Temas sobre los que me gusta leer y de los cuales no entiendo nada.
La cosmología de selección natural o "universos fecundos" (Lee Smolin)
El físico teórico Lee Smolin propuso que las leyes de la física no son eternas ni fijas, sino que evolucionan biológicamente.
• El planteamiento: Cada vez que se forma un agujero negro en nuestro universo, en su interior ocurre un nuevo "Big Bang" que da nacimiento a un universo hijo. Las leyes físicas del universo hijo sufren pequeñas "mutaciones" respecto al padre. Aquellos universos cuyas leyes favorecen la creación de más agujeros negros tienen más "descendencia", creando un proceso de selección natural darwiniana a escala cósmica.Se conoce como selección natural cosmológica (cosmological natural selection) o teoría de los universos fecundos (fecund universes). Smolin la propuso a principios de los años 90 y la desarrolló especialmente en su libro The Life of the Cosmos (1997).
Ideas centrales
• Las “leyes” o, más precisamente, los parámetros fundamentales de la física (constantes de acoplamiento, masas de partículas, constante cosmológica, etc.) no son fijos ni eternos, sino que pueden variar.Esto ofrece una explicación no antrópica del aparente “ajuste fino” de las constantes: nuestro universo no está ajustado para la vida, sino para producir muchos agujeros negros; la vida sería un subproducto de las condiciones que también favorecen estrellas masivas, supernovas y colapso gravitatorio.
• Cada vez que se forma un agujero negro, en su interior (donde la relatividad general predice una singularidad) los efectos cuánticos de la gravedad provocan un “rebote” o un nuevo Big Bang. Nace así un universo hijo causalmente desconectado del nuestro.
• En el paso de padre a hijo, los parámetros sufren pequeñas mutaciones aleatorias (la idea de “reprocesamiento” de las leyes ya había sido sugerida por John Wheeler).
• Los universos cuyas leyes producen más agujeros negros tienen más “descendencia”. Con el tiempo, la población de universos se concentra alrededor de los valores de los parámetros que maximizan la producción de agujeros negros (un máximo local en el “paisaje de aptitud”).
En resumen, es una de las pocas propuestas que intentan aplicar un mecanismo realmente evolutivo (reproducción + variación + selección) a la cosmología, en lugar de limitarse al principio antrópico o a un multiverso estático generado por inflación eterna.
Empédocles, el biólogo evolutivo que nadie contrató
Mientras Lee Smolin necesitó la relatividad general, la gravedad cuántica y un libro entero publicado en 1997 para plantear que el cosmos se reproduce y muta, hubo un siciliano que llegó a una intuición hermanada veinticuatro siglos antes, sin telescopios, sin ecuaciones de campo, armado apenas de una imaginación desbordante y la costumbre griega de explicarlo todo mirando fijamente el mundo hasta que este confesara sus secretos. Empédocles de Agrigento, en su poema Sobre la naturaleza, describe un origen del mundo animal que parece sacado de una pesadilla de laboratorio: en los primeros tiempos, dice, la tierra produjo por separado cabezas sin cuello, brazos errantes sin hombros que los sostuvieran, ojos solitarios vagando sin frente en la que asentarse. Todas esas partes sueltas, gobernadas por las fuerzas opuestas del Amor y el Odio —que unen y separan los elementos una y otra vez—, se fueron combinando al azar, ensayando ensambles imposibles: criaturas con doble rostro, seres con cabeza de buey y torso de hombre, monstruos que la tierra escupía sin ningún plan.
La mayoría de esas combinaciones, dice Empédocles, no lograba sobrevivir: no podían alimentarse, no podían moverse, no podían reproducirse, y simplemente se extinguían tan rápido como habían aparecido. Solo permanecieron aquellas combinaciones que, por puro accidente de ensamblaje, resultaron viables. No hubo diseñador, no hubo plan, no hubo un arquitecto cósmico dibujando bocetos de vaca antes de soltarla al mundo: hubo ensayo, error y la despiadada contabilidad de lo que funciona lo suficiente como para seguir existiendo un rato más.
