de vencer, y que quien escapa de grandes peligros puede sucumbir a cosas insignificantes. Esta es la fuente principal que se difundió en el acervo popular, los refraneros y las adaptaciones escolares (incluyendo las versiones en español e italiano tituladas “El león y el mosquito/mosca”).

Lorenzo Pignotti (1739-1812), poeta, historiador y fabulista italiano, autor de las Favole e Novelle, escribió una variante afín titulada Il Leone e il Tafano (“El león y el tábano”). En ella, un insecto pequeño desafía y molesta al león hasta hacerlo huir desesperado, y la moraleja concluye:

Nessun dispregerai:
Che il più piccol nemico;
Può darti briga assai.
(“No desprecies a nadie: porque el enemigo más pequeño puede darte mucha guerra.”)
Pignotti, por tanto, formuló de manera clara y literaria esa idea dentro de la tradición fabulística italiana del siglo XVIII, inspirándose en la herencia clásica (Esopo) y en modelos franceses. No es el autor de la versión célebre de La Fontaine, pero sí aportó una de las formulaciones más directas y cercanas a la frase que hoy circula.

En resumen: la idea circulaba desde la Antigüedad y se consolidó con La Fontaine; Pignotti la retomó y le dio una expresión precisa en su fábula Il Leone e il Tafano.

La fábula de Lorenzo Pignotti Il Leone e il Tafano es bastante corta, como la mayoría de las fábulas clásicas en verso. Tiene poco más de 40 versos y se lee en menos de dos minutos.

Aquí está el texto completo en idioma italiano:

Il Leone e il Tafano
(Lorenzo Pignotti)

Non mi guardar sì fiero,
Che non mi fai paura;
Credi che il mondo intero
Tremi di tua bravura?
Sol que’ vili animali,
Che passeggiano a piè,
Tremano innanzi a te:
Ma quelli ch’hanno l’ali,
Sì poca han soggezione
Del superbo Leone,
Ch’anche un Tafan par mio
Puote, o signor mio bello,
Disfidarti a duello.
Ah! insetto vil, se degno
Crederti potess’io,
Risponde, del mio sdegno;
Con una leggierissima
Sferzata solamente
D’uno de’ crini miei
Tacer perpetuamente,
Credimi, ti farei.
Le ciarle sono inutili,
Delle minacce io rido,
Rispose quegli; e voglio
Domar cotesto orgoglio:
In faccia a tutti i tuoi,
Alla pugna ti sfido;
Difenditi se puoi.
Rapido qual saetta
Sugli occhi a lui si getta,
E stranamente il punge.
Vibra il Leon la zampa,
Ma già l’insetto è lunge.
Torna, e di nuovo il fiede;
Il Leon d’ira avvampa,
Né mai però lo giunge.
Quello ora fugge, or riede,
E sempre il fere in faccia:
Nel naso a lui si caccia;
Freme il Leone e sbuffa,
L’irta criniera arruffa,
Si sferza a’ lati, e rugge;
E per boschi e pendici
Da disperato fugge.
Allor dalle narici,
In aria trionfale,
Esce, e con stridul’ale
Grida in rauco ronzìo:
Il vincitor son io.
Nessun dispregerai:
Che il più piccol nemico
Può darti briga assai.



 

Asistido por IA.

miércoles, 7 de enero de 2026

La envidia como castigo al original


"Con la fama crece, en justa proporción, la envidia: el hombre que representa un carácter siempre tiene enemigos." — Edward Young 

Hay frases que uno cita porque suenan bien, y hay frases que uno conviene auditar antes de citarlas. Esta pertenece a la segunda categoría, aunque el hallazgo real no está en una invención, sino en una operación de traducción e integración estilística.
La frase completa pertenece a Edward Young, quien en la Sátira I de su Love of Fame (1725) escribió en un pareado exacto: “With fame, in just proportion, envy grows; / The man that makes a character, makes foes”. José Ingenieros la tomó para el Capítulo III de El hombre mediocre, pero al traducirla disolvió la métrica poética del inglés dieciochesco y la convirtió en una sentencia en prosa de ritmo impecable: «Así como las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y los rosales más florecientes, la envidia alcanza a los hombres más famosos por su carácter y por su virtud.».
La segunda cláusula no es, como podría parecer a primera vista, un injerto propio de Ingenieros, sino su traducción adaptada para “makes a character” (que en el inglés de la época aludía a afirmarse con personalidad y temple moral). Al disolver la métrica del poema original para convertirlo en una máxima en prosa, la frase pierde el aire de poesía dieciochesca y adquiere la impronta de la sociología moralista de principios del siglo XX. Sin embargo, la “costura” existe y es plenamente suya: al asimilar la máxima al tono de su sociología moralista, Ingenieros logró que la voz del poeta inglés se indistinga de la propia, circulando desde entonces como un aforismo hispano de autoría casi compartida. Me interesa esa costura porque en ella se condensa el tema central: cómo lo que se hereda y se traduce se amolda al pensamiento propio hasta parecer nacido de cero. Con todo ello, la cita es 100% de Edward Young en su contenido.
La lectura superficial del aforismo es sencilla y no requiere demasiada elaboración: quien destaca se vuelve visible, y la visibilidad es un impuesto que se cobra en forma de envidia. Cuanto más asciende el reconocimiento, más crece —"en justa proporción", dice Young, con una precisión casi matemática— la hostilidad de quienes se sienten desplazados por la comparación. No hace falta ofender a nadie para generar enemigos; alcanza con sobresalir. La envidia no responde a un agravio concreto sino a una asimetría percibida, y esa asimetría se agranda sola, sin que el que destaca mueva un dedo.
Pero el aforismo, tal como lo completó Ingenieros, no habla solamente de éxito: habla de carácter. Y ahí está la distinción que separa este texto de un lugar común sobre la envidia. "El hombre que representa un carácter" no es el que tiene más aplausos, sino el que tiene convicciones que no negocia. Es alguien que actúa desde una identidad estable y no desde el cálculo de qué le conviene a cada auditorio. Esa firmeza —no la fama en sí— es lo que incomoda, porque expone por contraste a quienes prefieren la comodidad de no definirse. El hombre de carácter no necesita ofender: le basta con existir de manera consecuente para funcionar como espejo, y el espejo rara vez es bienvenido.


