martes, 5 de agosto de 2014

El lenguaje de los huesos.

Allá por Enero del 2008 finalicé la lectura de otro libro. Esta vez El lenguaje de los huesos de Clea Koff. De aproximadamente 280 páginas cuya tapa tiene algunos huesos y es de color hueso justamente. El libro lo escribió una antropóloga forense norteamericana. Cuya web es http://www.thebonewoman.com/ , que es el título del libro, que pareciera que lo tradujeron como mejor les pareció, o por lo menos a mí, me parece que el título se lo cambiaron y/o no respetaron el original, pero no lo sé. Se trata de un libro escrito por esta antropóloga forense que cumplió misiones en el exterior de su país. Era muy jovencita cuando fue a Ruanda, donde comienza el libro.

El libro como lo catalogó la editorial, habla de hechos reales. Precisamente nos cuenta su trabajo para los tribunales internacionales. No es un libro de características técnicas ni sobre una materia específica como puede parecer, digo por si alguno piensa que está orientado a antropólogos. Incluso a lo largo del texto aparecen comentarios sobre arqueólogos, patólogos, etc…

Sirve para tener una idea de lo que es un genocidio. Lo cuenta una vez ya sucedido. Busca encontrar la verdad de los sucedido, o por lo menos pruebas, o huellas que hayan quedado en las víctimas principales de un genocidio, o sea en los muertos. Esto puede hacer que tenga descripciones poco saludables, pero no por eso menos interesantes. El libro es o fue un best –sellers. La autora cuenta que estando estudiando en la Universidad, leyó un libro sobre el Equipo Argentino de Antropología Forense, llamado Testigos desde la tumba, y ese libro influyó mucho en ella que la llevó a tomar el camino que luego siguió.

Además el libros tiene un rico lenguaje, que permite conocer mucha terminología y lo que es más, algunas costumbres de los lugares que estuvo, pero no solo de los lugares sino de las personas que fueron y trabajaban con ella, o tenían algún tipo de relación. Dado que eran misiones internacionales, había un mix de personas de todas partes del mundo.

A lo largo de la década del noventa, estuvo en varios lugares descubriendo y estudiando fosas, consecuencia del genocidio en 1994 en Ruanda (Kibuye y Kigali) y luego en las consecuencias del conflicto de la ex-Yugoslavia (Bosnia, Croacia y Kosovo).

Describe los sentimientos y expresiones de muchas de las personas que tenía oportunidad de ver en su trabajo, desde los mismos compañeros del equipo hasta los visitantes oportunos, familiares de las víctimas, periodistas, etc… Habla también como fue variando la manera de trabajar desde África a Europa. Como era la organización y demás.

A mitad del libro, trae unas hojas con algunas fotos trabajando con su equipo.

Me llamó la atención por ejemplo, como en Ruanda trabajaban más en equipo y ya llegando al final en Kosovo como se iba desparramando la organización haciéndose más individualista.
También que fuerzas se encontraban en Ruanda y cuales en los Balcanes, me pareció como que tenía mayor prioridad los Balcanes, y supongo que naturalmente un conflicto en las puertas del primer mundo no es lo mismo que uno en los países subdesarrollados, de todas maneras es una conjetura mía.

Luego la autora, cuenta que a su regreso a EEUU hizo algunos estudios sobre historia, o por lo menos lo da a entender, y de ahí podemos entender como cuenta algunas partes de su libro sobre temas internos del conflicto en sí, cuestiones históricas, sociales y políticas. Recordemos que su trabajo se centra en el estudio de las fosas comunes y fosas múltiples que contenían los cientos de muertos ocasionados por los diferentes regímenes o grupos. Pero la última misión ya no se trataba de fosas con muchos cadáveres sino de tumbas en las que se buscaban pruebas de que habían sido personas asesinadas y no muertas en combate como así sostenían algunos de los criminales. Al final del libro hay un listado con algunos de los criminales, algunos condenados y otros a la espera de su juicio, ese listado esta desactualizado, dado que el libro es del año 2004. Tiene la particularidad que los crímenes se habían cometido no mucho tiempo antes de que la autora tomara parte en los trabajos y estudio de los mismos.

En el párrafo que sigue, creo haber encontrado un pequeño error, donde dice 1977 debería decir 1997,  casi con seguridad.
Fue algo que tuve ocasión de vivir repetidas veces en mi segunda misión a Bosnia en 1977. En días soleados (…).(Pág. 132)

A continuación, se ve, a mi parecer, un ejemplo de un periodista que no sabe preguntar, y sólo molesta a quienes va a entrevistar, si bien, ambas partes (periodista y antropólogos) están haciendo su trabajo, uno (el periodista) no lo sabe hacer correctamente, causando cierta molestia en los demás.
A continuación Bill se acercó con un periodista de Reuters, Eli Kaban, cuyas preguntas fueron casi todas personales, incluyendo como nos enfrentábamos a la muerte y a las familias de los difuntos. Todos respondimos que éramos científicos que hacían su trabajo, que intentábamos que nuestra labor sirviera de algo, y que las emociones las dejábamos para otro momento. Bill señaló que no llegaríamos a nada si le dábamos vueltas a la tragedia mientras trabajábamos, pues nos volveríamos unos “idiotas lloriquenates”. (Pág. 49)

Voy a finalizar transcribiendo unos párrafos que los elegí para el mensaje del blog, de los tantos que son interesantes en el libro.

Sabía que en Srebrenica, había miles de desaparecidos, y hasta entonces sólo habíamos recuperado unos doscientos. Al igual que en Ruanda, los percibí en otras parcelas, al final de otras pistas de tierra. Nos rodeaba toda una comunidad de cadáveres, aunque sólo varones.
Sentí rabia hacia la gente que considera que el asesinato es una política aceptable. Sentí desaparecer los últimos vestigios de mi inocencia a medida que iba descubriendo más y más gente asesinada con las manos atadas a la espalda. Y sentí dos deberes distintos: uno hacia los cadáveres –identificarlos y permitir que incriminaran a sus asesinos-, y otro hacia los parientes –ayudar a devolverles los restos. (Pág. 145)

Clint me pidió que hiciera de guía al grupo, y uno de los visitantes, un americano que llevaba una tabilla con sujetapapeles, me preguntó: “¿Eso no son un par de jean?”. Le contesté: “Sí, tiene razón”. Y el me dijo: “Pero en esa ropa no hay nada ¿o si?”. No podía tratarse de un chiste, pues el cadáver que me señalaba tenía bastante carne. Me costó no mostrarme sarcástica, y tuve que contenerme para no contestar: “¿Qué cree? ¿Qué todos los que estaban dentro habían resucitado?”. Lo que le contesté fue: “Sí, señor, hay un cadáver dentro de esas ropas. Todas las ropas que ve, tienen un cadáver dentro”.
No podía creer que no viera el cadáver. Pero la verle girar la cabeza, intentando colocarla en el mejor ángulo para verlo, me di cuenta de que él no veía lo mismo que yo. No era cuestión de ángulos. Es que era incapaz de concebirlo. Tenía que respetarlo. (Pág. 185-186)

La conclusión con la que cierra el libro es importante de leer, porque deja al descubierto, mejor dicho, nos muestra de forma clara los puntos en común entre ambos genocidios, o los que los “cadáveres nos cuentan” que resulta “ser la misma historia”, las razones de fondo que llevaron a tanto desastre.

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