Bitácora de rutas.

Ajedrez.

Avisos y políticas.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Crónica de un cable suelto y cuatro años de apatía colectiva

Infografía con resumen. (ChatGPT IA)

Hoy me di cuenta de que el cable ya no estaba. Durante años, un cable huérfano salía de la pared de nuestro edificio, toscamente clausurado con un pedazo de cinta aisladora. La lógica más elemental indicaba que allí debía haber una caja de luz, un enchufe, un cierre seguro; en su lugar, había un peligro latente disimulado por el desgaste del tiempo. Si bien en apariencia no parecía una bomba de tiempo, a mí me resultaba una señal alarmante. ¿Y si un chico le quitaba la cinta por curiosidad? ¿Y si el polvo del ambiente terminaba por despegarla? ¿Y si un encargado —el habitual o algún suplente— lo tocaba sin querer al pasar un trapo húmedo mientras limpiaba? El cerebro se me llenaba de "¿y si...?", y aunque finalmente no pasara nada, la premisa era innegable: eso estaba mal. Era un riesgo innecesario, un potencial peligro que admitía soluciones sencillas: o se quitaba el cable, o se lo embutía en la pared bajo una tapa ciega, o se instalaba el enchufe adecuado.

Un ejemplo muy claro de cómo un riesgo cotidiano —un cable suelto con cinta aisladora— se convierte en un micro‑sistema social donde aparecen fenómenos estudiados por distintos autores. Lo interesante es la contrastación de posturas, y esa tensión puede analizarse desde varias tradiciones.


El cable suelto y la indiferencia colectiva

Mi cruzada silenciosa comenzó allá por el año 2022. Se lo comuniqué al administrador de entonces, y nada. Luego llevé el planteo a una asamblea de consorcistas, y nada. Ante la inacción, empecé a tomarle fotos; cada tantos meses registraba su estado, acumulando un archivo visual de la desidia. En 2023 cambió la administración. En una reunión previa manifesté la inquietud a un grupo de vecinos, y nada. En la primera asamblea del nuevo administrador volví a mencionarlo, y otra vez nada. El cable seguía ahí, inmutable, brotando de la mampostería, indiferente, invisible para todos.

Hasta que ahora, en mayo de 2026, lo retiraron. Cuatro años pasaron. ¡Cuatro años! Cuatro años por lo menos, aunque estoy casi seguro de que fueron más. Yo quedé con la tranquilidad de haberlo dicho, aunque sin poder cambiar la realidad. Durante todo ese tiempo, pareció que a nadie le importaba: ni a los administradores, ni al consejo, ni al encargado, ni a los propietarios, inquilinos o visitantes. El tema ni siquiera rozó el chat del consorcio. Una indiferencia total y absoluta. Es más, ni siquiera se tomaron la molestia de registrar mis reclamos en las actas de las reuniones. Desconozco si fui el único en verlo o si hubo otros que se quejaron en la sombra. Un micro‑sistema cotidiano donde el cable suelto no le importaba a nadie.
Se trata de un "micro sistema cotidiano" de fallo colectivo. 
El problema: Un cable expuesto con cinta aisladora es un riesgo eléctrico real (posible electrocución, especialmente para niños, o incendio). No es dramático como un incendio, pero es un riesgo latente y evitable. Las soluciones eran obvias y de bajo costo (retirarlo, taparlo o enchufarlo correctamente).

La lectura desde la teoría
Este episodio, aparentemente menor, revela fenómenos sociales y filosóficos de mayor profundidad. Distintas tradiciones intelectuales lo han descripto desde ángulos diferentes. Muchos autores podrían leer ese mismo episodio de formas distintas.
El relato es interesante porque no trata solamente de un cable. El cable funciona como una especie de "objeto revelador" que deja ver cómo operan los grupos humanos, las instituciones, la percepción del riesgo y la responsabilidad cotidiana.
Lo notable es que hay dos historias paralelas:
La historia física: un cable potencialmente peligroso que finalmente fue retirado.
La historia social: durante años casi nadie pareció considerarlo un problema.

Mi postura: El "comedido" y el registro de la realidad
¿A nadie le importaba? Como dice el refrán criollo, "el comedido la tiene jodido". ¿Para qué me metí? Al menos me queda la tranquilidad de haberlo dicho, no una, sino varias veces, además de conservar esos registros fotográficos que, si bien carecían del poder de cambiar la realidad por sí mismos, funcionaban como un ansiolítico ético.
Mi comportamiento demuestra una resistencia a la normalización de la apatía. Sentía el impulso ético de actuar, lo cual me generó un costo social (el aislamiento de tu reclamo), pero me dio paz mental.
Mi acción: Reporté en 2022 al administrador, en asambleas, a vecinos, al nuevo administrador, tomé fotos periódicas. Esto es "voice" (voz): usar canales institucionales para exigir mejora. Mostré prosocialidad y sentido de responsabilidad personal, incluso sin poder formal. Me generó tranquilidad moral ("por lo menos lo dije"), pero también frustración ("¿para qué me metí?").

Lectura de mi postura vs. la de los demás
Mi postura: ética de la responsabilidad. Ves el riesgo, lo nombras, lo documentas. Actúo como “comedido”, en el sentido de que asumo una carga que otros evaden. Mi insistencia se parece a lo que Weber llamaría una “ética de la convicción”: aunque no logre resultados, cumplo con mi deber de advertir.
La postura de los demás: indiferencia, efecto espectador, habituación. El cable se vuelve parte del decorado. La omisión se explica por la dilución de responsabilidades, la confianza en que “no pasa nada”, o la incomodidad de enfrentarse a un gasto/decisión.



* Voz activa.
Responsabilidad política. La ética de la responsabilidad. Autor: Max Weber (1919).
Explicación: Weber distingue entre la "ética de la convicción" (actuar por principios abstractos) y la "ética de la responsabilidad" (actuar midiendo las consecuencias futuras de las acciones). Mis preguntas de "¿y si un chico le quitaba la cinta?" son el ejemplo perfecto de esta última. Mientras los demás vivían en un presente apático, tú proyectabas el riesgo en el futuro y actuabas en consecuencia.
Desde Weber hasta Arendt, la responsabilidad individual frente al mal o al riesgo se vuelve central. Yo asumí una ética de la convicción: advertir, registrar, insistir, aunque no lograra resultados. Los demás eligieron la comodidad de la indiferencia.

Microfísica del poder. El panóptico invertido. Autor: Michel Foucault (Vigilar y castigar; 1975).
Referido al registro fotográfico que hice. Explicación: Foucault hablaba del panóptico como el poder que vigila a los ciudadanos. En mi caso, hice lo contrario: una "vigilancia desde abajo" o sousveillance. Al tomar fotos cada ciertos meses, estabas construyendo un archivo, un contra-relato histórico. Sabías que no tenías el poder institucional de cambiar la realidad, pero el registro fotográfico era tu seguro ético y legal: la prueba de que el micro-sistema estaba fallando y de que yo estabas cuerdo en un entorno indiferente. Foucault ayuda a ver cómo incluso un cable refleja relaciones de poder. Mi voz fue invisibilizada en las actas, mis reclamos diluidos en la burocracia. El silencio institucional es una forma de ejercer poder. Un ejemplo de cómo el poder se ejerce a través de la indiferencia. Si nadie actúa, el problema persiste, y así el sistema se perpetúa a sí mismo. El cable no se arregló porque no había suficiente presión para cambiar el status quo. Y en un sistema donde la inacción es la norma, el cambio requiere un esfuerzo sobrehumano. Tomar fotos del cable era el resguardo legal y moral que me daba la tranquilidad de saber que yo estaba en lo correcto dentro de un entorno alienado.