El cruce que Ingenieros no vio (o no quiso ver)

Ahora bien, si uno abandona el aforismo tal como llegó hasta nosotros y va a buscar su fuente —Night Thoughts, la obra de Young de la que salió la primera mitad de la frase—, aparece un cruce mucho más incómodo que el que Ingenieros armó. En ese mismo poema, Young deja otra sentencia, menos citada pero más filosa: "Born originals, how comes it to pass that we die copies?" — "Nacemos originales, ¿cómo es que morimos copias?".
Puestas una al lado de la otra, las dos frases de Young dejan de ser aforismos sueltos y empiezan a funcionar como un mecanismo. La segunda describe el destino por defecto: la sociedad no exige que uno sea original, exige que uno se vuelva copiable, porque lo copiable es previsible y lo previsible no amenaza a nadie. Morir copia es el camino de mínima fricción, el que toma la enorme mayoría sin siquiera advertir que lo está tomando. La primera frase describe el precio de no tomar ese camino: el que se niega a diluirse, el que insiste en seguir siendo original hasta el final, es exactamente "el hombre que representa un carácter". Y ese hombre, al alcanzar visibilidad, no solo despierta comparación: expone. Deja a la vista que la copia era una elección, no un destino inevitable, y eso es lo que la mayoría copiada no le perdona.
Dicho de otro modo: la envidia que describe el aforismo no es un vicio individual y aislado, como se lo suele presentar en la moralina de manual de autoayuda. Es un dispositivo de disciplinamiento colectivo. La masa no envidia solamente el logro; envidia la prueba viviente de que existía otra opción. Los enemigos que genera el hombre de carácter no son un daño colateral de su éxito: son el instrumento con el que el conjunto intenta forzarlo a volver a copiarse a sí mismo, a abandonar la anomalía y sumarse al promedio. La envidia, en el universo de Young, hace un trabajo que ninguna institución podría hacer con la misma eficacia: corrige al que se sale de la curva.


De la poesía moral al existencialismo

Lo que vuelve interesante a Young es que esta intuición, formulada en clave todavía religiosa y moralizante en pleno siglo XVIII, terminó siendo uno de los antecedentes documentados de un problema que el existencialismo tardaría casi doscientos años en formalizar. La tensión entre el original y la copia, entre el carácter propio y la máscara social que conviene usar para no generar fricción, es sustancialmente la misma tensión que después se llamó "autenticidad".
El vínculo no es una lectura forzada ni una analogía cómoda: es un hecho de archivo. Kierkegaard leyó a Young con la atención de quien encuentra a un antecesor, y abrió O lo uno o lo otro con una cita suya en la portada, preguntando si las pasiones son "los paganos del alma" frente a "la razón bautizada". La desconfianza kierkegaardiana hacia la razón fría, la angustia como condición existencial y no como anomalía a corregir, el valor otorgado a lo pasional por sobre lo calculado: todo eso tiene una raíz identificable en la poesía de Young. En la genealogía académica de la autenticidad como concepto filosófico, "nacemos originales, pero morimos copias" aparece citada, con toda formalidad, como uno de los primeros antecedentes de la idea que Sartre, Heidegger y compañía terminarían de desarrollar en términos técnicos: la de un sujeto que puede vivir de manera impropia, disuelto en el "se dice" y el "se hace", o puede sostener una existencia propia al costo de incomodar a los que eligieron lo contrario.


La estafa está en el orden de las palabras

Vale la pena, para cerrar, volver sobre el gesto de Ingenieros, porque tiene algo de justicia poética. Tomó la frase de un poeta que había pasado media vida denunciando la copia como destino trágico del hombre moderno, y la usó —traducida, sin atribuir del todo el origen exacto— para construir su propio argumento sobre la mediocridad en un libro que hoy se lee, en la Argentina, como si fuera enteramente suyo. Hay algo casi cómico en eso: el aforismo sobre el original y la copia terminó, él mismo, convertido en una copia parcial, reeditada y firmada por otro. Young probablemente lo hubiera entendido mejor que nadie. Al fin y al cabo, es exactamente el mecanismo que describió: lo original genera fama, la fama genera envidia, y la envidia —cuando no puede destruir al original— hace lo segundo mejor que puede hacer, que es apropiárselo.

 

Redactado con asistencia de modelos de lenguaje y supervisado por humanos.

lunes, 5 de enero de 2026

El corazón alegre y la vida feliz: una atribución equivocada que termina diciendo la verdad


Hay frases que sobreviven no por quién las dijo, sino por lo que insisten en decirnos aunque cambiemos de autor. Esta es una de ellas. Encontré, en un viejo recorte de diario, una sentencia que me detuvo: "vale más tener el corazón alegre que la vida feliz". La atribución que circulaba era Fénelon. Me puse a rastrearla —con ayuda de inteligencia artificial, que en este caso funcionó más como archivo que como oráculo— y el resultado fue mejor que la cita original: un malentendido con dos siglos de espesor, y dos autores que, sin saberlo, llegaron al mismo lugar por caminos opuestos.



La frase que no dijo quien creíamos

La formulación exacta pertenece a Ramón Gómez de la Serna, en Nuevas páginas de mi vida, publicada en Buenos Aires en 1957: "vale más tener el corazón alegre que la vida feliz, pues un corazón alegre lo suple todo". A Fénelon —teólogo y escritor francés del siglo XVII— se le adjudica por una vía distinta: no porque haya escrito esas palabras, sino porque escribió ideas contiguas, y las recopilaciones de citas del siglo XIX y XX no suelen distinguir entre decir algo y haberlo podido decir. Fénelon habló de conservar la paz interior "sean cuales fueren los acontecimientos exteriores", de una alegría que "supera a todas las penas". Está cerca. Pero cerca no es autor.
Lo interesante no es corregir el error de atribución —eso lo resuelve cualquier buscador—, sino preguntarse por qué el error fue tan fácil de cometer, y por qué duró tanto tiempo sin que nadie lo revisara.