El paralelo con Smolin no requiere demasiado esfuerzo de traducción. Donde Empédocles tiene partes de animales combinándose al azar y sobreviviendo solo las que resultan viables, Smolin tiene universos enteros —con sus propias "partes", que son las constantes físicas— combinándose al azar en cada rebote de agujero negro, y sobreviviendo (es decir, reproduciéndose) solo aquellos cuya configuración produce más agujeros negros. Cambiá "cabezas sin cuello" por "constante cosmológica", cambiá "brazos errantes" por "masa del quark", y tenés el mismo mecanismo exacto: variación ciega más selección por viabilidad, sin ningún ajustador externo que calibre nada de antemano. La única diferencia es que a Empédocles el tribunal de la historia lo recuerda como poeta-filósofo semilegendario que se tiró a un volcán para demostrar que era un dios, y a Smolin lo invitan a congresos de física teórica. El mecanismo que proponen, en el fondo, es exactamente el mismo: el universo no fue diseñado para que funcionara. Simplemente, lo que no funcionaba, dejó de estar ahí para contarlo.
El comité de peritos en pruebas de paternidad (o por qué el universo nunca va a salir en "Cambio de Vida")
La primera objeción que le hicieron a Smolin fue, en el fondo, la más devastadora de todas, y tiene nombre de programa de televisión de tarde: no hay prueba de ADN que sostenga el parentesco. Toda la teoría depende de que el universo hijo herede, con pequeñas variaciones, la información del universo padre a través del agujero negro. El problema es que, según lo que hoy se sabe sobre estos bichos, la información no se pierde ni se transmite para el otro lado: se queda, enredada, codificada en el propio horizonte de eventos, como esos parientes que juran mandarte la herencia por WhatsApp y jamás aparece nada en el chat. Si no hay transferencia, no hay herencia, y sin herencia no hay "se parece a la abuela": hay, como mucho, un bebé completamente ajeno que alguien dejó en la puerta de calle sin ninguna explicación.
Después llegó el comentario del pariente incómodo en la cena familiar, el que siempre arruina el brindis con un dato inoportuno: si lo que en verdad importa es fabricar la mayor cantidad posible de agujeros negros, alcanzaba con subir un poquito la constante cosmológica y listo, la producción se dispara. Es decir, nuestro universo —el que se supone que es un ejemplar exitoso, seleccionado por generaciones de ensayo y error cósmico— podría, con un ajuste mínimo, haber tenido muchísimos más "hijos" de los que tuvo. Como el estudiante que se recibe con lo justo y after resulta que rendía muchísimo mejor si estudiaba un rato más: no reprobó, pero tampoco es exactamente el alumno ejemplar que la teoría necesitaba para funcionar.
Y por si fuera poco, alguien hizo la cuenta seria: nuestro universo ni siquiera se acerca al máximo posible de agujeros negros que podría producir con otra combinación de parámetros. Es como presentarse a un maratón, quedar en un puesto discretamente mediocre, y pretender que te den la medalla de oro porque "en teoría, corriste lo suficientemente bien como para haber ganado en otro universo". La genética evolutiva no funciona por intenciones ni por potencial: funciona por resultados, y los resultados acá son más de guardería de barrio que de campeonato olímpico.
Tampoco ayudó que alguien preguntara, con la peor de las intenciones, si en esta familia cósmica hay siquiera competencia real entre hermanos. En la selección natural de toda la vida, los organismos compiten por comida, territorio, pareja: recursos limitados en un mismo lugar y al mismo tiempo. Acá, en cambio, cada universo nace, crece y muta completamente aislado de sus hermanos, sin cruzárselos jamás, sin pelearse por nada, como primos que viven en países distintos y jamás se hablan, pero que igual alguien pretende meter en el mismo árbol genealógico competitivo. Y para colmo, nadie logró explicar todavía el mecanismo físico exacto por el cual la masa de un agujero negro —tan chiquito, comparativamente hablando— termina generando un Big Bang entero del otro lado. Es el equivalente cósmico de prometer que con la calderilla que junta el frasco de las monedas se puede comprar una casa: lindo el gesto, pero las cuentas, cuando alguien se sienta a hacerlas en serio, simplemente no cierran.
Al final, incluso la predicción más concreta que se animó a hacer la teoría —un límite de peso para las estrellas de neutrones, algo así como fijar por escrito cuánto puede pesar como máximo un pariente de esta familia— terminó topándose con parientes reales que pesan bastante más de lo permitido. Como esa apuesta familiar de "el bebé no va a pasar del metro setenta" que alguien hizo con total seguridad, y que el pariente en cuestión se encargó de desmentir por varios centímetros, sin pedirle permiso a nadie.
