Sobre esta frase ya escribí una entrada en el blog, y luego de terminarla, recordé que tenía un libro sobre se aludía al espejo. Fui a buscarlo, y efectivamente allí estaba, con lo cual, sale esta nueva entrada.
Si alguien desea ver la entrada anterior, es en este enlace:
https://reuniendoletras.blogspot.com/2026/01/verse-uno-mismo-desde-el-otro.html
Una frase que parece sencilla
«Para mí, el máximo acuerdo sería intentar ponerse en los zapatos del otro. Aunque más no sea por un ratito. Y de ese modo lograr verse a uno mismo desde el otro. Espero que yo alguna vez lo haya podido hacer».La frase de Jorge Schussheim parece proponer una forma de entendimiento: intentar ocupar, aunque sea provisionalmente, el lugar de otra persona. Pero hay algo en ella que excede la empatía. No dice solamente comprender al otro, sino verse a uno mismo desde el otro.
Ese pequeño desplazamiento cambia el problema. Ya no se trata únicamente de saber qué piensa alguien, sino de imaginar qué ocurre cuando uno deja de ser el centro de su propia mirada.
El espejo que parece devolvernos a nosotros mismos
En Izquierda y derecha en el cosmos, Martin Gardner comienza el capítulo dedicado a la cuarta dimensión con Immanuel Kant.
No lo hace porque Kant haya descubierto una manera de mirar mejor a los demás, sino porque encontró un problema filosófico en algo que todos creemos comprender: las imágenes especulares.
Gardner recuerda el ejemplo de Kant: ¿qué puede parecerse más a nuestra mano o a nuestra oreja que su imagen en el espejo? Y, sin embargo, no podemos poner esa imagen en el lugar de su original.
La imagen parece ser nosotros. Pero no podemos hacerla coincidir con nosotros.
El problema de Kant
Kant se interesa por los llamados “homólogos incongruentes”: objetos que poseen las mismas propiedades geométricas, pero que no pueden superponerse.
Dos manos pueden tener las mismas medidas, los mismos ángulos y la misma forma general. Sin embargo, una es izquierda y la otra derecha. No basta con trasladarlas o girarlas dentro de nuestro espacio para hacerlas coincidir.
Y aquí aparece algo extraño.
No se trata de que una mano tenga una propiedad que la otra no posee.
Se trata de que son iguales en ciertos aspectos, pero no pueden ocupar exactamente el mismo lugar.
Kant encuentra en esto una dificultad filosófica: ¿qué nos dice esa imposibilidad sobre el espacio y sobre nuestra manera de conocer las cosas?
El espejo que no devuelve exactamente lo que creemos
En Izquierda y derecha en el cosmos, Martin Gardner comienza su exploración de la simetría y la asimetría con una pregunta aparentemente elemental: ¿qué hace exactamente un espejo?
Estamos acostumbrados a decir que invierte la derecha y la izquierda. Sin embargo, Gardner muestra que esa manera de hablar puede confundirnos: el espejo no tiene una preferencia por nuestros lados, sino que invierte el eje perpendicular a su superficie. Lo que creemos ver como una inversión de derecha e izquierda depende también de cómo estamos situados frente a él.
La imagen parece idéntica a nosotros, pero no podemos hacerla coincidir con nuestro cuerpo mediante los movimientos que permite nuestro espacio. Es nuestra imagen y, al mismo tiempo, no es nuestro cuerpo.
El salto inesperado
Aquí aparece la conexión.
Schussheim propone cambiar de posición para poder verse de otra manera. Gardner muestra que una figura puede ser igual a otra en sus propiedades y, sin embargo, no ser superponible a ella dentro del espacio que habitamos. En ambos casos, la dificultad no está necesariamente en aquello que miramos, sino en la posición desde la cual intentamos hacerlo coincidir con nosotros mismos.
El espejo nos devuelve una imagen que reconocemos, pero que no podemos ocupar.
Él propone algo que, leído junto a Kant, adquiere una resonancia distinta:
¿Qué pasa cuando intento hacer coincidir mi propia imagen con la imagen que el otro tiene de mí?
No es exactamente el mismo problema geométrico. Pero hay una semejanza en la estructura.
En Kant, una figura puede ser igual a otra en sus propiedades y, sin embargo, no ser superponible a ella.