Por qué el malentendido es más elocuente que el dato

Acá conviene aplicar una distinción que uso seguido para pensar fenómenos sociales: la diferencia entre lo frágil y lo robusto ante el desorden. Una cita atribuida erróneamente es, en cierto sentido, antifrágil: se fortalece con cada repetición, cada sitio que la reproduce sin verificar la fuente le agrega una capa de autoridad prestada. Nadie chequea el original porque el enunciado ya "suena" a lo que el supuesto autor diría. Fénelon es candidato perfecto para la falsa atribución precisamente porque su corpus real es tan afín en tono que la mentira no necesita esfuerzo para sostenerse. El efecto bola de nieve de internet no inventa una falsedad arbitraria: recicla una verosimilitud. Ahí está el mecanismo, y no es exclusivo de las frases célebres: es el mismo por el cual una anécdota mal contada se vuelve "sabiduría popular", o por el cual una medida económica fracasada se recuerda, veinte años después, como la que funcionó.


Corazón alegre versus vida feliz: la verdadera fractura

Dejando de lado quién la dijo, la frase señala una fractura que vale la pena mirar de cerca, porque no es una diferencia de grado sino de naturaleza. La "vida feliz" es una variable de resultado: depende de que las cosas —afuera, en el mundo, fuera de nuestro control— salgan de cierta manera. Es, en el vocabulario de Taleb, una posición larga en la fortuna ajena: apostás a que el entorno coopere, y cuando no coopera, la posición se derrumba. La persona que ató su bienestar a la "vida feliz" queda expuesta a cualquier sacudida que el azar le mande, sin colchón.
El "corazón alegre", en cambio, no es un resultado sino una disposición. No apuesta a que el mundo se porte bien: se prepara para que, se porte como se porte, haya un centro que no se mueve. Esto no es estoicismo de manual ni resignación pasiva —ahí es donde Fénelon, con su entrega mística, y Gómez de la Serna, con su ironía vanguardista, se separan en el método pero coinciden en el diagnóstico—. Los dos entendieron que la fragilidad no está en sufrir golpes, sino en construir la propia estabilidad sobre algo que no depende de uno.


Dos siglos, dos temperamentos, la misma conclusión

Lo que más me interesó de este recorrido no fue la corrección filológica sino la paradoja de fondo. Fénelon llega a la idea desde el misticismo cristiano: la paz como entrega a la providencia, la alegría como fruto de la resignación ante lo que no se puede controlar. Gómez de la Serna llega al mismo punto desde el extremo opuesto: la greguería, el humor como estrategia de supervivencia frente al exilio y la pérdida, la vitalidad como forma de desafío. Uno se entrega; el otro se ríe. Y sin embargo terminan diciendo lo mismo con palabras casi idénticas.
Esto no es casualidad ni coincidencia literaria: es un indicio de que la observación es estructural, no ideológica. Cuando dos sistemas de pensamiento tan distantes —la resignación mística y la ironía vanguardista— convergen en la misma fórmula, probablemente estén describiendo algo real sobre cómo funciona la fragilidad humana, y no una moda de época ni un artificio retórico de alguno de los dos.


Lo que queda

La vida difícilmente sea feliz de punta a punta; eso ya lo sabemos, aunque sigamos comprando la ilusión contraria cada vez que posponemos la alegría para cuando "se arreglen las cosas". Lo que cambia el terreno de juego es el punto de partida: si uno construye su estabilidad sobre el resultado —la vida feliz— o sobre la disposición —el corazón alegre—. La primera es frágil por diseño, porque depende de variables que no controlamos. La segunda es la única forma honesta de estar a salvo de lo que, tarde o temprano, se nos va a complicar.
Y quizás ahí está la ironía final de esta historia: una frase sobre no depender de las circunstancias externas terminó siendo, ella misma, rehén de una circunstancia externa —quién se la atribuyó, cuántas veces se repitió sin revisión—. Ni siquiera las ideas sobre la solidez interior están libres de la fragilidad del rumor. Lo único que no se derrumbó, en dos siglos de traspapeleo bibliográfico, fue el contenido de la idea. Eso, quizás, sea la mejor prueba de que algo ahí es cierto.


La IA puso las palabras, yo puse el criterio.

lunes, 26 de julio de 2021

En auto a través de los continentes.



Ficha técnica:
Título: En auto a través de los continentes. (1990-2004)
Autora: Clara Stinnes.
Editorial: Juventud.
Colección Universal. Viajes.
Año: 1994.
Páginas: 295.
Número de Edición de E.J.: 8984.

Reseña:
El 25 de mayo de 1927 Clara Stinnes inció su proeza: recorrer en automóvil casi 50.000 km alrededor del mundo. La historia de la primera mujer que dio la vuelta al mundo en automóvil. Algunos gigantes del automóvil como Adler, Bosch y Aral financiaron la travesía. Junto a ella iban un fotógrafo Carl-Axel Söderström, que había conocido dos días antes y con quien se casó a la vuelta, a bordo de un Adler Standard 6 (conocido como Eagle 6), y dos mecánicos que los escoltaban en otro coche con repuestos. Finalmente tras numerosas aventuras y más de dos años de travesía, entraron en Berlín el 24 de junio de 1929. El libro fue todo un Best Seller de la época.

