«La prosperidad no carece de miedos y disgustos; la adversidad no carece de consuelo y esperanza.» La frase es de Francis Bacon, filósofo, político y hombre de letras inglés a caballo entre los siglos XVI y XVII, y tiene esa elegancia un poco engañosa de los aforismos: parece cerrar una discusión cuando en realidad la abre.
Lo que Bacon describe es un mecanismo de compensación. La prosperidad, dice, nunca viene sola: arrastra el miedo a perderla, la envidia que despierta, las responsabilidades nuevas que impone. Y la adversidad, por su parte, tampoco es un pozo sin fondo: incluso en el peor de los escenarios el ser humano encuentra consuelo en los detalles mínimos, aprende algo de la experiencia y logra sostener la esperanza de que mañana será distinto. Ninguna situación, entonces, es absoluta. Ni el éxito está libre de grietas ni el fracaso está desprovisto de una luz propia. Es una invitación a la moderación y a la resiliencia: no perder la cabeza en la abundancia, no perder la fe en la tormenta. Un balance prolijo, casi contable, entre lo que se gana y lo que se paga por tenerlo.
El problema —si hay que buscarle uno a una frase tan bien construida— es que ese balance da por sentado que existe una simetría moral en el universo, una especie de contador cósmico que le devuelve algo a quien sufre. No todos estuvieron dispuestos a firmar ese contrato.
Schopenhauer es el primero en romperlo, y lo hace desde la raíz. Para él la vida no oscila entre prosperidad y adversidad como dos estados que se compensan, sino entre el dolor y el aburrimiento, sin salida real hacia ningún lado. Donde Bacon ve en la esperanza un consuelo genuino en medio de la tormenta, Schopenhauer ve apenas una argucia de la Voluntad para que sigamos sufriendo sin resistirnos demasiado. Lo dice sin rodeos: «Toda satisfacción, o lo que llamamos vulgarmente felicidad, es en realidad y por su naturaleza puramente negativa... Sólo el dolor y la carencia se nos imponen de un modo positivo. Por eso, al examinar un balance vital, no debemos medir los placeres disfrutados, sino los males evitados» (El mundo como voluntad y representación). La diferencia con Bacon no es de matiz sino de arquitectura: Bacon plantea un equilibrio compensatorio, la riqueza paga con miedo y la desgracia cobra en esperanza; Schopenhauer sostiene que solo el dolor es real, y que la esperanza y el consuelo son, en el mejor de los casos, treguas efímeras.
Cioran va todavía más lejos, porque no discute la eficacia de la esperanza: discute su honestidad. Si para Bacon la esperanza es el motor que nos saca de la adversidad, para Cioran es exactamente lo que nos impide ver la adversidad tal como es. «La esperanza es la forma normal del delirio. No nos curamos de ella sino cuando la desgracia nos ha devastado por completo y no queda en nosotros nada sobre lo cual construir un mañana» (Del inconveniente de haber nacido). No es que la esperanza consuele mal; es que consuela demasiado bien, y ese es precisamente el fraude. Donde Bacon ve una chispa legítima en medio de lo oscuro, Cioran ve una ceguera que elegimos porque la alternativa —mirar el vacío de frente— nos resulta insoportable.
Leopardi cierra el cuadro desde un lugar distinto: no niega que busquemos consuelo, niega que la naturaleza tenga algo que ver en dárnoslo. La simetría de Bacon supone un orden que reparte miedos y esperanzas con cierta justicia; Leopardi observa, en cambio, una naturaleza indiferente, para la que el mal es simplemente el estado normal de las cosas. «El mal es el estado natural de las cosas... La esperanza es el único consuelo que nos queda, pero es también el más grande de los engaños que la Naturaleza ha tendido al hombre» (Zibaldone). La moderación y la resiliencia que Bacon recomienda como respuesta razonable a la fortuna cambiante son, para Leopardi, apenas el nombre elegante que le ponemos a la necesidad de taparnos los ojos frente a un destino que no enseña nada ni consuela a nadie: simplemente ocurre.
Puestas una al lado de la otra, estas tres voces no refutan a Bacon tanto como lo desnudan. Bacon describe cómo se siente vivir dentro del péndulo entre prosperidad y adversidad; Schopenhauer, Cioran y Leopardi preguntan qué hay detrás del péndulo, y coinciden en una respuesta incómoda: nada que lo sostenga, salvo nuestra necesidad de creer que sí. Tal vez la frase de Bacon no esté describiendo una ley del universo, sino la única estrategia disponible para quien todavía necesita levantarse mañana —lo cual, entre paréntesis, no la vuelve menos verdadera para quien la vive, aunque sí la vuelve menos objetiva de lo que su elegancia sugiere.
Generado con ayuda IA y verificado por humano para garantizar su exactitud.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario