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jueves, 22 de enero de 2026

Coda. Sospecho que todo bastón termina quemado

El Bastone miracoloso no termina con un argumento. Termina con un incendio. Después de apalear a mecánicos, electricistas, geómetras, inquisidores, frailes armados con reliquias de fe cruzada y hasta a un maestro de latín hasta matarlo, el bastón de Ismaele no cae derrotado por ninguna refutación superior. Cae porque los teólogos, hartos de perder siempre, sobornan a los guardias del templo donde el reino lo había consagrado como oráculo oficial, y una noche lo queman en secreto. Pignotti le dedica al hecho apenas dos versos, casi de pasada, como quien cierra un cajón. Y sin embargo ahí, en esa última escena que ninguno de los tres textos anteriores se detuvo a mirar de frente, está la clave que faltaba para leerlos juntos.

Porque en los tres casos —el bastón como verdugo lógico que hubiera apaleado tanto al sofista como a Galileo; el bastón como juez de teorías científicas que no distinguía entre Buffon equivocándose en el número y acertando en la pregunta; el bastón como protocolo de discernimiento espiritual que condenó al hereje de ayer con el mismo método que después usó, sin ironía, contra un palo de madera— el problema de fondo nunca fue la falta de rigor de quien lo empuñaba. Berkeley, Buffon, Maupertuis, los inquisidores del Canto III, todos tenían método. El problema es estructural, y es más incómodo que la simple denuncia de la pedantería que Pignotti creyó estar escribiendo: ningún instrumento capaz de castigar el error de manera indistinta puede, por diseño, separar el error estéril del error fecundo, porque ambos se le presentan con la misma forma superficial —una afirmación que suena mal, dicha con la confianza de quien todavía no sabe que se equivoca. El bastón no mide la verdad. Mide el disparate aparente, y el disparate aparente es, durante un tiempo, indistinguible del descubrimiento que todavía no fue confirmado.

Pero hay un corolario que los tres ensayos anteriores dejaron sin decir en voz alta, y es el que explica el incendio final: precisamente porque el bastón no distingue, tarde o temprano deja de ser cómodo también para quienes lo instalaron. Apalea al Inquisidor con la misma falta de miramiento con que apaleó al hereje que el Inquisidor había condenado antes. Ese es el momento exacto en que un instrumento de pureza deja de tener aliados. No lo derrota un argumento mejor —nadie en el poema logra nunca vencerlo con lógica—; lo derrota una coalición de intereses que, hasta ayer, se beneficiaba de su existencia y hoy descubre que el filo también corta para el otro lado. Ismaele lo pidió para castigar a los demás. Nunca se le ocurrió, porque a nadie se le ocurre nunca, pedirlo con una cláusula que lo hiciera indulgente consigo mismo.

Si convocáramos a los tres fantasmas que fueron apareciendo en cada ensayo por separado —Feyerabend defendiendo el derecho a la herejía fecunda, la sombra colectiva de Buffon y Maupertuis defendiendo el método por encima del resultado, Savonarola señalando que el discernimiento que lo condenó a él era formalmente idéntico al que después condenó al bastón mismo—, probablemente coincidirían, cada uno desde su siglo y sin haberse leído entre sí, en una sola frase: todo dispositivo de pureza necesita, para sobrevivir más de una generación, dejar en secreto una excepción para quien lo financia. El día que esa excepción se rompe, no se reforma el instrumento. Se lo quema, y se inventa otro, con otro nombre, para el reino siguiente.

Porque seguimos inventando bastones, y el patrón se repite con una regularidad que ya debería darnos un poco de vergüenza colectiva. El peer review nació como un bastón razonable contra la charlatanería académica, y cada tanto alguien recuerda, con la misma sorpresa de siempre, que también rechazó papers que después ganaron el Nobel. Los verificadores de datos nacieron como bastón contra la desinformación, y terminan acusados —con razón unas veces, sin ella otras— de golpear con más entusiasmo hacia un lado del cerco que hacia el otro. Los sistemas de moderación algorítmica, los rankings de citación, los índices de “confiabilidad” de medios: todos empiezan con la misma promesa ilustrada de Ismaele, un árbitro neutral del disparate que por fin le va a cobrar caro a la opinión gratuita. Y todos, tarde o temprano, llegan al mismo cruce de caminos: o dejan pasar algún disparate genuinamente fecundo porque en el momento sonaba igual que cualquier otro, o empiezan a golpear hacia adentro, contra quien los sostiene, y ahí dejan de durar. No conozco un solo bastón institucional que haya sobrevivido intacto el día que se volvió parejo.

Quizás el más honesto de los personajes del poema, al final, no sea ningún fantasma erudito sino el propio Ismaele, viejo ya, mirando las cenizas de lo que él mismo pidió cuando era joven y estaba seguro de que la pedantería tenía cura si uno encontraba el instrumento correcto. Puedo imaginármelo preguntándose, sin genio doméstico esta vez que le resuelva la duda con un objeto mágico, si el error no fue construir mal el bastón —demasiado ciego, demasiado parejo, demasiado fácil de sobornar— sino la ilusión original de que existe un instrumento, cualquier instrumento, capaz de reemplazar el trabajo lento y sin ningún heroísmo de sentarse a distinguir, caso por caso, sin automatismos y sin varitas, quién se equivoca por pereza y quién se equivoca por estar viendo, todavía mal, un poco más lejos que el resto. Esa distinción no se puede tercerizar en un palo. Hay que hacerla a mano, todas las veces, y no queda otra que aceptar que a veces nos va a salir mal.