Autora:
Clärenore Stinnes (1901-1990) fue una piloto de carreras alemana que en 1929, a los 28 años, se convirtió en la primera persona en dar la vuelta al mundo en coche. Antes de este éxito, era una consumada piloto de carreras. Para 1927, en sus dos primeros años de carreras, había ganado 17 títulos.
Nacida el 21 de enero de 1901 en Mülheim, Alemania como Clara Eleonore, Stinnes era hija del industrial alemán Hugo Stinnes. Más tarde conocida como Clärenore, comenzó a dar vueltas alrededor de la fábrica de su padre a los 15 años y obtuvo su licencia de conducir a los 18. Cuando tenía poco más de 20 años, ayudó a su padre a administrar una sucursal del negocio familiar en América del Sur. Cuando él murió, ella regresó a Berlín para comenzar a correr autos a los 24 años. Al ganar muchas de sus carreras, rápidamente se hizo conocida como una de las pilotos de autos de carreras más exitosas de toda Europa.  
El 25 de mayo de 1927, Stinnes partió en un automóvil Adler Standard 6 desde Frankfurt. La acompañaba un camarógrafo sueco, Carl-Axel Söderström, dos mecánicos, un camión de escolta y su perro, Lord. El viaje tomó dos años y un mes y cubrió 29,054 millas (46,758 km). Se completó con éxito el 24 de junio de 1929.
Stinnes y Söderström se casaron en 1930 y se mudaron a Suecia para administrar una granja. La pareja tuvo tres hijos y acogió a muchos otros.
Clärenore Stinnes murió el 7 de septiembre de 1990, a los 89 años.


Este libro lo compre en una librería de saldos. Estaba en una mesa del fondo junto con cuatro o cinco más, diferentes, pero de la misma colección. Baratísimo. Y como me gustan los libros de aventuras, viajes y hazañas, me lo llevé.

Es una edición vieja, que proviene de España. Aún conserva la tarjeta postal, con las que las editoriales, en la época pre-internet enviaban los catálogos a domicilio para luego realizar las compras. Es pequeño, casi de bolsillo, teniendo en cuenta que tiene casi trescientas páginas. Lo que me gusta de la edición, es que trae mapa del recorrido realizado, y fotografías en blanco y negro que tomaron los viajantes. Sirve para ponerse en contexto y ubicarse.

Imagen tomada del libro con el mapa del recorrido de Stinnes y su equipo.

Imagen tomada del libro con el mapa del recorrido de Stinnes y su equipo.

No trae introducción, ni reseña, ni biografía de la autora, ni siquiera prólogo. Busqué en web, y es difícil encontrar una biografía resumida de Clärenore Stinnes o Clara Eleonore Stinnes (1), quizás la más completa que se encuentra, es la que figura en Wikipedia. En los últimos años, al menos, en el mundo occidental, pongamos 10 años en Argentina, y 20 años hacia atrás en primer mundo o países desarrollados, se ha revitalizado el rol de la mujer, y han surgido compendios y estudio sobre mujeres que a lo largo de la historia han sido ocultadas u olvidadas. Por ejemplo, la biografía en Wikipedia en español, finaliza con un atribuyó la falta de cobertura mediática al aspecto de género: que tales logros no se esperaban de una mujer en ese momento que algún anónimo escribió. Esto mismo figura en la web Wikipedia en alemán, ambas biografías son casi un calco, y las más completas que hay en la web (salvo libros puntuales). ¿Es realmente así? ¿su figura decayó solo por ser mujer? Puede ser, pero debería estar mejor fundado, también se da el caso de hombres que hay pasado al olvido luego de realizar una hazaña. La mayoría de los escritos sobre ella data de los últimos 20 años, pero este libro que posee data de 1994, en Wikipedia figura otro que data de 1981, otro texto en 1996, entrevistas entre 1983 y 1986. Es decir, ¿hasta qué punto o bajo que parámetros se considera que una persona fue olvidada o no se le dio cabida en los medios o por “culpa” del machismo se la dejó de lado y ahora es momento de elevar su figura después de ese ostracismo? Siguiendo nuevamente las biografías leídas en Wikipedia, tanto en alemán como en español, en ambas figuran lo siguiente “Stinnes fue el líder del pequeño equipo que empujó a los tres hombres y a los muchos ayudantes…” y “Stinnes era la líder del pequeño equipo que empujó implacablemente a los tres hombres y a los muchos ayudantes…”. Nótese que quien haya editado la entrada en español agregó el “implacablemente” ¿eso verdaderamente fue así?. Existe una necesidad de colocar al figura de la mujer, con todos sus pros, que fue grande, corredora y conductora, como por encima de todo, pero se pasa al olvido y al ostracismo, lo que ella misma escribió al comienzo de su libro, que fue acompañada por tres hombres, dos de ellos olvidados casi para siempre, y el otro mencionado como su esposo.

Para los que como a mí, les gustan los libros de viajes y aventuras, más que nada en tiempos pasados, está bueno. Vale la pena leerlo. Que además va presentando aspectos culturales de aquel mundo que vivió. Por parte es redundante, habida cuenta que circulaban horas y horas en un coche pero lo bueno es ir descubriendo esa riqueza con la que se iban encontrando, y es muchas ya que dieron la vuelta al mundo. El viaje les llevó dos años 1927-1929.

En cierta medida la tuvo fácil. Trabajaba como administrativa y si su padre era un empresario pudiente. Como si fuera poco, uno de los productos a los que se dedica su padre eran automóviles. Ella misma lo cuenta en el primer capítulo.
La magna organización industrial de mi padre comprendía, entre otras empresas, una importante fábrica de automóviles. (Pág. 7)
Durante la semana no me faltaba nunca trabajo de escritorio en exceso. (…)
El viaje de prueba que el gobierno comunista organizó en Rusia en 1925, suscitó en mí, el deseo de realizar en auto un viaje mundial. (Pág. 8)
Contraté a los dos mejores mecánicos que encontré en los talleres Adler: Victor Heidtlinger  y Hans Grunow, quienes tendrían que relevarse en la conducción del furgón. (Pág. 15) (…)
No habiendo nunca nadie que se me anticipara en un viaje de tal naturaleza, decidí hacer filmar todos sus incidentes y peripecias. (Pág. 15)

Mejor idea no podía haber tenido, fotografiar y filmar todo lo que pueda. Se lee en la web que llegó a tomar hasta 800 fotografías, y en Youtube se pueden ver fragmentos de sus filmaciones. Es una herramienta fenomenal para poder ver una época desde la distancia. Su co-equiper Carl-Axel Söderström, era quien hacía de camarógrafo y fotógrafo, aunque se lee que ella también tomó fotografías. En un momento corrieron la mala suerte de perderlos cuando los bártulos cayeron al agua, pero con buena suerte rescató la bolsa con los negativos que finalmente no se vieron afectados. (Págs. 235/236)



Como nadie se le “anticipó” en hacer dicho viaje, quedó registrada como tal en el libro de los Record Guinnes.