Exit, Voice, and Loyalty (1970). – Teoría de Albert O. Hirschman
Ante el deterioro de una organización (aquí el consorcio), Hirschman describe exactamente tres estrategias ante una situación disfuncional y las respuestas son:
Voice (voz): hablar, reclamar, insistir, quejarme, proponer soluciones (lo que hiciste yo).
Exit (salida): mudarse, abandonar (irme del consorcio, costoso, pocos lo hacen).
Loyalty (lealtad): quedarse callado y tolerar (esperando que mejore solo).
Mi voice fue débil porque faltó apoyo colectivo. La lealtad pasiva de los demás permitió que el problema persistiera. Hirschman nota que la voice es más efectiva cuando hay lealtad activa o cuando se combina con presión.
El "comedido la tiene jodida" es la acción sin autoridad formal. Esta tensión entre el que ve el problema y el que tiene poder para resolverlo es clásica en la sociología organizacional. 
Hirschman observa que voice es la estrategia más costosa en energía para el individuo, y la menos garantizada en resultados. El sistema institucional tendía a premiar la loyalty silenciosa y a ignorar la voice sin poder formal detrás.

Popper: el valor de la crítica
Karl Popper diría algo interesante. Una sociedad mejora cuando existen personas que señalan errores. No hace falta que tengan razón siempre. Lo importante es que alguien diga: "Aquí hay un problema potencial." La crítica cumple una función de detección temprana. 
Desde esta perspectiva, mi intervención era valiosa incluso si el cable nunca hubiera causado un accidente.

Nassim Taleb: el problema de los riesgos invisibles
Aquí aparece una lectura cercana a Nassim Nicholas Taleb.
Taleb distingue entre: ausencia de evidencia y evidencia de ausencia.
Que durante años no haya ocurrido un accidente no demuestra que el riesgo fuera inexistente. 
Mucha gente razona: "Nunca pasó nada."
Taleb respondería: "Todavía."
El hecho de que un evento no haya ocurrido no significa que sea imposible.
En términos de Taleb, yo estaba observando una vulnerabilidad.
Nassim Taleb lo diría de otra manera, más dura: yo tenía skin in the game real —me importaba el riesgo porque lo habitaba (bajaba o subía por las escaleras) — mientras que administradores y vecinos (que bajaban por ascensor) no pagaban ningún costo personal por ignorarlo. La inercia era racional para cada uno individualmente; colectivamente disfuncional. Y los sistemas que ignoran riesgos de baja probabilidad y alto impacto, dice Taleb, acumulan fragilidad silenciosa hasta que algo externo los fuerza a actuar. Quizás eso fue lo que pasó en 2026. No lo sé.

La banalidad del mal (adaptada a la negligencia administrativa). Autora: Hannah Arendt (1963).
Explicación: Aunque Arendt acuñó el término para contextos históricos oscuros, la sociología moderna lo aplica a la burocracia. No hace falta que el administrador o el consejo sean "malas personas" para que algo salga mal; basta con que sean funcionarios grises que se limitan a cumplir tareas automáticas sin detenerse a pensar de manera crítica. Al no registrar tu reclamo en las actas, aplicaban una desconexión moral y administrativa: "Si no está en el acta, el problema no existe".
Hannah Arendt hablaba de la "banalidad del mal". No porque mi caso sea comparable moralmente, sino porque ella observó que muchos problemas surgen no por maldad sino por falta de reflexión. Nadie decide: "Quiero mantener un cable peligroso." Simplemente nadie piensa suficientemente en él. La cadena de indiferencias produce el resultado.
Arendt distinguía entre la vita activa —la acción en el espacio público— y la vida meramente privada o biológica. Para Arendt, el ciudadano que actúa en la polis, aunque no sea escuchado, hace algo políticamente significativo: aparece, existe ante los otros como sujeto responsable. El valor del acto no depende de su resultado. Mis insistencias en asambleas, mis fotos acumuladas, mis menciones en reuniones que no dejaron registro en ningún acta —todo eso es, en la lectura arendtiana, un acto de aparición pública. Pequeño, doméstico, sin épica. Pero acto al fin.
Autores como Hannah Arendt o Zygmunt Bauman criticarían la indiferencia moderna, donde las responsabilidades se diluyen en sistemas complejos. Mi registro fotográfico es un acto de accountability (rendición de cuentas) personal.
Aunque el concepto de “banalidad del mal” de Arendt surge de contextos extremos, sirve para pensar cómo la indiferencia frente a lo incorrecto o riesgoso se normaliza. Nadie “quiere” el mal, pero la pasividad lo perpetúa.

