lunes, 6 de septiembre de 2021

Llavero. CETIA.

 


El tercer botón: un pequeño tótem.

Este llavero de plástico blanco es un objeto de merchandising que sobrevive al paso de las décadas. Me lo entregan hace años, al inscribirme en mis primeros cursos en CETIA (Centro de Enseñanza de Tecnología Informática Argentino). A simple vista es una pieza sencilla, puramente publicitaria, pero para quien observa con detenimiento, el objeto revela una genealogía tecnológica fascinante.

Lo que hace especial a esta pieza de mi colección, que lo convierte en pieza curiosa, es el detalle de su tercer botón. En una era donde el estándar doméstico se limitaba a dos botones —antes de que la rueda de desplazamiento (scroll) se popularizara a finales de los 90 para quedarse entre nosotros—, el tercer botón era una declaración de principios.


Un detalle para iniciados.

Durante los 80 y 90, esa configuración no era para el usuario común; estaba reservada para el ámbito profesional y estaciones de trabajo específicas. Hoy, ver este diseño me remite directamente a usos muy puntuales que aún persisten:

Entornos Linux / Unix: Donde el botón central sigue siendo una herramienta de productividad esencial.

Diseño CAD: Fundamental para la manipulación de planos y modelos 3D.

Retrocomputación: Un guiño a la estética y funcionalidad de las máquinas que cimentaron la informática actual.

Que un instituto de enseñanza técnica elija un ratón de tres botones para su llavero promocional no es casualidad; tiene todo el sentido del mundo. No es solo un accesorio; es un detalle nostálgico genial que encapsula una época de aprendizaje y la transición hacia la complejidad digital que hoy damos por sentada.


Un rastro de azar y procedencia.

No descarto, sin embargo, que la presencia de ese tercer botón responda también a una feliz casualidad de la época. Es muy probable que estos objetos de merchandising provinieran de mercados asiáticos, donde la manufactura tecnológica solía ir un paso por delante —o simplemente integraba estándares globales más técnicos— antes de que el diseño se simplificara para el consumo masivo en Occidente. Quizás sea solo un molde de antaño que sobrevivió unos años más en la línea de producción, llegando a mis manos como un recordatorio de que, a veces, la evolución tecnológica no es una línea recta, sino un conjunto de piezas que quedan rezagadas esperando a ser redescubiertas en una colección.



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