Imagen Tapa y pág. 70 del libro Guinness World Records 2014.

Captura del libro Guinness World Records 2014.


Se trata de una mujer de alta situación social. Y como es de suponer, un pensamiento de acuerdo a su época. Esto es relativo, en ocasiones ve bien cazar animales, hoy día por ejemplo, los animalistas lo verían mal. Pero el punto en este momento, es la diferencia social entre “normales y civilizados” y los “otros” qué, ¿quiénes serían? ¿los “anormales e incivilizados”?, que trae a la mente el libro de Sarmiento, Facundo o Civilización y Barbarie, publicado en 1845. En el libro de Stinnes, esta diferenciación está llevada nivel mundial, así lo escribe “Mientras tanto, las tierras que recorríamos eran todavía demasiado normales y civilizadas para que pudieran despertar en nosotros verdadero interés” (Pág. 21)
También podría mencionar el tema del “trabajo”, hoy día en Argentina, mucho lo verían mal, justamente los que no trabajan, en tanto que en el libro, escrito hace 90 años, y a pesar que tenía un buen pasar, hace mención al trabajo como sostén para ganarse la vida, sobre todo, mucho énfasis al comienzo, de hecho las primeras hojas del libro están cargadas de ideas morales y/o costumbres de vida.
Lo bueno, que “lo diferente” es lo que era de interés para ellos.

Y ya que mencioné la palabra “costumbres”, hay una referencia muy importante que dice en un par de ocasiones, y que es de utilidad para cualquier viajero, si hay una norma implícita en los viajeros, creería que es esta, cuando dice “Decidida a no ir jamás contra las costumbres…” (pág. 179)

Clara Stinnes tiene una forma particular de hablar, cuando uno lo lee el texto detecta enseguida esa manera “diferente” en que lo escribió. En realidad, no sé si es un acento puntual, o es así como se habla el alemán, ya que no lo conozco, de todas maneras, lo que me llega es a partir de la traducción, y estaría considerando una traducción literal. Algunos ejemplos:
“Desde que salí del colegio, viviendo todavía mi padre, me acostumbré al trabajo. Mis ocupaciones fueron múltiples y diversas, por querer mi padre adiestrarme en diferentes actividades a fin de poder descansar de mí.” (pág. 7)
“Lo que más me agradó fue el tamaño y disposición del motor, construido por el profesor Becker, de la Escuela Técnica Superior de Berlín, hombre a quien yo siempre tuve por muy competente” (Pág. 9)
“En la misma exposición hablé con los directores de los talleres Adler, apalabrando con ellos un coche…” (Pág. 9)
“Empleaba las horas que le dejaba libre la escuela, en ayudar a los demás y hacerse útil.” (Pág. 10)
“Al concluir el servicio militar se presentó, pues, Sörderström, en los laboratorios Pathé Fréres, quedando inmediatamente colocado.” (Pág. 11)
“Con cuantas comodidades hubiera podido soñar el más inteligente.” (Pág. 183)
“Desde El Real emprendimos nuestro regreso poco menos que prensados por los plátanos. No había que soñar ya con las comodidades de la ida.” (Págs. 277/278)

Como se ve con estos ejemplos, así es todo el libro, llama la atención esa manera de hablar y los remates al final de cada frase.

“Fuera de la ciudad, vimos en el camino que debía conducirnos a Bulgaria, a través de las montañas, un imponente monumento que recordaba la dominación turca: era una casa construida con cráneos de soldados serbios…” (Pág. 24)
¿A qué se referirá? ¿existirá aún? ¿será Céle Kula (2)? Aunque si fuera este último, ya para cuando pasaron ellos, se le había construido una capilla a su alrededor.

“De Constantinopla a Ismid se nos prohibió por razones militares, trasladarnos en automóvil y forzoso nos fue hacer el viaje en tren.” (Pág. 31)
En la actualidad han cambiado los dos nombres de estas dos ciudades, Constantinopla ahora es Estambul, e Ismid ahora es Izmit (en la antigüedad se llamaba Nicomedia), en realidad, Estambul ya se había oficializado como tal aunque los occidentales continuaban llamándola Constantinopla. ¿Por “razones militares”? La distancia eran apenas 100km ¿qué peligro podían ocasionar dos automóviles con cuatro personas? ¿tal vez los vieron como espías? ¿o tal vez había focos de conflictos? Algunos años antes había tenido lugar una grave conflagración turco-griega.  

“…inútil buscar sombra bienhechora de árboles que no existen.” (pág. 34)
Esto me recordó algunas ciudades pequeñas de este país que carecen de árboles en sus veredas. Sin ir más lejos, hacia 2021 un barrio de CABA carecía de plaza, no tenía ni una sola plaza.