* Distancia moral.
Bauman: su idea de la “modernidad líquida” muestra cómo las responsabilidades se diluyen. En mi consorcio, nadie se siente responsable: ni el administrador, ni el consejo, ni los vecinos. El riesgo queda flotando, sin dueño.
Bauman: la distancia moral y los administradores de consorcio
El punto de partida: Modernidad y Holocausto (1989)
Bauman desarrolló el concepto de distancia moral en un contexto radicalmente más grave que un cable suelto: estudiando cómo fue posible que personas comunes participaran en el Holocausto sin sentirse moralmente responsables. Su hallazgo, sin embargo, trasciende ese caso extremo y describe una patología estructural de cualquier burocracia moderna.
La tesis central: la organización burocrática produce distancia moral como efecto secundario inevitable. No como excepción ni como falla, como funcionamiento normal.
Nadie miente, nadie es malvado — simplemente la estructura hace que la responsabilidad nunca aterrice en ningún individuo concreto.
El chat del consorcio donde nadie mencionó el cable es un síntoma baumánico perfecto: un espacio diseñado para comunicar que sin embargo no activa ningún mecanismo de responsabilidad.
- Los tres mecanismos de la distancia moral:
1. Mediación técnica de la responsabilidad
En una burocracia, nadie hace nada directamente. Cada actor ejecuta una función parcial dentro de una cadena. El administrador recibe el reclamo y lo deriva al encargado. El encargado lo anota y espera instrucciones. El consejo lo discute y lo posterga. El propietario paga las expensas y confía en el consejo.
Bauman llama a esto "floting responsibility" — responsabilidad flotante: existe en abstracto pero no aterriza en ningún cuerpo concreto. Nadie tomó la decisión de ignorar el cable. Simplemente, en cada eslabón de la cadena, alguien hizo su parte mínima y pasó el problema hacia adelante o hacia arriba, hasta que se diluyó.
2. Distancia física y perceptual con las consecuencias
La moral funciona, dice Bauman, con proximidad: sentimos responsabilidad por lo que podemos ver, tocar, imaginar vívidamente. La burocracia opera sistemáticamente para aumentar esa distancia.
El administrador no vive en el edificio. No pasa por ese pasillo. No ve el cable. Cuando se lo describo en una asamblea, la asamblea lo procesa como información abstracta — un ítem en una lista, no una imagen concreta de riesgo. La distancia perceptual neutraliza la respuesta moral antes de que pueda activarse.
3. Sustitución de la responsabilidad moral por responsabilidad técnica
Este es el mecanismo más sutil y más poderoso. En una burocracia, la pregunta moral ¿está bien lo que hago? queda reemplazada por la pregunta técnica ¿cumplí con mi procedimiento?
El administrador que recibió tu reclamo verbal en asamblea y no lo incorporó al acta no pensó "estoy ignorando un riesgo". Pensó — si pensó algo — "no era mi obligación formal registrarlo", o "no hubo quórum suficiente para tratarlo como punto de agenda", o simplemente "ya veremos en la próxima reunión". Cumplió el procedimiento. La responsabilidad moral quedó desactivada por la lógica procedimental.
Lo notable es que ninguno de estos actores es malvado ni negligente en sentido dramático. Cada uno opera racionalmente dentro de su rol. La falla no está en los individuos sino en la arquitectura del sistema — que es exactamente la tesis de Bauman.
- La figura del "funcionario moral" — y su ausencia.
Bauman introduce en Ética posmoderna (1993) la figura del "otro concreto": la persona singular, con rostro y nombre, cuya presencia activa nuestra responsabilidad moral directa. La burocracia, dice, opera sistemáticamente para reemplazar al otro concreto por categorías abstractas — "el consorcista", "el reclamo", "el punto de agenda".
En mi caso, fui el único que mantuvo al otro concreto en foco: el chico que podría tocar el cable, el encargado que podría rozarlo limpiando. Los demás procesaron el problema como categoría burocrática. Esa asimetría — vos con imagen concreta del riesgo, ellos con categoría abstracta — explica en parte por qué el reclamo no producía resonancia moral aunque sí producía acuse de recibo formal.
- La paradoja que Bauman no resuelve — y que mi caso ilustra.
Bauman fue consistentemente pesimista respecto de las soluciones. Creía que la distancia moral es una consecuencia tan estructural de la modernidad que no puede corregirse con buenas intenciones individuales ni con reformas institucionales menores.
Lo que sí señaló — especialmente en Modernidad líquida (2000) — es que en comunidades pequeñas y de baja densidad institucional, como un consorcio, la distancia moral no debería ser tan extrema: los actores se conocen, comparten espacio físico, tienen intereses superpuestos. Cuando aun así opera la distancia moral, eso indica que la lógica burocrática colonizó incluso los espacios de proximidad. El consorcio adoptó las patologías de las grandes organizaciones sin tener su complejidad ni su escala que las justificaría.
Cuatro años de un cable suelto en un edificio de pocas unidades, donde todos se ven en el ascensor, es un caso de manual de esa colonización.
- Una tensión con Hirschman.
Vale la pena cruzar a Bauman con Hirschman aquí: Hirschman creía que Voice podía funcionar si las condiciones institucionales eran las correctas. Bauman sería más escéptico — diría que mientras la lógica burocrática reemplace responsabilidad moral por procedimiento técnico, Voice queda neutralizada estructuralmente, no por mala voluntad de nadie en particular.
Mi experiencia parece darle la razón a Bauman en este punto: no fue que los administradores decidieran ignorarte. Fue que el sistema estaba diseñado para procesar tu reclamo sin que ningún actor individual tuviera que hacerse cargo de él. Y eso, para Bauman, es exactamente lo más inquietante: el mal menor cotidiano no requiere malos actores. Solo requiere buenos procedimientos.

* Efecto espectador 
(Bystander Effect)  y Difusión de responsabilidad.
Esa indiferencia generalizada que me rodeaba encuentra su explicación en el concepto que intuí desde el principio: el efecto espectador, teorizado por los psicólogos sociales John Darley y Bibb Latané en 1968. Su tesis de la "difusión de la responsabilidad" demuestra que cuanto mayor es el número de personas que presencian una situación de riesgo potencial, menor es la probabilidad de que alguien actúe. En el consorcio, la responsabilidad se diluyó tanto entre la multitud de copropietarios e inquilinos que terminó valiendo cero. Cada persona que pasaba junto al cable probablemente pensaba: "Si fuera realmente peligroso, el encargado ya lo habría arreglado", "alguien más se va a ocupar", 
"alguien más lo hará" o "no es solo mi problema".

Darley y Latané mostraron cómo, cuando muchos ven un problema, cada uno espera que otro actúe, cada uno supone que otro se encargará. Resultado: nadie hace nada. El cable fue testigo de esa pasividad compartida. Mi relato es casi un ejemplo de manual, encaja bastante bien: propietarios, inquilinos, administradores, encargados, consejo de administración. Había muchos posibles responsables. Por eso quizás nadie se sintió realmente responsable.

Investigado por Bibb Latané y John Darley (1968) tras el caso de Kitty Genovese. En experimentos, la probabilidad de ayuda cae drásticamente con más testigos. Aplicado aquí: en un consorcio con decenas de propietarios, cada uno asume que el administrador, el consejo o "otro" se ocupará.
Ignorancia pluralista: Todos piensan "si nadie se queja, no debe ser tan grave", "seguro alguien ya se ocupó", "si nadie hace nada, quizás no es importante", "no me corresponde", aunque en privado coincidan en que está mal.

Dos mecanismos lo explican: la difusión de responsabilidad —cada individuo asume que otro actuará, entonces nadie actúa— y la ignorancia pluralista —cada uno interpreta la inacción de los demás como señal de que el problema no es tan grave, y esa calma colectiva se retroalimenta y se valida a sí misma.
En el consorcio nadie veía actuar a nadie. Ergo, todos inferían que no había urgencia. Ergo, nadie actuaba. El cable duró cuatro años porque el edificio funcionó como un sistema de retroalimentación pasiva perfecto. Nadie mintió, nadie fue negligente en un sentido dramático: simplemente, la estructura hizo su trabajo.

