«Para mí, el máximo acuerdo sería intentar ponerse en los zapatos del otro. Aunque más no sea por un ratito. Y de ese modo lograr verse a uno mismo desde el otro. Espero que yo alguna vez lo haya podido hacer».
La frase es de Jorge Schussheim(1940-2020, músico, letrista, escritor, libretista, actor, humorista, director de coro, y publicitario argentino). La dijo en una entrevista compartida con su compañera, la directora teatral Lía Jelín, publicada en La Nación (Nota completa https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/jorge-schusseim-lia-jelin-amor-y-humorismo-nid221958/). Podría leerse como una definición amable de la empatía —lo es, de hecho— y quedarse ahí, archivada entre las frases que uno asiente sin detenerse demasiado. Pero hay una palabra en el medio que no cierra tan fácil: lograr. No dice "ponerse en el lugar del otro" y punto. Dice que ese gesto, si funciona, produce algo más: verse a uno mismo desde una conciencia que no es la propia. Ahí ya no estamos hablando solamente de una virtud. Estamos hablando de una operación bastante extraña.
El efecto espejo
Lo interesante de mirarse desde afuera no es tanto comprender al otro —eso es apenas el paso previo— sino lo que ese desplazamiento le hace a uno mismo. Ocurren, al menos, tres cosas a la vez:
Primero, un descentramiento: salir del propio eje permite observar los propios automatismos, los sesgos, las rigideces, con una distancia que desde adentro es imposible de conseguir. Segundo, una amplificación de la mirada: no se trata de darle la razón al otro sin más, sino de entender cómo se ordena el mundo dentro de su esquema, aunque ese esquema nos resulte ajeno o incluso equivocado. Y tercero, algo más incómodo: autoconocimiento por vía indirecta. Descubrir cómo nos perciben los demás suele revelar puntos ciegos que jamás habríamos detectado mirando solamente desde adentro.
El acuerdo más profundo, entonces, no sería llegar a un consenso pleno en el discurso —eso es lo que discuten dos personas cuando negocian—, sino alcanzar esa mutua visibilidad. Ver y ser visto desde otro lugar. Lo cual, dicho así, ya empieza a sonar menos a consejo de pareja y más a un problema filosófico con consecuencias prácticas.
De la moral a la mecánica
Ahora bien: quedarse en esa lectura —"la empatía nos ayuda a conocernos"— es correcto, pero es también el punto donde la mayoría de los comentarios sobre este tipo de frases se detienen. Y ahí es donde prefiero cambiar de pregunta. No me interesa tanto qué quiso decir Schussheim, sino qué otras cosas pueden estar ocurriendo en esa frase sin que él las haya querido decir. No para inventarle intenciones ocultas, sino para usar el texto como un mecanismo que pone en marcha otras ideas.
El ejercicio es simple de describir, aunque no tanto de hacer: se toma la frase clave —"verse a uno mismo desde el otro"—, se le hacen preguntas que no sean morales (¿quién es el que ve? ¿qué pasa si el otro se equivoca? ¿qué pasa si el otro también me está mirando a mí? ¿qué pasa si el otro no es siquiera una persona?), se elige una conexión que parezca lejana, se busca qué estructura comparten, y se escribe la frase que une ambas cosas. Al final, se vuelve al texto original y se pregunta qué cambió en la manera de leerlo. No hace falta demostrar que Schussheim estaba hablando de otra cosa. Alcanza con descubrir que su frase funciona como una puerta hacia textos, ideas y experiencias que a primera vista no tenían nada que ver con una entrevista de pareja en un suplemento de estilo de vida.
Lo que sigue son algunas de esas puertas.
El actor y el desaparecer a medias
Hay una conexión casi obligada con Lía Jelín, presente en la escena de la entrevista aunque no en la cita. ¿Qué hace un actor cuando interpreta a alguien distinto de sí mismo? No se convierte en esa persona. Tampoco deja de ser él mismo. Entonces la empatía, llevada a esta zona, no consistiría en abandonar los propios zapatos sino en descubrir que se puede caminar un rato con los del otro puestos, sin por eso dejar de ser quien los calza. El personaje no existe sin el actor, y el actor no desaparece cuando entra en el personaje.
De ahí se desprende una pregunta más filosa: ¿se puede comprender a alguien sin estar de acuerdo con él? Porque un actor puede interpretar magistralmente a un personaje sin compartir ni sus valores ni sus decisiones ni su manera de ver el mundo. Si eso es así en el teatro, no hay motivo para suponer que sea distinto fuera de él.