“Vimos una vez a un pobre caballo al que dos persas se empañaban en hacerle tirar del carro, a pesar de tener la pata rota. ¡Era de ver con qué dolorosos esfuerzos iba avanzando el animal, merced a sus tres patas útiles, a los golpes, palos y latigazos de sus desalmados dueños!” Sölderström y yo tuvimos la misma idea: comprar el caballo. Detuvimos el coche y pregunté al propietario, cuanto quería por el animal. Me pidió 30 marcos en moneda persa; más por fin se contentó con 20, en consideración a que lo probable era que de ningún modo pudiese recorrer la miserable bestia los 110 kilómetros que la separaban todavía del mercado más próximo. Toda la caravana se detuvo para ver lo que haríamos nosotros con el caballo recién comprado. Lo apartamos del camino y con dos o tres tiros le pusimos fin a sus sufrimientos. Los persas nos miraban asombrados como si estuvieran en presencia de un par de locos.” (Pág. 57-58)                                                  
La anécdota resulta entretenida, y hasta benevolente con el animal, pero al mismo tiempo es raro, es rara la actitud que tienen para con los animales a lo largo del libro, por ejemplo, un momento sentían deseos de cazar liebre, no a los tiros sino encandilándolas con los focos (p. 21) o en otros momentos refiere a la nostalgia que sintió su perro en su ausencia (p. 278), así como esta, hay más situaciones con animales. De hecho, nos toca de cerca, al pasar por Argentina le hicieron ver un espectáculo de doma “como se hacía antes”, se sorprende con la crueldad con que se trata al animal realizando algunas apreciaciones.
Encabritábase entonces el animal, y daba tremendos botes con ánimo de despedir al jinete. Esta lucha, entre la bestia y el hombre, duraba hasta que, vencido el potro y cubierto el cuerpo de espuma y sudor, se rendía, fatigado, a la voluntad del jinete.
Esta era una muestra de los antiguos métodos de doma; los modernos, sin embargo, son menos brutales. Actualmente principíase por acostumbrar al potranco a la compañía y vecindad de los hombres desde que nace. La doma es, luego, gradual y paulatina, quedando suprimida la violencia y la crueldad. Los gauchos del antiguo cuño apenas si existen ya. (Pág. 262)
Como cierra el párrafo es genial, apenas un par de años antes se había publicado el libro cásico (3) que evoca la figura del gaucho ya desaparecido/extinto.
Pero la autora sigue, e incluye la palabra “salvajismo”, que denota cierto aprecio por los animales al tildar así ciertas prácticas para con ellos.
Las vacas y los toros crecían con el mismo grado de salvajismo que los caballos. Sujetábase a los animales con el lazo y se les marcaba el hierro de su propietario. También esta costumbre empieza a caer en el olvido. Se construyen corrales con distintos apartaderos. El animal entra en ellos y allí se les pone la marca, sin la crueldad del lazo. Verdad es que aún hoy en día se les graba la marca en la piel con un hierro al rojo; pero se le atiendo  luego al animal y se le prodigan los cuidados necesarios. (Pags. 262/263)



“Los aldeanos la fabrican con alcohol añadido a una maceración de maíz. Rechazar a un bureta la libación ofrecida es inferirle un agravio; (…) Los cánones de consumo con la cortesía, exigían que se llenase el vaso hasta los bordes; se vertían luego en el suelo algunas gotas, se bebía un sorbo y el resto era para el forastero o invitado a quien deseaba obsequiar.” (Pág. 112)
¿Conocido? En casi toda hispanoamérica, sobre todo en pueblos del interior, tienen la misma práctica, bebida fermentada del maíz (chicha), arrojan una chorrito a la tierra (madre tierra) y se ofenden cuando se les rechaza.  
 
“A nuestra llegada salió a recibirnos un muchacho con ojos de sueños.” (Pág. 164)
La manera de referirse a la “brida mongólica”,(4) epicanto, o pliegue epicantico, comúnmente llamados ojos rasgados, ojos achinados, ojos orientales.

En el texto encontré un montón de palabras que no conocía, enriqueciendo el vocabulario como por ejemplo: albayalde (p. 6), relejes (p. 34), alquería (p. 66), astroso (p. 66), quinqué (p.81), corvejones (100), tolla (p. 100), pitanza (p. 101), pelmeni (p. 108), muflón (p. 110), garduña (p. 168), vedija (p. 201), oquedal (p. 201), acémulas (p. 204), balumba (p. 205), gollerías (p. 65 y p.165), pollino de tiro (p. 225), cura de mono (p. 243), etc… el texto posee un lenguaje enriquecedor de palabras poco comunes, al menos, por estos lares.

“Tula, la famosa ciudad de los aurífices” (p. 72)
Con Tula se refiere a una ciudad rusa, pero lo llamativo aquí es la palabra “aurífice”. ¿A qué se refiere?. Equivocadamente, lo relacioné con el oro y pensé en alguna leyenda que desconocía, pero estaba errado. Aquí tenemos una palabra que si bien está relacionada con el oro, es una palabra en desuso, ya no se la utiliza, pero figuraba en un Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936).
https://www.rae.es/tdhle/aur%C3%ADfice


Cuenta un relato sobre los lobos, que se lo contaron lugareños de Flachland ¿…? ¿qué lugar se refiere con Flachland? No lo pude encontrar, pero se trataría de una lugar en Rusia, ya que iba por ese camino. El fragmento dice:
Por la noche, mientras preparábamos nuestra cena los aldeanos nos contaban historias espeluznantes. En invierno se reunían en manadas de treinta o cuarenta y, acuciados por el hambre, declaraban al hombre la guerra. Caían inopinadamente sobre los trineos que se aventuraban a viajar solos, y se daban el gran banquete a costa de los infelices que tan cara pagaban su imprudencia. (Pág, 99)
Me interesa rescatar la primera parte “los aldeanos nos contaban historias espeluznantes”, esto es algo muy común en todos los pueblos pequeños del “interior” de cada país, cualquier manual de supervivencia alerta sobre esto, cualquier viajero, de antes o en la actualidad conoce de esto ¿por qué es así? tal vez, la tradición oral mezclada con creencias, y el hecho que un “cuento” puede atemorizar al viajante/invitado, creando cierta “magia” y “prestigio” en quien lo cuenta, y pesar que uno sepa que le están contando una terrible mentira poco convincente, todos recomiendan “seguir el juego” y no “faltarle el respeto” contradiciendo lo que relatan. Dicho esto, paso a la segunda parte, el ataque de mandas de lobos, en este caso la historia es creíble, no se trata de hechos sobrenaturales sino de algo real, no obstante, hay que considerar dos cosas, una que las manadas de lobos solían atacar más a otros animales a un humano, y dos, que la figura del lobo tiene mucha relevancia en la cultura europea.(5) Si bien, aquí estamos geográficamente en Asia, se trata de pueblos eslavos.

Las villas suntuosas de los ricachos, estaban pintorescamente situados en un inmenso parque de feraz vegetación tropical. Veíanse entre las fronda animales de diferentes especies, unos en libertad, otros enjaulados. (Pág. 185)
Hablando de los animales, y también sumo a los vegetales, no es específica con la naturaleza que se encuentra, en muchas ocasiones, habla en “general” y no detalla, tal vez por desconocimiento y/o dificultad para acceder a ese conocimiento más específico por ejemplo, cuando habla del guano, y menciona a las “aves” no puntualiza que aves.