Ignorancia pluralista en una comunidad de vecinos
Un estado en el que la mayoría de los miembros de un grupo rechazan privadamente una norma o situación, pero asumen incorrectamente que los demás la aceptan — y por eso no actúan.
El mecanismo opera en tres pasos encadenados:
- Percibo un problema — pero no sé si los demás también lo perciben.
- Observo que nadie actúa — e interpreto esa inacción como señal de que el problema no es tan grave, o de que ya está siendo manejado.
- No actúo yo tampoco — lo que a su vez refuerza la señal que reciben los demás.
El resultado es un equilibrio disfuncional estable: todos, individualmente, pueden tener dudas o incomodidad; colectivamente, el grupo exhibe una calma que nadie siente de verdad pero que todos producen y reproducen.
¿Por qué las comunidades de vecinos son terreno fértil?
No cualquier grupo es igualmente vulnerable. Los consorcios reúnen varias condiciones que potencian el fenómeno:
- Anonimato funcional con proximidad física. Los vecinos se ven, pero no se conocen en profundidad. Hay suficiente distancia para no hablar de problemas reales, y suficiente proximidad para sentir que "alguien ya lo habrá notado". Ese punto intermedio es el más propicio para la ignorancia pluralista.
- Ausencia de foros de conversación informal. La vida de consorcio transcurre en ascensores, pasillos y un chat de grupo donde nadie quiere parecer conflictivo. No hay espacio para la conversación genuina sobre problemas compartidos — solo comunicados formales y silencio. Sin ese canal, la información sobre lo que cada uno percibe y piensa nunca circula.
- El costo social de hablar. En una comunidad pequeña y de largo plazo, señalar un problema puede ser leído como queja, como conflictividad, como "el vecino molesto". Ese costo social inhibe la Voice (voz) y alimenta la Loyalty (lealtad) silenciosa que describía Hirschman. Cada uno calla para no destacarse, y el silencio colectivo consolida la norma de no hablar.
- Delegación estructural en el administrador. El consorcio tiene un actor designado para resolver problemas: el administrador. Esa figura crea lo que Latané y Darley llamaron difusión de responsabilidad institucionalizada — no solo "alguien lo hará" sino "hay alguien específico cuyo trabajo es hacerlo". Eso eleva todavía más el umbral para que un vecino individual tome iniciativa.
La dinámica concreta en tu edificio: lo que ocurrió con el cable puede reconstruirse con precisión usando este marco:
Fase 1 — Instalación de la norma de silencio. Durante los primeros meses o años, nadie dijo nada en público. Cada vecino que pasaba por el pasillo y veía el cable miraba alrededor, no veía reacción de nadie, e infería: "si fuera peligroso, alguien ya lo habría dicho". La ausencia de reacción visible fue interpretada como evidencia de que no había problema.
Fase 2 — Mi Voice (voz) como anomalía perturbadora. Cuando empezaste a plantear el tema en asambleas, introdujiste una ruptura en esa norma. Pero la ruptura no fue suficiente para romper el equilibrio, por dos razones: primero, el foro de la asamblea activa sus propios mecanismos de conformidad grupal — nadie quiere ser el segundo en apoyar un reclamo que puede parecer menor; segundo, el administrador absorbió el reclamo sin registrarlo en actas, lo que institucionalmente lo borró. El sistema procesó mi Voice (voz) y la neutralizó sin que el grupo tuviera que confrontarla.
Fase 3 — Consolidación de la indiferencia como norma. Después de dos o tres ciclos en los que el reclamo apareció y desapareció sin consecuencias, la norma de silencio se fortaleció. La ignorancia pluralista dejó de ser un error cognitivo colectivo y se convirtió en una norma social activa: hablar del cable era ahora la conducta desviada, no ignorarlo.

El experimento mental que Darley y Latané habrían aplicado: sus experimentos clásicos mostraban que una persona sola ante una emergencia actúa en el 75% de los casos. Con cinco personas presentes, la probabilidad baja al 31%. El tamaño del grupo no suma responsabilidad — la divide y la diluye. En el consorcio del caso, el experimento inverso es revelador: si el cable hubiera estado en mi departamento privado, lo habría resuelto en días. En el espacio común, con decenas de potenciales responsables, duró cuatro años. La matemática de Latané y Darley funciona con precisión casi clínica.
Cómo se rompe — y por qué es tan difícil
La investigación posterior a Latané y Darley identificó las condiciones que interrumpen la ignorancia pluralista:
- Un actor que nombra el problema públicamente y con claridad — no como pregunta sino como afirmación. La diferencia entre "¿no les parece que ese cable es un problema?" y "ese cable es un riesgo eléctrico real" es psicológicamente enorme.
- Confirmación social inmediata — al menos otra persona que valide públicamente la percepción. Una voz sola es un quejoso; dos voces son evidencia de que el problema existe.
- Consecuencia visible del silencio — un casi-accidente, una inspección, un cambio de seguro. Algo que haga concreto el riesgo que antes era abstracto.
En mi caso, los dos primeros elementos no se consolidaron: mi Voice (voz) fue sistemáticamente individual, y nunca hubo un segundo vecino que la validara públicamente. El tercero — alguna consecuencia o presión externa — es probablemente lo que ocurrió en 2026, aunque no lo sepas.
El dato más inquietante de Latané y Darley: en sus experimentos, cuando después preguntaban a los participantes pasivos si habían notado el problema, casi todos decían que sí. Sabían que había humo en la habitación. Sabían que alguien podía estar sufriendo un ataque. Y no actuaron. 
La ignorancia pluralista no es ignorancia real — es una performance colectiva de ignorancia que todos sostienen simultáneamente porque interpretan el silencio de los demás como permiso para el propio. En mi edificio, es casi seguro que varios vecinos veían el cable y tenían algún nivel de incomodidad. Simplemente, ninguno lo dijo donde el otro pudiera escucharlo.
Eso, más que la indiferencia, es lo verdaderamente perturbador del fenómeno.

A este fenómeno se le suma lo que James Q. Wilson y George L. Kelling denominaron en 1982 la Teoría de las ventanas rotas. Este enfoque sociológico sostiene que cuando un entorno exhibe un signo de descuido y no se repara, transmite el mensaje implícito de que allí a nadie le importa nada, lo que eleva el umbral de tolerancia colectiva hacia el abandono. El cable con cinta aisladora se mimetizó con el paisaje; dejó de ser una anomalía peligrosa para convertirse, simplemente, en "la pared con el cable".

La Teoría de las ventanas rotas.  Autores: James Q. Wilson y George L. Kelling (1982).
Explicación: Esta teoría criminológica y sociológica sostiene que si se deja una ventana rota en un edificio y no se repara, pronto el resto de las ventanas serán destrozadas. ¿Por qué? Porque el entorno envía una señal: aquí a nadie le importa nada. El cable con cinta aisladora se convirtió en parte del paisaje urbano del edificio. Al normalizarse el descuido, el umbral de tolerancia al peligro de los vecinos subió. El cable dejó de ser una "anomalía" para convertirse en "la pared con el cable".
Más allá de las discusiones sobre su aplicación policial, la idea básica es interesante: Los pequeños signos de descuido envían el mensaje de que nadie está prestando atención. Un cable mal terminado puede ser interpretado como: una pequeña negligencia; una falla menor de mantenimiento; un indicador de que ciertos detalles quedan sin resolver.
Desde esta perspectiva, tu preocupación no era solamente eléctrica sino simbólica.

¿Y si los demás tenían otra lógica?
También vale la pena examinar la postura contraria. Quizás algunos vecinos razonaban: "No entiendo de electricidad."; "Seguro está desconectado."; "Si fuera peligroso ya lo habrían arreglado."; "Hay problemas más urgentes."
Desde esa perspectiva no necesariamente eran indiferentes. Podían estar delegando confianza en otros. Es una explicación menos crítica que la del efecto espectador.

