El Canto III del Bastone miracoloso tiene la escena más elaborada de todo el poema, y también la más incómoda: un fraile, el Padre Bonanchiena, decide que el bastón aloja un espíritu diabólico y le hace un exorcismo en toda regla, con estola, agua bendita y fórmula latina —"parti, o espíritu inhumano, el Cielo y yo te lo ordenamos"—. El bastón, que no tiene paciencia para la liturgia, lo derriba de un golpe junto con el hisopo. Interviene entonces el Padre Inquisidor, ofendido de que un fraile menor se atribuya jurisdicción sobre el Diablo que a él le corresponde por oficio, y convoca a su propio tribunal. Ahí es donde el poema se pone verdaderamente interesante: antes de proceder, los frailes discuten en serio qué es exactamente el objeto que tienen delante. Fra Garofano propone que podría ser la vara de Moisés. Brachino contrapropone que quizás sea el bastón de San José, el mismo sobre el que floreció la vara en la leyenda de su elección como esposo de María. El Inquisidor descarta ambas hipótesis con un argumento lógico impecable dentro de su propio marco: la vara de Moisés jamás golpearía espaldas sagradas, luego no puede ser ella. Solo puede ser el Diablo.
Y para el enfrentamiento final, cada fraile se arma con su reliquia de confianza: Fra Broscia lleva envuelto en un paño negro un mechón de la barba de Mahoma; Fra Garofano se pone, a modo de camiseta protectora, un jirón de la piel quemada de Savonarola. El bastón, por supuesto, no distingue: apalea al Inquisidor primero, por precedencia jerárquica, y después a todos los demás sin excepción de reliquia.
Es fácil leer esto como una simple burla anticlerical —y en gran medida lo es—, pero hay algo más preciso escondido en la escena, y tiene que ver con el procedimiento, no con la creencia. Lo que Pignotti está parodiando no es la superstición en abstracto: es un protocolo real, con siglos de refinamiento escolástico detrás, para distinguir la posesión diabólica genuina de la fraudulenta o de la simple enfermedad. La tradición se llama discretio spirituum —discernimiento de espíritus— y su tratado fundacional, el De probatione spirituum de Jean Gerson, canciller de la Universidad de París, es de 1415. Gerson no estaba escribiendo un manual de superstición: estaba tratando de resolver, con las herramientas intelectuales de su época, un problema epistemológico genuino —cómo distinguir una visión o una posesión verdaderas de una fingida, o de un delirio natural— y proponía criterios de evaluación, no la fe ciega. Dos siglos después, el Rituale Romanum de 1614 sistematizó esos criterios en un protocolo casi clínico: para confirmar una posesión genuina, el exorcista debía comprobar que el poseído hablara u comprendiera lenguas que nunca había aprendido, que manifestara una fuerza física desproporcionada a su edad o complexión, que revelara conocimiento de cosas ocultas o distantes, y que mostrara una aversión violenta hacia lo sagrado. Cuatro criterios verificables, en teoría replicables por cualquier examinador entrenado. Un protocolo, palabra por palabra.
La escena de Pignotti dramatiza, casi sin exagerar, exactamente ese procedimiento: identificación de la naturaleza del fenómeno por eliminación de hipótesis alternativas (¿vara de Moisés? ¿bastón de San José? descartadas por argumento interno), aplicación del ritual estandarizado (aspersión, fórmula de conjuro), y verificación empírica del resultado (¿cede o no cede a la orden?). El chiste no es que los inquisidores sean idiotas sin método. El chiste, más cruel y más interesante, es que tienen método —un método serio, heredado de siglos de disputa escolástica seria— y lo aplican con total honestidad procedimental a un fenómeno que, dentro de su propio marco conceptual, no tiene ninguna posibilidad de ser correctamente diagnosticado, porque el marco entero está mal orientado desde el principio. No es la ausencia de rigor lo que los condena: es tener rigor apuntando en la dirección equivocada, algo que —seamos honestos— le puede pasar a cualquier disciplina, incluidas las que hoy llamamos ciencia sin comillas.
Y ahí conviene detenerse un segundo en el detalle más incómodo de la escena, el que Pignotti probablemente puso ahí por puro efecto cómico sin medir del todo su filo: la piel quemada de Savonarola, usada como amuleto protector contra el Diablo. Porque Girolamo Savonarola no murió de causas naturales ni fue un santo canonizado con reliquias oficiales. Fue ahorcado y quemado en la Piazza della Signoria de Florencia en 1498, por orden de la propia Iglesia, excomulgado como hereje y cismático, acusado de falsa profecía. La misma institución que decidió que su cuerpo debía arder como el de un hereje es, generaciones después, la que —al menos en el imaginario popular que Pignotti recoge con sorna— termina atesorando un pedazo de esa piel quemada como si fuera un escudo contra el mal. El hereje de ayer es el talismán de hoy, y la distancia entre ambos estatus no depende de nada que Savonarola haya hecho o dejado de hacer: depende enteramente de en qué lado del veredicto institucional cayó, y de cuánto tiempo pasó desde entonces.
Si el fantasma de Savonarola pudiera asomarse a leer su propio cameo en el poema de Pignotti, dudo que se riera. Pero probablemente diría algo parecido a esto: que él también fue, en su momento, un "fenómeno" sometido al mismo tipo de discernimiento escolástico que ahora juzga al bastón —sus visiones, sus profecías sobre el castigo de Roma, fueron evaluadas con las mismas herramientas de la discretio spirituum, y el tribunal decidió, con total convicción procedimental, que venían del lado equivocado. Que el criterio que lo condenó a él es formalmente idéntico al que después sus propios verdugos institucionales usarían, sin ironía, contra un palo de madera en Congo. Y que la piel quemada que ahora alguien lleva como amuleto es la prueba física de que el veredicto de un tribunal —por riguroso que parezca en el momento, por bien fundado que esté en la mejor teoría disponible— no es un dato sobre la realidad: es una apuesta con fecha de vencimiento. El bastón golpeó al Inquisidor exactamente igual que a todos los demás. Savonarola, que conocía de primera mano lo que es estar del otro lado del bastón cuando todavía se llamaba hoguera, podría haberle avisado que tarde o temprano siempre termina golpeando también a quien sostiene el protocolo.
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