El alegato de Giordano Bruno
El comité de peritos ya guardaba sus carpetas, satisfecho con haber dejado la genealogía cósmica en offside. Empédocles, que había expuesto su teoría con la tranquilidad de quien ya está acostumbrado a que lo tilden de loco, se acomodaba el manto para retirarse sin demasiado drama —al fin y al cabo, él ya se había tirado a un volcán una vez; una crítica académica no le iba a mover el piso. Y Smolin, en algún rincón, seguía defendiendo con calculadora en mano que el límite de las estrellas de neutrones "dependía de la ecuación de estado nuclear, que todavía tiene incertidumbre", con la misma cara de quien insiste en que la balanza está mal calibrada.
Fue entonces cuando entró él, con el paso apurado de quien lleva toda la eternidad tratando de terminar una frase antes de que lo interrumpan otra vez: Giordano Bruno, todavía con olor a leña, la mirada encendida de quien pagó con el cuerpo entero por no bajar un cambio de sus convicciones.
—¡Familia, familia, familia! —exclamó, sin saludar, como quien retoma una discusión que empezó hace cuatrocientos años y no piensa dejar enfriar—. Ustedes discuten si hay ADN, si hay transferencia de información, si el agujero negro le manda o no le manda la herencia al hijo. Yo se lo dije en 1584, en Sobre el infinito universo y los mundos: no hay un solo mundo, hay infinitos, y cada uno engendra otros a su imagen, con sus propias estrellas, sus propios soles, su propia furia. ¿Y ustedes me piden un certificado notarial para creer que se parecen entre sí?
Un físico del comité, todavía con la carpeta bajo el brazo, intentó protestar:
—Con todo respeto, sin mecanismo de transferencia demostrado, no hay manera de sostener el parentesco.
—¿Mecanismo? —Bruno soltó una risa que sonaba más a fogata que a carcajada—. Yo no tuve telescopio, no tuve ecuación de campo, no tuve nada de lo que ustedes tienen, y aun así vi con total claridad que el universo no podía ser una excepción única, un hijo sin hermanos, un experimento irrepetible de un Dios aburrido. Vi mundos naciendo de otros mundos como las chispas nacen del fuego, sin necesidad de que nadie firmara un acta de nacimiento. La naturaleza no le pide permiso a la genética para parecerse a sí misma. Se repite porque es fecunda, porque no puede evitarlo, porque la fecundidad es su modo de ser, con o sin cadena de custodia del ADN.
Empédocles, que hasta entonces había escuchado con la sonrisa de un abuelo que ve a un nieto defender la misma idea que él tuvo hace siglos, aportó su parte:
—Yo tampoco necesité mecanismo. Vi brazos sin hombros, cabezas sin cuello, ensayos fallidos por todos lados, y hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta hasta —se interrumpió a sí mismo, y sonrió—: perdón, me distraje. Lo que quería decir es: no hace falta que me expliquen cómo un agujero negro le pasa la posta a su hijo. Me alcanza con ver que el patrón se repite: ensayo, error, lo que no sirve desaparece, lo que sirve queda. Eso no necesita notario.
El comité, incómodo, no supo bien qué anotar en su informe. Porque no había forma de refutar a alguien que jamás pretendió ofrecer una prueba: Bruno no vino a ganar el argumento con datos, vino a insistir en que la intuición de la fecundidad infinita no necesita esperar el veredicto de un laboratorio para sentirse verdadera. Y quizás ahí, exactamente ahí, esté el punto que, ninguno de los críticos, lograron tocar: no hace falta que el universo tenga la prueba de ADN en regla para que, al mirarlo con la suficiente paciencia, uno jure reconocerle, aunque sea un poco, los ojos de la abuela.
Y así el cosmos, entre las partes sueltas de un siciliano, la calculadora de un físico obstinado y la fe encendida de un hereje que ardió por creer en mundos infinitos, sigue teniendo hijos que se le parecen — con o sin acta de nacimiento que lo certifique.
Nota de transparencia: Idea propia con texto generado por IA y revisado por mí. Utilicé Gemini, Claude y Grok.




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