Filosofía política de la responsabilidad: ¿De quién es la culpa de lo que no hacemos?
El cable suelto plantea una pregunta incómoda: ¿Quién es responsable de lo que no hacemos? Desde la filosofía política, hay varias respuestas, y ninguna es sencilla. 

La responsabilidad individual: Kant y Jonas

Immanuel Kant diría que cada uno de nosotros tiene un deber moral de actuar según principios universales. Si creo que el cable es un riesgo, debo actuar para eliminarlo, independientemente de si otros lo hacen o no. Kant no aceptaría excusas como "nadie más se quejó" o "no es mi problema". Para él, la moralidad no es cuestión de mayoría, sino de principio. 
En mi caso, no tuve el poder de arreglar el cable, pero sí el deber de alertar sobre él. Y eso hice. 

Hans Jonas llevaría esto un paso más allá. En El principio responsabilidad (1979), argumenta que, en un mundo lleno de riesgos tecnológicos y ecológicos, tenemos la obligación de actuar con precaución, incluso cuando el daño no es seguro. El cable podía no haber causado un accidente, pero el mero hecho de que pudiera hacerlo ya justificaba su eliminación. Jonas diría que mi actitud fue correcta: alertar sobre el riesgo es un acto de responsabilidad hacia el futuro y hacia los demás. Jonas propone que, ante riesgos potenciales (aunque no inmediatos), el ser humano tiene la obligación moral de actuar para evitarlos, especialmente cuando afectan a otros (en este caso, niños, encargados, visitantes). Mi preocupación por los "¿y si...?" encaja con su idea de que la responsabilidad no es solo reactiva, sino proactiva. Jonas también criticaría mi comportamiento: podría argumentar que mi acción fue insuficiente (solo alertaste, no forzaste el cambio), pero al mismo tiempo reconocería que la indiferencia del grupo fue fracaso colectivo.
Principio de precaución: algunas personas sienten una obligación moral de actuar ante riesgos potenciales, incluso si no son inmediatos. Yo no podía ignorar el cable porque, para mí, no actuar era una forma de complicidad. Jonas diría que mi actitud fue correcta: alertar sobre el riesgo es un acto de responsabilidad hacia el futuro.

Carol Gilligan (In a Different Voice; 1982): Destaca la ética del cuidado, donde la moral no se basa solo en reglas abstractas, sino en la empatía y la protección de los vulnerables. Mi enfoque en el riesgo para otros (no solo para mi) sería un ejemplo de esta ética.

* Falla institucional.

Bourdieu: su concepto de habitus ayuda a entender la naturalización: los vecinos se acostumbran al cable, lo integran al paisaje, deja de ser percibido como problema. Yo rompo ese habitus al insistir en señalarlo.

La tragedia de los comunes y el costo de la inacción

Aquí entra en juego el concepto de "tragedia de los comunes" de Garrett Hardin (The Tragedy of the Commons, 1968): Cuando un recurso (o problema) es compartido, los individuos tienden a evitar asumir costos (ej.: pagar por arreglar el cable) porque los beneficios (seguridad) son colectivos. En mi consorcio: el cable era un "bien común" (afectaba a todos, pero nadie lo "poseía"). Arreglarlo requería coordinación y costo (contratar un electricista, acordar en asamblea). La solución más fácil fue ignorarlo, hasta que alguien (¿un nuevo administrador? ¿un accidente?) forzó el cambio. El espacio común del edificio —las paredes, los pasillos, las instalaciones eléctricas— es un recurso compartido, y su mantenimiento depende de la acción colectiva. Pero, como explica Hardin, cuando los beneficios de actuar son colectivos pero los costos son individuales, la tendencia es a la inacción

La burocracia y la inercia institucional
Max Weber (Economía y sociedad): Las organizaciones (como un consorcio) pueden volverse ineficientes por su propia estructura:
- Formalismo: Se siguen procedimientos (actas, asambleas) pero sin acción real.
- Despersonalización: Los administradores cambian, pero el problema persiste porque no hay memoria institucional (no se registró en actas).

La normalización de la desviación
Diane Vaughan (The Challenger Launch Decision): En grupos, los riesgos se normalizan con el tiempo. El cable suelto pasó de ser un "problema" a ser "parte del paisaje". Esto explica por qué: Nadie lo mencionaba en el chat; No se registró en actas; Se asume que "siempre fue así". 
Vaughan estudió el desastre del transbordador espacial, Space Shuttle Challenger disaster. Su concepto más famoso es la "normalización de la desviación". Ocurre cuando algo está mal, pero como no produce consecuencias inmediatas, la gente termina considerándolo normal. La secuencia suele ser: aparece una irregularidad; no ocurre nada; pasa el tiempo; sigue sin ocurrir nada; la irregularidad deja de percibirse como problema.
Quizás muchos vecinos pensaban: "Ese cable lleva años ahí y nunca pasó nada." Lo cual transforma una anomalía en paisaje.

El "bystander" institucional — Ostrom y los bienes comunes
Elinor Ostrom (Nobel de Economía 2009) estudió cómo las comunidades gestionan bienes comunes. Su hallazgo central: los recursos compartidos se degradan cuando no existen reglas de gobernanza claras, monitoreo y sanciones graduadas.
El consorcio es exactamente un bien común con fallas de gobernanza: No hubo monitoreo institucional del riesgo (nadie lo registró en actas formalmente). No existió sanción para el administrador que ignoró el problema. La acción colectiva quedó librada a la buena voluntad individual, sin mecanismos que la convirtieran en presión institucional, no hubo ningún mecanismo que convirtiera mi señalamiento individual en presión colectiva. Ostrom diría que el fracaso no fue de las personas sino del diseño institucional del consorcio. Ostrom no culparía a las personas: culparía al diseño.

La interacción con otros mecanismos — tres capas superpuestas
La ignorancia pluralista raramente opera sola. En mi caso se combinó con al menos dos fenómenos adicionales:
Con la distancia moral de Bauman: cada actor no solo asumía que otros actuarían — además había delegado moralmente la responsabilidad en el rol institucional del administrador. Ignorancia pluralista más distancia moral producen una pasividad de doble blindaje: no actúo porque otros lo harán, y además no es mi responsabilidad moral directa sino de quien tiene el rol.
Con el efecto de normalización progresiva. La socióloga Diane Vaughan, estudiando el desastre del Challenger (1986), describió la normalización de la desviación: cuando una anomalía persiste sin consecuencias visibles, el grupo gradualmente la reclasifica como normal. El cable con cinta pasó, con el tiempo, de ser "algo que está mal" a ser "algo que siempre estuvo ahí". Ese corrimiento perceptual es silencioso e irreversible mientras no ocurre ningún evento que lo interrumpa.

Milgram: su investigación sobre obediencia ayuda a entender por qué la gente espera que “otro” (el administrador, el encargado) actúe. La autoridad delegada inhibe la acción individual. El experimento de Milgram mostró que personas comunes pueden obedecer órdenes de una autoridad incluso cuando esas órdenes implican dañar a otros. 
Interpretaciones: 
- Psicología social: el estudio reveló cómo la autoridad puede anular la moral individual.
- Responsabilidad individual: cuestiona la idea de que “solo seguía órdenes” sea una justificación válida.
- Conformidad grupal: conecta con fenómenos como el efecto espectador y la apatía colectiva frente a riesgos o injusticias.