He notado que no hace alusión a mujeres, en líneas generales, no “rescata” a  ninguna, no hablaban o evitó mencionar alguna, a lo sumo, las menciona como “la esposa de…”, “su esposa…”,  “la geisha…”, “una negra…”, “una mujer pelirroja…”, jamás un nombre propio, salvo un caso, el nombre de un vapor costero llamado Olga, en tanto que los hombre, sí, a casi todos (salvo algún “indio”) los menciona con nombres propio, generalmente acompañado de un título “el capitán”, “el señor”, “el jefe”, etc… Incluso en cierta ocasión, hace alusión a la confusión que pudo originar pasar como hombre. No queda claro si lo dice con ironía o si en verdad pudo darse esa confusión o fue un descrédito hacia ella por parte del capitán.
El capitán Möller, un verdadero lobo de mar, salió a recibirnos con su paso tardo y grave, a la escalerilla del barco. Su recibimiento no pudo ser más amable. Nos acercamos a saludarle; con gran alegría saludó el capitán a su compatriota Söderström y con menos afabilidad me tendió la mano, sin saber a punto fijo si aquella persona con pantalones de vellorí era un muchacho o una muchacha. (Pág. 187)  


En cierta medida, la vuelta “al mundo”, efectivamente lo fue, pero “pudiendo” haber pasado por muchas más regiones no lo hizo, no le quito méritos a la hazaña, por ejemplo, el "mundo" no incluyó África, el continente quedó fuera, podría especularse con que la “vuelta al mundo” se puede completar sin pasar por allí, es cierto, pero también se puede completar sin pasar por América del Sur y sin embargo sí pasaron por estos lugares. Lo mismo podría decir de Oceanía, América Central y partes de Asía (Medio Oriente, India e Indochina, sudeste asiático) que se evitaron. Supongo que se debe a las dificultades que se presentaban, sobre todo, lo referido a los caminos, y peligros de zonas mayormente colonizadas y/o poco conocidas. Circular cruzando con barcos, no les causó mayores problemas. Ni quiero meterme en considerar al título En viaje a través de los continentes.

Algo que resulta llamativo, visto a la distancia, es la facilidad y comodidad de comprar y llevar explosivos con los cuales se abrían paso por los caminos de montaña, impensado hoy en día, porque ya existen los caminos, y además, porque está prohibido. Y al parecer, la utilizaban bastante “De nuevo tuvimos que recurrir al frecuente uso de la dinamita” (Pág. 223) Esto de la dinamita va de la mano con que viajaban armados, y al parecer no tuvieron ningún inconveniente en ningún país por los que cruzaron para con sus armas, que las podían usar para matar animales como para matar personas y sin embargo dieron la vuelta al globo armados. Hoy no sería viable (y hasta sorprende leerlo/verlo a la distancia), al menos, los viajantes de los últimos 50 años no andan armados. No obstante, peligros y amenazas de peligros no les faltaron en el recorrido. El tema de las armas que portaban aparece varias veces, algunos ejemplos son los siguientes:  
Una de las fotos lleva la leyenda “Los facinerosos se hacían señas con banderas”.
“Teníamos que atravesar una de las comarcas más peligrosas: la región de los tunguses, bandas de salteadores formadas por soldados chinos licenciados o desertores y por habitantes de aquellos pueblos ladrones.” (Pág. 141)
“Cada minuto aumentaba para nosotros de ver cortado el camino de Pekín por las mesnadas de atacantes.” (Pág. 156)
“Antes de internarnos en la región montañosa, nos aseguramos del buen estado de nuestras pistolas. La semana anterior los bandidos habían asaltados tres autos.” (Pág. 197)
“Por haber sido asaltado y robado el convoy con nuestras provisiones que habíamos comprado en Caraveli, nos vimos obligados a echar mano de nuestras reservas.” (Pág. 225)

En un caso, el acompañante le pego un tiro en el pie a uno agresor.


Algo para rescatar, es el trato recibido en Sudamérica, en realidad siempre recibieron buen trato en cada acogida donde paraban, pero la impresión que se llevaron de los sudamericanos parece que fue más fuerte que las demás.

Nunca como entonces pudimos comprobar el espíritu de hospitalidad de los sudamericanos. No se nos hizo ninguna pregunta. Nadie quiso saber de donde procedíamos, adonde íbamos, que habíamos ido a hacer a aquél país, qué nos proponíamos. Tan solo se nos hizo objeto de atenciones, procurarnos hacernos grata la estancia y autorizándonos incondicionalmente a prolongar esta cuanto quisiéramos. (Pág. 196)
Los peruanos del interior nos dispensaron un recibimiento verdaderamente cordial. (Pág. 198)
Hasta cuando la pasaban mal, se sentían bien por el ofrecimiento de un lugara para dormir.
Pasamos las noches en albergues de lo más primitivo. En Arequipa, pintoresco pueblecito de la montaña, creí morir devorada por las pulgas. La misma desdichada suerte cupo al capitán Gálvez, Söderström, en cambio, se libró de las picadas de los ruines animalejos por haber preferido quedarse a dormir en el auto. Pero si no con comodidades, el dueño de la posada conquistó, al menos, nuestra simpatía con su afabilidad y cordial acogimiento. (Pág. 208)


Hay un fragmento que resulta interesante, donde se refleja cuestiones de eurocentrismo del pasado (¿y presente?), tanto de aquellos años como de mucho antes, y al mismo tiempo la realidad de los pueblos caribeños, en parte, las poblaciones pobres de aquellos lugares. Cierta mirada personal y no está exenta de comentario que se le pueden formular.
Nunca he visto gente más simpática que aquellos bronceados habitantes del bosque. Su mirada era franca y abierta. Les rogamos que se dejaran fotografiar para poder enseñar su retrato a nuestros hermanos y hermanas cuando regresásemos a la patria. Accedieron a la demanda a condición de que les diéramos cuatro libras de abalorios. Prometimos enviárselas; pero nuestra palabra no les bastó. Querían que les diéramos los abalorios en aquél instante mismo. . No tenían ellos la culpa de su desconfianza, ya que hubo una vez un blanco que les hizo la misma promesa que nosotros, olvidándose, después, de cumplirla. Nos costó gran trabajo convencerles de nuestra absoluta buena fe. Convencidos, por fin, se ataviaron con sus mejores galas. Vergüenza hubiera tenido que darle al blanco que abusó de la credulidad de gentes tan cándidas. Por su culpa, una tribu de indios tiene por falsa y desleal a toda la raza blanca. Así es como se incuban las guerras. (Pág. 275)


Por momentos, la lectura se vuelve un poco densa en cuanto a la descripción de los trayectos y algunos inconvenientes repetitivos que se van presentando, como roturas, caminos cortados, desperfectos con el auto, hondonadas y hundimientos, camino fangoso, pero que en definitiva son parte de la aventura.  

