Recientemente terminé de leer "¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales?" de Frans de Waal. Es, sin duda, un libro delicioso en su superficie: está lleno de anécdotas fascinantes sobre chimpancés políticos, elefantes que se reconocen al espejo y bonobos empáticos. Sin embargo, tras cerrar la última página, me quedé con una sensación ambivalente que me gustaría compartir.
La trampa de la anécdota.
El libro es sumamente agradable. De Waal escribe con una fluidez que te hace sentir en una charla de café. Pero aquí reside, a mi juicio, su mayor dificultad para el lector profano. Al ser una obra de un autor que está en la cima de su carrera, el texto es, en realidad, un campo de batalla intelectual.
El enemigo invisible.
El problema para el lector común es que De Waal lanza golpes, pero no siempre vemos a quién. Si uno no sabe qué es el conductismo radical, si no ha oído hablar del Canon de Morgan o de la resistencia de la psicología comparada tradicional, muchas de sus afirmaciones parecen defensivas o innecesariamente insistentes.
Para el que lee por placer, el autor parece estar peleando contra molinos de viento, cuando en realidad está enfrentando dogmas científicos que han dominado el siglo XX. Sin ese marco teórico previo, el lector corre el riesgo de:
1. Quedarse solo con la "historia linda" del animal inteligente.
2. Perderse el calado profundo de la discusión ética y biológica que el autor propone.
La palabra clave: Antropodenegación.
Para entender el tono a veces combativo de De Waal, hay que conocer su concepto de "antropodenegación". Es el término que él acuñó para criticar a esos científicos que se niegan, casi por religión, a ver rasgos humanos en los animales. Si uno no sabe que De Waal lleva 40 años lidiando con colegas que consideran que un chimpancé es solo una "máquina biológica" sin sentimientos, sus argumentos pueden parecer redundantes. Pero en realidad, está intentando derribar un muro de hormigón académico.
El libro como espejo, no como ventana.
Al final, descubres que el planteo de De Waal no es solo una ventana para mirar hacia afuera (a los animales), sino un espejo para mirarnos a nosotros. El autor nos lanza una pregunta que desarma: si no somos capaces de entender la inteligencia de un ser que comparte el 99% de nuestro ADN, ¿qué dice eso sobre nuestra propia inteligencia? Quizás el "punto ciego" no está en el cerebro del chimpancé, sino en nuestra soberbia de creernos una especie fuera de la biología.
Una sugerencia para el próximo lector.
Si vas a leer este libro, mi recomendación es que no lo hagas solo por las anécdotas. Trata de leer entre líneas y detectar a quién le está hablando De Waal cuando se pone firme. A veces, la divulgación científica presupone que todos estamos al tanto de las "peleas de pasillo" de la universidad, y eso aleja al lector común.
¿Un libro para expertos o para curiosos?.
Creo que este libro se disfruta de dos maneras muy distintas:
• Para el experto: Es un manifiesto político y científico, un debate de altura entre pares que conocen las reglas del juego.
• Para el ignorante (como yo): Es un desfile de sorpresas e ingenio, pero que deja un vacío. Esas preguntas punzantes con las que abre el libro —sobre nuestra propia capacidad de entender— requieren, quizás, haber pasado antes por un manual básico de etología.
Conclusión: La mirada ingenua.
A veces, la ignorancia en la materia nos permite abordar estas lecturas con una "mirada de sorpresa" que el experto ya perdió. Pero para que esa sorpresa no sea solo superficial, necesitamos saber contra qué corriente está remando el autor.
La trampa lingüística.
El lenguaje como "mueble" que movemos a conveniencia.
De Waal expone una maniobra intelectual casi cómica en la ciencia: el uso del lenguaje para proteger nuestro ego.
Un ejemplo claro es el verbo inglés "to ape" (monear o imitar). Durante siglos, nadie dudó de que los simios imitaban; de hecho, el idioma lo daba por sentado. Sin embargo, en el momento en que la ciencia descubrió que la imitación requiere procesos cognitivos complejos y alta inteligencia, la regla cambió.
De pronto, lo que hacían los animales dejó de llamarse "imitación" para pasar a ser "monería" o "mímica mecánica", reservando el término "imitación genuina" exclusivamente para los humanos.
Su tesis: En cuanto una capacidad animal se revela como un signo de inteligencia, los humanos le cambiamos el nombre o redefinimos el concepto para seguir sintiéndonos únicos. Como dice De Waal, es como si estuviéramos constantemente moviendo la portería a mitad del partido para que el rival nunca pueda anotar un gol.
De Waal compara este comportamiento de los científicos con un personaje de Saturday Night Live (Jon Lovitz) que inventaba excusas absurdas sobre la marcha para justificar sus mentiras, convenciéndose a sí mismo de que tenía razón.
Uno de los puntos más provocadores de De Waal es su análisis de la Inteligencia Maquiavélica. Nos cuenta cómo un chimpancé viejo y desplazado, en lugar de intentar pelear solo, decide apoyar a un joven retador contra el macho alfa dominante.
Aquí aparece la "paradoja del jugador más poderoso": a veces, aliarse con el que tiene toda la fuerza es la peor decisión estratégica, porque ese líder no te necesita y no te dará nada. En cambio, el débil es el aliado más atractivo porque está dispuesto a pagar cualquier precio por llegar al poder.
Esto que vemos en los primates es exactamente lo que sociólogos como William Riker explican en las coaliciones políticas humanas: buscamos el beneficio máximo con el mínimo de aliados. De Waal nos está diciendo que nuestras estrategias parlamentarias y pactos internacionales tienen un rastro evolutivo que compartimos con los simios desde hace millones de años.
Ni tan únicos ni tan egoístas: La prehistoria de la seguridad social.
En sociología solemos estudiar la cooperación como un contrato social, algo que inventamos para convivir. De Waal nos baja a la tierra y nos muestra el Paradigma de Tracción Cooperativa. Resulta que un mono capuchino entiende perfectamente el concepto de 'pago por servicios': si me ayudaste a conseguir la comida, te doy una parte; si no hiciste nada, no hay trato.
Lo más impactante es que la ciencia ha probado, mediante análisis de ADN, que los chimpancés cooperan con extraños por pura reciprocidad. Esto ataca la idea de que la cooperación humana es una 'anomalía' en la naturaleza. No inventamos la solidaridad; simplemente la heredamos de una larga línea de ancestros que ya sabían que sobrevivir solo es mucho más difícil que hacerlo en equipo.
Para quienes buscan un marco más técnico, los hallazgos de De Waal encajan perfectamente con la tesis de Martin Nowak en su libro Súper Cooperadores. Mientras Nowak nos demuestra matemáticamente que la cooperación es una fuerza evolutiva tan poderosa como la selección natural, De Waal le pone rostro y sentimiento a esas ecuaciones. El chimpancé que ayuda a otro no está resolviendo una fórmula en una pizarra, pero su cerebro ha evolucionado para sentir la reciprocidad como una necesidad biológica. Ambos autores coinciden: la solidaridad no es un invento cultural moderno, es la estrategia que permitió que la vida llegara hasta donde está.
En estas páginas, De Waal nos quita el último pedestal: la autoconciencia. Durante años creímos que ser conscientes de nuestra propia existencia era el rasgo que nos separaba del 'resto de las máquinas biológicas'.
Pero el autor nos muestra que la autoconciencia es un proceso gradual. Desde el delfín que se mira una mancha hasta la urraca que se quita una pegatina, la naturaleza está llena de individuos que saben quiénes son. De Waal incluso se atreve a hablar de vanidad animal. Si un orangután intenta ponerse guapo frente a un espejo, ¿no estamos viendo ahí el embrión de nuestra propia cultura de la imagen y el narcisismo moderno? La 'cebolla' de la conciencia que describe De Waal tiene capas que compartimos con especies que ni siquiera tienen manos.
¿La presión de grupo es un invento humano?
En mi lectura de De Waal, me topé con una frase (o refrán español que proviene de la máxima latina del siglo IV «cum Romae fueris, Romano vivito more» ("cuando a Roma fueres, vive como romano"), atribuida a San Ambrosio de Milán.) que todos conocemos: "Donde fueres, haz lo que vieres". El autor la utiliza para explicar un experimento increíble con monos y maíz de colores.
Resulta que los monos prefieren "encajar" en su comunidad antes que seguir su propio instinto o experiencia previa. Si un mono se muda a un grupo nuevo donde todos comen maíz rosa, él también lo hará, aunque en su casa anterior comiera azul.
Esto me hizo pensar en mis manuales de sociología. Siempre estudiamos el conformismo como algo ligado a la moda, las leyes o la presión social humana. Pero aquí vemos que es una herramienta de supervivencia biológica: copiar al grupo local es la forma más rápida de aprender qué es seguro y qué no. No somos los únicos que tememos ser el "raro" del grupo; los primates llevan millones de años practicando el arte de encajar para sobrevivir.
Con este experimento intenta demostrar que la cultura no es un barniz que nos pusimos hace poco, sino un sistema de aprendizaje que compartimos con otras especies. El "extranjero" que se adapta a las costumbres locales no está solo siguiendo una norma de cortesía, está siguiendo una instrucción evolutiva muy profunda.







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