En Schussheim, uno puede intentar comprender al otro y, al mismo tiempo, descubrir que la imagen que tiene de sí mismo no coincide con la imagen que aparece desde la mirada ajena.
La diferencia es que, en un caso, el límite está en el espacio geométrico; en el otro, en nuestra perspectiva.
El otro nos devuelve una imagen de nosotros mismos que podemos reconocer, pero que tampoco podemos ocupar completamente.
El espejo como una pregunta sobre el conocimiento
Gardner no se queda en el problema de la mano. Explica que Kant llegó a relacionar las imágenes especulares con una cuestión más profunda: ¿conocemos las cosas tal como son en sí mismas, o solamente tal como aparecen dentro de las condiciones de nuestra experiencia?
Y aquí la conexión con Schussheim se vuelve más interesante.
Porque tal vez el otro no sea solamente alguien que nos ayuda a conocernos mejor. Tal vez sea también alguien que nos muestra que nuestra propia imagen de nosotros mismos está construida desde una posición particular.
Yo puedo creer que soy de determinada manera. Pero cuando intento verme desde otra mirada, descubro que hay cosas que no había considerado. No necesariamente porque el otro tenga razón. Sino porque yo estaba mirando desde un lugar que no me permitía verlas.
¿Y si el otro fuera una dimensión?
Gardner explica que, en un espacio de dimensión superior, una figura asimétrica podría hacerse coincidir con su imagen especular mediante un movimiento que nuestro espacio tridimensional no permite. No es que la figura sea otra: es que el espacio disponible para moverla es distinto.
Entonces podemos formular una pregunta que no pertenece literalmente a Gardner ni a Schussheim, pero que nace de ambos:
¿Y si ponerse en los zapatos del otro fuera una especie de cuarta dimensión de la mirada?
No porque la empatía sea una dimensión espacial, sino porque exige imaginar un movimiento que nuestra posición habitual no nos permite realizar espontáneamente. Uno intenta salir de su propia perspectiva para descubrir qué aspecto tiene desde otra.
Como si dijera:
No puedo hacer coincidir mi imagen conmigo mismo desde aquí. Tal vez tenga que cambiar de lugar.
El límite de la comparación
Pero la conexión también tiene que conservar una diferencia.
En Gardner, el problema es geométrico: dos figuras pueden ser imágenes especulares y no superponibles dentro de un espacio determinado. En Schussheim, el problema es humano: el otro no es una figura que podamos mover a voluntad ni una posición que podamos ocupar completamente.
Por eso la comparación no demuestra que la empatía sea una cuarta dimensión. La comparación sirve para pensar el límite de nuestra mirada, no para resolverlo.
Y ese límite es importante: podemos intentar comprender al otro, pero no podemos convertirnos en él. Podemos imaginar cómo nos ve, pero no podemos garantizar que esa imagen sea verdadera. Podemos salir de nuestra posición, pero no dejar de tener una posición.
Volver al espejo
Tal vez por eso la frase de Schussheim termina con una duda:
«Espero que yo alguna vez lo haya podido hacer».
No afirma que haya conseguido verse perfectamente desde el otro. Dice espero que alguna vez lo haya podido hacer. Hay una modestia interesante en ese final: la empatía no aparece como una capacidad adquirida de una vez para siempre, sino como un intento que puede haber ocurrido o no.
Y Gardner, de algún modo, nos había preparado para esa modestia. El espejo parece una cosa que comprendemos hasta que intentamos explicar qué hace exactamente. Entonces descubrimos que nuestra mirada cotidiana también tiene sus convenciones, sus límites y sus maneras de confundirnos.
La pregunta que queda
Quizás la conexión inesperada entre ambos textos no sea que el otro funciona como un espejo. Eso sería demasiado sencillo.
Quizás sea esta: El otro es aquello que nos obliga a descubrir que nuestro propio espacio de comprensión tiene límites.
Y entonces ponerse en sus zapatos no significa abandonar los propios, sino intentar imaginar qué movimiento nos permitiría ver lo que desde ellos no alcanzamos a ver.
Como si la empatía fuera, por un instante, una forma de geometría imposible.
Y como si conocerse a uno mismo no consistiera solamente en mirarse, sino también en descubrir desde qué lugar se está mirando.
Escrito con mate y un poco de inteligencia artificial.

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