Hay mucho más para comentar que resulta interesante, como por ejemplo la mención de tipos de vegetación que encontraron en suelo argentino y los animales que también mencionan como yuntas de bueyes, grillos, escorpiones, serpientes, arañas, vacas, etc… que comparado con otras partes donde casi no menciona nada (liebres en una lago, aves en otro lado, etc…), a pesar de mencionarlos genéricamente, los menciona, que sumados son bastantes. Un accidente que por distracción, terminó el acompañante golpeando con la cabeza contra el parabrisas (p. 256) (pensemos hoy día en el cinturón de seguridad y los airbags).  Pero ya me excedí demasiado comentado este pequeño libro. Algo más para finalizar, aparecen algunos errores, en cuanto a las localidades, que puede ser por desconocimiento de la autora o por algún error en la traducción, no he mirado la primera edición en idioma original como para corroborar. A modo de ejemplo dice “nos acercábamos a Quiaca, última ciudad boliviana” (p. 252) cuando es y fue en ese entonces una ciudad argentina. “Tuvimos que resistir la incomodidad hasta Malibrán” (p. 257) en realidad se refiere al municipio de Malbrán en Santiago del Estero. Con “Punto del Inca” supongo que estaría refiriendo a “Puente del Inca” (p. 264).

Algunas fotos tomadas del libro que ilustra con unas cuantas más.





Referencias.
1. https://es.wikipedia.org/wiki/Cl%C3%A4renore_Stinnes
2. https://es.wikipedia.org/wiki/%C4%86ele_Kula
3. https://es.wikipedia.org/wiki/Don_Segundo_Sombra
4. https://es.wikipedia.org/wiki/Brida_mong%C3%B3lica
5. https://es.wikipedia.org/wiki/El_lobo_en_la_cultura_europea

lunes, 17 de mayo de 2021

Caminata 5,78km. 68min. Tribus de Kenia.



Caminata con objetivo cumplido. No tengo nada para escribir de la salida. No tomé fotos, ni me sucedió nada, ni vi algo como para comentar.


Para no dejar la entrada vacía, se me ocurre subir algo que obtuve en una caminata de un año atrás. En una feria de baratijas, por $10 me compre este maso de cartas. Realmente era nada, ¿qué son $10 en Argentina en los últimos 5 años? Nada. Eran naipes para jugar póker con las imágenes de personas africanas con indumentaria tradicional. Lo vi, y me lo llevé, pero ni idea de si estaba completo o no, ni siquiera lo había revisado, lo ví, lo pagué y me lo llevé para sumarlo a mí colección. Hoy lo escanee y busqué información al respecto.

Al parecer, le faltan un par de barajas, la de portada como mínimo, y dos más, una con info de puntuación en el póker y la otra con datos del fabricante. No obstante la cajita plástica contenedora dice Cambissa, que es un dato. Se trata de un juego titulado Tribus de Kenya. (1) (2)

Descripción.
“Kenya Tribus”, naipes bellamente ilustrados, publicado por Sapra, Mount Kenya Sundries Ltd, Nairobi, 1991.

Kenia tiene una población muy diversa que incluye la mayoría de los principales grupos étnicos, raciales y lingüísticos que se encuentran en África. Cada tarjeta presenta una ilustración en color de cuerpo entero de personas africanas que incluyen: guerreros, bailarines, músicos, niñas, hombres y mujeres, médicos brujos y percusionistas. Hay alrededor de 42 tribus diferentes en Kenia, lo que hace que más de 42 comunidades étnicas tengan cada una sus propias prácticas y símbolos tradicionales. Este paquete de tarjetas contiene un total de 55 ilustraciones.


No obstante, las que poseo tienen la particularidad de no ser las originales. Es una variación, que están impresas con la misma obra de arte que “Kenya Tribus”, pero sin el fondo de las imágenes, y diferentes comodines. Una versión dual de una plataforma similar, con fabricante/editor desconocido. También he encontrado por la web, un tercer tipo, prácticamente todo igual pero con una borde/marco color azul.

Evidentemente son cartas/naipe orientados al público turista, y es posible que sean versiones “ilegales” o marginales a las original. A mí me sirve para sumarla a la colección, es posible que no tengan valor comercial, pero si cierto valor cultural que aprecia un coleccionista. Las imágenes y la información que remiten a un aspecto socio-cultural, histórico si se quiere, un mínimo acercamiento a la diversidad étnica de dicha nación. Me permito realizar preguntar para conjeturar como llegaron a una feria de baratijas en Buenos Aires. ¿Habrán sido editadas en 1991 como las originales o son copias que se continúan realizando todo el tiempo? ¿La habrán traído turistas extranjeros y las dejaron olvidadas o las tiraron a la basura en su paso por Argentina? ¿Las habrán traído turistas argentinos que visitaron África? ¿Tendrán más de 25 años o serán copias actuales de no más de cinco años atrás? ¿Serán más comunes de lo que parecen o serán ediciones discontinuadas, perdidas y olvidadas? Lo que fuere, subiré las imágenes de los escaneos.









Referencias.
1. https://www.wopc.co.uk/kenya/sapra-playing-cards
2. https://barajasynaipes.blogspot.com/2020/01/kenya-tribus.html