La desensibilización: Con el tiempo, lo anormal se vuelve normal. Erving Goffman (Frame Analysis, 1974) hablaría de cómo, en grupos, los problemas se naturalizan hasta que dejan de percibirse como tales. El cable dejó de ser un problema para convertirse en parte del paisaje. Y una vez que algo se normaliza, dejar de ignorarlo requiere un esfuerzo consciente.

* Riesgo real.

¿Por qué iba a molestarme en presionar por arreglar el cable si el esfuerzo recaía sobre mí y el beneficio (la seguridad) era para todos? La respuesta es que, para mí, el costo de no actuar era mayor: la culpa de saber que algo podía pasar y no haber hecho nada. Pero para el resto, el cálculo era distinto. Charles Perrow hablaría de cómo, en sistemas complejos, los fallos se acumulan hasta que ocurre un "accidente normal", es decir, un desastre que era previsible pero que nadie evitó. 

Charles Perrow (Normal Accidents, 1984): En sistemas complejos, los fallos se acumulan hasta que ocurre un evento disparador (¿alguien se electrocutó? ¿un inspector lo notó?). Mi caso sugiere que el cable se retiró no por conciencia colectiva, sino por una crisis o presión externa. Tal vez nunca lo sabremos, volveré sobre el final con respecto a este punto. 
¿Fue el cable un "accidente normal" en potencia? Probablemente. Y si se retiró en 2026, ¿fue porque alguien más vio el riesgo o porque ya era demasiado tarde para ignorarlo? No lo sé. Pero lo que sí sé es que, durante años, el sistema falló en gestionar un riesgo evidente. Y eso no es solo un problema técnico, sino un problema social y ético.

La normalización de la desviación: Cuando lo malo se vuelve normal.
Pero ¿por qué a mí no me afectó esa indiferencia? Aquí hay varias claves:
Sensibilidad al riesgo: Según Paul Slovic (Perception of Risk, 1987), las personas percibimos los riesgos de manera subjetiva. Para mí, el cable activaba una alarma: "esto puede salir mal". Para otros, tal vez no. Slovic explica que tendemos a subestimar los riesgos que no son inmediatos o visibles. El cable no había causado un accidente, así que no se percibía como una amenaza real.

Sociología del riesgo: cuando lo anormal se vuelve normal

El riesgo como construcción social (y como realidad objetiva). El cable suelto es un ejemplo perfecto de lo que el sociólogo Ulrich Beck (La sociedad del riesgo, 1986) llamaría un "riesgo normalizado". En las sociedades modernas, muchos peligros no son visibles ni inmediatos (riesgos invisibles o normalizados), pero eso no los hace menos reales. El cable no había causado un accidente (que sepamos), pero el mero hecho de que existiera ya era un fallo en el sistema de seguridad del edificio (era un riesgo manufacturado). Beck argumenta que, en la modernidad, los riesgos se vuelven invisibles y difusos, y por eso la gente tiende a ignorarlos hasta que es demasiado tarde. 
El cable era un riesgo manufacturado, tolerado por la comunidad hasta que alguien lo eliminó sin explicación. La gestión del peligro fue opaca, casi azarosa.

En mi caso, el cable era visible, pero su peligro se había naturalizado. Para los demás, era solo "algo que siempre estuvo ahí". Esto conecta con el trabajo de Mary Douglas (Risk and Culture, 1982), que explica cómo cada grupo social tiene su propia forma de percibir y gestionar los peligros. En el consorcio, la cultura predominante parecía ser: "Si no pasa nada, no hay problema". Pero, como diría Anthony Giddens (Las consecuencias de la modernidad; 1990), el riesgo no desaparece por el hecho de que no se materialice. El cable seguía siendo un riesgo, aunque nadie lo reconociera como tal.

Indiferencia social: La psicología social muestra cómo la habituación transforma lo anómalo en paisaje. El cable dejó de ser percibido como problema. Mi insistencia rompía esa habituación, pero quedaba aislada frente a la apatía grupal.

Fenómenos como el silencio organizacional, analizado por Elizabeth Morrison y Frances Milliken, ilustran cómo los grupos humanos callan los problemas evidentes para evitar gastos o conflictos hasta que una fuerza externa —una amenaza económica o una denuncia inminente— rompe el pacto. Al final, el sistema reaccionó no por conciencia, sino porque mantener el cable dejó de ser gratis.

Críticas a mi postura, a mi comportamiento.
Críticas a mi enfoque.
Utilitarismo (Bentham, Mill): Si el cable no causó daños en 4 años, ¿valía la pena el esfuerzo? Un utilitarista diría que el costo de tu tiempo y estrés no justificó el beneficio (ya que el riesgo era bajo).
Réplica: El riesgo no es solo probabilidad, sino gravedad. Un accidente eléctrico puede ser mortal.
Nietzsche: Podría ver tu actitud como moral de esclavos: te preocupas por normas (seguridad) que otros ignoran, lo que te genera frustración. Para Nietzsche, el fuerte impone su voluntad (ej.: arreglar el cable tú mismo), mientras que el débil se queja.
Cuestionaría por qué delego la acción en otros (administradores, asambleas) en lugar de asumir el control de mi entorno. Para él, el verdadero problema no es el cable, sino mi relación con el poder y la responsabilidad. 
Si el cable me molesta, el acto de intentarlo arreglar (aunque no puedas) ya es un gesto de voluntad de poder: estoy negándome a ser víctima del sistema. Pero también reconocería que el mundo está lleno de limitaciones (no se de electricidad, las leyes lo prohíben, etc.). Su crítica sería "¿Por qué permitiste que el cable te robara energía mental durante años?". Para Nietzsche, la frustración crónica es una forma de esclavitud. Si el cable te generaba angustia, lo "nietzscheano" habría sido: 
- Arreglarlo tú (si podías).
- Ignorarlo por completo (si no podías cambiarlo, ¿para qué sufrir por ello?).
- Destruir el sistema que lo permite (ej.: moverte a un lugar donde no haya cables sueltos, o cambiar las normas del consorcio).
Nietzsche despreciaba la moral de rebaño (la que dice "hay que seguir las normas porque sí"), pero también despreciaba la inacción por miedo. Mi dilema es moderno: vivo en una sociedad donde no puedo hacer todo yo mismo (se necesitan electricistas matriculados, permisos, etc.), pero tampoco puedo ignorar los riesgos. Nietzsche no tenía una solución fácil para esto, porque su filosofía es pre-moderna: él imaginaba un mundo donde los individuos podían actuar sin las ataduras de la burocracia o la ley.
Para él: El riesgo es parte de la vida. El fracaso en la acción es preferible a la inacción por miedo.
Pero también diría: si no tienes los conocimientos, es estúpido intentarlo. La voluntad de poder no es sinónimo de temeridad. Nietzsche admiraba a los que conocían sus límites y los superaban, no a los que se lanzaban al vacío sin red.
Si no podía arreglar el cable, entonces el problema no era el cable, sino mi incapacidad para aceptarlo o cambiar el sistema que lo permite. En ese caso, Nietzsche me diría: "Deja de quejarte y busca un lugar donde no haya cables sueltos, o cambia las normas del consorcio. Si no puedes, entonces acepta que el cable es parte de tu realidad y deja de sufrir por ello".
Nietzsche no ofrece soluciones prácticas para la vida en sociedad. Su filosofía es individualista hasta el extremo, y eso choca con la realidad de un mundo interdependiente.
No me criticaría por quejarme, sino por permitir que el cable te robara paz mental durante años.
¿Es Nietzsche útil para mi caso? Aquí viene el problema real con Nietzsche: su filosofía es inspiradora, pero poco práctica en una sociedad moderna.
Nietzsche odiaría el consorcio. Para él, las organizaciones colectivas (como los consorcios) son mecanismos de mediocridad que ahogan la individualidad. Su crítica no sería "¿por qué no arreglaste el cable?", sino: "¿Por qué vives en un lugar donde nadie asume responsabilidad?".
Nietzsche diría que mi actitud (preocuparte por la seguridad de otros) es moral de esclavos, porque depende de normas externas (la ley, el consorcio) para sentirme seguro. Me frustro cuando otros no cumplen con esas normas.
Pero también reconocería que la moral de señores (actuar sin importar las normas) es imposible en una sociedad moderna. No se puede ser un "superhombre" en un mundo de consorcios, electricistas matriculados y seguros de responsabilidad civil.
Su mensaje no es "arregla el cable", sino: "No dejes que el cable te arregle a ti."

