En el verso «También la luz en sí misma se pierde», perteneciente a su poema Destino del poeta, Octavio Paz comprime una de las intuiciones centrales de su poética: la transitoriedad como condición inherente a la belleza y el sentido. Explora la naturaleza efímera de la existencia y la fragilidad de las palabras. Para el Nobel mexicano, el acto de poetizar no consiste en erigir monumentos inmutables, sino en dar testimonio de la brevedad de las cosas. La luz no es una simple metáfora física; es la experiencia de la revelación, la claridad del instante, el chispazo del lenguaje que alumbra el mundo. Sin embargo, en esa misma formulación paisana se incuba una melancolía trágica: la claridad que se desvanece no cae hacia una nada neutra, sino que se pierde en sí misma, sugiriendo un agotamiento casi litúrgico de la sustancia poética. Paz concibe la fragilidad de la palabra no como una impotencia vulgar, sino como una victoria noble pero efímera sobre el silencio; el poeta es el oficiante heroico que acepta la disolución de su obra a cambio del fulgor fugaz del nombrar.
Frente a esta elegía sacralizadora del arte y la existencia, la irrupción de Emil Cioran representa una demolición sin contemplaciones. Si Paz se duele de que la luz se extinga, el pensador rumano cuestiona la validez de lamentar lo que, desde un principio, jamás tuvo consistencia ontológica. Desde la perspectiva del escepticismo radical de Cioran, la luz no se pierde en un gesto de sublime agotamiento; la luz es apenas un accidente cosmogónico, un paréntesis insignificante en la hegemonía indómita de la oscuridad. Mientras Paz trata el vacío con la dignidad de la tragedia estética, Cioran destruye cualquier tentativa lírica al subrayar que la verdadera matriz de la realidad es la sombra primitiva. Para el autor de Del inconveniente de haber nacido, la pretensión de dotar de elegancia metafísica a la brevedad del ser no es más que una trampa del ego, una ilusión creada por el lenguaje para enmascarar la inanidad de la existencia.
El choque entre ambos autores alcanza su punto más álgido en la función que asignan al lenguaje. Para Octavio Paz, la palabra es un vaso de cristal quebradizo pero sagrado, cuya fragilidad merece ser custodiada aunque termine por romperlo la densidad del silencio. Para Cioran, en cambio, el lenguaje no padece una fragilidad trágica, sino una falsedad constitutiva: es un edificio de ficciones destinado a consolarnos de una nada que no admite adjetivos ni metáforas. Allí donde Paz encuentra en el «destino del poeta» una misión trágica y trascendente —la de sostener la luz mientras se disuelve—, Cioran atisba un esfuerzo estéril. En la geometría desolada de Cioran, la luz no se pierde como quien pierde una joya en el abismo; la luz se apaga porque nunca fue otra cosa que un error de percepción en la noche infinita del ser.
De este cruce entre Octavio Paz y Emil Cioran abre una grieta fascinante: la tensión entre el lamento sagrado por la pérdida y la desmitificación implacable de la nada.
Para estructurar este choque analítico en profundidad, el foco no debe estar solo en la luz como fenómeno, sino en la función del poeta frente al vacío.
¿Palabras? Sí, de aire…
¿Palabras? Sí, de aire,
y en el aire perdidas.
Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.
También la luz en sí misma se pierde.
Octavio Paz
IA + yo = esta publicación.


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