Mientras viajaba en ómnibus, que acá conocemos como colectivo, observo una anciana que me llamó la atención.
Iba parado justo un asiento detrás de esta señora, y veía como escondía algo, se notaba que movía algo entre los dedos. Tenía un pañuelo que le tapaba gran parte de la mano y no permitía ver bien. Al rato descubro que se trataba de un rosario, una anciana, pelo corto, peinado para atrás, y teñido de color marrón oscuro, llevaba puesto un vestido de colores sobrios, casi todo marrón y algo así como un saquito de algodón. Estaría, casi con seguridad, por encima de los 65 años.Luego veo que la mano con la que llevaba el rosario, posiblemente rezando, la tenía vendada. A mitad de lo que era mi camino, una mujer que venía sentada justo enfrente de esta rezadora, se inclina, le toca el brazo y le señala el suelo. La mujer mira, y también miramos los que veníamos parado, había otra chica que mira el suelo que venía parada casi al lado de la anciana, y que también miró. Había un reloj pulsera, de mujer, plateado, que estaba caído, la anciana lo mira, y dice que no es de ella, lo levanta, y la otra mujer, que dio aviso, siguió sentada normalmente. Esta señora, mira el reloj, amaga como que va a preguntar al de adelante, ve que la chica que iba a su lado le es indiferente (ya que no era de la chica, dicho reloj), y se hace la tonta escondiendo cada vez más el reloj en su mano, lo empieza a mover con la mano en un movimiento que cada vez lo escondía más. No pasó más de una cuadra que avanzó el ómnibus, que se desocupa un asiento de los de adelante, y esta rezadora, se para rápidamente y se cambia de asiento, inmediatamente que se sienta introduce el reloj pulsera, que no era suyo, en la cartera. Fin del hurto de un reloj que bien podría haber sido de la persona que iba sentaba delante de esta anciana, o de alguien de atrás y que por el movimiento del micro llegó hasta allí, o que bien podría haber sido devuelto a su dueño dejándolo, para un posible reclamo de él, en la estación de ómnibus.
Era un reloj pulsera, no era, algo de mucho valor, pero a esa mujer rezadora, no le costaba nada preguntar
a su alrededor si el reloj pertenecía alguno de los que ahí estaban.
¿Para qué rezaba con el rosario? ¿iría verdaderamente rezando? ¿o era para figurar algo?
(publicado originalmente el 4/7/2007)
Crónicas personales y recorridos urbanos por Buenos Aires. Un espacio dedicado a la observación de la ciudad, la literatura y el pensamiento escéptico.
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jueves, 12 de junio de 2014
sábado, 31 de mayo de 2014
Vivencias. Monedas.
Subo al
colectivo vacío al cual previamente habían subido una chica y un muchacho, yo
era el tercero. Veo que saca el boleto la chica, justo, una moneda y toma el
boleto, luego el muchacho, mete los noventa centavos justo y toma el boleto, me
toca a mí, una moneda y cuando voy a buscar el vuelto, ¡sorpresa! Dos monedas
de diez centavos, evidentemente una no era mía. La tomo y me acerco y cuando
voy para el fondo, de pasada se la doy a la chica, me dice que no era de ella,
luego se la doy al muchacho que estaba justo atrás de ella, me dice que no era
de él, perfecto, me quede con los diez centavos. Por diez centavos no iba a ir
a llevárselos al chofer, no valía la pena. Tampoco sabía que iba perder cinco del total ganado. Después los
terminé regalando junto con un par de monedas más, pero eso no viene al caso. Así
es que por la tarde subo a otro colectivo, una mujer de esas bien maleducadas
que previamente se había colado en la fila, sube y saca el boleto de noventa,
paga con cinco monedas, con lo justo, toma el boleto y se sienta, me toca a mí,
saco el de noventa y vuelvo a pagar con un peso. Cuando voy a buscar el vuelto,
encuentro tres monedas, veinticinco centavos, una era mía, y quince centavos
eran de alguien que no era yo, enseguida me di cuenta que esos pertenecían a
alguien que ya venía viajando sentado, posiblemente el último que había subido
al colectivo, para no quedar como un verdadero apropiador de quince centavos,
lo primero que hago se los ofrezco como el vuelto que “le había quedado” a la
desesperada mujer que subió antes que yo, como cualquier lento pero desesperado
por unos míseros quince centavos, primero dice que no con la cabeza, y al
momento le cae la ficha y sonríe y dice “ah,
sí”, se los deposito en la mano, y la desvergonzada se queda pegada con los
quinces centavos que en realidad pertenecían a otro que presupongo, iba sentado
en el colectivo y si los dejó abandonado tampoco le importaban mucho, es así,
para algunos quince centavos valen más que su propia honestidad.
(publicado
originalmente el 19/4/2008)
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