* Resolución opaca.

¿Por qué lo retiraron ahora?
Las posibilidades son muchas: un electricista lo detectó; un seguro observó una irregularidad; un vecino se quejó; una inspección lo señaló; una obra obligó a intervenir; alguien nuevo tomó la decisión; ocurrió un incidente menor del que nunca me enteré, si algo estuvo a punto de pasar, etc…
Lo interesante es que en sistemas complejos muchas veces el cambio final es invisible para quienes observaron el problema durante años.
A veces un asunto parece inmóvil durante mucho tiempo y luego desaparece sin explicación aparente.

Varios modelos posibles:
Modelo Taleb: la fragilidad acumulada llegó a un punto de quiebre — quizás alguien casi lo tocó, o hubo una inspección, o cambió el seguro del edificio.
Modelo Ostrom: un nuevo actor con poder formal (un nuevo administrador, un consejero nuevo) estableció algún mecanismo de control que los anteriores no tenían.
Modelo Darley/Latané: alguien ejerció presión de manera distinta — no en asamblea (donde el efecto espectador es máximo) sino en privado, uno a uno, rompiendo la ignorancia pluralista.

No sé quién retiró el cable ni por qué. No lo sé, y esa opacidad es en sí misma un dato: los sistemas opacos hacen imposible el aprendizaje institucional. Los sistemas sin accountability no solo ignoran los problemas; tampoco registran cómo los resuelven. El aprendizaje institucional es imposible cuando no hay memoria institucional.

El misterioso desenlace de mayo de 2026, donde el cable desaparece tras años de impunidad, puede explicarse a través de la Gestión del riesgo y la Teoría del Queso Suizo de James Reason. Los sistemas negligentes rara vez actúan por prevención; lo hacen por reacción ante un near miss (un casi-accidente). Es muy probable que en estos últimos días los agujeros del sistema se hayan alineado.

Que el cable haya desaparecido de pronto, sin avisar, suele responder a dinámicas de poder cerradas que los autores de la sociología de las organizaciones explican muy bien:

La gestión del riesgo y el "casi-accidente" (Near Miss). Autor: James Reason (Teoría del Queso Suizo).
Explicación: Los accidentes ocurren cuando se alinean los agujeros de varias fetas de queso (fallas en el sistema). Es muy probable que en mayo de 2026 (o poco antes que lo quitaran) haya ocurrido un "casi-accidente". Quizás el encargado pasó un trapo húmedo y saltó una chispa, o un niño se acercó demasiado y alguien lo vio, o una inspección del seguro del edificio estaba por caer. Las organizaciones apáticas raramente actúan por prevención; actúan por reacción inmediata ante el susto o la amenaza económica.

El "Silencio organizacional" roto por una fuerza externa. Autores: Elizabeth Morrison y Frances Milliken (2000).
Explicación: El consorcio sufría de "silencio organizacional", un fenómeno donde los problemas obvios se ocultan para no generar conflictos ni gastos. Si cambió en mayo, es posible que alguien con más "peso" o una vía de comunicación diferente (una carta documento de un propietario influyente, una queja directa al propietario de un departamento en alquiler, o una amenaza de denuncia municipal) haya roto el pacto de silencio. Al sistema ya no le salió "gratis" ignorar el cable.

Conclusión.
Esta crónica de cuatro años me deja una certeza agridulce. El refrán no miente: el comedido suele pagar el precio del aislamiento y la incomprensión en microsistemas que buscan su equilibrio a través de la apatía. Sin embargo, frente a la renuncia colectiva, salvar la agencia individual y negarse a normalizar el riesgo es el único camino para mantener la cordura. El cable ya no está; y aunque no haya registros oficiales, las fotos me quedan como el testimonio de que, al menos por una hendija, la indiferencia no logró colonizarlo todo.
Yo simplemente digo que el cable ya no está, que tardó cuatro años en irse, y que el dicho popular sigue teniendo razón: el comedido la tiene jodida. Aunque, bien pensado, la alternativa era quedarse callado. Y eso, con todo lo que implica, me parece bastante peor.

Camus y el hombre que empuja la piedra
Albert Camus probablemente vería algo existencial en mi historia. Durante años insististe sin resultados visibles. No porque tuvieras poder. No porque esperaras necesariamente ganar. Sino porque considerabas correcto señalarlo.
Hay algo de Sísifo en eso: hacer lo que uno considera debido aunque el resultado no dependa completamente de uno.
Pero, como diría Albert Camus (El mito de Sísifo; 1942), la lucha en sí ya es una victoria. Porque, aunque el sistema no respondiera, yo no me rendí. Y eso, en un mundo donde la indiferencia parece ganar, es un acto de resistencia.

La tranquilidad de haber actuado
Immanuel Kant (Fundamentación de la metafísica de las costumbres): Actuar por deber (alertar sobre el riesgo) es moralmente válido, incluso si el resultado no es el deseado. Tu satisfacción viene de haber cumplido con tu obligación moral, no del resultado.
Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido): En situaciones de impotencia, el ser humano puede encontrar sentido en la actitud que toma ante el sufrimiento. Mi registro fotográfico y mi persistencia son un acto de agencia en la adversidad.
Erving Goffman (Frame Analysis; 1974): Mi registro fotográfico es un intento de documentar la realidad para validar mi percepción. Es una forma de resistencia simbólica: aunque no cambié el cable, creé un "archivo" que me daba tranquilidad (sabía que no estaba exagerando).

