El coleccionismo de llaveros, o copoclefilia, a menudo se confunde con la simple acumulación de recuerdos. Sin embargo, para quienes observamos el objeto como un documento, cada pieza es un fragmento de tiempo congelado.
Llavero obtenido en un parador sobre la ruta 14 en Entre Ríos, 1992.
Pieza de marroquinería artesanal. Esa forma de pera, resuelta mediante la unión de gajos de cuero.
Parece un ejemplar de manufactura orgánica, lejos de la producción industrial en serie que domina el mercado actual. Su cuerpo principal es una pera de cuero vacuno, armada mediante la unión de gajos cosidos con un pespunte rústico de hilo oscuro. El paso de las décadas ha dotado al material de una pátina color canela, evidenciando una textura porosa y auténtica.
Los detalles que definen su carácter son:
- La iconografía frutal: Presenta un motivo de duraznos pintados a mano. Los trazos son directos, con verdes en las hojas y una degradación de naranjas y rosas en el fruto, revelando el pulso del artesano que los creó.
- La caligrafía: En el reverso, la inscripción en tinta negra reza: "Rdo. de E. Ríos 1992". No es una tipografía de imprenta; es caligrafía manual.
- La estructura: El remate superior se resuelve con un herraje metálico sencillo, una cadena de eslabones cortos y un aro tradicional, manteniendo la sobriedad.
Souvenir que condensa identidad regional. El cuero, material noble y duradero, remite a la tradición artesanal del litoral argentino. Las frutas pintadas a mano evocan la riqueza agrícola de Entre Ríos. La elección de una pera (o frutas similares como el durazno, que aparece pintado) suele estar vinculada a la abundancia y la producción regional de la zona del Litoral. Es un homenaje a la tierra de donde proviene el cuero y donde se produce la fruta.
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