El ajedrez y la mirada que se anticipa a sí misma
En ajedrez hay dos formas de mirar el tablero: desde la propia posición ("¿qué quiero hacer yo?") y desde la posición del adversario ("¿qué ve él, qué amenaza tiene, qué cree que estoy preparando?"). Hasta ahí, la analogía con "ponerse en el lugar del otro" es directa y hasta previsible. Lo que la vuelve interesante es el paso siguiente: ¿qué pasa cuando uno intenta pensar como el adversario y descubre que el adversario también está intentando pensar como uno? Ahí aparece algo parecido a un espejo enfrentado a otro espejo: yo intento verme desde el otro, pero el otro también está intentando verme desde mí. La pregunta que queda flotando —¿hasta dónde puede llegar una mirada que siempre está anticipando otra mirada?— tiene menos que ver con la empatía como virtud y más con la empatía como estrategia recursiva, algo que a Taleb probablemente le resultaría más cómodo discutir en términos de incentivos que de sentimientos: la mirada ajena, ahí, deja de acercarnos a una verdad común y empieza a funcionar como una cadena de perspectivas que se corrigen y se modifican entre sí sin llegar nunca a un punto fijo.
Montaigne y el espejo que puede deformar
Esta conexión es, quizás, la que más rinde. Montaigne vuelve una y otra vez sobre la dificultad de conocerse a uno mismo: uno cree saber quién es hasta que aparece una costumbre ajena, una sociedad distinta, o alguien que le devuelve una imagen que no coincide con la que tenía de sí. Puesto junto a la frase de Schussheim, esto plantea una pregunta incómoda: ¿el otro nos ayuda a conocernos porque nos comprende, o porque nos desarma la imagen que ya teníamos armada de nosotros mismos? Y todavía peor: ¿qué pasa si el otro nos ve mejor de lo que nos vemos nosotros? ¿Y qué pasa si nos ve peor?
Ahí la lectura inicial —empatía como camino hacia el autoconocimiento— se complica. El otro puede mostrarnos algo real que no advertíamos, pero también puede equivocarse. Podemos descubrirnos en su mirada sin ser, necesariamente, lo que esa mirada descubre. La mirada ajena, entonces, no es un espejo confiable por definición: puede ser también un espejo deformante. Y esto conecta de manera bastante directa con una veta escéptica más amplia: si no hay motivo para suponer que la mirada del otro sea más verdadera que la propia, entonces "verse desde el otro" no nos da la verdad sobre nosotros mismos, sino apenas otra hipótesis —tan parcial como la nuestra— sobre quiénes somos. Ponerse en el lugar del otro, en ese caso, no resuelve el problema de conocerse; lo multiplica.
El personaje que también nos mira
Hay una versión de este ejercicio que se puede hacer con cualquier cuento o novela: elegir un personaje que resulte antipático, incomprensible o moralmente cuestionable, y en lugar de preguntarse "¿por qué es así?", preguntarse "¿qué tendría que cambiar en mi propia mirada para que este personaje dejara de parecerme tan extraño?". No para justificarlo —esa no es la apuesta—, sino para entender cómo funciona su mundo desde adentro. El movimiento inverso es todavía más productivo: ¿qué tendría que cambiar en la mirada del personaje para que yo dejara de parecerle extraño a él? La lectura deja de ser "yo observo al personaje" y pasa a ser "yo observo al personaje, pero también imagino cómo el personaje podría estar observándome a mí". Es, otra vez, la misma estructura del ajedrez y del espejo: la mirada que se sabe mirada.
¿Cuántos yo aparecen cuando uno se mira desde afuera?
Queda un último problema, quizás el más incómodo de todos, y tiene que ver con la gramática misma de la frase. "Verse a uno mismo desde el otro": ¿quién es el que ve? ¿Soy yo? ¿Es el otro? ¿Es una especie de yo intermedio que aparece únicamente cuando intento mirarme desde afuera y que no existe en ningún otro momento? Si hago el experimento —me miro, después intento mirarme como me mira otra persona, pero esa persona también tiene su propia mirada sobre mí, y yo, al intentar reconstruirla, termino construyendo otra imagen más de mí mismo— el resultado no es una imagen más nítida sino una multiplicación. Cuántos "yo" aparecen cuando uno intenta verse desde afuera es, en el fondo, la misma pregunta que se hacen el autorretrato, la autobiografía o el diario íntimo: si conocerse es descubrir quién soy, o si es más bien descubrir cuántas versiones de mí mismo puedo llegar a construir. No hace falta responderla. Probablemente sea mejor dejarla abierta.
Vuelta al texto
Ninguna de estas conexiones prueba que Schussheim estuviera pensando en ajedrez, en Montaigne o en la multiplicación de los yoes cuando dio esa entrevista. Es bastante improbable, de hecho. Pero la frase resiste el paso por todos esos lugares sin romperse, y eso es lo que la vuelve interesante: no como declaración sobre el amor o el acuerdo de pareja, sino como estructura que se repite —con variaciones— en el teatro, en el ajedrez, en la literatura y en el escepticismo filosófico. La empatía, la actuación, la lectura y el cálculo estratégico podrían ser, al fin y al cabo, distintas formas de practicar el mismo desplazamiento: abandonar provisionalmente la propia posición para descubrir qué es lo que no se ve cuando se mira siempre desde el mismo lugar. Lo que cada una de esas prácticas agrega —el ajedrez con su recursividad, Montaigne con su desconfianza, el actor con su desaparición parcial— es justamente lo que la lectura moral de la frase, la que se queda en "hay que ser empáticos", nunca llega a mostrar.
Contenido creado con asistencia de IA.

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