Lo más interesante: mi archivo fotográfico. Esto me parece uno de los aspectos más llamativos del relato. Tomar fotografías periódicas convirtió una percepción subjetiva en una evidencia histórica. Sin proponértelo, construí una pequeña documentación del problema. Eso recuerda a prácticas de observación que utilizan: periodistas, investigadores, auditores, activistas vecinales. La foto cumple una función psicológica importante: "No estoy imaginando esto; aquí está el registro.

Problema de acción colectiva y free-rider (polizón)
: En bienes comunes (el edificio es de todos), muchos se benefician sin contribuir al esfuerzo (quejarse, ir a asambleas, pagar mejoras). Yo fui el "comedido" que asume el costo.
La paradoja final es que probablemente nunca sabré si mi insistencia fue la causa directa, creería que no, a todas luces es difícil pensar que un administrador se retrotrajo a los dichos en una asamblea 3 o 4 años atrás. Pero tampoco puedes descartar que haya contribuido. En organizaciones humanas las decisiones suelen acumular pequeñas presiones: una observación en 2022, otra en 2023, una fotografía, una mención en una asamblea, un comentario de un vecino. Ninguna acción individual parece decisiva, pero juntas pueden terminar inclinando la balanza años después.

Visto desde fuera, mi historia no habla tanto de electricidad como de una tensión clásica entre dos formas de mirar el mundo: quienes ven un problema sólo cuando produce consecuencias y quienes consideran que detectar una vulnerabilidad antes de que ocurra el daño ya es una forma de responsabilidad.
El cable suelto fue más que un detalle técnico: fue un espejo de la indiferencia colectiva. Un ejemplo de cómo lo pequeño revela lo grande: la dificultad de las comunidades para gestionar riesgos, la invisibilización de voces minoritarias, la tensión entre responsabilidad individual y apatía grupal.
Que lo hayan quitado ahora, sin explicación, muestra la opacidad de los procesos sociales. Algo cambió, pero nadie lo comunicó. Quizá alguien se quejó con más fuerza, quizá ocurrió un incidente, quizá simplemente se decidió sin más. No lo sé.
Lo que sí sé es que mi insistencia, aunque solitaria, me dio tranquilidad. Porque en un mundo donde la indiferencia parece la norma, asumir la responsabilidad, aunque sea mínima, es un acto político y moral.

¿Valió la pena?
Desde una perspectiva ética individual (Kant, Jonas), sí: cumplí con mi deber de alertar sobre un riesgo. Desde una perspectiva utilitarista, el resultado es ambiguo (no sé si mi acción influyó, quizás poco o nada). 
Pero hay un tercer ángulo:
Pierre Bourdieu (La distinción): mi actitud refleja un habitus (forma de ser) donde la integridad personal (decir lo que crees correcto) es más importante que el resultado. Eso no tiene precio.
El refrán: "El comedido la tiene jodido". La realidad sociológica: Fui el único elemento disonante en un sistema que buscaba la homeostasis (el equilibrio) a través de la apatía.
Mi frustración es comprensible, pero mi proceder fue el correcto. Como dirían los psicólogos sociales, salvé mi agencia individual frente a la alienación colectiva. El cable ya no está; y aunque no haya quedado en actas, mi persistencia y mi archivo fotográfico fueron el testimonio de que, en ese edificio, al menos una persona decidió no mirar hacia otro lado.
Me quedó la tranquilidad de haberlo dicho. No una vez sino varias, con fotos y todo, sin poder alguno para cambiar la realidad, pero con la conciencia de no haber mirado para otro lado. Hirschman le daría nombre técnico a esa tranquilidad: Voice expresiva. Arendt diría que aparecí en el espacio público. Taleb diría que tuve skin in the game cuando los demás no lo tenían.

Aunque, bien pensado, la alternativa era quedarse callado. Y eso, con todo lo que implica, me parece bastante peor.
Mi actitud fue la del ciudadano que Arendt y Hirschman valoran, pero que los sistemas sin diseño ostromiano terminan desgastando. La indiferencia colectiva no fue malicia, fue la consecuencia predecible de un sistema sin mecanismos que convirtieran el señalamiento individual en presión institucional.
La tranquilidad de la que hablo — "me quedó la tranquilidad que por lo menos lo dije" — es exactamente lo que Arendt llamaría la integridad del actor político: no el resultado sino el acto. Y los registros fotográficos que tomé, aunque sin poder formal, son una forma de accountability asimétrica — yo mantenía memoria cuando la institución no lo hacía.
El dicho popular que cito todo el tiempo ("el comedido la tiene jodida") captura la asimetría de Taleb: el que tiene skin in the game moral paga el costo del esfuerzo; los demás toman el beneficio sin pagarlo.
El cable se retiró, pero el sistema sigue igual: ¿Cuántos otros "cables sueltos" (literales o metafóricos) hay en el consorcio? Mi historia es un microcosmos de cómo funcionan (o fallan) las sociedades. No es la primera vez que me pasa, algo similar me sucedió con unas venecitas y con una rampa para discapacitados, y la historia es la misma.
Ahora que el cable ya no está, me queda esta mezcla de sensaciones. Por un lado, satisfacción de que al final se resolvió. Por otro, la certeza de que mi insistencia, aunque pareciera inútil en el momento, probablemente formó parte de la presión acumulada que llevó al cambio, o tal vez solo sirvió para que yo me quedara más tranquilo.
Este tipo de situaciones cotidianas revelan mucho sobre cómo estamos como sociedad. Mostramos indiferencia ante problemas solucionables hasta que algo nos obliga a actuar. Y mientras tanto, los que intentan mover las cosas cargan solos con el peso.
No sé si esto servirá de algo a quien lo lea. Tal vez solo sea una forma de cerrar mi propio capítulo con este cable. Pero creo que vale la pena contarlo: porque los problemas pequeños que nadie resuelve terminan hablando de los grandes silencios colectivos.
Y porque, a veces, aunque parezca que nadie escucha, decir las cosas sigue siendo importante.
Si supiera que el cable se retiró porque alguien más se quejó con más fuerza, ¿cambiaría mi percepción de tu propio esfuerzo? Creo que no.
El cable se fue, pero el sistema sigue.
¿Cuántos otros "cables sueltos" hay en el edificio? ¿Cuántos problemas ignoramos porque "no son urgentes" o porque "alguien más se hará cargo"? El cable era solo la punta del iceberg. El verdadero problema es la cultura de la indiferencia que lo permitió.

Este ensayo no es solo sobre un cable. Es sobre cómo funcionamos como sociedad. Es sobre la mirada de los distintos autores. Sobre cómo normalizamos los riesgos, cómo difundimos la responsabilidad y cómo, a veces, la indiferencia gana. Pero también es sobre la importancia de la voz individual. Porque, aunque a veces parezca que nadie escucha, el simple hecho de hablar y ver lo que otros ignoran, puede ser un acto de resistencia y la tranquilidad de saber que no haberme quedado callado.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario