jueves, 15 de enero de 2026

Sospecho que la lógica es cosa del Diablo (o Feyerabend contra el Bastón Miracoloso)


En 1831 se publicó en Dublín, aunque escrito mucho antes por el médico y poeta toscano Lorenzo Pignotti, un poemetto burlesco casi olvidado que tiene la estructura de fantasía moral que uno esperaría de un cuento de hadas ilustrado: en Abisinia, un joven llamado Ismaele —hastiado de haber devorado metafísica, física, álgebra, teología, medicina y astrología sin haber entendido, en el fondo, absolutamente nada— invoca a un genio doméstico y le pide una forma de desenmascarar a los sabios que lo rodean. El genio no le da un argumento. Le da un bastón.

El objeto es simple y perfecto: golpea solo, sin mano que lo empuñe, a cualquiera que pronuncie un disparate, y no se detiene hasta que la víctima grita tres veces "soy un buey". No negocia, no matiza, no distingue intenciones. Ismaele lo suelta primero sobre una academia de filósofos que compiten por explicar el fenómeno del bastón —uno con mecánica, otro con electricidad, otro con una vara de zahorí— y después sobre un colegio de teólogos, sobre un par de frailes que discuten en latín a los golpes, y hasta sobre un tribunal de la Inquisición que intenta exorcizarlo convencido de que aloja al Diablo. El bastón no hace acepción de bandos: apalea por igual al físico presuntuoso y al inquisidor que lo quiere quemar por brujería. Al final del poema, hartos de perder siempre, los teólogos sobornan a los guardias y lo hacen arder.

Lo que me interesa de este artefacto no es su comicidad —que es mucha— sino su función: es un dispositivo que introduce fricción real en un mercado de ideas que, de otro modo, no tiene ninguna. Los sabios de Congo pueden decir cualquier fantasía sobre el origen del mundo o la naturaleza de la materia sin pagar costo alguno por equivocarse; el bastón es la irrupción, literalmente física, de una consecuencia. Es la piel en el juego hecha madera. Uno podría leer todo el poemetto como una alegoría anticipada de algo que después Nassim Taleb pondría en términos más sobrios: la asimetría entre quienes opinan y quienes exponen algo al opinar. El bastón, en ese sentido, no es un instrumento de crueldad sino de higiene epistémica: castiga específicamente al que teoriza sin arriesgar nada.

Pero antes de que Pignotti imaginara este juguete punitivo, Dante ya había tenido la misma sospecha, aunque con menos sentido del humor. En el canto XXVII del Infierno, un diablo le explica a Guido da Montefeltro, el consejero fraudulento que creyó poder pecar y arrepentirse a tiempo con un cálculo bien hecho, por qué viene a buscarlo al infierno con estas palabras: que no creía que él fuera lógico. La lógica, ahí, no es una herramienta neutral de la razón: es el terreno propio del demonio, el lugar donde el argumento bien construido se independiza de la verdad y de la virtud y empieza a servir a cualquier causa, incluida la propia condena. Guido fue un silogista perfecto toda su vida —y por eso mismo terminó donde terminó. 

Cuatrocientos años antes que el bastón de Ismaele, Dante ya sospechaba que el razonamiento sin arraigo moral no conduce a la sabiduría sino a la perdición, y que alguien —algo— tarde o temprano viene a cobrar la cuenta.

El bastón de Pignotti, entonces, se puede leer como el diablo lógico de Dante convertido en objeto contundente: lo que en el Infierno se paga en el alma, en Congo se paga en el lomo. Y conviene notar que ninguno de los dos hace juicios de intención. El diablo no le pregunta a Guido si creía sinceramente en su argumento. El bastón no le pregunta al teólogo si su fe es genuina. Ambos dispositivos operan sobre el resultado, no sobre el mérito subjetivo del razonador: si el argumento estaba vacío, da igual cuán convencido estuvieras vos.

Ahora bien. Imaginemos, un momento, el bastón suelto no en Congo sino en cualquier grupo de WhatsApp familiar contemporáneo. El cuñado que explica con total soltura por qué el dólar va a tal cosa el mes que viene, sin haber puesto jamás un peso donde pone la boca. El coach de Instagram que asegura que fracasaste por falta de "mentalidad ganadora". El politólogo de sobremesa que en 1789, en 1917 y en 2001 habría estado igual de seguro de todo. Uno se los imagina, a todos, con las orejas gachas y los dientes flojos, gritando "soy un buey" al unísono en un asado de domingo, y hay que admitir que la fantasía tiene un atractivo casi vengativo. Es la versión punitiva de lo que la vida, con más lentitud y menos elegancia, suele encargarse de hacer de todos modos: cobrar, tarde, la cuenta de la opinión gratuita.

Y sin embargo —acá es donde el poema deja de darme risa y empieza a inquietarme un poco— convendría preguntarle al fantasma de Paul Feyerabend qué opina de todo esto antes de aplaudir demasiado fuerte.

Feyerabend dedicó buena parte de su obra a sostener que la ciencia no avanzó por seguir un método riguroso y disciplinado, sino a fuerza de herejías: Galileo defendiendo el copernicanismo con argumentos que, juzgados con el rigor lógico de su época, eran de una impertinencia rayana en el disparate; teorías que sonaban a locura y que solo después, con el diario del lunes, resultaron fecundas. Su consigna, "todo vale", no era un elogio de la estupidez sino una advertencia: si hubiera existido en 1610 un dispositivo capaz de apalear automáticamente a quien dijera algo que sonara a sofisma para el sentido común imperante, Galileo habría terminado gritando "soy un buey" antes de terminar de armar el telescopio. El bastón no distingue entre el charlatán que dice tonterías porque no tiene nada mejor que ofrecer y el hereje que dice tonterías porque está viendo, todavía mal, algo que nadie más ve. Los apalea con el mismo entusiasmo.

Esa es, me parece, la falla de diseño que ni el genio de Ismaele ni Pignotti se detuvieron a considerar: un instrumento que castiga la certeza equivocada también castiga, indistinguiblemente, a la certeza prematura. El bastón le habría hecho un favor enorme a la humanidad apaleando a la Sorbona entera del poema, sí —pero no tenemos ninguna garantía de que no hubiera apaleado también, con el mismo entusiasmo mecánico, al primero en sugerir que la Tierra gira, o que existen microorganismos, o que el tiempo no es absoluto. La higiene epistémica que exige piel en el juego es, en el fondo, conservadora: recompensa al que no se expone, no al que arriesga bien. Y la ciencia, según Feyerabend, necesitó siempre un poco de gente dispuesta a decir barbaridades sin que nadie los estuviera esperando a la salida con un palo.

Quizás la lectura más honesta del poemetto de Pignotti no sea la que yo mismo insinué al principio —que hace falta más bastón en el mundo— sino la contraria, la que ni Ismaele ni su genio quisieron ver: que toda ortodoxia, apenas consigue un instrumento capaz de callar al que se equivoca, termina usándolo también contra el que todavía no tiene razón, pero la tendrá. El bastón terminó quemado por los teólogos que más lo odiaban. Yo sospecho que, si hubiera sobrevivido un siglo más, lo habría terminado empuñando la Sorbona misma, y entonces habríamos perdido, junto con los charlatanes, a algún que otro Galileo.


Esta publicación se realizó utilizando como ayuda herramientas de inteligencia artificial.

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